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05 enero 2017

Refugiados en Izmir




Sidra es de Alepo. Tiene 10 años y es sorda. Tiene dos hermanas y un hermano. La familia es kurda y mañana hará un año que llegaron aquí a Izmir. Venían a intentar cruzar a las islas griegas. Compraron sus chalecos salvavidas y sus pasajes. Pero cuando llegaron a la orilla, en el tumulto de los traficantes, a la madre le dio miedo. No quiso arriesgar la vida de sus hijos y no llegaron a subir a la balsa. Se quedaron aquí. El padre es zapatero, pero ha intentado trabajar de lo que sea. No le sale nada. Al poco de llegar Sidra se puso enferma y tuvieron que operarla del corazón en un hospital turco. Salió bien. Hoy hemos visitado a su familia. La madre teje cosas de lana que enviamos a una ONG para venderlas. A ella hace dos semanas que le pusieron por fin un sonotone y acaba de aprender a decir su primera palabra: merhaba! Me ha dibujado un retrato y me ha saludado muy sonriente diciendo eso, merhaba. Hola. 




Abu Ali lleva más de un año estancado en Izmir. Llegó con sus tres hijos huyendo de Raqqa, ocupada por el Estado Islámico . Aquí, hace cuatro meses, le nació Amal. El bebé traía un tumor en la cabeza pero parece que es benigno. Deberían llevarlo cada mes para una revisión en el hospital pero no lo hacen por falta de quien les traduzca al turco... Y porque la madre se pasa el día trabajando de limpiadora en un restaurante. Aquí en Turquía la guerra de Siria se siente mucho más cercana. El hermano de Abu Ali escapó hace sólo un mes con su mujer y su hija recién nacida. Nos cuenta detalles escalofriantes de la vida en Raqqa bajo el yugo del DAESH y de su accidentada fuga a Turquía. Doce veces intentó cruzar la frontera hasta que llegó la buena. Una de ellas vieron a una pareja muerta en tierra de nadie por disparos de los guardas de fronteras turcos. Ellos se colaron de noche y a punto estuvieron de descubrirlos también, pero al final se las arreglaron para llegar aquí. Toda esta gente vive aquí en la miseria más terrible. Mucho peor que antes. Sin embargo todos coinciden en que se sienten afortunados, al menos, de haber escapado y estar vivos. 

 Mahmud tiene 12 años y es de una aldea siria cerca de Kobane. Trabaja todo el día en un restaurante por 15 euros a la semana. A su padre le pagan un poco más como sastre, pero sólo encuentra trabajo de tarde en tarde. La familia llegó huyendo del ISIS. Dejaron atrás todo, incluida su casa recién comprada. Ahora están así. Las familias sirias refugiadas en Izmir sobreviven como pueden. La mayoría han alquilado casas precarias en los barrios más deteriorados de la ciudad. A menudo es sólo una habitación; las ventanas están rotas; se calientan quemando cualquier cosa, incluso basura. Uno de los proyectos de REVI (Refugee Volunteers Izmir) reparte lana y similar a las mujeres que saben tejer. Con eso hacen ropa, pulseras y juguetes. Se les paga y después se intenta vender los productos en Europa. Se ha convertido en la principal fuente de ingresos de muchas familias. 

 Ladiya tiene 3 años, casi 4. Escapó de Aleppo hace dos meses, cuando cayó una bomba en su casa. A su padre lo pilló trabajando en la zapatería que tenían en el piso de abajo. Quedó malherido. A su hermano ahmed de 9 años le entró metralla en el ojo. En la huída tuvieron que vender sus pequeños pendientes de oro para comprarle unos zapatos. Ahora, aquí en Izmir, su madre hace pulseras para REVI y es su única fuente de ingresos. Pronto, pese a las heridas, y si todo va "bien", su padre empezará a trabajar lavando platos en un restaurante. Buna es de Kobane y tiene siete años. Cuando el ISIS ocupó su ciudad, la familia entera huyó a Aleppo. Allí un día, al cruzar la calle, un francotirador le alcanzó en la pierna. La han operado varias veces pero ahora ya anda bien y va al cole turco. Su padre está buscando trabajo y viven en una habitación destartalada en la que entra agua cuando llueve. A estas familias y otras más las atienden voluntarixs de REVI. Han puesto en marcha una guardería; les ayudan a montar pequeños negocios y venden online sus productos en http://revifamily.org/store Nosotrxs vamos a apoyarlos financiando durante un año a una persona refugiada que traduzca a las familias cuando tienen que ir al hospital o a las oficinas del gobierno turco. Ya estamos buscando fondos para hacerlo.

23 diciembre 2016

Un encuentro en Aloma

La cafetería Aloma, justo donde el largo de Camoes (que en verdad ya tampoco se llama así) pierde su nombre y se convierte en el largo de Calhariz. Como el príncipe.
Tiene un clientela fiel e, incluso en esta ciudad de hosteleros agradables, es famosa por la simpatía de sus camareros. Tienen ese toque perfecto de familiaridad que no resulta servil sin la necesidad habitual de ser, o parecer, graciosos.
La frecuentan señoras entradas en años que vienen en parejas a charlar en voz queda; señores solitarios que que toman bola de arroz por la mañana y sándwiches a mediodía, siempre con su periódico por delante a modo de entretenimiento y muralla; jóvenes de paso y con prisas; ocasionalmente algún turista despistado al que los locales intentan ignorar.
La cafetería intenta promocionar sus pasteles de nata, pero a juicio de la mayoría es una batalla perdida frente al café del Chiado, situada sólo unos números más arribas, en su misma acera, y que presume de vender los mejores de la ciudad. A cambio Aloma ha sido capaz de mantener su aire clásico y modesto a través de las numerosas reformas sufridas.
Aquí se sienta Fernando. Es temprano y quiere aprovechar para desayunar antes de que el almacén se llene de proveedores y clientes que vienen a cobrar, a despachar mercancía, a protestar por envíos defectuosos o que se perdieron en el camino. Es la rutina de cada día. Como si existieran unas leyes secretas que rigen los horarios de aglomeración a las que obedeciera como autómatas la pequeña multitud de personas de distinto pelaje que cada mañana, a eso de las once se concentra frente a su escritorio, en la parte de atrás del almacén de productos de alimentación al por mayor de Alvarados e Hijos, S. L.
Viste un traje oscuro gastado; con el corte y el color apagado que tienen la extraña cualidad de diferenciar perfectamente los trajes de los empleados -que los llevan casi como un babi o un modo de trabajo-  de los elegantes y vistoso que gastan sus jefes. No sea que alguien se confunda. No pide pastel de nata, que le parece empalagoso. Tampoco una torrada con exceso de manteca. Se limita a hacer un gesto al encargado, un rollizo y sonriente camarero de bigote, que le trae inmediatamente una pasta reseca cubierta de azúcar glas para acompañar su galao.
Fernando ha dejado de cortarse el pelo en la barbearia Campos, a unos pocos centenares de metros, acosado por unos precios demasiado altos; cosas del turismo, dice. Así que mientras se bebe el café se acaricia a ratos el pelo que ya le crece en la nuca, sopesando si probar suerte en la pequeña peluquería que ha abierto un chico, parece que pakistaní, en una callejuela junto a la Rua do Alecrim...

