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30 marzo 2016

LAS OLEADAS DE LESBOS

El día mundial del teatro asistí a una obra en el teatro municipal de Mitilini. Se reprentaban varias obras, centradas todas en el tema refugiados. La que cosechó más éxito fue una compañía local inspirada en la comedia dell’arte. Arlequino era un voluntario griego y todos sus compañeros el resto de actores que se ven por aquí estos días: una guapa voluntaria alemana de la que todos se enamoraban y que salvaba a un refugiado ahogado con el “beso de la vida” que había aprendido de un salvavidas español. Se trataba de un beso de tornillo que bien despierta a  muerto. Estaban también un funcionario de la UE, el gobierno turco, la OTAN con forma de capitán marino con sable y FRONTEX representado por una marinera sin ganas ni equipamiento. La sala reía a carcajadas porque este año lo que han vivido es eso. Algunos lo llaman el negocio de los refugiados. Aquí, por ahora, es parte de los acontecimientos que de un año a esta parte han trastornado la vida de esta isla tranquila.

 En los últimos meses Lesbos ha sufrido varias oleadas de visitantes. La primera, en verano de 2015, fueron los refugiados. Prácticamente de un día para otro empezaron a llegar a sus playas barcas cargadas de refugiados sirios. Llenaron las carreteras, el puerto y luego las calles de la ciudad. Cuando empezaron a tomarse medidas y a organizar el caos se abrieron los campos de refugiados y los centros de registro. Entonces desaparecieron los refugiados (sólo se veían ya en grupo, esencialmente en la puerta de las agencias de viaje o esperando cerca del puerto). Y aparecieron los voluntarios. Miles de voluntarios de todo tipo tomaron la isla. Gente desinteresada que se venía a Lesbos a pasar una semana, un mes o varios. Todo se atendía con voluntarios: la llegada de las barcas, el alojamiento en los campos, la comida, la ropa… La tercera oleada fueron las ONG. Trabajadores humanitarios de todos los países llenaron las ciudades de un ambiente menos bohemio pero todavía comprometido. Personas acostumbradas a vivir en rincones remotos de la tierra, la mayoría vestidas sin pudor con logos y chaquetas llenaron los restaurantes. Ahora empieza a llegar la cuarta oleada. Son soldados italianos, marinos noruegos, policías holandeses, funcionarios suecos y alemanes. Funcionarios de toda Europa bien vestidos y mejor pagados. Me decía un isleño que las oleadas son como una escalera que, opinaba en broma, debería acabar con la aristocracia mundial llenando Lesbos. Por ahora ha venido Angelina Jolie a visitar refugiados y ha prometido volver de vacaciones, que no es poca cosa.

La gente de aquí sólo se volcó con la primera. Llevaban años llegando refugiados, a cuentagotas. Cuando se convirtió en un flujo masivo miles de gentes de la isla se echaron a las playas. Se pasaban el día recogiendo y repartiendo ropa, buscando mantas, cambiando a la gente que llegaba mojada y llevándolos a sitio seguro. Todo el mundo en Lesbos tiene un recuerdo entrañable de aquellos días. Todos tienes anécdotas de familias sirias o afganas agradecidas. Y todos lo recuerdan con melancolía, como una buena época. Quizás de ahí viene un cierto escepticismo respecto a las ONGs, alimentado por los rumores propios de la isla sobre sueldos, enchumismos y envidias.

28 diciembre 2015

EL VIAJE (refugiados de lesbos, I)

Llevo una semana en Lesbos y ya voy entendiendo cómo es el viaje de un refugiado.
El itinerario es fácil. Llegan desde Turquía en barcas. La mayoría sale de los poblados de alrededor de la ciudad de Ayvalik, aunque antes esperan unas semanas en un barrio del centro de Esmirna al que ya llaman la pequeña Siria. La costa turca está realmente cerca, casi a un tiro de piedra. La travesía no debería durar más de un par de horas en un día tranquilo. Hay varios tipos de barcas según lo que uno esté dispuesto a pagar. Las más frecuentes son largas zodiacs de goma barata y blanda, dinguis, las llaman aquí. Los traficantes turcos las llenan de gente, le ponen un motor y les indican como llegar. Los refugiados, solos en las lanchas, a menudo se guían por el GPS de sus teléfonos móviles para llegar a la playa adecuada: con un poco de suerte donde menos rocas haya. Lo más habitual es emprender el viaje a última hora de la tarde o a primera de la mañana. Para ayudarles a orientarse hay voluntarios que ponen coches con las luces encendidas en las playas más accesibles. A veces, cuando se están acercando los dinguis en mitad de la noche se ven puntitos azules: las pantallas de sus teléfonos, con los que intentan orientarse.
La mayoría de refugiados viene con su salvavidas, aunque también en eso hay precios y cualidades. En Esmirna floreció el negocio de los salvavidas. Pero ningún proveedor da abasto para fabricar medio millón de salvavidas a ese ritmo. El resultado es que empezaron a vender salvavidas falsos, que por dentro están hechos de cartón prensado o celulosa. Si caen al agua se hinchan y en vez de mantener a flote al náufrago, lo arrastran al fondo del mar. Algunos niños pequeños traen un remedo de salvavidas hinchable, que no es apto ni para piscinas. Estos días las playas de Lesbos están llenos de millares de salvavidas abandonados. Hasta hay una ONG dedicada exclusivamente a recuperarlos para reciclarlos.
Durante este año han llegado a esta isla así, en lanchas precarias, medio millón de personas. Más de tres mil han muerto en el intento. Para cualquiera que mire un mapa es difícil de entender por qué corren este riesgo, en vez de entrar a pie directamente a Bulgaria, que pertenece a la Unión Europea y tiene una frontera más accesible. Según los refugiados y los cooperantes que los ayudan es por la actitud de la policía búlgara, que maltrata, roba y deporta ilegalmente a los refugiados con total impunidad.
A simple vista tampoco es creíble que las autoridades turcas digan que no pueden parar el éxodo de barcas, a pesar de los millones de euros que la UE les ha dado para ello. Cuando Turquía recibió el dinero, en noviembre, hubo un día sin refugiados. Sólo uno. El primero y el último. Inmediatamente se recuperó el ritmo. Las lanchas viajan sobre todo de noche, pero medio millón de personas no viaja de incógnito. Los guardacostas turcos las ven prepararse y salir; según algunos incluso cobran un peaje por cada viajero que dejan pasar.
Cuando están llegando a la playa a menudo los refugiados pinchan sus barcas. En principio la ley griega obliga a acoger a las víctimas de cualquier naufragio, pero permite castigar y deportar a quien entre ilegalmente en el país. Eso ya no se aplica a la oleada de personas que llegan estos días pero, por si las moscas, muchos prefieren desinflar la zodiac y tirarse al agua junto a la orilla. Llegan todos con los zapatos -y la ropa, a menudo- empapados. Lo que más se necesita en la isla estos días son zapatos nuevos. Se han agotado en las tiendas y los almacenes y las oenegés no saben de donde sacarlos.
Muchas barcas chocan contra las rocas. Otras pierden el aire antes de llegar, o se estropean, o simplemente se hunden.
En el norte de la isla una asociación de socorristas voluntarios, muchos de ellos españoles, tiene dos lanchas de salvamento en el puerto de skala skammia y un sistema de alerta las veinticuatro horas, para salir a buscar balsas en apuros. Están salvando muchas vidas.
Hay también varios grupos de voluntarios a pie de playa, siempre esperando a las lanchas de refugiados. Los ayudan a salir del agua, los arropan con mantas, les dan ropa seca y té; han levantado algunas tiendas donde pueden reposar los más cansados. También atienden a heridos y enfermos. Son el primer abrazo solidario y espontáneo que reciben los refugiados. Están en contacto con las agencias de ayuda: llaman ambulancias para los heridos. Un par de minibuses lleva a los demás hasta el centro de tránsito de Eurorelief, en lo alto de la colina. Allí esperan unas horas en varias tiendas hasta que autobuses más grandes, de ACNUR, los van llevando al campo de refugiados de Moria. Algunos pasarán la noche a medio camino, en el campo que MSF tiene en Mandamados, donde caben casi cuatrocientos. Al amanecer también ellos irán a Moria. Todos los refugiados tienen que pasar por Moria: es un lugar caótico, sobrepoblado y poco acogedor. Pero también el único punto donde los refugiados pueden registrarse como tales y obtener los papeles que les permiten viajar libremente. Al menos por Grecia.
Últimamente las barcas van dejando de llegar al norte de la isla y se dirigen a la zona del aeropuerto, en el sur. Hasta ahí la travesía es más larga, puede durar hasta seis horas; muchísimo, si se tiene en cuenta la distancia: el viejo transbordador que conecta Turquía y Mitilini lo hace en cuarenta minutos a paso de tortuga. Pero está vetado a los refugiados, que tienen que jugarse la vida en el mar. En las playas del aeropuerto hay menos recursos esperando. Normalmente, grupos de voluntarios que se mueven en coche por los cinco o seis kilómetros de carretera de esa costa para acercarse hasta el punto de llegada. Hay jubilados griegos que van con el coche cargado de ropa. Otros que llevan té. Un grupo de bomberos sevillanos lleva aquí ya un mes y aunque no tienen barcas, sí que se meten en el agua hasta la cintura para ayudar a dirigir los últimos metros de las zodiacs. Hay paramédicos y voluntarios de Moria que en los ratos libres echan una mano en la playa.  Unos chicos holandeses de Pipka traen grandes termos de té caliente que van sirviendo a los refugiados que tiritan de frío.
Los voluntarios forman dos hileras para que los refugiados vayan bajándose entre emdio y no vuelquen el Dingui. Llegan bebés empapados con el agua chorreándoles por la cara, mujeres histéricas, mucha gente temblando, en shock. Algunos se arrodillan en el suelo nada más llegar para dar las gracias. A algunas señoras mayores las bajan en brazos.

