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31 julio 2017

EL HOLOCAUSTO SEGÚN SALÓNICA

El genocidio de los judíos de Salónica en 1943 fue uno de los más devastadores del mundo. Sin embargo, a la ciudad griega le cuesta infinito mostrar las más mínima señal de piedad o solidaridad con todas esas vidas perdidas. De asumir responsabilidad ya ni hablamos.
Hasta esa fecha la comunidad judía sefardí de la ciudad era una de las más importantes y culturalmente activas del mundo. En las calles de Tesalónica el marrano era idioma habitual. En el mercado, ya bien entrado el siglo XX, se pregonaba a voces el "kesoblanco", mucho más suave y fresco que el habitual queso feta. Luego, de pronto, en unos pocos meses entre el verano de 1942 y el del año siguiente los deportaron a todos. En trenes directamente a los campos de exterminio. Sólo en Auschwitz gasearon en esos días a más de cincuenta mil.
Las circunstancias de esa tragedia, sin embargo, no se airean en la ciudad actual.
La actitud de los griegos de Salónica no fue para nada ejemplar. Todo lo contrario. Seguramente la causa de esa tremenda falta de humanidad generalizada y del colaboracionismo masivo hay que encontrarla en ese nacionalismo, casi racista, que está en la génesis del Estado griego; la construcción nacional de Grecia en el siglo veinte se ordena en torno a una legua, una religión y... una historia inventada, o al menos mitificada. El falseamiento del pasado sigue formando parte esencial, incluso en nuestros días, del contenido que se explica en las escuelas griegas.
Cualquier visitante de museos griegos habrá advertido que según su canon existiría una línea directa que conecta la antigüedad clásica del siglo VI A.C., Bizancio y la Grecia actual, sin pasar por ninguna otra etapa. Los siglos de la Grecia romana o, peor aún, los de integración en el imperio otomano simplemente se ignoran como si no hubieran ocurrido. Merecen, a lo sumo, una referencia rápida en la que se presentan como un tiempo de dominación externa sobre el alma griega en el que no se producen acontecimientos históricos o artísticos que tengan la mínima relevancia.
Cuando un comisario de la Unión Europea tuvo el atrevimiento de mencionar en un acto la 'multiculturalidad' de la ciudad de Salónica un político local le contestó inmediatamente que estaba de acuerdo si con eso se refería a "los dominadores que no consiguieron doblegar el alma cristiana de la ciudad". Y efectivamente, el nacionalismo griego se construye también en torno a la iglesia cristiana verdadera. La religión oficial del Estado. La única que se considera griega.
Salónica entró a formar parte de Grecia sólo en 1917. En la ciudad entonces los musulmanes eran absoluta mayoría. Lo fueron hasta 1922 cuando después del intento griego de anexionarse a la fuerza Anatolia y las ciudades de Asia Menor y su derrota ante los turcos, los líderes de ambos países, Venizelos y Atatürk (nacido en Salónica, precisamente) firman en Lausana el tratado de intercambio de población. Se trataba claramente de un acuerdo aberrante de limpieza étnica por ambas partes, aunque en los colegios griegos se sigue denominando "la catástrofe" y se habla tan sólo del millón y medio de griegos que tuvieron que dejar sus casas en Turquía. No se menciona a los setecientos mil musulmanes griegos desplazados a la fuerza, entre ellos la práctica totalidad de la ciudad que pasó a llamarse Tesalónica.
El criterio griego para aplicar el intercambio de población fue exclusivamente religioso y se deportó incluso a chamerios y pomakos, de origen albanés y eslavo respectivamente, que no hablaban una palabra de turco. Inmediatamente se aplicó una política de helenización que incluyó acabar con las lenguas vernáculas de las minorías de esos pueblos que, por ser cristianos, habían permanecido en territorio griego. En 1925 el Ayuntamiento de Tesalónica convocó un concurso público para proceder a la demolición de los veintisiete minaretes que seguían en pie en la ciudad, la mayoría con muchos siglos de antigüedad.
Así que a finales de los años treinta el ambiente que rodeaba a los judíos no era el más amigable: la población de la ciudad había sido sustituida mayormente por colonos griegos de anatolia desconfiados de cualquier religión que no fuera la suya. A partir de 1940 se hacen frecuentes en los periódicos locales los artículos que exigen la expulsión de todos los judíos. Lo argumentan -unos recién llegados, hablando de familias con más de quinientos años en la ciudad- en que no son griegos de verdad. Los partidos nacionalistas griegos (todos), en plena ocupación nazi, se empiezan a referir a los judíos como un obstáculo a la unidad nacional.
en este caldo de cultivo, en 1941 los nazis crean dos ghettos en la ciudad y ordenan a todos los judíos trasladarse a ellos. Justo en ese momento una comisión del ayuntamiento de la ciudad aprovecha para reunirse con el Gobernador alemán para pedirle que junto a ello expropiara lo que quedaba del inmenso cementerio judío y lo donara la ciudada para construir en él edificios públicos. Lo consiguieron y ahí es donde se empezó muy pronto a alzar la Universidad de Tesalónica.
Años después alguno de los escasos supervivientes judíos a la masacre aún recordaba como las columnas de judíos desfilando camino del ghetto eran increpadas por griegos que gritaban "os lo mereceis, por matar a nuestro señor jesucristo".
Finalmente todos los judíos pasaron a abarrotarse en unos barracones de los que aún hoy quedan trazas, el barrio del Barón Hirsch. Está situado justo junto a la que se conocía, en ladino, como "

stacion chica". Un apeadero de tren que se mantiene tal cual y en el que decenas de miles de personas fueron embarcadas en trenes que iban directos a los campos de exterminio.
Acabada la segunda guerra mundial unos pocos de cientos de judíos supervivientes del horror nazi volvieron a Tesalónica. En la ciudad mandaban entonces los antiguos colaboracionistas, aupados al poder como anticomunistas y por su nacionalismo. Cuando esos judíos quisieron recuperar sus casas y propiedades la ciudad y los tribunales griegos se negaron. Dictaron que la expropiación de las propiedades judías por los nazis y su adjudicación a griegos había sido legal.
Ya en los años cincuenta se terminó de arrasar los restos del cementerio judío para construir edificios universitarios. Entonces algunos estudiosos griegos salvaron algunas de las lápidas: sólo las que tenían en el reverso inscripciones bizantinas; ningún historiador griego tuvo el mínimo interés en preservar el resto de lápidas judías del siglo XV.
En fin, en la Tesalónica actual, plagadas de monumentos sobre el "genocidio" de los griegos de Anatolia apenas hay mención alguna a los judíos de la ciudad gaseados por los nazis. Una asociación judía consiguió permiso para poner una plaquita en la estación chica, pero sólo a cambio de que fuera muy pequeña, se escondiera en un lateral y hablara bien de los griegos. En las afueras de la ciudad se consiguió también dedicar una rotonda a las víctimas del nacismo, pero está tan escondida que no hay quien la conozca. Y justo ahora, hace unos días, el Alcalde progresista ha presentado el primer monumento a los judíos asesinados, en una iniciativa que ha concitado numerosísimas protestas, y no sólo de los ultraderechistas. Así estamos.