12 diciembre 2016

LAS TERMAS DE LESBOS

Lesbos es una isla volcánica y está trufada de manantiales termales de agua caliente o sulfurosa. A veces, en pleno invierno, al pasar por las playas salvajes del norte se ven hileras de humo saliendo del mar. Son los lugares en donde vierten algunos de esos manantiales. Y gracias a ellos, incluso en días con temperaturas bajo cero, uno puede a veces meterse entre las olas.
Así que desde siempre la isla ha tenido termas.
Hay muchas que son bastante famosas; casi todas cercas del mar. Las más antiguas son las de Thermi, en las que se bañaban los generales romanos. Se habla de ellas en escritos clásicos y dieron nombre (en latín) a este pueblecito entre el mar y la montaña. Aún hoy se conservan unas bóvedas muy antiguas a las que se entra a través de un balneario decimonónico ahora casi en desuso.
Sin embargo, cuando en Mitylini alguien dice 'las termas' siempre se refiere a las mismas: un torrente de agua caliente que va a parar a la bahía de Gea, que es mar pero tan cerrado que parece lago: ese círculo de agua que da al mapa de la isla su silueta característica.
Hace mucho -desde siempre, dicen aquí- a alguien se le ocurrió aprovechar el sitio donde las aguas sulfurosas y humeantes vierten al Egeo para hacer primero una piscina; luego unas termas romanas; finalmente, un hammam turco.
Y las dos piscinas del hammam aún funcionan. Están hechas de ladrillo. Con el interior de cada una recubierto de un mármol muy gastado. El techo es abovedado, iluminado apenas por las correspondientes aberturas en forma de estrella. Hay también dos ventanas que dan al mar. En el lado opuesto tres grueso caños gastadísimos y de forma ligeramente fálica vierten continuamente el agua sobre la piscina.
El lugar es muy popular entre los locales que por unas monedas suelen venir a pasar la tarde. Eso sí, la piscina tiene sus protocolos: los señores mayores llegan con su albornoz y sus chanclas de goma, que dejan cerca de la puerta. Entonces entran a la piscina por las escaleras de mármol; hacen dos largos caminando, para que el cuerpo se acostumbre al calor. Es el momento de saludar a vecinos y conocidos al pasar. Luego se acomodan en el banco corrido que recorre todo el perímetro; eso apenas les permite sacar la cabeza por encima del agua. Pasado un rato se colocan bajo alguno de los caños y se quedan ahí un tiempo, disfrutando del masaje que proporciona al caer el agua. Cuando el calor se vuelve insoportable en el agua se tumban fuera, sobre el mármol del borde, con las ventanas siempre abiertas.
Unos amigos de aquí me cuentan entre risas que hace años este era el lugar más romántico para las primeras aventuras románticas y sexuales de muchos jóvenes lugareños. Se colaban de noche quitando la alcayata que sujetaba el candado de la puerta. Llevaban velas y se bañaban o hacían lo que fuera en el agua caliente con esa iluminación. Esas termas, entonces casi abandonadas, forman parte de la educación sentimental de los isleños y mantienen aún la magia de la que están hechos los sueños y la infancia.
Crecer en una isla trufada de rincones de agua termal tenía esas ventajas-

25 septiembre 2016

Un historia de Mértola (inicio)