Muchos grupos traen mochilas donde acumulan toda su vida. Fardos que entre todos se bajan también a la orilla. Otros vienen sin nada, porque en mitad de la travesía tuvieron miedo de hundirse y no les quedó más remedio que tirar por la borda todo el peso de más. Esos llegan mucho más desesperados. Muchos niños traen la ropa manchada de vómito seco. Un par de oficiales de ACNUR observa siempre la operación de lejos, y en cuanto el grupo empieza a estar tranquilizado y razonablemente seco lo conducen a los autobuses que los llevaran a Moria. Allí se van a convertir legalmente en refugiados.

30 agosto 2015

Peloponeso IV (el gato de Epidauros)

Siempre me había dolido no haber asistido a ninguna representación en el teatro antiguo de Epidauro. Era una espina que tenía clavada desde hace años y esta vez decidí sacármela. Así que fuimos a ver una versión de Orestes.
La obra resultó mediocre. El montaje, como suele pasar demasiado a menudo, se quedaba en lo estético: se limitaba a visualizar la obra de un modo diferente, ligeramente rompedor, tras el que no había ningún discurso ni mensaje ni concepto.
Usaron la versión de Tsarouchis, el genial pintor reflejo en sí mismo de lo mejor del siglo veinte griego. Está cargada de insinuaciones sugerentes e interpretaciones rompedoras... todas ignoradas olímpicamente por los encargados de la puesta en escena. Vamos, que resultó un aburrimiento.
Lo único interesante en la obra fue un efecto aparentemente involuntario. El director, en buen ortodoxo, no se atrevió a presentar la relación entre Orestes y Pilíades con toda la carga homoerótica que indudablemente tiene. La quiso presentar como sano compañerismo guerrero. El resultado -una pandilla torpe y agresiva de nacionalistas más bien fachas- resultó inquietantemente parecido a dos matones cualesquiera del partido neonazi Aurora Dorada (huevo dorado, con el juego de palabras más en boga). Así va el país.
Sin embargo el teatro, y la noche, era espectaculares. A pesar de que es un espacio grande, ocupado por miles de asistentes, los actores hablaban sin micrófono y se oía perfectamente. El decorado de columnas, piedras y sillares antiguos diseminados entre las ruinas le daba un esplendor permanente a la representación. La luna llena, que hacía prácticamente innecesarias las luces, lo realzaba.
De lo que pasó por el escenario, lo mejor fue un gato. Un gato que vive, entre otros muchos, en las ruinas y que se paseó por mitad de escenario en plena obra como si nada estuviera pasando y ésa fuera simplemente una noche más entre las piedras en las que vive.
El gato se coló entre los pies de los actores que hicieron como que no lo veían y eso me recordó una escena de una semana antes en Atenas. Cuando estábamos a punto de coger el último metro en la plaza de Syntagma una amiga que había venido a pasar unos días calló en la cuenta de que nunca había visto el cambio de guardia de los evroni ante el Parlamento. Así que me acerqué con ella a que viera el de medianoche. No había más que una par de grupitos de turistas, pero mientras ella se admiraba del porte viril de los soldados no pude dejar de ver una rata grande que salió de los arbustos. Se acercó a la llama al soldado desconocido y después corrió de una garita a otra entre los pies borlados de los militares, que hacían claramente como que no la veían. Me pareció una metáfora de lo que ha pasado a menudo en Grecia, entre políticos que ignoran la realidad aunque esté entre sus zapatos, porque las cosas siempre han sido así.
Tras el teatro y el repunte de la pena por la terrible situación de este país necesitaba algo de optimismo. Así que al día siguiente fui a buscar algunas de sus últimas calas desiertas, justo tras el istmo de Corinto. Efectivamente, por la zona de Alkiona hay calas escondidas donde los atenienses más hippies aún acampan y se bañan desnudos lejos de turistas y domingueros. Se llega por pistas forestales sin asfaltar que suben y bajan por montes de pinos. De hecho, el olor de los pinos es intenso y se percibe desde lejos, anunciando el mar incluso antes de verlo. Después aún hay que bajar andando por un camino empinado de tierra. Una vez allí, uno diría que son las últimas calas secretas del mar Egeo. Pequeñas, de piedras, con forma semicircular. Se pasa de una a otra trepando por un grupo de rocas. También bordeando una pequeña colina si se quiere ir a las dos o tres más inaccesibles. El agua es transparente y plácida, sin apenas olas. Está llena de vida: pequeños arrecifes, peces de todos los tamaños, estrellas de mar, erizos, gigantes mejillones anaranjados, caballitos de mar. Jóvenes griegos suelen acampar en estas playas. Instalan alguna tienda, se llevan comida y pasan algunos días totalmente desnudos. Por las noches sentados ante pequeñas fogatas beben, juegan a juegos de mesas y cantan. De día dormitan en la playa, bucean, toman el sol. El sol en esas playitas parece diferente; se diría que es un sol más auténtico y luminoso. Con la pureza del concepto de Mediterráneo. Ante él no hay manera de evitar el deseo de desprenderse de la menor prenda de ropa y dejarse acariciar por u calor, por el mar, por el olor de los pinos, como si uno acabara de nacer.