23 julio 2017

Frente al Olimpo


Sentados en un café junto a las marismas de Tsairi. Delante, el mar. Y al fondo, la silueta del monte Olimpo. Esa joroba con forma de aleta dorsal donde se supone que viven los dioses.
Tan cerca, que no parece que le suponga gran molestia acercarse por aquí a sus cosas. Básicamente a hacernos pagar por sus caprichos a los pobres mortales que intentamos vivir sin meternos en líos ajenos.
Incluso a los seguidores de Arístipo de Cirene, ese discípulo predilecto de Sócrates conocedor del gran secreto de la Felicidad: no buscarse problemas.
Con el Olimpo tan cerca, ni eso es garantía. Nadie nos asegura que esa señora en pareo, o incluso el caniche que salta a sus pies, no sean un dios disfrazado, jugando a alguno de sus jueguecitos que acaban volviéndose contra alguien.
Qué miedito. Qué Zeus nos coja. Confesados.

11 mayo 2017

SAN LORENZO - Historias de Roma (1)



San Lorenzo es un barrio pequeño y bien delimitado. A un lado tiene la muralla aureliana y las vías del tren. Al otro el inmenso cementerio del verano. En los flancos, el gran campus de La Sapienza y el scalextris del scalo junto a las antiguas aduanas. Lo que queda es un rectángulo irregular con un puñado de calles más o menos simétricas y una pequeña plaza central junto a la iglesia de la Immacolata . El barrio surgió como tal en el siglo XIX a partir del cementerio y de algunas industrias que se instalaron en la zona, convirtiéndose en el primer barrio extramuros de Roma. Antes no había nada más que la básica de San Lorenzo de Extramuros, construida en la edad media encima de las catacumbas de San Lorenzo. El sitio -necrópolis desde siempre- donde enterraron al santo después de asarlo supuestamente a la parrilla. En la basílica, construida con abundantes restos romanos hay tres papas enterrados, incluido Pío IX: el famoso pionono cuyo nombre dieron a unos deliciosos pastelillos en honor a que había declarado el dogma de la inmaculada concepción. Durante el entierro, mientras transportaban el ataúd desde San Pedro a la basílica de San Lorenzo parece ser que hubo un grupo de revolucionarios llegaron a apoderarse de él para tirar el cuerpo al río, lo que sólo se evitó con la intervención armada del ejército italiano.
En fin, el barrio siempre ha estado sociológicamente dividido en dos, con sus parroquias. La zona de abajo, en torno a la basílica, se abre hacia la estación Tiburnina y los barrios de nueva creación de esa parte de Roma. Es más desangelada y marginal. Abierta a la avenida que rodea el cementerio y al tranvía, es lugar de talleres de marmolistas, corralones y pequeñas fábricas, además de los omnipresentes negocios de flores.  Aquí estaban la fábrica de cerveza y la de cristal. La parte de arriba del barrio, en cambio, es más ordenada. Crece como un pueblo pequeño alrededor de la iglesia de la Immacolata, con su plaza, el pequeño mercado de abastos y un buen número de cafés y pizzerías que le dan un ambiente casi parisino.
Lo mayores del barrio recuerdan todavía las frecuentes peleas a pedradas que en su infancia se entablaban entre las pandillas de niños de San Lorenzo y los de la Immacolata. Hoy todo eso es pasado. El barrio gira ya en torno a la parte alta, nada más. Se ha vuelto uno de los emblemas de la Roma alternativa y estudiantil, sin perder por ello el ambiente de vecinos de siempre y una población inmigrante bien integrada.
En los años veinte San Lorenzo era zona proletaria, de obreros y ferroviarios. Anarquista y comunista. Con el advenimiento fascista comenzaron los problemas. Primero durante el entierro de Enrico Toti. Cuando la columna fascista que llevaba el cuerpo con todos los honores intentó atravesar el barrio, camino del cementerio, fueron recibidos a tiros. Luego, durante la marcha a Roma en 1922, se llenó de barricadas para que la marcha no pasara por vía Tiburtina. Era el barrio rojo. Durante la ocupación nazi fue cercado y sometido a vigilancia constante, lo que no evitó que fuera cuna de numerosos partisanos y se multiplicaran los actos de resistencia.
La mañana del 19 de julio de 1943 centenares de aviones norteamericanos arrojaron toneladas de bombas sobre San Lorenzo. No se sabe si apuntaban a la estación del tren o a alguna fábrica, pero cayeron todas aquí. Tras las primeras oleadas los bombarderos que volvían a llegar se guiaban por la columna de humo y machaban el mismo lugar. Hubo miles de muertos, el número no se sabe con exactitud. Se logró identificar a unas 1700 personas fallecidas, pero otras muchas desaparecieron bajo los escombros. Las huellas del bombardeo siguen en el barrio. En los huecos vacíos dejados aposta entre las casas del barrio e incluso en algunas fachadas que tienen huellas de metralla, como las columnas de la basílica patriarcal. Es ya un tópico usar la frase de De Gregoris en una canción que compuso sobre aquello que dice que aquella mañana las bombas caían como nieve sobre San Lorenzo.
Tras el bombardeo gran parte de la población del barrio se quedó sin casa. Muchos tuvieron que irse a la periferia. La mayoría hacia la zona del Pigneto, a partir de Porta Maggiore. Se instalaron al abrigo del acueducto romano, que seguía proporcionándoles agua potable. Las viejas piedras conservaban por la noche el calor del sol matinal, así que muchas familias cerraron los arcos y se hicieron entre ellos una especie de chabolas…y veinte años después bastantes de ellos seguían viviendo en esas chabolas. En estos barrios se creó entonces en ambiente marginal que retrata magistralmente Pasolini en Ragazzi di vita.
El parque de San Lorenzo, junto a la puerta Tiburtina, está dedicado a los muertos en los bombardeos. El césped está rodeado de una fila larguísima de paneles con los nombres de las víctimas. De algunos sólo se sabe el mote. A una se la identifica sólo como ‘una mujer, muerta el día de navidad’. Al lado hay algunos columpios.
Al atardecer el parque se llena con los niños del barrio que salen del cole. La mayoría de los padres son muy jóvenes y de origen evidentemente humilde. Abundan pelados al cero que dejan ver cráneos llenos de cicatrices de pelea; los chándales; las caras picadas de viruela y desdentadas; los tatuajes en el cuello y los tobillos. Se trata, claramente, de un barrio que ha vivido tiempos peores. Este ambiente proletario llena el parque y los niños juegan bajo la mirada de padres tatuados que imitan una vida de plácida burguesía.
Un padre novato llega al café del parque. Lleva camisa blanca y perennes gafas de sol en la cabeza; anda con los hombros rígidos; no deja nunca de rumiar un chicle y habla abriendo mucho la boca al hablar, en el mejor estilo de chulo romano. Ha hecho migas con un parroquiano algo mayor. Uno de esos señores elegantes y bronceados, con la ropa ajustada para mostrar los músculos, que inspiran siempre confianza en Italia. El macarra mira a un padre que pasa con su hijo de la mano y que tiene prácticamente todo el cuerpo, incluida media cara, tatuado en azul y se dirige al hombre mayor:
-¿Cómo puede tatuarse así la cara? -El otro le responde simplemente -È un bravo ragazzo. Cada uno se viste como quiere.