El día de difuntos no pudo empezar peor para Teresa Martins. A la una de la mañana se puso de parto su misma madre. Doña Manuela , que ya había dando antes a luz cinco hijos, no parecía tener ya edad ni resistencia para estos trotes y gritaba como si se fuera a acabar el mundo. Como sucedía cada vez con más frecuencia su marido tampoco estaba esa noche en casa. Cuando se casaron, Antonio aún trabajaba llevando mercancías por el río para la mina y los mineros de Santo Domingo. El jornal no les daba para grandes fiestas pero vivían decentemente. Luego la mina cerró, el negocio fue decayendo y empezaron a pasar apuros. Últimamente hasta les costaba mantener siquiera la barca, que se caía a pedazos. Hasta que hace cosa de un año Antonio se había asociado con Zé Xico, un tipo turbio del poblado de Santa Marta. Ahora se ganaba de nuevo el sustento con la barca, trayendo tabaco de contrabando de España. Trabajaba sobre todo por las noches aunque doña Manuela sospechase que parte del llamado trabajo sucedía en las tabernas de Pomarao y Alecrim, en compañía de mujeres de vida mucho más alegre que la suya. Aún así, o quizás por ello, no había terminado de acostumbrarse a esas noches largas y frías, velando ella a toda la prole en la casita del número veintitrés del largo de la Iglesia heredada de sus padres.
De esa misma casa, apenas empezada la noche de difuntos salió corriendo Teresa, la primogénita de los cinco hermanos a punto de convertirse en seis. Corría a buscar al doctor Gomes que debía estar durmiendo en su hogar de la plaza del Ayuntamiento. Había luna, y a su luz bajó corriendo los escalones de la Travessa de Oliveirinha. Y ahí empeoró su noche de difuntos. Porque nada más bajar la primera parte de este callejón estrecho y oscuro, justo en la primera esquina en la que la calle se estrecha, le salió al paso por sorpresa una sombra. El susto la hizo resbalar y caer de culo con la falda subida hasta el ombligo. La sombra no contuvo la risa, y eso volvió definitivamente humillante la situación. El que la había asustado tanto y ahora se carcajeaba no era otro que Serrao Guires. El mismo muchacho un par de años mayor que ella, guapo y siempre sonriente, con el que se había sonrojado esa mañana. De joven, en el colegio, todos le tenían pena por ser huérfano de padre; ahora se había vuelto realmente apuesto y era el objeto de deseo de la mayoría de las jovencitas de Mértola. Le había tocado hacer el servicio militar en Angola pero hacía unos días que andaba de nuevo por la ciudad, aprovechando su primer permiso para visitar a su madre.
El día antes Teresa estaba con sus amigas sentada en uno de los bancos de la plaza, frente al café Guadiana, cuando pasó por allí Serrao. El uniforme verde oliva le daba un aire aventuro que le favorecía aún más y las muchachas se quedaron todas en silencio, siguiéndolo con la mirada y casi se diría que con la boca abierta. Él pasó como si no las viera, pero al instante volvió sobre sus pasos y se acercó precisamente a Teresa, como si sólo ella estuviera en el banco:
-¿Tú no eres Teresa, la hija de Antonio el contrabandista?
-No sé nada de contrabando – a pesar del escalofrío que había sentido recorrerle todo el cuerpo al oír la voz, a Teresa no le gustó el tono de galán del muchacho y respondió en tono frío. Haciéndose la ofendida. No estaba dispuesta a ser una presa fácil para ese soldado, acostumbrado seguramente a que mujeres de todas las razas cayeran rendidas a sus pies.
-Mujer, que no te lo he dicho con segundas. Le tengo mucho aprecio a tu padre. Es un buen hombre, aunque haya quien no se dé cuenta.
-¿Nos conocemos?
-Claro, Teresinha –Serrao le hablaba sonriente, en calma y mirándola a los ojos, como si no fuera consciente del efecto que causaba en la muchacha- Soy Serrao Guires. Fuimos juntos al colegio. Tu estabas en el curso de las pequeñas, con mi hermana . A veces os veníais las dos a estudiar a mi casa. Has crecido y te has puesto muy guapa, pero sigues igual de huraña que de chica.
- Teresa se ruborizó.
-¿Y a qué viene lo de los contrabandistas?
-No lo he dicho con mala intención. De todas formas, cuando veas a tu padre, por favor, le dices que lo ando buscando. ¿me harás al menos ese favor, a pesar de mi ofensa al hablarte de esta manera? –ella no pudo evitar sonreír ante el tono irónico del soldado.
-Vale. Se lo diré.
-Que tengan un buen día, señoritas –se tocó el sombrero mirando al grupo de chicas y siguió su camino más sonriente que antes. Lucía, que estaba sentada junto a Teresa y era la más envidiosa de todas las amigas, no se ahorró un comentario despectivo sobre el soldado que se alejaba:
-A saber en qué negocios anda metido ése. Mi padre dice que es comunista y que ha venido a montar jaleo. Y además se lo tiene demasiado creído. Tú, Teresa, nunca te das cuenta de nada, pero lo has mirado de una manera que casi me ha dado vergüenza, de tan descarada. -Teresa no contestó. Sabía que su amiga estaba simplemente envidiosa de que el chico más apuesto de Mértola se hubiera dirigido sólo a ella.
Y de pronto ahí estaba, delante de ella, en el callejón casi a oscuras, riéndose. Se sintió avergonzada, pero no olvidó que iba de urgencia y que su madre estaba en su casa, a punto de parir, esperando que ella volviera con un médico. Así que se levantó poniéndose bien la falda, se alisó el pelo lo más digna que pudo y reunió valor para contarle al muchacho a dónde iba a esas horas y con tantas prisas. Serrao borró de su rostro la expresión divertida y le anunció que la acompañaba.












(Zé Xico trabajó de pedreiro en Lisboa, recortando adoquines para dejarlos cuadrados, antes de volver a Mértola y empezar su fructífero negocio de contrabandista. En la capital se había afiliado en secreto a un sindicato y el negocio incluía también el transporte a través de la frontera de propaganda comunista y de militantes buscados en alguno de los dos lados. De esa parte se encargaba el padre de Teresa y por eso lo buscaba Serrao, militante de izquierdas muy activo entre los militares de Angola.
Esa tarde Serrao lleva a Teresa a una velada que se celebra en el cine-teatro Marques Duque, donde una espiritista intentará contactar con Houdini. Ella antes llevará flores a la tumba de su abuela en el cementerio junto al castillo y le contará el feliz nacimiento de su nueva hermana.)




30 marzo 2016

LAS OLEADAS DE LESBOS

El día mundial del teatro asistí a una obra en el teatro municipal de Mitilini. Se reprentaban varias obras, centradas todas en el tema refugiados. La que cosechó más éxito fue una compañía local inspirada en la comedia dell’arte. Arlequino era un voluntario griego y todos sus compañeros el resto de actores que se ven por aquí estos días: una guapa voluntaria alemana de la que todos se enamoraban y que salvaba a un refugiado ahogado con el “beso de la vida” que había aprendido de un salvavidas español. Se trataba de un beso de tornillo que bien despierta a  muerto. Estaban también un funcionario de la UE, el gobierno turco, la OTAN con forma de capitán marino con sable y FRONTEX representado por una marinera sin ganas ni equipamiento. La sala reía a carcajadas porque este año lo que han vivido es eso. Algunos lo llaman el negocio de los refugiados. Aquí, por ahora, es parte de los acontecimientos que de un año a esta parte han trastornado la vida de esta isla tranquila.

 En los últimos meses Lesbos ha sufrido varias oleadas de visitantes. La primera, en verano de 2015, fueron los refugiados. Prácticamente de un día para otro empezaron a llegar a sus playas barcas cargadas de refugiados sirios. Llenaron las carreteras, el puerto y luego las calles de la ciudad. Cuando empezaron a tomarse medidas y a organizar el caos se abrieron los campos de refugiados y los centros de registro. Entonces desaparecieron los refugiados (sólo se veían ya en grupo, esencialmente en la puerta de las agencias de viaje o esperando cerca del puerto). Y aparecieron los voluntarios. Miles de voluntarios de todo tipo tomaron la isla. Gente desinteresada que se venía a Lesbos a pasar una semana, un mes o varios. Todo se atendía con voluntarios: la llegada de las barcas, el alojamiento en los campos, la comida, la ropa… La tercera oleada fueron las ONG. Trabajadores humanitarios de todos los países llenaron las ciudades de un ambiente menos bohemio pero todavía comprometido. Personas acostumbradas a vivir en rincones remotos de la tierra, la mayoría vestidas sin pudor con logos y chaquetas llenaron los restaurantes. Ahora empieza a llegar la cuarta oleada. Son soldados italianos, marinos noruegos, policías holandeses, funcionarios suecos y alemanes. Funcionarios de toda Europa bien vestidos y mejor pagados. Me decía un isleño que las oleadas son como una escalera que, opinaba en broma, debería acabar con la aristocracia mundial llenando Lesbos. Por ahora ha venido Angelina Jolie a visitar refugiados y ha prometido volver de vacaciones, que no es poca cosa.