28 agosto 2015

Mani II (Torres y piratas)




Liberakis Gerakaris, primer Bey de Mani, era un pirata. Un auténtico pirata de los que abordan barcos a golpe de espada y cañón. Los turcos, hartos de perder galeras en el mediterráneo, decidieron nombrarlo representante del Sultán en su Mani natal. Liberakis aceptó porque lo pilló en un momento de rabia, deseando vengarse de la familia más importante de la zona: los Stefanopoulis, que le habían prometido a su hija en matrimonio y en el último momento -aprovechando que el pirata se había ido a atacar a alguien- se la dieron a un noble pretencioso del pueblo de al lado. Así que nada más ser nombrado aprovecho el apoyo turco para lanzarse contra los Stefanopoulis. Los cercó en su casa castillo de Itylo y cuando la arrasó no dudó en decapitar a su fallido suegro, al marido de la chica y a treinta cabecillas más. Los setecientos habitantes de Itylo no vieron más solución que escapar. El pueblo entero se subió a un gran velero y se fueron a Córcega, donde fundaron una nueva ciudad y hasta hay quien dice que son los antepasados de Napoleón Bonaparte. Por su parte Liberakis siguió toda la vida oscilando entre la piratería y el gobierno. Y en revancha se casó con la bellísima Anastasia, princesa y sobrina de un voivoda de Valaquia. Este tipo es, hoy por hoy, el ídolo nacional de los maniotas. Orgullosos de sus piratas, sus eternas guerras civiles y las venganzas familiares que consideran la esencia de esta tierra. Tanto como el paisaje de pequeños pueblos fortificados diseminados entre matorrales y cactus por estas montañas peladas. En Mani, las torres eran a la vez símbolo de estatus y mecanismo de defensa. Los clanes maniotas se peleaban a ver quién las tenía más largas. Es cierto que al ser más alta era más fácil apedrear con rocas los tejados de los enemigos, pero la cosa se les fue de las manos.
Las casas de Mani son pequeños castillos, casi todas construidas alrededor de su torre. Los pueblos cuajados de torreones surgían a menudo cuando una familia derrotada en las intensas guerras civiles que se celebraban de un lado a otro de la calle, se iba unos kilométros más allá. Las montañas son de piedra. Com las casas y los muros que las rodean. De hecho todo es de piedra aquí. Las casas se confunden con el paisaje árido y pedregoso. Apenas se hacen notar, colgadas sobre los barrancos, camufladas en la montaña casi lunar entreverada de chumberas. El paisaje es seco, como la gente. Dura y correosa. La única variación son las pequeñas iglesias repartidas por todo el territorio. Uno podría pensar que eso demuestra un rastro de piedad, casi bondad, en el carácter peleón de los maniotas. En verdad son iglesias guerreras. Cada familia tenía su iglesia. Y cada pirata. Una iglesia con un santo al que agradecer los buenos botines y donde rogar por que la suerte acompañe la próxima campaña. De hecho los curas, que otras islas siempre fueron el objetivo preferido del saqueo pirata (los papas guardan dinero en su casa y si era necesario la comunidad pagaba suculentos rescates para recuperar a su cura) en Mani eran ellos mismos piratas. Me contaron una noche la historia de Mitrófanis Fasidonis, el monje que sólo salía de su Monasterio en Gerolimenas para encabezar la flota corsaria frente a alguna víctima apetecible.  Se mantiene en pie la mayoría de las torres, y no han desaparecido los clanes ni las familia. La más importante de todas es la de los Mavromichalis (lois de miguel el negro). Señores de Areópolis que siempre han mandado: fueron representantes de los turcos, luego encabezaron la guerra de independencia contra los turcos, después han sido ministros y diputados. Alguno queda en el Parlamento aún y otros pocos mantienen un centro social en el pueblo. Cada tarde un grupo de cinco o seis personas, descendientes de la familia, se sientan en la puerta, a la sombra de una morera. Beben café y tsipuro y charlan con aires señoriales. Dentro, el centro es un despliegue de libros, cuadros y gráficos con toda las hazañas y miembros distinguidos de la familia. A pocos metros, la torre que hay junto a la iglesia pertenece a la familia Versakós. Ahí Giorgios Versakós -todo un carácter- ha creado su propio museo "de la guerra". De todas ellas. La puerta de la torre la ha decorado con lápidas narrando las hazañas guerreras de sus antepasados, seguramente, visto el estilo, encargadas a la funeraria local. Es un claro desafío a los Mavromichalis para dejar claro que ellos no son los únicos con pasado glorioso. Pero Giorgios está en minoría en el pueblo, y se lo hacen notar. La entrada a su museo estaba decorada hasta hace unos meses con una enorme bomba de cañón. Sin explotar. Alguien lo denunció y de pronto un día la plaza se llenó de policías, artificieros, el ejército y ambulancias. Un despliegue oficial alarmado que procedió a retirar la bomba sin peligro. En su lugar ha colocado una antigua batería antiaérea. Sobre ella un vecino poco piadoso -o simplemente harto- ha pegado un papel: "no subirse ni hacer ruido después de las nueve de la noche. Llamo a la policía." A ver lo que dura.

26 agosto 2015

Mani I (Maniotas)