La gente del barrio se quiere y se protege entre sí.

POMMIDORO EN SAN LORENZO - Historias de Roma (2)



En los primeros días de mayo por las callejuelas de “San Lollo”, que es como dio en llamar al barrio en jerga cariñosa, brotan terrazas como champiñones al sol. En un par de días prácticamente todos los bares del barrio -y son muchísimos- instalan en la calzada de delante una plataforma que ocupa el hueco de dos plazas de aparcamiento y sobre la que se instalan luego sillas y mesas. Así empieza el verano.
Hay sin embargo una trattoria que tiene terraza todo el año. Es, sin duda, la más conocida del barrio. Se llama Pommidoro, en homenaje a las mammas romanas que a todo le echan tomate. Está en la plaza dei Sanniti. El lugar está especializado en carne de caza: jabalí, perdiz, faisán, pato. Mi plato favorito son las papardelle con jabalí, que quitan el sentido y hacen revivir a un muerto, todo. Los tallarines con trufa o los boletus no están mal, pero nada es como esa salsa de jabalí que se deshace en la boca.
Por el Pommidoro ha pasado toda la historia del barrio. Empezó siendo un negocio de vino, en el que acostumbraban a pararse los artesanos del mármol y algunos obreros del barrio. En esa época lo gestionaba la abuela del propietario actual, una mujer grande y fuerte capaz de mantener a raya a los borrachos. En el barrio la llamaban La sora Clementona y cuentan que necesitaba dos sillas para sentarse. El lugar tuvo tanto éxito que decidieron convertirlo en trattoria y quitarse así un poco de en medio a los borrachos, pero a la vista está que no lo consiguieron del todo. Basta darse una vuelta a la horade la comida y escuchar las conversaciones de algunos parroquianos recién salidos de la cárcel, o de otros que parece que fueran a entrar en ella.
El día del bombardeo, los vecinos del bloque se refugiaron todos en el sótano del local, con tan mala fortuna que una bomba impactó ahí de lleno. Murieron decenas, sobre todo mujeres y niños que a esas horas de la mañana estaban en casa.
En los cincuenta, el local cobró cierta fama entre los intelectuales de izquierdas, que se sentían cómodos en este barrio proletario y el ambiente desenfadado. Pier Paolo Pasolini y Alberto Moravia se hicieron realmente asiduos. Pasolini solía meter en su coche a sus cuatro o cinco ragazzi di vita  protegidos y se los traía a cenar aquí. Al acabar solían jugar un partido de fútbol con el resto de clientes, en la misma plaza, delante de lo que entonces era un cine. Aguantaban poco todos menos Pasolini, a quien llamaban el maestro. Él seguía metiendo goles mientras los otros corrían a beber del nasone de la esquina. Después al maestro un día le regalarían la camiseta celeste con el número treinta y su nombre escrito.
La noche en que un chapero asesinó a Pasolini en la playa del idroscafo de Ostia, venía de cenar en el Pommidoro con un amigo. De hecho, en el restaurante conservan el cheque con su firma con el que pagó esa última comida, que nunca cobraron.

El negocio sigue siendo familiar y, como entonces, todavía lo gestiona Aldo. Ahora pasa el tiempo sentado en su mesa de la esquina, siempre rodeado de amigos de su pandilla, sin quitarse las gafas de sol. Los otros son todos jubilados, de diverso pelaje, salvo alguno que pese a los años mantiene aún
su taller de ebanistería a la espalda de la trattoria. Comen con alegría y a voces, siempre acompañados de algún amigo más joven. Acaban dándole al amaro y pasan inmediatamente a la partida de cartas. No es una partida sosegada de jubilados, sino que, de no ser por la edad, se diría que se trata de una banda de delincuentes juveniles jugándose las ganancias de su última fechoría, entre risotadas y peleas. Las peleas se guardan de un día para otro y no es raro que eleven el tono a mitad de la comida discutiendo quién ganó realmente la partida de ayer y pidan testigos entre los parroquianos y el servicio del local, familiares y amigos casi todos.

Del negocio está ahora pendiente su hija y en las mesas sirven nietos y yernos. Pero a la hora de cobrar, el que sea, le lleva siempre los billetes a Aldo, que desde su esquina no pierde de vista el negocio. Él se levanta trabajosamente de la silla saca un fajo de billetes que lleva enrollado en el bolsillo, le quita la goma y añade el que le traen. Si hace falta, él mismo proporciona la vuelta.

EL BAR SAN CALISTO -Historias de Roma (3)