La gente de aquí sólo se volcó con la primera. Llevaban años llegando refugiados, a cuentagotas. Cuando se convirtió en un flujo masivo miles de gentes de la isla se echaron a las playas. Se pasaban el día recogiendo y repartiendo ropa, buscando mantas, cambiando a la gente que llegaba mojada y llevándolos a sitio seguro. Todo el mundo en Lesbos tiene un recuerdo entrañable de aquellos días. Todos tienes anécdotas de familias sirias o afganas agradecidas. Y todos lo recuerdan con melancolía, como una buena época. Quizás de ahí viene un cierto escepticismo respecto a las ONGs, alimentado por los rumores propios de la isla sobre sueldos, enchumismos y envidias.

28 diciembre 2015

EL VIAJE (refugiados de lesbos, I)

Llevo una semana en Lesbos y ya voy entendiendo cómo es el viaje de un refugiado.
El itinerario es fácil. Llegan desde Turquía en barcas. La mayoría sale de los poblados de alrededor de la ciudad de Ayvalik, aunque antes esperan unas semanas en un barrio del centro de Esmirna al que ya llaman la pequeña Siria. La costa turca está realmente cerca, casi a un tiro de piedra. La travesía no debería durar más de un par de horas en un día tranquilo. Hay varios tipos de barcas según lo que uno esté dispuesto a pagar. Las más frecuentes son largas zodiacs de goma barata y blanda, dinguis, las llaman aquí. Los traficantes turcos las llenan de gente, le ponen un motor y les indican como llegar. Los refugiados, solos en las lanchas, a menudo se guían por el GPS de sus teléfonos móviles para llegar a la playa adecuada: con un poco de suerte donde menos rocas haya. Lo más habitual es emprender el viaje a última hora de la tarde o a primera de la mañana. Para ayudarles a orientarse hay voluntarios que ponen coches con las luces encendidas en las playas más accesibles. A veces, cuando se están acercando los dinguis en mitad de la noche se ven puntitos azules: las pantallas de sus teléfonos, con los que intentan orientarse.
La mayoría de refugiados viene con su salvavidas, aunque también en eso hay precios y cualidades. En Esmirna floreció el negocio de los salvavidas. Pero ningún proveedor da abasto para fabricar medio millón de salvavidas a ese ritmo. El resultado es que empezaron a vender salvavidas falsos, que por dentro están hechos de cartón prensado o celulosa. Si caen al agua se hinchan y en vez de mantener a flote al náufrago, lo arrastran al fondo del mar. Algunos niños pequeños traen un remedo de salvavidas hinchable, que no es apto ni para piscinas. Estos días las playas de Lesbos están llenos de millares de salvavidas abandonados. Hasta hay una ONG dedicada exclusivamente a recuperarlos para reciclarlos.
Durante este año han llegado a esta isla así, en lanchas precarias, medio millón de personas. Más de tres mil han muerto en el intento. Para cualquiera que mire un mapa es difícil de entender por qué corren este riesgo, en vez de entrar a pie directamente a Bulgaria, que pertenece a la Unión Europea y tiene una frontera más accesible. Según los refugiados y los cooperantes que los ayudan es por la actitud de la policía búlgara, que maltrata, roba y deporta ilegalmente a los refugiados con total impunidad.
A simple vista tampoco es creíble que las autoridades turcas digan que no pueden parar el éxodo de barcas, a pesar de los millones de euros que la UE les ha dado para ello. Cuando Turquía recibió el dinero, en noviembre, hubo un día sin refugiados. Sólo uno. El primero y el último. Inmediatamente se recuperó el ritmo. Las lanchas viajan sobre todo de noche, pero medio millón de personas no viaja de incógnito. Los guardacostas turcos las ven prepararse y salir; según algunos incluso cobran un peaje por cada viajero que dejan pasar.
Cuando están llegando a la playa a menudo los refugiados pinchan sus barcas. En principio la ley griega obliga a acoger a las víctimas de cualquier naufragio, pero permite castigar y deportar a quien entre ilegalmente en el país. Eso ya no se aplica a la oleada de personas que llegan estos días pero, por si las moscas, muchos prefieren desinflar la zodiac y tirarse al agua junto a la orilla. Llegan todos con los zapatos -y la ropa, a menudo- empapados. Lo que más se necesita en la isla estos días son zapatos nuevos. Se han agotado en las tiendas y los almacenes y las oenegés no saben de donde sacarlos.
Muchas barcas chocan contra las rocas. Otras pierden el aire antes de llegar, o se estropean, o simplemente se hunden.
En el norte de la isla una asociación de socorristas voluntarios, muchos de ellos españoles, tiene dos lanchas de salvamento en el puerto de skala skammia y un sistema de alerta las veinticuatro horas, para salir a buscar balsas en apuros. Están salvando muchas vidas.
Hay también varios grupos de voluntarios a pie de playa, siempre esperando a las lanchas de refugiados. Los ayudan a salir del agua, los arropan con mantas, les dan ropa seca y té; han levantado algunas tiendas donde pueden reposar los más cansados. También atienden a heridos y enfermos. Son el primer abrazo solidario y espontáneo que reciben los refugiados. Están en contacto con las agencias de ayuda: llaman ambulancias para los heridos. Un par de minibuses lleva a los demás hasta el centro de tránsito de Eurorelief, en lo alto de la colina. Allí esperan unas horas en varias tiendas hasta que autobuses más grandes, de ACNUR, los van llevando al campo de refugiados de Moria. Algunos pasarán la noche a medio camino, en el campo que MSF tiene en Mandamados, donde caben casi cuatrocientos. Al amanecer también ellos irán a Moria. Todos los refugiados tienen que pasar por Moria: es un lugar caótico, sobrepoblado y poco acogedor. Pero también el único punto donde los refugiados pueden registrarse como tales y obtener los papeles que les permiten viajar libremente. Al menos por Grecia.
Últimamente las barcas van dejando de llegar al norte de la isla y se dirigen a la zona del aeropuerto, en el sur. Hasta ahí la travesía es más larga, puede durar hasta seis horas; muchísimo, si se tiene en cuenta la distancia: el viejo transbordador que conecta Turquía y Mitilini lo hace en cuarenta minutos a paso de tortuga. Pero está vetado a los refugiados, que tienen que jugarse la vida en el mar. En las playas del aeropuerto hay menos recursos esperando. Normalmente, grupos de voluntarios que se mueven en coche por los cinco o seis kilómetros de carretera de esa costa para acercarse hasta el punto de llegada. Hay jubilados griegos que van con el coche cargado de ropa. Otros que llevan té. Un grupo de bomberos sevillanos lleva aquí ya un mes y aunque no tienen barcas, sí que se meten en el agua hasta la cintura para ayudar a dirigir los últimos metros de las zodiacs. Hay paramédicos y voluntarios de Moria que en los ratos libres echan una mano en la playa.  Unos chicos holandeses de Pipka traen grandes termos de té caliente que van sirviendo a los refugiados que tiritan de frío.
Los voluntarios forman dos hileras para que los refugiados vayan bajándose entre emdio y no vuelquen el Dingui. Llegan bebés empapados con el agua chorreándoles por la cara, mujeres histéricas, mucha gente temblando, en shock. Algunos se arrodillan en el suelo nada más llegar para dar las gracias. A algunas señoras mayores las bajan en brazos.