Mani debería significar luna. Por sus montañas peladas de polvo grisáceo; por lo aislado del lugar; y hasta por el carácter lunático de los lugareños. Sin embargo siempre se ha llamado Mani y el único consuelo que nos queda es que a los habitantes se les llame maniacos, que no es poco.
Los maniacos son fuertes y orgullosos. Les gusta mantener su leyenda de pueblo inexpugnable, hijos de piratas. Casi en cada casa ondea la bandera de la revolución griega con el moto "victoria o muerte" (Niki i thanatos) y la cruz azul de la ortodoxia cristiana alzada contra el turco.
-¿Y qué cantamos juntos? -el niño sonríe y entonces los dos entonan juntos la primera estrofa de aquella canción que dice "mi país es Mani y nadie lo puede conquistar". Toda la familia reunida alrededor aplaude con entusiasmo.
En Mezapos nos cruzamos con un abuelo jugando en la calle con su nieto de poquísimos años. Le pregunta: -¿Cual es tu país? -¡Mani!
En busca de esos mitos, los aficionados a la buena literatura de viajes suelen venir a la península de Mani siguiendo las huellas de Patrick Leigh Fermor -Paddy, para los desconocidos-. O incluso con la idea de sentarse a mirar el paisaje sobre la tumba de Bruce Chatwin, perdida bajo algún olivo junto a la iglesia de San Jorge en Chora. Llegan imaginando un lugar inhóspito e inaccesible de habitantes fieros. Pero eso era antes, cuando había que desplazarse en mula y la subida al Taigetos desde Kalamata era una aventura como para pensársela. Ahora hay carreteras por toda la península y en veinte minutos desde Esparta o Kalamata los griegos en busca de playas se plantan en mitad de lo que aún se llama el Mani interior.
Se supone que ésa ha sido siempre la esencia de Mani. El sentido de pueblo guerrero. El paisaje desolado de las montañas grises está salpicado de torres de guerra e iglesias. Los maniotas acostumbran a pelear entre sí. Y cada familia tiene su torre y su capilla. Desde hace siglos.
Las tiendas de Mani son el testimonio de un tiempo que se va acabando.La foto de los antepasados, fundadores del negocio, comparten siempre lugar de honor con carteles publicitarios de colores desvaídos de marcas que hace ya mucho que dejaron de existir. En casi todas esas fotos lo padres o abuelos aparecen en blanco y negro mirando seriamente a la cámara, con los largos bigotes arreglados y ropa de boda. A su lado la decoración se completa con fotos de grupo de gente del pueblo en algún acto público; relojes que dan la hora a pesar del polvo acumulado sobre sus agujas; pósteres de actrices en blanco y negro; mapas amarillentos; pegatinas de origen inexplicable. Las paredes de las tiendas, los cafés, las pastelerías... no han cambiado en décadas. Seguramente es un modo de seguir sintiéndose en casa mientras afuera las cosas empiezan a cambiar y a entregarse al nuevo turismo.
Por las mañanas la gente de los pueblos y las aldeas de alrededor coge el coche y se viene a Areópolis. A comprar suministros y, cada vez más, con la edad, a la única farmacia de la zona. Las calles estrechas y empedradas se llenan de pickups y coches que jamás pasarían una ITV.
Mani no esta hecho para el verano. La península, áspera y seca, despoblada, pero cuajada de calas de agua transparente, recoletas y llenas de peces, es demasiado atractiva para el turismo local. Familias de Atenas y de todo el Peloponeso bajan hasta aquí a echar unos días y en verano las tardes de Areópolis se llenan de tabernas, restaurantes y bares para los turistas. Los maniotas, siempre rebeldes y revueltos, no renuncian a sus habilidades de piratas. Se las apañan para cobrar siempre de más a esos turistas, tanto como para no pagar a hacienda, que es una de las partes del Estado griego que nunca llegó a la zona. En invierno las aldeas fortificadas vuelven -dentro de lo que cabe- a su pasado aislado. A los kafeníos donde sólo entran siempre las mismas caras y a las historias nocturnas de vampiros, venganzas y muertos.
En el centro de la ciudad hay algo parecido a un supermercado. En letras grandes e historiadas el cartel pone "Yperágora". Lo lleva Vasilis Kilakos con malas pulgas y ese carácter tan cortante que triunfa en Mani. Es un sitio destartalado aunque con alguna reciente concesión al turismo: esencialmente, Vasilis ha colocado en la puerta una estantería con miel, alcaparras, aceitunas y otros productos locales. Y a su lado un maniquí jubilada de unos antiguos almacenes de Kalamata, disfrazada de maniota. El pelo estropajoso le sobresale en mechones por los lados de un pañuelo y tiene los ojos vidriosos agrietados en una mirada perdida. El resultado es inquietante. Sin embargo dentro sigue todo igual. Una escasez de productos casi comunista y ninguna concesión a la decoración. Casi ni a la limpieza. Vende un poco de todo, aunque todo algo polvoriento. los instrumentos de caza tienen un lugar destacado, sobretodo disfraces de camuflaje, lubricante para armas y cartuchos de diversos calibres. En la parte de atrás tiene un patio con un horno de pan que inunda todo el local de aroma cálido y casi maternal.
Antes de los maniotas paraban por estas tierras viajeros neolíticos de paso desde las islas jónicas. Eso viene muy bien tanto para el turismo como para las leyendas. Dejaron sus restos en las cuevas de Pirgos, una atracción de estalactitas y estalagmitas iluminadas que se visitan en barca. Allí encontraron hace unos meses dos esqueletos, uuna muchacha y un muchacho, que en la edad de hierro alguien enterró abrazados. Los turistas lo verán como una historia de amor, los maniotas como alguna maldición maligna. Puntos de vista.

21 agosto 2015

PELOPONESO III (Esparta)

La llanura Laconia se abre al otro lado del Taígetos y se extiende hasta la parte exterior de Mani. Es una zona verde, propensa al verde de los frutales y hasta al cereal, aunque esencialmente llena de olivos. Si Kalamata presume de aceitunas, aquí alardean de producir el mejor aceite de oliva. 
Algo debe de haber de cierto: por la noche paramos en un kafenío lleno de viejos campesinos en una aldea cerca de Mystrás. Para acompañar el tsipouro pedimos que nos pusiera un tomate cortado en rodajas. El tabernero era un espartano que habitualmente trabaja en un taller de automóviles; esa noche sustituía al camarero habitual. Nos trajo un tomate enorme y jugoso bañado en un aceite tan delicioso -espeso, dorado, casi dulce- que no pudimos dejar de mojar trozos de pan hasta acabarnos entera una de esas grandes hogazas de la zona. Y esa fue nuestra espléndida cena.

A medida que nos acercamos a la acrópolis de Esparta, en el lugar más central de la llanura, los olivos son enormes, multicentenarios; de varios metros de diámetro. Entre ellos surgen de pronto algunas vallas de plástico que delimitan los lugares que se están excavando. No hay carteles ni senderos explicativos ni se supone abierto a la visita de los turistas. Las excavaciones han sacado a la luz en un lado la base de un gigantesco reciento semicircular construida en rocas megalíticas. Un poco más allá, un muro de lo que podría ser el foro y varias construcciones adosadas. El muro está hecho de piedras irregulares talladas para que encajen perfectamente entre sí, como un puzzle perfectamente resuelto. Detrás de unos árboles al otro lado del camino hay cinco columnas cuya base aún se hunde en la tierra, varias de ellas son estriadas. Hay un trozo más de columna tumbado en el fondo de la excavación junto a varios bloques de mármol. Al ser éste un rincón resguardado de la vista de quienes pasan por la calzada se ve que alguien ha decidido usarlo como retrete de urgencia. Varios trozos de papel higiénico diseminados entre las ruinas -entre otras cosas- dan fe de ello.

Esto es lo que queda de la rival de Atenas. Del centro de su poder, al menos. La ciudad moderna fue construída enteramente a mitad del S. XIX, con ese apogeo de la reivindicación del pasado clásico que siguió a la independencia griega. Diseminados por ella quedan algunos restos más, incluida una tumba que a los locales les gusta imaginar que pertenece a Leónidas. Los turistas en su mayoría se limitan a visitar el teatro “romano”, bien conservado y señalizado. La ciudad, por su parte, es lineal: trazada con tiralíneas cuando planificaron que volviera a existir una Esparta. Tiene fama de fea, pero no es peor que la mayoría de ciudades del Peloponeso rural. Tanto han insistido sus autoridades en ligarse al pasado guerrero que la llenaron de monumentos al ejército, a los atletas olímpicos, al valor de quien en algún momento dio la vida por su país...y de sus correspondientes charlas en colegios, ceremonias cívicas y demás parafernalia. El resultado son unos habitantes conservadores y profundamente nacionalistas. Es el bastión de Aurora Dorada y, en general, de todos los partidos neofascistas que surgen. Cosas de jugar con la historia.
Como es domingo, no hay nadie en las excavaciones y puedo pasear tranquilamente por ellas; tampoco tienen vallado o señal alguna que lo impida. Hay montones de tierra extraída hace poco de las zanjas y en ellos abundan los restos de cerámica basta. Intento imaginar el lugar en la época clásica. No me puedo quitar de la cabeza la idea de que tampoco entonces debió ser un lugar mucho más urbanita ni sofisticado. No sé hasta qué punto es del todo exacto el mito de la Esparta guerrera, feudal y campesina, pero aquí, entre los olivos, el polvo y el vacío se me hace fácil de creer. Sin duda la dualidad con la Atenas intelectual y democratica ha tenido mucho de construcción posterior. Y no deja de ser una imagen simplista. Sin embargo en el Peloponeso actual, cálido casi hasta la aridez y tan tremendamente rural pega que Esparta fuera lo que dicen que fue. Básica y guerrera. La idea me la confirma el pasar por las Kiadas, la garganta donde dejaban a los bebés para comprobar si sobrevivían. El paisaje es impresionante, como todo el cañón de Lagada. Rocas cortadas a ras, afiladas sobre un riachuelo que casi ni se ve al fondo del todo. Aquí no puede haber cambiado nada desde entonces y el sitio desprende fuerza y brutalidad. Vuelan dos cuervos encima nuestra. Al menos ésos no son los mismos cuervos que miraban por encima a los espartanos.
Tres días después de nuestra visita las autoridades anunciaron que en las excavaciones de la acrópolis de Esparta habían encontrado una figurita de barro cocido de un toro micénico extraordinariamente bien conservado, con todos sus colores.