El San Calisto es uno de los pocos bares míticos que quedan en el centro histórico de Roma. Está en pleno Trastévere, una de las zonas más devastadas por la plaga turística que ha arrasado gran parte de la ciudad antigua los últimos años. Hace poco más de una década Trastévere era todavía una zona tranquila, llena de señores mayores que hacían la compra en las tiendas del barrio, y que destacaba por la abundancia de librerías. Hoy día parece un parque temático en el que cada casa es un restaurante o una tienda de souvenirs. Por las calles pasea constantemente una masa compacta de  turistas entre la que no puede uno abrirse paso. Y en mitad de todo eso falso y nuevo, sigue el San Calisto, auténtico como siempre. Para muchos, el último reducto del Trastévere de siempre.
Está en una placita justo tras la plaza de la basílica de Santa María del Trastévere, pero en realidad está a años de distancia. Es un bar barato. Extraordinariamente barato. Dentro, Marcelo lleva años en la caja. Es el dueño y el único que se maneja con los dineros. Ni a su hijo, ni a ninguno de los camareros de toda la vida les deja que se acerquen. La decoración está llena de fotos de púgiles que hace años que fallecieron y de fotos, la mayoría antiguas, de los dos equipos de la ciudad. Ambos por igual, en una neutralidad cuidada.
En los ochenta el lugar se convirtió en la sede casi fija de algunas bandas de delincuentes y los camareros cuentan que el tráfico y consumo de drogas eran la principal actividad por la noche en sus mesas. Al fin y al cabo el líder de la Banda de la Magliana, que dominó Roma durante los setenta y  hasta los noventa era vecino del barrio. En efecto, er Negro nació muy cerca de aquí, hijo de un panadero. En la serie Romanzo Criminale lo llaman Libanés y esconden que era un ferviente ultraderechista. Pero aquí lo recuerdan bien, y recuerdan sobre todo el día que lo mataron, en la plaza de San Cosimato, tan sólo un par de calles  más arriba. Lo acribillaron cuando salía de jugar al billar en el bar Castelletti. Dicen que su hermano sigue siendo panadero en el barrio.
Pero nunca faltaron tampoco los artistas. El cantautor Stefano Rosso, la voz de Roma en los setenta, era hermano de uno de los camareros y pasaba aquí los días entre tantos, gente del barrio e otros intelectuales. Walter Veltroni grabó aquí uno de los primeros spots de la campaña electoral que lo convertiría en alcalde de Roma. Hasta Sorrentino, en ese recorrido nostálgico que es a ratos La Grande Belleza, ironiza en una escena con las antológicamente inacabables colas de espera para entrar en el baño del San Calisto.
La clientela del ‘Sanca’ está llena compuesta casi a partes iguales por personajes del barrio, jóvenes alternativos y estudiantes de marcha. Sin embargo, son los personajes los que destacan. Una fauna de todo pelaje unidos por su amor al local… y al alcohol. La excepción son algunas señoras ya muy mayores que se acercan temprano a beber el café que Marcello les deja a precios antiguos. Pero entre los demás predominan las muecas faciales, el habla italiana y el aroma a alcohol incluso cuando no beben. La mayoría se sienta en las diminutas mesas redondas de madera o formica que llenan la terraza. Tampoco hay mucho más sitio, puesto que una de las habitaciones de dentro es la barra y la otra una antesala diminuta a los baños. Es en ésa donde se refugia Matia, napolitano entrado en muchos años. Se sienta en una silla de plástico debajo bajo del poster con el mapa de Roma y se dedica a darle conversación a las muchachas que esperan para entrar al servicio unisex. En todas sus conversaciones deja siempre muy claro que es napolitano de origen y que vive en el bar.
Fuera, en las mesas, siempre pasan cosas. Al san Calisto no se viene a estar sólo una hora, ni a tomarse sólo un par de rondas de cerveza. El lugar invita a los excesos inadvertidos. Siempre hay alguien que te habla, aventuras que pasan en las mesas del alrededor. Una señora con la boca apretada te pide, en romano cerrado “Che c’hai ‘na sigheretta?”. Los parroquianos llegan cuando quieren y siempre tienen sitio en alguna mesa, se acoplan con cualquiera a quien conozcan aunque luego se pasen horas sin hablar. Una mujer negra, de edad indescifrable, que confiesa ser descendiente caboverdiana y chapurrea el portugués ligotea a voces con tres francesas. Su pareja, un señor muy delgado, vestido con una chaqueta arrugada, observa impertérrito y sonriente. Cuando se van aún no está claro si viven en la calle o en casa de la madre de él.  Su lugar lo ocupan dos muchachas, de estética variada, que intentan convencer a un muchacho fuertote con pinta de chulo de que haga un trío con ambas.

CARABINIERI - Historias de Roma (4)

Entre el coliseo y el circo máximo hay una calle estrecha y elevada que rodea el parque del Celio y por  la que prácticamente solo pasa el tranvía de la línea tres. Por un lado está flaqueada por la valla metálica que protege el parque. Por el otro hay una ladera verde que baja hasta la vía San Gregorio, donde está la entrada turística a los foros del Palatino. En esa ladera, trufada de arbustos, ha plantado su tienda de campaña -de un color verde que se camufla perfectamente con la pradera-  un refugiado sirio sin techo. Tiene, posiblemente, una de las mejores vistas de ciudad. Al abrir la cremallera, cada Mañana ve a un lado la mole del Coliseo, un poco más abajo el arco de Adriano y justo en frente las ruinas de los foros; todo ello en un ambiente verde que le haría a uno pensar que se halla en pleno campo, lejos de cualquier ciudad. A unos metros de la tienda, bajo unos pinos, hay un trozo de pradera al mismo nivel de la calle que algún coche usa a veces para aparcar un rato en un lugar discreto en pleno centro turístico de Roma.

Ahí llega el coche de los carabinieri, hace un giro poco elegante, se mete en la hierba y para. El inmigrante de la tienda lo mira un momento, con tranquilidad y vuelve a su contemplación sosegada del paisaje romano sin mostrar ninguna inquietud. Lleva las ventanillas bajadas, seguramente por el calor de estos primeros días de mayo. Los dos agentes se desabrochan los cinturones de seguridad, pero no bajan del vehículo. Uno de ellos se vuelve al asiento de atrás y agarra dos tarteras. Le pasa una a su compañero. Los policías, entonces, abren la tapa de sus respectivas tarteras y justo después se vuelven el uno al otro y se besan. Un beso sentido, no demasiado largo. Y vuelven sonrientes a su almuerzo y a ver el paisaje romano desde ese escondite. Como una pareja cualquiera de enamorados.

SANT'EUSTACCHIO: EL CAFÉ - Historias Roma (5)

Dicen los que saben que el Sant’Eustacchio ofrece el mejor espresso del mundo. El sitio está planteado como un templo del café cargado de rituales entre los que destacan tostar los granos secos cada mañana o servirlo con el azúcar ya incluido. Y en efecto, aquí el sabor de los cafés es intenso, sabe a tostado y a delicias. Es un líquido sabroso y espeso; casi tiene cuerpo, que diría un sumiller de los cafés. Es realmente un placer sensorial, así que vengo a menudo.
Circula por Roma el rumor de que en el Sant’Eustacchio añaden al café una espuma falsa, hecha con clara de huevo, para que parezca más especial y más auténtico. La mecánica del local fomenta estos rumores: ese camarero escondido del público tras la enorme máquina de café, como si estuviera oficiando una ceremonia secreta. La verdad, en todo caso, es que yo oigo siempre un leve tintineo sospechoso justo antes de que saquen mi espresso y me lo pongan en la barra. Fuerte y cremoso, como a Kissinger.
El local está decorado con prodigalidad de signos del santo. Dicen que a san Eustaquio, centurión romano, se le apareció Jesús entre los cuernos de un ciervo que iba a cazar. No dice la historia nada de como acabó el ciervo, pero lo cierto es que la iglesia, a una decena de metros del local, está coronada de una buena cornamenta de ciervo rodeando la cruz. En el café han preferido un símbolo que reproduce la cabeza entera del ciervo, con la cruz surgiéndole de la testuz. Menos exagerado que el famoso cuadro de Durero en el que el estandarte del santo es algo parecido… salvo el detalle de que la cruz tiene a un cristo crucificado. Demasiado. Curiosamente, como quien no quiere la cosa, detrás de la barra del Sant’Eustacchio hay siempre visible una botella de Jagermeister destacando entre las de amaros italianos. La marca alemana tiene el mismo símbolo, se supone que porque para algo el santo es el patrón único y auténtico de los cazadores, que seguramente en los buenos tiempos bebían el licor como si no hubiera mañana.
Últimamente la mayoría de los camareros son de origen asiático, de Bangladesh al menos. Eso está acabando, aunque no del todo, con una de las características tradicionales del local: la legendaria antipatía de los camareros, incapaces de librarse de la mirada ceñida y los malos modos típicos de los camareros romanos que te arrojan los productos como quien tirase su porción diaria de alimento a una piara de cerdos. Estos muchachos, en cambio, aunque han  aprendido rápido guardan algo de humanidad. Uno de ellos es capaz ya de reconocerme y a veces hasta me pone un vaso de agua de esos que tienen listos y escondidos detrás de la barra. Sin tener que pedírselo. Un par de veces, al despedirme, incluso ha esbozado una sonrisa, que es sin duda la mayor deferencia que puede hacerte un empleado del Sant’Eustacchio.