Muchos grupos traen mochilas donde acumulan toda su vida. Fardos que entre todos se bajan también a la orilla. Otros vienen sin nada, porque en mitad de la travesía tuvieron miedo de hundirse y no les quedó más remedio que tirar por la borda todo el peso de más. Esos llegan mucho más desesperados. Muchos niños traen la ropa manchada de vómito seco. Un par de oficiales de ACNUR observa siempre la operación de lejos, y en cuanto el grupo empieza a estar tranquilizado y razonablemente seco lo conducen a los autobuses que los llevaran a Moria. Allí se van a convertir legalmente en refugiados.

30 agosto 2015

Peloponeso IV (el gato de Epidauros)

Siempre me había dolido no haber asistido a ninguna representación en el teatro antiguo de Epidauro. Era una espina que tenía clavada desde hace años y esta vez decidí sacármela. Así que fuimos a ver una versión de Orestes.
La obra resultó mediocre. El montaje, como suele pasar demasiado a menudo, se quedaba en lo estético: se limitaba a visualizar la obra de un modo diferente, ligeramente rompedor, tras el que no había ningún discurso ni mensaje ni concepto.
Usaron la versión de Tsarouchis, el genial pintor reflejo en sí mismo de lo mejor del siglo veinte griego. Está cargada de insinuaciones sugerentes e interpretaciones rompedoras... todas ignoradas olímpicamente por los encargados de la puesta en escena. Vamos, que resultó un aburrimiento.
Lo único interesante en la obra fue un efecto aparentemente involuntario. El director, en buen ortodoxo, no se atrevió a presentar la relación entre Orestes y Pilíades con toda la carga homoerótica que indudablemente tiene. La quiso presentar como sano compañerismo guerrero. El resultado -una pandilla torpe y agresiva de nacionalistas más bien fachas- resultó inquietantemente parecido a dos matones cualesquiera del partido neonazi Aurora Dorada (huevo dorado, con el juego de palabras más en boga). Así va el país.
Sin embargo el teatro, y la noche, era espectaculares. A pesar de que es un espacio grande, ocupado por miles de asistentes, los actores hablaban sin micrófono y se oía perfectamente. El decorado de columnas, piedras y sillares antiguos diseminados entre las ruinas le daba un esplendor permanente a la representación. La luna llena, que hacía prácticamente innecesarias las luces, lo realzaba.
De lo que pasó por el escenario, lo mejor fue un gato. Un gato que vive, entre otros muchos, en las ruinas y que se paseó por mitad de escenario en plena obra como si nada estuviera pasando y ésa fuera simplemente una noche más entre las piedras en las que vive.
El gato se coló entre los pies de los actores que hicieron como que no lo veían y eso me recordó una escena de una semana antes en Atenas. Cuando estábamos a punto de coger el último metro en la plaza de Syntagma una amiga que había venido a pasar unos días calló en la cuenta de que nunca había visto el cambio de guardia de los evroni ante el Parlamento. Así que me acerqué con ella a que viera el de medianoche. No había más que una par de grupitos de turistas, pero mientras ella se admiraba del porte viril de los soldados no pude dejar de ver una rata grande que salió de los arbustos. Se acercó a la llama al soldado desconocido y después corrió de una garita a otra entre los pies borlados de los militares, que hacían claramente como que no la veían. Me pareció una metáfora de lo que ha pasado a menudo en Grecia, entre políticos que ignoran la realidad aunque esté entre sus zapatos, porque las cosas siempre han sido así.
Tras el teatro y el repunte de la pena por la terrible situación de este país necesitaba algo de optimismo. Así que al día siguiente fui a buscar algunas de sus últimas calas desiertas, justo tras el istmo de Corinto. Efectivamente, por la zona de Alkiona hay calas escondidas donde los atenienses más hippies aún acampan y se bañan desnudos lejos de turistas y domingueros. Se llega por pistas forestales sin asfaltar que suben y bajan por montes de pinos. De hecho, el olor de los pinos es intenso y se percibe desde lejos, anunciando el mar incluso antes de verlo. Después aún hay que bajar andando por un camino empinado de tierra. Una vez allí, uno diría que son las últimas calas secretas del mar Egeo. Pequeñas, de piedras, con forma semicircular. Se pasa de una a otra trepando por un grupo de rocas. También bordeando una pequeña colina si se quiere ir a las dos o tres más inaccesibles. El agua es transparente y plácida, sin apenas olas. Está llena de vida: pequeños arrecifes, peces de todos los tamaños, estrellas de mar, erizos, gigantes mejillones anaranjados, caballitos de mar. Jóvenes griegos suelen acampar en estas playas. Instalan alguna tienda, se llevan comida y pasan algunos días totalmente desnudos. Por las noches sentados ante pequeñas fogatas beben, juegan a juegos de mesas y cantan. De día dormitan en la playa, bucean, toman el sol. El sol en esas playitas parece diferente; se diría que es un sol más auténtico y luminoso. Con la pureza del concepto de Mediterráneo. Ante él no hay manera de evitar el deseo de desprenderse de la menor prenda de ropa y dejarse acariciar por u calor, por el mar, por el olor de los pinos, como si uno acabara de nacer.