18 agosto 2015

PELOPONESO II (La casa)


La llegada a la casa de Messini tuvo algo de mágico: como si todo se hubiera conjugado para evocar el sabor de las tardes de verano de la infancia. Ésa tan presente en el Peloponeso.

Era a finales de mediodía y el calor casi había vaciado las calles de la ciudad, de por sí poco concurridas. Casi de inmediato nos salimos al patio a comer. Nos hinchamos de sarmadas, que son hojas de col hervidas y rellenas de carne picada y arroz. Las acompañamos de un litro de vino rosado a granel, muy frío. Cuando ya no podíamos comer ni beber más sucedió una especie de epifanía. Sobre la mesa apareció de pronto una bandeja de brevas y de higos chumbos. las brevas eran verdes, grandes, muy maduras. Fáciles de pelar y con el corazón de un rojo lujurioso que se nos derretía en los dedos antes de llegar a los labios. Los higos chumbos, muy amarillos, dulces y fríos para devolvernos a la realidad tras la experiencia de las breva .
Fue un momento mágico, y mientras nos tomábamos luego el obligado café griego tuve la impresión de que hace muchos años los veranos de niño también tenían patios como ese, y frutas y tardes de sobremesa con los amigos que nunca acaban. En el patio huele a albahaca, más cada vez que el viento o una mano distraída agitan alguna de las mucha macetas.
Al acabar de comer nos dividimos en grupos, llenando las habitaciones como si fuera una excursión escolar. Ahora hay que hacer siempre cola para el baño y cuando por fin uno consigue entrar, la tapa del water está siempre tibia.
Durante todos estos días Tula va a sorprendernos cada día con montones de comida que nos esperan a
la llegada de cualquier excursión o de la playa. la lista supera a la carta d cualquier restaurante griego: calabacines rebozados, sarmadas, filopita (que es una pasta casera de la zona) con pollo de campo, cordero al horno con romero, ensalada campesina, acerias fritas, horta, mussaka, cayanás (una masa de pimientos rojos, salchichas, carne y huevos), cuadraditos de filopita con ternera, remolacha aliñada, y más.
Ayer Tula hizo mermelada de higos por la mañana. Una caldera entera que preparó temprano por la mañana y dejó enfriándose cuando se fue a la playa. Al volver, la cacerola entera estaba cubierta de una capa densa de hormigas. Eran hormigas diminutas pero tantas que no se veía el contenido. Tiró la mermelada, echó insecticida, barrió el suelo... pero la cocina seguía llena de hormigas.

Por la tarde lo comentó con varias vecinas y primas en la plaza de Messini. Un cuñado le explicó que el mejor modo de librarse de las hormigas es poner cebolla. Así que antes de acostarse llenó el suelo de la cocina de gajos de cebolla. Y se echó a dormir.
A la mañana siguiente, efectivamente, no quedaba ni una hormiga en el suelo ni as encimeras. Sin embargo, los insectos ahuyentados por el olor se habían refugiado en las estanterias altas. Justo donde se guardan las especies, los platos, las legumbres. Se ha pasado toda la mañana limpiando los estantes y poniendo veneno.
Al llegar nosotros yo me olvidé un sandwich que traía sobre mi mesilla de noche. Ella entró luego en el cuarto y se lo encontró cubierto de hormigas. Así que hubo nueva sesión de fumigación intensa. Al ir a acostarme me dice preocupada que tenga mucho cuidado por la noche, no se me vayan a meter por las orejas.

16 agosto 2015

PELOPONESO I (Generalidades)

El Peloponeso apenas ha cambiado en las últimas décadas. Desde mi primera visita hace más de veinticinco años se diría que hay pocas novedades. Hicieron la autopista a Kalamata, pero eso apenas ha llevado a que desaparezca el pequeño tren de un par de vagones con asientos de madera y escai que hacía esa misma ruta. Los pueblos siguen siendo grises, polvorientos, casi vacíos; Con cierto aire de far west. En los cafés, hombres muy arrugados se sientan a ver pasar las furgonetas. Siguen abundando las pickups con la parte trasera descubierta. Al menos, en el campo se han modernizado los tractores. Por cada pueblo se ve siempre pasear al papa (lo de llamarlos popes debe ser para no confundirnos con el de Roma) con sus ropajes oscuros al viento, ignorando el calor y recogiendo saludos.
El Peloponeso es rural. El campo es esencialmente de secano; en verano amarillea y cuando sopla el viento caliente se vuelve árido. En los montes no abundan los árboles; sí el arbusto mediterráneo; llenos de jara y romero. En cuanto se van convirtiendo en colinas además de las inmensas manchas de olivos viejos menudean los cipreses aislados, las pitas, las chumberas. En los valles cualquier rincón está cuajado de higueras y cañas. Laureles y alcaparrales en los pueblos. Cada terraza tiene una parra. Cada café una sombra. Frutales junto a las casas.
La gente aquí desconfía de los forasteros. Incluso de los de la lejana Atenas y hasta de los del pueblo de al lado, si no son capaces de identificar la familia a la que pertenecen. En cada ocasión, ante una cara nueva, preguntan ¿y tú de qué familia eres?.
Tula nació aquí pero ahora vive en Atenas. El otro día al pasar por la carretera, camino de la playa vió unas chumberas lustrosas cuajadas de higos chumbos muy amarillos, de esos que casi no tienen espinas. Paró el coche para coger dos o tres con ayuda de una lata . Y en ello estaba cuando de la nada salió, malencarado, el dueño de la finca:
- ¿Acaso estas higueras las hemos plantado a medias tú y yo?
- No, claro.
- Entonces ¿por qué coges los higos?
- Iba a coger sólo dos o tres. No creo que te vaya a causar ningún perjuicio. Si quieres te los pago y ya está.
- ¿De dónde eres, de Atenas?
- No. Soy de aquí.
- ¿De qué familia?
- Gianousakos. Soy la hija de Manolis.
- ¿Manolis Gianousakos? ¡Vaya! Era un gran hombre. Muy buen amigo mío. El bueno de Manolis. Espera, que voy a buscar una bolsa y te la lleno de higos. Para que te los comas a la salud de Manolis.
Esa diferencia entre el desconocido y el amigo vuelve este lugar casi inaccesible para quien no tiene un contacto local. En verano comienzan a popularizarse algunas playas paradisíacas y unos pocos pueblecitos de pescadores. Durante algunas semanas abundan los turistas, pero se quedan en las pocas localidades que han conseguido convertirse en pequeños parques turísticos. Apenas rozan el interior y si acaso se asoman algún día a alguna gran ciudad como Kalamata.
Al antiguo Messini llegan unos pocos. Hay tantas ruinas en este país que incluso los turistas que viajan sólo para visitar museos y piedras como si fuera una obligación pasar por todos los existentes dejan de marcar algunas casillas de su cartilla de monumentos. Se suelen limitar a los más conocidos. En esta zona, a Olympia, como mucho Mystrás. Hasta las ruinas de Messini sólo llega algún jartible despistado o autobuses de jubilados acarreados dese su hotel de la playa. Sin embargo, es un lugar agradable perdido en una ladera del Taígeto, en medio de la naturaleza. Era una ciudad grande, creada para frenar a los espartanos del otro lado de la montaña. Aunque hay todo un despliegue de templos, casa y palacios increíblemente bien conservados, uno camina entre trozos de columnas y capiteles diseminados por el campo. Sin embargo, lo que lo deja sin respiración es el antiguo estadio que surge de pronto al final del todo. Perfectamente conservado y restaurado no hay quien se resista a echarse unas carreras imaginando la masa de togas -a ratos vociferante, a ratos indiferente- sentada en las laderas. 
En esas mismas laderas de hierba nos sentamos al atardecer, justo a la hora en que el recinto se ha quedado vacío del todo. Charlamos tranquilamente mirando al sol ponerse tras los montes de enfrente. En ese paisaje nada ha cambiado en los últimos dos mil años. La misma vista de olivos, rocas, cañaverales y colinas que se superponen la admiraban desde aquí en otros atardeceres idénticos a éste, hace siglos. Esa sensación de permanencia provoca un estremecimiento justo cuando el sol desaparece, en medio de esta quietud rota sólo por el ruído constante de las chicharras.
En nuestro pueblo los días también son unos parecidos a los otros. Una excepción es el día de la virgen. El quince de agosto es fiesta importante en toda Grecia pero aquí aún más. Como por todo el país, en las aldeas de alrededor proliferan los panagiris, verbenas junto a las ermitas más aisladas donde la gente rie, se emborracha, baila y come. Todo sin moderación y todo al ritmo de las melodías de un clarinete. Pero aquí el día de la virgen es sobre todo de ir a la iglesia. Todo Messini madruga, se viste con sus mejores galas y corre a la iglesia. La ceremonia es larga, apenas amenizada por el coro de voces muy masculinas preparado para la ocasión. El público, multicolor: las viudas van de negro riguroso; muchas con enormes crucifijos de oro en el pecho como único adorno. Una rubia enseña el enorme águila de colores tatuada en su espalda, que asoma por los lados de un minúsculo vestido crema de raso. Los hombres llevan todos camisa clara, ora lisa, ora rayada.
Mientras la liturgia se alarga familias enteras entran y salen de la iglesia con naturalidad. Algunas han venido sólo a besar el icono de plata de San Miguel. Lo hacen en fila, los niños primero. Luego repiten para poner cada uno una vela en la arena del icono. Los vecinos se saludan todo el tiempo en un ambiente de fiesta de pueblo, entre amigas que se reencuentran, besos y abrazos múltiples.
En el momento final de la bendición todo el mundo se acerca como una masa amenazante hasta el sacerdote. Xronia polá y panegiri.
A la salida han puesto unas grandes cestas con trozos de pan cortado y bendecido. Cada feligrés coge un par y se los lleva a casa. Para alargar la bendición del día. 