05 enero 2017

Refugiados en Izmir




Sidra es de Alepo. Tiene 10 años y es sorda. Tiene dos hermanas y un hermano. La familia es kurda y mañana hará un año que llegaron aquí a Izmir. Venían a intentar cruzar a las islas griegas. Compraron sus chalecos salvavidas y sus pasajes. Pero cuando llegaron a la orilla, en el tumulto de los traficantes, a la madre le dio miedo. No quiso arriesgar la vida de sus hijos y no llegaron a subir a la balsa. Se quedaron aquí. El padre es zapatero, pero ha intentado trabajar de lo que sea. No le sale nada. Al poco de llegar Sidra se puso enferma y tuvieron que operarla del corazón en un hospital turco. Salió bien. Hoy hemos visitado a su familia. La madre teje cosas de lana que enviamos a una ONG para venderlas. A ella hace dos semanas que le pusieron por fin un sonotone y acaba de aprender a decir su primera palabra: merhaba! Me ha dibujado un retrato y me ha saludado muy sonriente diciendo eso, merhaba. Hola. 




Abu Ali lleva más de un año estancado en Izmir. Llegó con sus tres hijos huyendo de Raqqa, ocupada por el Estado Islámico . Aquí, hace cuatro meses, le nació Amal. El bebé traía un tumor en la cabeza pero parece que es benigno. Deberían llevarlo cada mes para una revisión en el hospital pero no lo hacen por falta de quien les traduzca al turco... Y porque la madre se pasa el día trabajando de limpiadora en un restaurante. Aquí en Turquía la guerra de Siria se siente mucho más cercana. El hermano de Abu Ali escapó hace sólo un mes con su mujer y su hija recién nacida. Nos cuenta detalles escalofriantes de la vida en Raqqa bajo el yugo del DAESH y de su accidentada fuga a Turquía. Doce veces intentó cruzar la frontera hasta que llegó la buena. Una de ellas vieron a una pareja muerta en tierra de nadie por disparos de los guardas de fronteras turcos. Ellos se colaron de noche y a punto estuvieron de descubrirlos también, pero al final se las arreglaron para llegar aquí. Toda esta gente vive aquí en la miseria más terrible. Mucho peor que antes. Sin embargo todos coinciden en que se sienten afortunados, al menos, de haber escapado y estar vivos. 

 Mahmud tiene 12 años y es de una aldea siria cerca de Kobane. Trabaja todo el día en un restaurante por 15 euros a la semana. A su padre le pagan un poco más como sastre, pero sólo encuentra trabajo de tarde en tarde. La familia llegó huyendo del ISIS. Dejaron atrás todo, incluida su casa recién comprada. Ahora están así. Las familias sirias refugiadas en Izmir sobreviven como pueden. La mayoría han alquilado casas precarias en los barrios más deteriorados de la ciudad. A menudo es sólo una habitación; las ventanas están rotas; se calientan quemando cualquier cosa, incluso basura. Uno de los proyectos de REVI (Refugee Volunteers Izmir) reparte lana y similar a las mujeres que saben tejer. Con eso hacen ropa, pulseras y juguetes. Se les paga y después se intenta vender los productos en Europa. Se ha convertido en la principal fuente de ingresos de muchas familias. 

 Ladiya tiene 3 años, casi 4. Escapó de Aleppo hace dos meses, cuando cayó una bomba en su casa. A su padre lo pilló trabajando en la zapatería que tenían en el piso de abajo. Quedó malherido. A su hermano ahmed de 9 años le entró metralla en el ojo. En la huída tuvieron que vender sus pequeños pendientes de oro para comprarle unos zapatos. Ahora, aquí en Izmir, su madre hace pulseras para REVI y es su única fuente de ingresos. Pronto, pese a las heridas, y si todo va "bien", su padre empezará a trabajar lavando platos en un restaurante. Buna es de Kobane y tiene siete años. Cuando el ISIS ocupó su ciudad, la familia entera huyó a Aleppo. Allí un día, al cruzar la calle, un francotirador le alcanzó en la pierna. La han operado varias veces pero ahora ya anda bien y va al cole turco. Su padre está buscando trabajo y viven en una habitación destartalada en la que entra agua cuando llueve. A estas familias y otras más las atienden voluntarixs de REVI. Han puesto en marcha una guardería; les ayudan a montar pequeños negocios y venden online sus productos en http://revifamily.org/store Nosotrxs vamos a apoyarlos financiando durante un año a una persona refugiada que traduzca a las familias cuando tienen que ir al hospital o a las oficinas del gobierno turco. Ya estamos buscando fondos para hacerlo.

23 diciembre 2016

Un encuentro en Aloma

La cafetería Aloma, justo donde el largo de Camoes (que en verdad ya tampoco se llama así) pierde su nombre y se convierte en el largo de Calhariz. Como el príncipe.
Tiene un clientela fiel e, incluso en esta ciudad de hosteleros agradables, es famosa por la simpatía de sus camareros. Tienen ese toque perfecto de familiaridad que no resulta servil sin la necesidad habitual de ser, o parecer, graciosos.
La frecuentan señoras entradas en años que vienen en parejas a charlar en voz queda; señores solitarios que que toman bola de arroz por la mañana y sándwiches a mediodía, siempre con su periódico por delante a modo de entretenimiento y muralla; jóvenes de paso y con prisas; ocasionalmente algún turista despistado al que los locales intentan ignorar.
La cafetería intenta promocionar sus pasteles de nata, pero a juicio de la mayoría es una batalla perdida frente al café del Chiado, situada sólo unos números más arribas, en su misma acera, y que presume de vender los mejores de la ciudad. A cambio Aloma ha sido capaz de mantener su aire clásico y modesto a través de las numerosas reformas sufridas.
Aquí se sienta Fernando. Es temprano y quiere aprovechar para desayunar antes de que el almacén se llene de proveedores y clientes que vienen a cobrar, a despachar mercancía, a protestar por envíos defectuosos o que se perdieron en el camino. Es la rutina de cada día. Como si existieran unas leyes secretas que rigen los horarios de aglomeración a las que obedeciera como autómatas la pequeña multitud de personas de distinto pelaje que cada mañana, a eso de las once se concentra frente a su escritorio, en la parte de atrás del almacén de productos de alimentación al por mayor de Alvarados e Hijos, S. L.
Viste un traje oscuro gastado; con el corte y el color apagado que tienen la extraña cualidad de diferenciar perfectamente los trajes de los empleados -que los llevan casi como un babi o un modo de trabajo-  de los elegantes y vistoso que gastan sus jefes. No sea que alguien se confunda. No pide pastel de nata, que le parece empalagoso. Tampoco una torrada con exceso de manteca. Se limita a hacer un gesto al encargado, un rollizo y sonriente camarero de bigote, que le trae inmediatamente una pasta reseca cubierta de azúcar glas para acompañar su galao.
Fernando ha dejado de cortarse el pelo en la barbearia Campos, a unos pocos centenares de metros, acosado por unos precios demasiado altos; cosas del turismo, dice. Así que mientras se bebe el café se acaricia a ratos el pelo que ya le crece en la nuca, sopesando si probar suerte en la pequeña peluquería que ha abierto un chico, parece que pakistaní, en una callejuela junto a la Rua do Alecrim...