28 agosto 2015

Mani II (Torres y piratas)




Liberakis Gerakaris, primer Bey de Mani, era un pirata. Un auténtico pirata de los que abordan barcos a golpe de espada y cañón. Los turcos, hartos de perder galeras en el mediterráneo, decidieron nombrarlo representante del Sultán en su Mani natal. Liberakis aceptó porque lo pilló en un momento de rabia, deseando vengarse de la familia más importante de la zona: los Stefanopoulis, que le habían prometido a su hija en matrimonio y en el último momento -aprovechando que el pirata se había ido a atacar a alguien- se la dieron a un noble pretencioso del pueblo de al lado. Así que nada más ser nombrado aprovecho el apoyo turco para lanzarse contra los Stefanopoulis. Los cercó en su casa castillo de Itylo y cuando la arrasó no dudó en decapitar a su fallido suegro, al marido de la chica y a treinta cabecillas más. Los setecientos habitantes de Itylo no vieron más solución que escapar. El pueblo entero se subió a un gran velero y se fueron a Córcega, donde fundaron una nueva ciudad y hasta hay quien dice que son los antepasados de Napoleón Bonaparte. Por su parte Liberakis siguió toda la vida oscilando entre la piratería y el gobierno. Y en revancha se casó con la bellísima Anastasia, princesa y sobrina de un voivoda de Valaquia. Este tipo es, hoy por hoy, el ídolo nacional de los maniotas. Orgullosos de sus piratas, sus eternas guerras civiles y las venganzas familiares que consideran la esencia de esta tierra. Tanto como el paisaje de pequeños pueblos fortificados diseminados entre matorrales y cactus por estas montañas peladas. En Mani, las torres eran a la vez símbolo de estatus y mecanismo de defensa. Los clanes maniotas se peleaban a ver quién las tenía más largas. Es cierto que al ser más alta era más fácil apedrear con rocas los tejados de los enemigos, pero la cosa se les fue de las manos.
Las casas de Mani son pequeños castillos, casi todas construidas alrededor de su torre. Los pueblos cuajados de torreones surgían a menudo cuando una familia derrotada en las intensas guerras civiles que se celebraban de un lado a otro de la calle, se iba unos kilométros más allá. Las montañas son de piedra. Com las casas y los muros que las rodean. De hecho todo es de piedra aquí. Las casas se confunden con el paisaje árido y pedregoso. Apenas se hacen notar, colgadas sobre los barrancos, camufladas en la montaña casi lunar entreverada de chumberas. El paisaje es seco, como la gente. Dura y correosa. La única variación son las pequeñas iglesias repartidas por todo el territorio. Uno podría pensar que eso demuestra un rastro de piedad, casi bondad, en el carácter peleón de los maniotas. En verdad son iglesias guerreras. Cada familia tenía su iglesia. Y cada pirata. Una iglesia con un santo al que agradecer los buenos botines y donde rogar por que la suerte acompañe la próxima campaña. De hecho los curas, que otras islas siempre fueron el objetivo preferido del saqueo pirata (los papas guardan dinero en su casa y si era necesario la comunidad pagaba suculentos rescates para recuperar a su cura) en Mani eran ellos mismos piratas. Me contaron una noche la historia de Mitrófanis Fasidonis, el monje que sólo salía de su Monasterio en Gerolimenas para encabezar la flota corsaria frente a alguna víctima apetecible.  Se mantiene en pie la mayoría de las torres, y no han desaparecido los clanes ni las familia. La más importante de todas es la de los Mavromichalis (lois de miguel el negro). Señores de Areópolis que siempre han mandado: fueron representantes de los turcos, luego encabezaron la guerra de independencia contra los turcos, después han sido ministros y diputados. Alguno queda en el Parlamento aún y otros pocos mantienen un centro social en el pueblo. Cada tarde un grupo de cinco o seis personas, descendientes de la familia, se sientan en la puerta, a la sombra de una morera. Beben café y tsipuro y charlan con aires señoriales. Dentro, el centro es un despliegue de libros, cuadros y gráficos con toda las hazañas y miembros distinguidos de la familia. A pocos metros, la torre que hay junto a la iglesia pertenece a la familia Versakós. Ahí Giorgios Versakós -todo un carácter- ha creado su propio museo "de la guerra". De todas ellas. La puerta de la torre la ha decorado con lápidas narrando las hazañas guerreras de sus antepasados, seguramente, visto el estilo, encargadas a la funeraria local. Es un claro desafío a los Mavromichalis para dejar claro que ellos no son los únicos con pasado glorioso. Pero Giorgios está en minoría en el pueblo, y se lo hacen notar. La entrada a su museo estaba decorada hasta hace unos meses con una enorme bomba de cañón. Sin explotar. Alguien lo denunció y de pronto un día la plaza se llenó de policías, artificieros, el ejército y ambulancias. Un despliegue oficial alarmado que procedió a retirar la bomba sin peligro. En su lugar ha colocado una antigua batería antiaérea. Sobre ella un vecino poco piadoso -o simplemente harto- ha pegado un papel: "no subirse ni hacer ruido después de las nueve de la noche. Llamo a la policía." A ver lo que dura.

26 agosto 2015

Mani I (Maniotas)