10 septiembre 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (10) VUDÚ

En Haití el Vudú está en todas partes, quieras o no. 
Y el vudú es algo más que unas ceremonias estrafalarias o folkloricas. A los haitianos les proporciona una explicación mística para cada acontecimiento de la vida. Está siempre latente aunque raramente se habla de ello. Un viaje que se frustra, una promoción en el trabajo, el amor que llega o se va, un accidente...todo se atribuye al Vudú, con su panoplia de dioses y diablos. A los boat people que se echan al mar los protegen los aguitas. Incluso la independencia de Haití tiene una explicacion vudú, y los esclavos liberados vencieron gracias a la sangre de cerdo que un sacerdote les dio a beber en bois caymam. Suele decirse que hay tres niveles de vudú: las ceremonias públicas son un culto religioso como cualquier otro; las supersticiones sobre muertos vivientes y sobre la magia cotidiana que decide el éxito o el fracaso de todo; las ceremonias secretas. Los más peligrosos, se dice, son "los que salen de rojo por la noche". El nombre criollo no me atrevo a escribirlo, por si las moscas.
 A mi primera ceremonia nos llevó Jonny, un buen amigo que es hijo y nieto de sacerdotes. Nos guió por el laberinto de callejuelas de la favela de Delmas4. Es una red laberíntica de callejones estrechísimos entre las barracas de techo de hojalata, más intrincada que cualquier medina musulmana. Entre medio de las chabolas fuimos subiendo hasta una zona elevada en medio del barrio. El último trozo por un pasadizo en pendiente por el que bajaba un reguero de orínes.
Arriba, el peristilo, que es como se llama a los templos de vudú, es una explosión de colores naif. En las paredes pintadas escenas de dioses, algunas de la biblia: un san jorge, erzulie freda, las tres mujeres egipcias,... Los devotos de las tres egipcias no pueden acostarse con sus mujeres determinadas noches, que deben pasar con este trío. 
El peristilo en cuestión pertenece a la sosyete papouswuv, la "sociedad no nos sigas". Me gusta el nombre. En el centro de la habitación, sobre un poyete hay una cafetera de hojalata blanca y una botella de ron. El sacerdote que dirige todo es agresivo, duro. Tiene pinta de maltratador. Su hijastro me cuenta los sacerdotes vudu conviven hasta con diez esposas, cada una en una habitación. Este tiene seis, que se sepa. Su madre de edad indefinida pero viejisima, es mambú; sacerdotisa. El cargo se pasa de padres a hijos, a veces de madres. La señora apergaminada se mueve con un bastón más alto que ella. Se sienta en una sillita de enea y empieza a conpartir cigarros con otras ayudantes, de su misma edad, todas vestidas de blanco, como ella. Enfrente se sienta el resto de las iniciadas, todas con pañuelo blanco en la cabeza y sus mejores joyas. 
Mientras entran los cinco pollos Jonny nos cuenta de los zombis que se ha cruzado alguna noche ante su casa. Los reconoce por el hablar de borracho y la vista perdida, recien llegados del cementerio. No tuvo miedo. Yo le comenta que sería un borracho y me mira con una sonrisa de desprecio, definitivamente no sé nada de vudú. 
Esperando que empiece la ceremonia el ambiente es festivo y alegre. Circulan cervezas, cigarrillos y risas. Va llegando la gente del barrio. cada vez más, formando un círculo apretado en torno a las iniciadas. Parece que ha venido a mirar medio suburbio. Luego el sacerdote comienza a cantar, los tambores se ponen en marcha y empieza una música rítmica y constante que durará varias horas. Las iniciadas bailan desenfadadas, en un balanceo cada vez más agitado, dejándose llevar por la música. 
Entre el público hay ambiente de verbena de barrio. A un lado se pusieron la mayoría de chicos jóvenes, casi todos con su botellita de ron. Al otro un grupillo de chicas que se intercambiaban con ellos miradas, bromas y tonteos. las iniciadas bailan y el sacerdote al pasar les va haciendo beber ron de la botella. Sólo para ellas. Una iniciada, atractiva, no me quita los ojos de encima, sonriéndome con descaro. Es atractiva. 
La ceremonia duró algunas horas pero afortunadamente se hizo tarde y el sacrificio de los pollos lo dejaron para la mañana siguiente. 
Al irme mi iniciada favorita me pide que me quede bailando con ella, pero la vida del cooeprante es dura y me tengo que largar entre el laberinto oscuro de pasillos y chabolas.