12 diciembre 2016

LAS TERMAS DE LESBOS

Lesbos es una isla volcánica y está trufada de manantiales termales de agua caliente o sulfurosa. A veces, en pleno invierno, al pasar por las playas salvajes del norte se ven hileras de humo saliendo del mar. Son los lugares en donde vierten algunos de esos manantiales. Y gracias a ellos, incluso en días con temperaturas bajo cero, uno puede a veces meterse entre las olas.
Así que desde siempre la isla ha tenido termas.
Hay muchas que son bastante famosas; casi todas cercas del mar. Las más antiguas son las de Thermi, en las que se bañaban los generales romanos. Se habla de ellas en escritos clásicos y dieron nombre (en latín) a este pueblecito entre el mar y la montaña. Aún hoy se conservan unas bóvedas muy antiguas a las que se entra a través de un balneario decimonónico ahora casi en desuso.
Sin embargo, cuando en Mitylini alguien dice 'las termas' siempre se refiere a las mismas: un torrente de agua caliente que va a parar a la bahía de Gea, que es mar pero tan cerrado que parece lago: ese círculo de agua que da al mapa de la isla su silueta característica.
Hace mucho -desde siempre, dicen aquí- a alguien se le ocurrió aprovechar el sitio donde las aguas sulfurosas y humeantes vierten al Egeo para hacer primero una piscina; luego unas termas romanas; finalmente, un hammam turco.
Y las dos piscinas del hammam aún funcionan. Están hechas de ladrillo. Con el interior de cada una recubierto de un mármol muy gastado. El techo es abovedado, iluminado apenas por las correspondientes aberturas en forma de estrella. Hay también dos ventanas que dan al mar. En el lado opuesto tres grueso caños gastadísimos y de forma ligeramente fálica vierten continuamente el agua sobre la piscina.
El lugar es muy popular entre los locales que por unas monedas suelen venir a pasar la tarde. Eso sí, la piscina tiene sus protocolos: los señores mayores llegan con su albornoz y sus chanclas de goma, que dejan cerca de la puerta. Entonces entran a la piscina por las escaleras de mármol; hacen dos largos caminando, para que el cuerpo se acostumbre al calor. Es el momento de saludar a vecinos y conocidos al pasar. Luego se acomodan en el banco corrido que recorre todo el perímetro; eso apenas les permite sacar la cabeza por encima del agua. Pasado un rato se colocan bajo alguno de los caños y se quedan ahí un tiempo, disfrutando del masaje que proporciona al caer el agua. Cuando el calor se vuelve insoportable en el agua se tumban fuera, sobre el mármol del borde, con las ventanas siempre abiertas.
Unos amigos de aquí me cuentan entre risas que hace años este era el lugar más romántico para las primeras aventuras románticas y sexuales de muchos jóvenes lugareños. Se colaban de noche quitando la alcayata que sujetaba el candado de la puerta. Llevaban velas y se bañaban o hacían lo que fuera en el agua caliente con esa iluminación. Esas termas, entonces casi abandonadas, forman parte de la educación sentimental de los isleños y mantienen aún la magia de la que están hechos los sueños y la infancia.
Crecer en una isla trufada de rincones de agua termal tenía esas ventajas-

25 septiembre 2016

Un historia de Mértola (inicio)


El día de difuntos no pudo empezar peor para Teresa Martins. A la una de la mañana se puso de parto su misma madre. Doña Manuela , que ya había dando antes a luz cinco hijos, no parecía tener ya edad ni resistencia para estos trotes y gritaba como si se fuera a acabar el mundo. Como sucedía cada vez con más frecuencia su marido tampoco estaba esa noche en casa. Cuando se casaron, Antonio aún trabajaba llevando mercancías por el río para la mina y los mineros de Santo Domingo. El jornal no les daba para grandes fiestas pero vivían decentemente. Luego la mina cerró, el negocio fue decayendo y empezaron a pasar apuros. Últimamente hasta les costaba mantener siquiera la barca, que se caía a pedazos. Hasta que hace cosa de un año Antonio se había asociado con Zé Xico, un tipo turbio del poblado de Santa Marta. Ahora se ganaba de nuevo el sustento con la barca, trayendo tabaco de contrabando de España. Trabajaba sobre todo por las noches aunque doña Manuela sospechase que parte del llamado trabajo sucedía en las tabernas de Pomarao y Alecrim, en compañía de mujeres de vida mucho más alegre que la suya. Aún así, o quizás por ello, no había terminado de acostumbrarse a esas noches largas y frías, velando ella a toda la prole en la casita del número veintitrés del largo de la Iglesia heredada de sus padres.
De esa misma casa, apenas empezada la noche de difuntos salió corriendo Teresa, la primogénita de los cinco hermanos a punto de convertirse en seis. Corría a buscar al doctor Gomes que debía estar durmiendo en su hogar de la plaza del Ayuntamiento. Había luna, y a su luz bajó corriendo los escalones de la Travessa de Oliveirinha. Y ahí empeoró su noche de difuntos. Porque nada más bajar la primera parte de este callejón estrecho y oscuro, justo en la primera esquina en la que la calle se estrecha, le salió al paso por sorpresa una sombra. El susto la hizo resbalar y caer de culo con la falda subida hasta el ombligo. La sombra no contuvo la risa, y eso volvió definitivamente humillante la situación. El que la había asustado tanto y ahora se carcajeaba no era otro que Serrao Guires. El mismo muchacho un par de años mayor que ella, guapo y siempre sonriente, con el que se había sonrojado esa mañana. De joven, en el colegio, todos le tenían pena por ser huérfano de padre; ahora se había vuelto realmente apuesto y era el objeto de deseo de la mayoría de las jovencitas de Mértola. Le había tocado hacer el servicio militar en Angola pero hacía unos días que andaba de nuevo por la ciudad, aprovechando su primer permiso para visitar a su madre.
El día antes Teresa estaba con sus amigas sentada en uno de los bancos de la plaza, frente al café Guadiana, cuando pasó por allí Serrao. El uniforme verde oliva le daba un aire aventuro que le favorecía aún más y las muchachas se quedaron todas en silencio, siguiéndolo con la mirada y casi se diría que con la boca abierta. Él pasó como si no las viera, pero al instante volvió sobre sus pasos y se acercó precisamente a Teresa, como si sólo ella estuviera en el banco:
-¿Tú no eres Teresa, la hija de Antonio el contrabandista?
-No sé nada de contrabando – a pesar del escalofrío que había sentido recorrerle todo el cuerpo al oír la voz, a Teresa no le gustó el tono de galán del muchacho y respondió en tono frío. Haciéndose la ofendida. No estaba dispuesta a ser una presa fácil para ese soldado, acostumbrado seguramente a que mujeres de todas las razas cayeran rendidas a sus pies.
-Mujer, que no te lo he dicho con segundas. Le tengo mucho aprecio a tu padre. Es un buen hombre, aunque haya quien no se dé cuenta.
-¿Nos conocemos?
-Claro, Teresinha –Serrao le hablaba sonriente, en calma y mirándola a los ojos, como si no fuera consciente del efecto que causaba en la muchacha- Soy Serrao Guires. Fuimos juntos al colegio. Tu estabas en el curso de las pequeñas, con mi hermana . A veces os veníais las dos a estudiar a mi casa. Has crecido y te has puesto muy guapa, pero sigues igual de huraña que de chica.
- Teresa se ruborizó.
-¿Y a qué viene lo de los contrabandistas?
-No lo he dicho con mala intención. De todas formas, cuando veas a tu padre, por favor, le dices que lo ando buscando. ¿me harás al menos ese favor, a pesar de mi ofensa al hablarte de esta manera? –ella no pudo evitar sonreír ante el tono irónico del soldado.
-Vale. Se lo diré.
-Que tengan un buen día, señoritas –se tocó el sombrero mirando al grupo de chicas y siguió su camino más sonriente que antes. Lucía, que estaba sentada junto a Teresa y era la más envidiosa de todas las amigas, no se ahorró un comentario despectivo sobre el soldado que se alejaba:
-A saber en qué negocios anda metido ése. Mi padre dice que es comunista y que ha venido a montar jaleo. Y además se lo tiene demasiado creído. Tú, Teresa, nunca te das cuenta de nada, pero lo has mirado de una manera que casi me ha dado vergüenza, de tan descarada. -Teresa no contestó. Sabía que su amiga estaba simplemente envidiosa de que el chico más apuesto de Mértola se hubiera dirigido sólo a ella.
Y de pronto ahí estaba, delante de ella, en el callejón casi a oscuras, riéndose. Se sintió avergonzada, pero no olvidó que iba de urgencia y que su madre estaba en su casa, a punto de parir, esperando que ella volviera con un médico. Así que se levantó poniéndose bien la falda, se alisó el pelo lo más digna que pudo y reunió valor para contarle al muchacho a dónde iba a esas horas y con tantas prisas. Serrao borró de su rostro la expresión divertida y le anunció que la acompañaba.