Mani debería significar luna. Por sus montañas peladas de polvo grisáceo; por lo aislado del lugar; y hasta por el carácter lunático de los lugareños. Sin embargo siempre se ha llamado Mani y el único consuelo que nos queda es que a los habitantes se les llame maniacos, que no es poco.
Los maniacos son fuertes y orgullosos. Les gusta mantener su leyenda de pueblo inexpugnable, hijos de piratas. Casi en cada casa ondea la bandera de la revolución griega con el moto "victoria o muerte" (Niki i thanatos) y la cruz azul de la ortodoxia cristiana alzada contra el turco.
-¿Y qué cantamos juntos? -el niño sonríe y entonces los dos entonan juntos la primera estrofa de aquella canción que dice "mi país es Mani y nadie lo puede conquistar". Toda la familia reunida alrededor aplaude con entusiasmo.
En Mezapos nos cruzamos con un abuelo jugando en la calle con su nieto de poquísimos años. Le pregunta: -¿Cual es tu país? -¡Mani!
En busca de esos mitos, los aficionados a la buena literatura de viajes suelen venir a la península de Mani siguiendo las huellas de Patrick Leigh Fermor -Paddy, para los desconocidos-. O incluso con la idea de sentarse a mirar el paisaje sobre la tumba de Bruce Chatwin, perdida bajo algún olivo junto a la iglesia de San Jorge en Chora. Llegan imaginando un lugar inhóspito e inaccesible de habitantes fieros. Pero eso era antes, cuando había que desplazarse en mula y la subida al Taigetos desde Kalamata era una aventura como para pensársela. Ahora hay carreteras por toda la península y en veinte minutos desde Esparta o Kalamata los griegos en busca de playas se plantan en mitad de lo que aún se llama el Mani interior.
Se supone que ésa ha sido siempre la esencia de Mani. El sentido de pueblo guerrero. El paisaje desolado de las montañas grises está salpicado de torres de guerra e iglesias. Los maniotas acostumbran a pelear entre sí. Y cada familia tiene su torre y su capilla. Desde hace siglos.
Las tiendas de Mani son el testimonio de un tiempo que se va acabando.La foto de los antepasados, fundadores del negocio, comparten siempre lugar de honor con carteles publicitarios de colores desvaídos de marcas que hace ya mucho que dejaron de existir. En casi todas esas fotos lo padres o abuelos aparecen en blanco y negro mirando seriamente a la cámara, con los largos bigotes arreglados y ropa de boda. A su lado la decoración se completa con fotos de grupo de gente del pueblo en algún acto público; relojes que dan la hora a pesar del polvo acumulado sobre sus agujas; pósteres de actrices en blanco y negro; mapas amarillentos; pegatinas de origen inexplicable. Las paredes de las tiendas, los cafés, las pastelerías... no han cambiado en décadas. Seguramente es un modo de seguir sintiéndose en casa mientras afuera las cosas empiezan a cambiar y a entregarse al nuevo turismo.
Por las mañanas la gente de los pueblos y las aldeas de alrededor coge el coche y se viene a Areópolis. A comprar suministros y, cada vez más, con la edad, a la única farmacia de la zona. Las calles estrechas y empedradas se llenan de pickups y coches que jamás pasarían una ITV.
Mani no esta hecho para el verano. La península, áspera y seca, despoblada, pero cuajada de calas de agua transparente, recoletas y llenas de peces, es demasiado atractiva para el turismo local. Familias de Atenas y de todo el Peloponeso bajan hasta aquí a echar unos días y en verano las tardes de Areópolis se llenan de tabernas, restaurantes y bares para los turistas. Los maniotas, siempre rebeldes y revueltos, no renuncian a sus habilidades de piratas. Se las apañan para cobrar siempre de más a esos turistas, tanto como para no pagar a hacienda, que es una de las partes del Estado griego que nunca llegó a la zona. En invierno las aldeas fortificadas vuelven -dentro de lo que cabe- a su pasado aislado. A los kafeníos donde sólo entran siempre las mismas caras y a las historias nocturnas de vampiros, venganzas y muertos.
En el centro de la ciudad hay algo parecido a un supermercado. En letras grandes e historiadas el cartel pone "Yperágora". Lo lleva Vasilis Kilakos con malas pulgas y ese carácter tan cortante que triunfa en Mani. Es un sitio destartalado aunque con alguna reciente concesión al turismo: esencialmente, Vasilis ha colocado en la puerta una estantería con miel, alcaparras, aceitunas y otros productos locales. Y a su lado un maniquí jubilada de unos antiguos almacenes de Kalamata, disfrazada de maniota. El pelo estropajoso le sobresale en mechones por los lados de un pañuelo y tiene los ojos vidriosos agrietados en una mirada perdida. El resultado es inquietante. Sin embargo dentro sigue todo igual. Una escasez de productos casi comunista y ninguna concesión a la decoración. Casi ni a la limpieza. Vende un poco de todo, aunque todo algo polvoriento. los instrumentos de caza tienen un lugar destacado, sobretodo disfraces de camuflaje, lubricante para armas y cartuchos de diversos calibres. En la parte de atrás tiene un patio con un horno de pan que inunda todo el local de aroma cálido y casi maternal.
Antes de los maniotas paraban por estas tierras viajeros neolíticos de paso desde las islas jónicas. Eso viene muy bien tanto para el turismo como para las leyendas. Dejaron sus restos en las cuevas de Pirgos, una atracción de estalactitas y estalagmitas iluminadas que se visitan en barca. Allí encontraron hace unos meses dos esqueletos, uuna muchacha y un muchacho, que en la edad de hierro alguien enterró abrazados. Los turistas lo verán como una historia de amor, los maniotas como alguna maldición maligna. Puntos de vista.

21 agosto 2015

PELOPONESO III (Esparta)

La llanura Laconia se abre al otro lado del Taígetos y se extiende hasta la parte exterior de Mani. Es una zona verde, propensa al verde de los frutales y hasta al cereal, aunque esencialmente llena de olivos. Si Kalamata presume de aceitunas, aquí alardean de producir el mejor aceite de oliva. 
Algo debe de haber de cierto: por la noche paramos en un kafenío lleno de viejos campesinos en una aldea cerca de Mystrás. Para acompañar el tsipouro pedimos que nos pusiera un tomate cortado en rodajas. El tabernero era un espartano que habitualmente trabaja en un taller de automóviles; esa noche sustituía al camarero habitual. Nos trajo un tomate enorme y jugoso bañado en un aceite tan delicioso -espeso, dorado, casi dulce- que no pudimos dejar de mojar trozos de pan hasta acabarnos entera una de esas grandes hogazas de la zona. Y esa fue nuestra espléndida cena.

A medida que nos acercamos a la acrópolis de Esparta, en el lugar más central de la llanura, los olivos son enormes, multicentenarios; de varios metros de diámetro. Entre ellos surgen de pronto algunas vallas de plástico que delimitan los lugares que se están excavando. No hay carteles ni senderos explicativos ni se supone abierto a la visita de los turistas. Las excavaciones han sacado a la luz en un lado la base de un gigantesco reciento semicircular construida en rocas megalíticas. Un poco más allá, un muro de lo que podría ser el foro y varias construcciones adosadas. El muro está hecho de piedras irregulares talladas para que encajen perfectamente entre sí, como un puzzle perfectamente resuelto. Detrás de unos árboles al otro lado del camino hay cinco columnas cuya base aún se hunde en la tierra, varias de ellas son estriadas. Hay un trozo más de columna tumbado en el fondo de la excavación junto a varios bloques de mármol. Al ser éste un rincón resguardado de la vista de quienes pasan por la calzada se ve que alguien ha decidido usarlo como retrete de urgencia. Varios trozos de papel higiénico diseminados entre las ruinas -entre otras cosas- dan fe de ello.