13 agosto 2014

Historias de Haiti (9): EL OLOFSSON

EL OLOFSSON
Si en Port-au-Prince hay algo a lo que pueda llamar institución es, sin duda, el Olofsson. En los años cuarenta Roger, heredero de una norteamericana que había alcanzado cierto éxito con el comercio, decidió montar un negocio al que pudiera dedicar su vida sin irse de Haití. Compró una de las deliciosas casas de madera sacadas de un cuento de hadas (gingerbread, llaman a ese estilo de casa de galletas)que caracterizan el modernismo haitiano y montó un hotel. Tuvo su esplendor durante la primera parte de la dictadura Duvalier. Era el único establecimiento decente de la ciudad y un oasis de libertad. Su propietario tuvo importantes enfrentamientos con el régimen y aun cuando dejaron de venir turistas al país mantuvo el lugar como un refugio de lo que quedaba de artistas y librepensadores. Se llenó de personajes. Muchos de ellos extravagantes, aunque ninguno tanto como el señor Jolicoeur (corazón bonito).
Aubelin Jolicoeur era un excéntrico periodista de sociedad; refinado, algo cursi y con un estilo- al escribir y en lo personal- de lo más recargado. Durante décadas pasaba los días enteros en el Olafsson, charlando con propietario, clientes y empleados. La mayor parte del material para sus columnas en Le Nouvelliste salían de esas charlas. Corto de estatura, se presentaba siempre con un traje de verano blanco, camisa, y bastón con empuñadura dorada. Cuando podía lo conjuntaba además con un crisantemo en la solapa. Se cruzó con Graham Greene, que le dio un papel principal en su novela sobre Haití,  apenas escondido bajo el nombre 'Petit Pierre', como el título de la autobiografía de Anatole France. Escribía y hablaba en un francés floreado que podía convertir el hecho más anodino en un acontecimiento poco menos que histórico. Murió hace unos años, igual de elegante y ligeramente duvalierista.
Roger vendió el local a un grupo empresarial que luego lo traspasó a un músico algo hippy. Hoy el hotel, tras un par de décadas de desgana y abandono, ofrece un servicio cochambroso. Los baños, que apenas tienen un hilo de agua, están desconchados y plagados de cucarachas. Tampoco los colchones son los más limpios de la ciudad, ni tiene ventiladores o mosquiteras. Y encima no es nada barato. Uno diría que se mantiene como hotel para aprovechar el nombre, pero es dudoso que muchos incautos lo usen ni que obtenga grandes ingresos por ese lado. Sin embargo tiene mucho éxito como restaurante y sobre todo como sitio para salir de noche.

Los conciertos de RAM del jueves por la noche llevan décadas celebrándose. Música buena, grupos nuevos y bandas numerosas lideradas por el propietario del garito. Con el tiempo se ha degradado un poco:  lleno de nuevos ricos orondos y lustrosos que vienen como a una discoteca, atraídos por el hecho de que estar aquí (hay que pagar una entrada cara) ahora es una señal de status. Mujeres lo suficientemente enjoyadas como para parecer aun jóvenes saborean su ron sour a ritmo de Compas entre las mecedoras, las copias de los cuadros de otros tiempos y los viejos recortes de periódicos. Eso sí, todos los extranjeros medianamente informados siguen haciendo bromas sobre los cadáveres de opositores escondidos en la piscina. Como en las novelas de Grahan Greene.

Historias de Haiti (8): SUBURBIOS

SUBURBIOS

No deja de ser chocante que en el español de España no tengamos una palabra para referirnos a los barrios de infraviviendas donde vive una gran parte de la población del planeta. En Sudamérica se le llama ranchitos, favelas y de mil maneras más. Nosotros apenas usamos suburbios o chabolas aunque no siempre estén fuera del centro de las ciudades ni las casas sean improvisadas o provisionales. En todo caso, Port-au-Prince está lleno de suburbios de casitas precarias que ocupan las laderas de las montañas. Cuando en 2003 Iam Thomsom volvió por primera vez aquí, quince años después de publicar su magnífico libro de viajes "Bonjour blanc",  le sorprendió un cambio esencial: "Toda la ciudad se ha convertido en un slum".

Los suburbios no tienen alcantarillas, pero sí arroyos que bajan las aguas fecales y basura de todo tipo. No tienen tiendas, pero sí mercados; tremendamente precarios, sirven para abastecerse  básicamente de pescado seco y fruta de temporada: banana, fruta de la pasión, papaya, lambe veritable . También venden las barritas de jabón que se usan aquí para lavar la ropa (y eventualmente el suelo) y un poco de todo. Los suburbios tampoco están asfaltados. El suelo es de tierra o de basura compacta. Apenas llega a algunos algo de luz eléctrica. Al anochecer los puestecillos del mercado se convierten en hileras titilantes de llamas que salen de candiles de petróleo fabricados con viejas latas de conserva.
El número de suburbios de Port-au-Prince es incontable. El más famoso es Cité Soleil, una auténtica ciudad cerca del aeropuerto con centenares de miles de habitantes. Hace años era imposible entrar ahí para el forastero; ahora hay zonas bastante tranquilas y desarrolladas por las que se puede pasear sin miedo, aunque sigue habiendo barrios malos. Igual pasa en Bel Air, justo sobre la catedral destruida de Notre-Dame. Nosotros pasamos la mayor parte del día entre las "favelas" de Philippeau y Delmas32. Philippeau es grande, muy cerca de la parte más chic de la ciudad. En general está gestionada por un colectivo comunitario, pero hay zonas donde no llega ninguna ley más que las armas. A la peor de todas la llaman Chechenia. hay otra que se llama Kosovo. Delmas32, en la parte intermedia de la ciudad, es más calmada, menos organizada, y mas miserable.
El suburbio de tete d'eau empieza justo en el muro de nuestra casa. Tiene un mercado que me habían aconsejado visitar. Fue una impresión. Uno de los lugares más sucios que he visto en mi vida. Peor que los suburbios mas depauperados de África donde he trabajado: todo el mercado se instala sobre un vertedero de basura. Tiene dos calle principales. Una es directamente el albañal que arrastra toda la basura. Una rambla colmada de desperdicios de todo tipo, sobre el que algunas mujeres instalan tenderetes con un puñado de frutas, o de carbón, cosméticos a medio usar y cosas así. La otra calle del mercado sube hasta la parte alta del vertedero. El suelo es de desechos apenas sin aplanar y sólo en algunas parte cubierto de arena ennegrecida. Por todo el mercadillo pululan unos cerdos oscuros que no se mueven para dejar pasar a los viandantes y hurgan continuamente en el suelo. Hay charcos de liquido negro y una podredumbre realmente difícil de resistir. Las casas están un poco más arriba, cruzando un puentecillo sobre la rambla.
El conjunto recuerda a las favelas brasileñas, con el añadido del inmenso vacíe de basura omnipresente. La entrada al barrio está bien definida por ese puente. A un lado hay un lavadero (reconstruido por la cooperación española) donde se afana algunas señoras y hay ropa colgada. Al otro un set de ejercicios, como los que instalan para hacer deporte en algunos parques europeos. En los aledaños de los aparatos, unos escalones de cemento. Ahí se sienta un grupo de jóvenes desocupados, en calzonas y camiseta, charlando y controlando quien entra y sale del lugar. Tras el anochecer esos escalones sirve para los ensayos de grupos de vudú. Ocasionalmente se celebra ahí algún concierto de música muy tecno y hasta rifas y concursos.