(Zé Xico trabajó de pedreiro en Lisboa, recortando adoquines para dejarlos cuadrados, antes de volver a Mértola y empezar su fructífero negocio de contrabandista. En la capital se había afiliado en secreto a un sindicato y el negocio incluía también el transporte a través de la frontera de propaganda comunista y de militantes buscados en alguno de los dos lados. De esa parte se encargaba el padre de Teresa y por eso lo buscaba Serrao, militante de izquierdas muy activo entre los militares de Angola.
Esa tarde Serrao lleva a Teresa a una velada que se celebra en el cine-teatro Marques Duque, donde una espiritista intentará contactar con Houdini. Ella antes llevará flores a la tumba de su abuela en el cementerio junto al castillo y le contará el feliz nacimiento de su nueva hermana.)




30 marzo 2016

LAS OLEADAS DE LESBOS

El día mundial del teatro asistí a una obra en el teatro municipal de Mitilini. Se reprentaban varias obras, centradas todas en el tema refugiados. La que cosechó más éxito fue una compañía local inspirada en la comedia dell’arte. Arlequino era un voluntario griego y todos sus compañeros el resto de actores que se ven por aquí estos días: una guapa voluntaria alemana de la que todos se enamoraban y que salvaba a un refugiado ahogado con el “beso de la vida” que había aprendido de un salvavidas español. Se trataba de un beso de tornillo que bien despierta a  muerto. Estaban también un funcionario de la UE, el gobierno turco, la OTAN con forma de capitán marino con sable y FRONTEX representado por una marinera sin ganas ni equipamiento. La sala reía a carcajadas porque este año lo que han vivido es eso. Algunos lo llaman el negocio de los refugiados. Aquí, por ahora, es parte de los acontecimientos que de un año a esta parte han trastornado la vida de esta isla tranquila.

 En los últimos meses Lesbos ha sufrido varias oleadas de visitantes. La primera, en verano de 2015, fueron los refugiados. Prácticamente de un día para otro empezaron a llegar a sus playas barcas cargadas de refugiados sirios. Llenaron las carreteras, el puerto y luego las calles de la ciudad. Cuando empezaron a tomarse medidas y a organizar el caos se abrieron los campos de refugiados y los centros de registro. Entonces desaparecieron los refugiados (sólo se veían ya en grupo, esencialmente en la puerta de las agencias de viaje o esperando cerca del puerto). Y aparecieron los voluntarios. Miles de voluntarios de todo tipo tomaron la isla. Gente desinteresada que se venía a Lesbos a pasar una semana, un mes o varios. Todo se atendía con voluntarios: la llegada de las barcas, el alojamiento en los campos, la comida, la ropa… La tercera oleada fueron las ONG. Trabajadores humanitarios de todos los países llenaron las ciudades de un ambiente menos bohemio pero todavía comprometido. Personas acostumbradas a vivir en rincones remotos de la tierra, la mayoría vestidas sin pudor con logos y chaquetas llenaron los restaurantes. Ahora empieza a llegar la cuarta oleada. Son soldados italianos, marinos noruegos, policías holandeses, funcionarios suecos y alemanes. Funcionarios de toda Europa bien vestidos y mejor pagados. Me decía un isleño que las oleadas son como una escalera que, opinaba en broma, debería acabar con la aristocracia mundial llenando Lesbos. Por ahora ha venido Angelina Jolie a visitar refugiados y ha prometido volver de vacaciones, que no es poca cosa.

La gente de aquí sólo se volcó con la primera. Llevaban años llegando refugiados, a cuentagotas. Cuando se convirtió en un flujo masivo miles de gentes de la isla se echaron a las playas. Se pasaban el día recogiendo y repartiendo ropa, buscando mantas, cambiando a la gente que llegaba mojada y llevándolos a sitio seguro. Todo el mundo en Lesbos tiene un recuerdo entrañable de aquellos días. Todos tienes anécdotas de familias sirias o afganas agradecidas. Y todos lo recuerdan con melancolía, como una buena época. Quizás de ahí viene un cierto escepticismo respecto a las ONGs, alimentado por los rumores propios de la isla sobre sueldos, enchumismos y envidias.