Esto es lo que queda de la rival de Atenas. Del centro de su poder, al menos. La ciudad moderna fue construída enteramente a mitad del S. XIX, con ese apogeo de la reivindicación del pasado clásico que siguió a la independencia griega. Diseminados por ella quedan algunos restos más, incluida una tumba que a los locales les gusta imaginar que pertenece a Leónidas. Los turistas en su mayoría se limitan a visitar el teatro “romano”, bien conservado y señalizado. La ciudad, por su parte, es lineal: trazada con tiralíneas cuando planificaron que volviera a existir una Esparta. Tiene fama de fea, pero no es peor que la mayoría de ciudades del Peloponeso rural. Tanto han insistido sus autoridades en ligarse al pasado guerrero que la llenaron de monumentos al ejército, a los atletas olímpicos, al valor de quien en algún momento dio la vida por su país...y de sus correspondientes charlas en colegios, ceremonias cívicas y demás parafernalia. El resultado son unos habitantes conservadores y profundamente nacionalistas. Es el bastión de Aurora Dorada y, en general, de todos los partidos neofascistas que surgen. Cosas de jugar con la historia.
Como es domingo, no hay nadie en las excavaciones y puedo pasear tranquilamente por ellas; tampoco tienen vallado o señal alguna que lo impida. Hay montones de tierra extraída hace poco de las zanjas y en ellos abundan los restos de cerámica basta. Intento imaginar el lugar en la época clásica. No me puedo quitar de la cabeza la idea de que tampoco entonces debió ser un lugar mucho más urbanita ni sofisticado. No sé hasta qué punto es del todo exacto el mito de la Esparta guerrera, feudal y campesina, pero aquí, entre los olivos, el polvo y el vacío se me hace fácil de creer. Sin duda la dualidad con la Atenas intelectual y democratica ha tenido mucho de construcción posterior. Y no deja de ser una imagen simplista. Sin embargo en el Peloponeso actual, cálido casi hasta la aridez y tan tremendamente rural pega que Esparta fuera lo que dicen que fue. Básica y guerrera. La idea me la confirma el pasar por las Kiadas, la garganta donde dejaban a los bebés para comprobar si sobrevivían. El paisaje es impresionante, como todo el cañón de Lagada. Rocas cortadas a ras, afiladas sobre un riachuelo que casi ni se ve al fondo del todo. Aquí no puede haber cambiado nada desde entonces y el sitio desprende fuerza y brutalidad. Vuelan dos cuervos encima nuestra. Al menos ésos no son los mismos cuervos que miraban por encima a los espartanos.
Tres días después de nuestra visita las autoridades anunciaron que en las excavaciones de la acrópolis de Esparta habían encontrado una figurita de barro cocido de un toro micénico extraordinariamente bien conservado, con todos sus colores.









18 agosto 2015

PELOPONESO II (La casa)


La llegada a la casa de Messini tuvo algo de mágico: como si todo se hubiera conjugado para evocar el sabor de las tardes de verano de la infancia. Ésa tan presente en el Peloponeso.

Era a finales de mediodía y el calor casi había vaciado las calles de la ciudad, de por sí poco concurridas. Casi de inmediato nos salimos al patio a comer. Nos hinchamos de sarmadas, que son hojas de col hervidas y rellenas de carne picada y arroz. Las acompañamos de un litro de vino rosado a granel, muy frío. Cuando ya no podíamos comer ni beber más sucedió una especie de epifanía. Sobre la mesa apareció de pronto una bandeja de brevas y de higos chumbos. las brevas eran verdes, grandes, muy maduras. Fáciles de pelar y con el corazón de un rojo lujurioso que se nos derretía en los dedos antes de llegar a los labios. Los higos chumbos, muy amarillos, dulces y fríos para devolvernos a la realidad tras la experiencia de las breva .
Fue un momento mágico, y mientras nos tomábamos luego el obligado café griego tuve la impresión de que hace muchos años los veranos de niño también tenían patios como ese, y frutas y tardes de sobremesa con los amigos que nunca acaban. En el patio huele a albahaca, más cada vez que el viento o una mano distraída agitan alguna de las mucha macetas.
Al acabar de comer nos dividimos en grupos, llenando las habitaciones como si fuera una excursión escolar. Ahora hay que hacer siempre cola para el baño y cuando por fin uno consigue entrar, la tapa del water está siempre tibia.
Durante todos estos días Tula va a sorprendernos cada día con montones de comida que nos esperan a
la llegada de cualquier excursión o de la playa. la lista supera a la carta d cualquier restaurante griego: calabacines rebozados, sarmadas, filopita (que es una pasta casera de la zona) con pollo de campo, cordero al horno con romero, ensalada campesina, acerias fritas, horta, mussaka, cayanás (una masa de pimientos rojos, salchichas, carne y huevos), cuadraditos de filopita con ternera, remolacha aliñada, y más.
Ayer Tula hizo mermelada de higos por la mañana. Una caldera entera que preparó temprano por la mañana y dejó enfriándose cuando se fue a la playa. Al volver, la cacerola entera estaba cubierta de una capa densa de hormigas. Eran hormigas diminutas pero tantas que no se veía el contenido. Tiró la mermelada, echó insecticida, barrió el suelo... pero la cocina seguía llena de hormigas.

Por la tarde lo comentó con varias vecinas y primas en la plaza de Messini. Un cuñado le explicó que el mejor modo de librarse de las hormigas es poner cebolla. Así que antes de acostarse llenó el suelo de la cocina de gajos de cebolla. Y se echó a dormir.
A la mañana siguiente, efectivamente, no quedaba ni una hormiga en el suelo ni as encimeras. Sin embargo, los insectos ahuyentados por el olor se habían refugiado en las estanterias altas. Justo donde se guardan las especies, los platos, las legumbres. Se ha pasado toda la mañana limpiando los estantes y poniendo veneno.
Al llegar nosotros yo me olvidé un sandwich que traía sobre mi mesilla de noche. Ella entró luego en el cuarto y se lo encontró cubierto de hormigas. Así que hubo nueva sesión de fumigación intensa. Al ir a acostarme me dice preocupada que tenga mucho cuidado por la noche, no se me vayan a meter por las orejas.

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