Historias de Haiti (7): LOS TAP TAP


TAPTAPS
Tras años de catástrofes y desastres Haití se ha convertido en un país de color gris. Este tono general lo salvan trocitos de selva tropical, algunas ceremonias de vudú, los carnavales y, sobre todo, los autobuses.
La mayoría son obras de arte, pintadas de colores vistosos y recargados que llenan las calles y las carreteras del color que debería tener esta tierra. La costumbre de decorar los camiones y buses de transporte de pasajeros nació en los cuarenta: con dibujos y citas de carácter religioso que sirvieran para proteger a los viajeros de un posible accidente.
El transporte público en Haití es eficiente, aunque incómodo. Eficiente porque siempre hay un vehículo saliendo para cualquier destino al que te dirijas. Incómodo porque si hay asientos deberás compartirlos con una masa de gente que te aplasta sin compasión. En sentido estricto hay tres tipos de transporte colectivo: los taptaps son pick-ups reconvertidos a los que en la caja se les ha añadido un techo y dos filas de bancos, para que quepan hasta quince personas. Los ti-bus son furgonetas pequeñitas donde entran ocho o nueve personas. Los gro-bus autobuses medianos, la mayoría reconstruidos autóctonamente y otros restos de viejos autobuses escolares norteamericanos. Para viajes largos se usan a veces camiones con bancos de madera. A menudo, sin embargo, se llama taptap para cualquier vehículo de transporte que esté pintado de colores.
Sentado en un taptap me quedo mirando asombrado los dibujos de otro, decorado con imágenes de alguna artista local, ligerita de ropa (o quizás sea Beyonce, que yo soy pésimo para las caras). Una señora a mi lado me ve y me dice "Pornográfico. Ya solo dibujan pornografía. Se ha perdido el temor de Dios". Los pasajeros más jóvenes me sonríen.
El taptap tiene su etiqueta.  Al subir hay que decir siempre' bonsuar', para saludar a los demás, que el taptap es un lugar decente. Cuando uno quiere bajar, si se trata de un bus, basta gritar 'mersi' y el chofer se detiene. En los taptap hay diversos modos para llamar la atención del conductor en su cabina. Los más sofisticados han instalado timbres. A menudo funcionan con dos cables pelados que el viajero debe unir para que suene. Lo más tradicional es llevar algo colgando para golpear la ventanilla de la cabina. Suele ser un bolígrafo gastado, pero he visto desde botes vacio de medicina hasta cepillos de diente usados. Para bajar uno le pide al viajero más cercano a la cabina que golpee con eso la ventanilla. Todo con la máxima educación.

Los buses también son lugar de negocio. En el que cojo por las mañanas hasta la ville siempre se levanta un viajero sentado en las primeras filas. Es un joven charlatán, vendedor de remedios mágicos. Se pasará todo el trayecto hablando a voces, sin la menor pausa: "por ignorancia la gente cree que comer basta para estar sano. Se come para no morir, pero no para alimentarse. Hay una cosa que se llama com-ple-men-to, que nos da los alimentos que le faltan a la comida". Según dice, el mismo producto sirve prácticamente para todo: "es antioxidante que ayuda a tener más energía y a hacer mejor la digestión. Evita la anemia, la diabetes, el colesterol y esas cosas". Evidentemente, ante tal despliegue de beneficios sería suicida negarse a comprar el producto. Efectivamente, agota una caja grande de un medicamento llamado Diclobru. Se lo quitan de las manos los pasajeros del bus, aunque lo venda al triple de su precio razonable. 

06 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (6) EXTRANJEROS

EXTRANJEROS
Tras el terremoto de 2010 llegaron al país tropas de la ONU de todo el mundo. Entre ellos un destacamento de soldados de Nepal. Al parecer esos soldados no eran un ejemplo de higiene. El caso es que trajeron consigo una virulenta cepa del cólera y con sus usos del agua la difundieron por todo Haití. El resultado fueron decenas de miles de víctimas y miles de muertos por culpa de la epidemia. La ONU ha reconocido su culpa, aunque se niega a pagar indemnizaciones. En la población lo que surgió fue un odio a las organizaciones humanitarias, acrecentado por la imagen de dispendio ostentoso que dan algunos de sus miembros. Se sucedieron los ataques espontáneos contra trabajadores de organizaciones internacionales. La mayoría de oeneges, sobre todo las más pequeñas, se vieron obligadas incluso a quitar sus logos de los coches y de la vestimenta del personal. Todo un logro, la verdad, porque así uno tiene un poco más la sensación de vivir en un país normal. Las calles están llenas de todoterrenos blancos con chimenea de combustión, pero sin señales distintivas. Así se mezclan los que han ido subastando las organizaciones al reducir personal una vez pasada la primera emergencia y los que siguen sirviendo a cooperantes nacionales o internacionales para su trabajo cotidiano. Solo la ONU, Cruz Roja y Médicos sin Fronteras mantienen sus coches con logotipo, recordándoles insistentemente a sus habitantes que Haití aun sobrevive sólo gracias a la descendente ayuda internacional.
En todo caso, al parecer en Haití siguen presentes varios miles de cooperantes (incluyendo generosamente en tal concepto a las tropas de naciones unidas). Pero apenas se les ve. Es cierto que hay un par de grandes supermercados donde la mitad de la clientela está compuesta de extranjeros; también hay algunos bares (un pub irlandés, una sala cultural en centreville) frecuentados por guiris, y un punado de restaurantes caros. Incluso hay un garito, el Yanvalou, donde se juntas todos los cooperantes alternativos: franceses jugando
a las cartas con sus novias haitianas, americanas buscando lio para una noche y españoles que apenas chapurrean ningún idioma. Pero es casi imposible verlos por las calles. Todas las organizaciones prohíben a su personal extranjero desplazarse a pie o en transporte público. Van a todas partes en sus todoterrenos; de parking a parking. Muchas incluso les prohíben salir de noche aunque sea en sus vehículos. El caso es que la inmensa mayoría de cooperantes no se ha subido jamás a un taptap, a un petit bus, ni a un mototaxi. Casi ninguno ha caminado a solas por las calles, mucho menos después del atardecer. Nosotros no tenemos coches. Como trabajamos con un partner local, a ellos les parece normal que tomemos varios taptaps al día y caminemos varios kilómetros al día. No tengo demasiada información sobre la situación de seguridad, de modo que no sé si nosotros arriesgamos demasiado o los otros exageran. Pero desde luego es una pena vivir en Haití sin salir del coche ni de casa más que para trabajar y a lo sumo un día a la semana cenar en un restaurante carísimo.
Una noche quedamos con un grupo de extranjeros. La mayoría trabajan en oenegés grandes. Hay también un empresario algo turbio que dice ser centroafricano a pesar de su piel blanquísima. Y un par de chicas de la embajada americana. Hemos quedado para una fiesta en el Hotel Oasis. Uno de los varios hoteles de lujo que florecen en Puerto Príncipe al hilo de tanta presencia internacional. Nos cuesta trabajo aparcar porque la explanada de detrás del hotel está rebosando de decenas de todoterrenos brillantes aparcados de cualquier manera. Tomamos un refresco Sentados bajo las sombrillas de champagne Taittinger (Reims, Francia, aclaran). Unos italianos en la mesa de al lado se quejan del hotel: sí, sí. Es un cinco estrellas, pero no es como un cinco estrellas italiano. Supongo que los hoteles italianos tampoco están rodeados de barrios de chabolas donde la gente malvive sin lo más básico. En fin. Entramos a la "fiesta", que no es sino una discoteca al aire libre en los jardines del hotel. Para entrar se paga un cover de 10 euros. La cerveza cuesta cuatro. Está repleto de gente. La gran mayoría haitianos. Chicos y chicas relativamente jóvenes haciendo ostentación de su estatus. No imaginaba que aquí hubiera también tanto rico, pero después he leído que sorprendentemente en Haití (un lugar paupérrimo, en el puesto 168 en el índice de desarrollo mundial) hay una distribución desproporcionada de la riqueza y una relativamente numerosa clase social muy alta. Y rica.
La fiesta fue aburrida y afortunadamente nos llevaron pronto de vuelta a la realidad.

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