28 diciembre 2015

EL VIAJE (refugiados de lesbos, I)

Llevo una semana en Lesbos y ya voy entendiendo cómo es el viaje de un refugiado.
El itinerario es fácil. Llegan desde Turquía en barcas. La mayoría sale de los poblados de alrededor de la ciudad de Ayvalik, aunque antes esperan unas semanas en un barrio del centro de Esmirna al que ya llaman la pequeña Siria. La costa turca está realmente cerca, casi a un tiro de piedra. La travesía no debería durar más de un par de horas en un día tranquilo. Hay varios tipos de barcas según lo que uno esté dispuesto a pagar. Las más frecuentes son largas zodiacs de goma barata y blanda, dinguis, las llaman aquí. Los traficantes turcos las llenan de gente, le ponen un motor y les indican como llegar. Los refugiados, solos en las lanchas, a menudo se guían por el GPS de sus teléfonos móviles para llegar a la playa adecuada: con un poco de suerte donde menos rocas haya. Lo más habitual es emprender el viaje a última hora de la tarde o a primera de la mañana. Para ayudarles a orientarse hay voluntarios que ponen coches con las luces encendidas en las playas más accesibles. A veces, cuando se están acercando los dinguis en mitad de la noche se ven puntitos azules: las pantallas de sus teléfonos, con los que intentan orientarse.
La mayoría de refugiados viene con su salvavidas, aunque también en eso hay precios y cualidades. En Esmirna floreció el negocio de los salvavidas. Pero ningún proveedor da abasto para fabricar medio millón de salvavidas a ese ritmo. El resultado es que empezaron a vender salvavidas falsos, que por dentro están hechos de cartón prensado o celulosa. Si caen al agua se hinchan y en vez de mantener a flote al náufrago, lo arrastran al fondo del mar. Algunos niños pequeños traen un remedo de salvavidas hinchable, que no es apto ni para piscinas. Estos días las playas de Lesbos están llenos de millares de salvavidas abandonados. Hasta hay una ONG dedicada exclusivamente a recuperarlos para reciclarlos.
Durante este año han llegado a esta isla así, en lanchas precarias, medio millón de personas. Más de tres mil han muerto en el intento. Para cualquiera que mire un mapa es difícil de entender por qué corren este riesgo, en vez de entrar a pie directamente a Bulgaria, que pertenece a la Unión Europea y tiene una frontera más accesible. Según los refugiados y los cooperantes que los ayudan es por la actitud de la policía búlgara, que maltrata, roba y deporta ilegalmente a los refugiados con total impunidad.
A simple vista tampoco es creíble que las autoridades turcas digan que no pueden parar el éxodo de barcas, a pesar de los millones de euros que la UE les ha dado para ello. Cuando Turquía recibió el dinero, en noviembre, hubo un día sin refugiados. Sólo uno. El primero y el último. Inmediatamente se recuperó el ritmo. Las lanchas viajan sobre todo de noche, pero medio millón de personas no viaja de incógnito. Los guardacostas turcos las ven prepararse y salir; según algunos incluso cobran un peaje por cada viajero que dejan pasar.
Cuando están llegando a la playa a menudo los refugiados pinchan sus barcas. En principio la ley griega obliga a acoger a las víctimas de cualquier naufragio, pero permite castigar y deportar a quien entre ilegalmente en el país. Eso ya no se aplica a la oleada de personas que llegan estos días pero, por si las moscas, muchos prefieren desinflar la zodiac y tirarse al agua junto a la orilla. Llegan todos con los zapatos -y la ropa, a menudo- empapados. Lo que más se necesita en la isla estos días son zapatos nuevos. Se han agotado en las tiendas y los almacenes y las oenegés no saben de donde sacarlos.
Muchas barcas chocan contra las rocas. Otras pierden el aire antes de llegar, o se estropean, o simplemente se hunden.
En el norte de la isla una asociación de socorristas voluntarios, muchos de ellos españoles, tiene dos lanchas de salvamento en el puerto de skala skammia y un sistema de alerta las veinticuatro horas, para salir a buscar balsas en apuros. Están salvando muchas vidas.
Hay también varios grupos de voluntarios a pie de playa, siempre esperando a las lanchas de refugiados. Los ayudan a salir del agua, los arropan con mantas, les dan ropa seca y té; han levantado algunas tiendas donde pueden reposar los más cansados. También atienden a heridos y enfermos. Son el primer abrazo solidario y espontáneo que reciben los refugiados. Están en contacto con las agencias de ayuda: llaman ambulancias para los heridos. Un par de minibuses lleva a los demás hasta el centro de tránsito de Eurorelief, en lo alto de la colina. Allí esperan unas horas en varias tiendas hasta que autobuses más grandes, de ACNUR, los van llevando al campo de refugiados de Moria. Algunos pasarán la noche a medio camino, en el campo que MSF tiene en Mandamados, donde caben casi cuatrocientos. Al amanecer también ellos irán a Moria. Todos los refugiados tienen que pasar por Moria: es un lugar caótico, sobrepoblado y poco acogedor. Pero también el único punto donde los refugiados pueden registrarse como tales y obtener los papeles que les permiten viajar libremente. Al menos por Grecia.
Últimamente las barcas van dejando de llegar al norte de la isla y se dirigen a la zona del aeropuerto, en el sur. Hasta ahí la travesía es más larga, puede durar hasta seis horas; muchísimo, si se tiene en cuenta la distancia: el viejo transbordador que conecta Turquía y Mitilini lo hace en cuarenta minutos a paso de tortuga. Pero está vetado a los refugiados, que tienen que jugarse la vida en el mar. En las playas del aeropuerto hay menos recursos esperando. Normalmente, grupos de voluntarios que se mueven en coche por los cinco o seis kilómetros de carretera de esa costa para acercarse hasta el punto de llegada. Hay jubilados griegos que van con el coche cargado de ropa. Otros que llevan té. Un grupo de bomberos sevillanos lleva aquí ya un mes y aunque no tienen barcas, sí que se meten en el agua hasta la cintura para ayudar a dirigir los últimos metros de las zodiacs. Hay paramédicos y voluntarios de Moria que en los ratos libres echan una mano en la playa.  Unos chicos holandeses de Pipka traen grandes termos de té caliente que van sirviendo a los refugiados que tiritan de frío.
Los voluntarios forman dos hileras para que los refugiados vayan bajándose entre emdio y no vuelquen el Dingui. Llegan bebés empapados con el agua chorreándoles por la cara, mujeres histéricas, mucha gente temblando, en shock. Algunos se arrodillan en el suelo nada más llegar para dar las gracias. A algunas señoras mayores las bajan en brazos.

Muchos grupos traen mochilas donde acumulan toda su vida. Fardos que entre todos se bajan también a la orilla. Otros vienen sin nada, porque en mitad de la travesía tuvieron miedo de hundirse y no les quedó más remedio que tirar por la borda todo el peso de más. Esos llegan mucho más desesperados. Muchos niños traen la ropa manchada de vómito seco. Un par de oficiales de ACNUR observa siempre la operación de lejos, y en cuanto el grupo empieza a estar tranquilizado y razonablemente seco lo conducen a los autobuses que los llevaran a Moria. Allí se van a convertir legalmente en refugiados.

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