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20 agosto 2018

TRANSNISTRIA

Entre Transnistria y (el resto de) Moldavia el tráfico es fluido. El puesto de control de la policía moldava es discreto y en él no suelen pedir a los viajeros que se identifiquen. Evitan que parezca una frontera. Al otro lado, unos pocos metros más allá en la zona de seguridad, sucede todo lo contrario. hay control de pasaportes, una oficina de inmigración y funcionarios de aduanas. A los extranjeros se les emite un visado por los días que vayan a estar en la zona. Sin embargo, para los locales el paso es sencillo y la gente viaja con carnets de identidad transnistrios o con pasaportes rusos o moldavos. Sorprendentemente, también los vehículos con matrícula transnistria circulan libremente por todo Moldavia.
A diario el tren que hace la ruta  Kiev- Chisinau (dígase kishinev, en ruso) y vuelta para en la enorme estación vacia de Tiraspol. Sin embargo apenas suben o bajan pasajeros para ese trayecto de una hora. Los viajeros de uno y otro lado prefieren las furgonetas que salen cada poco y que aquí gestiona directamente el gobierno desde la misma estación de ferrocarril.
Veinticinco años después de la guerra breve y feroz, y a pesar de los miles de muertos, la situación se ha normalizado con una naturalidad pasmosa.
Me habían advertido de que Transnistria está militarizada, pero lo cierto es que durante la semana que estuve allí, aparte del par de tanques de al segunda guerra mundial colocados a modo de monumento nacional, los únicos militares que se ven son rusos.
Los paracaidistas rusos tuvieron su base principal durante muchos años en plena fortaleza medieval de Bender, sin embargo ahora se han trasladado a un nuevas bases, modernas y bien equipadas, en los alrededores. Mantienen un check point con ametralladoras y hasta un tanque emboscado en la carretera que va a Tiraspol y otro prácticamente igual en la que viene de Chisinau.
Son el recordatorio permanente de que este territorio independiente de facto, con la extensión de la provincia de Pontevedra y medio millón de habitantes, sólo existe gracias a la voluntad y el apoyo de todo tipo del Kremlim.
La presencia rusa es visible por todas partes y su bandera tricolor ondea en todos los edificios oficiales junto a la rojiverde del lugar. Pero simbólicamente, si algo llama la atención en la representación simbólica de esta republica al otro lado de Dniester es la presencia de las alusiones a la URSS. Algunas de las atracciones favoritas de los pocos turistas que pasan por aquí son los postes que en la carretera se mantienen enlucidos con el lema y la simbología de la Unión Soviética, y dentro de ella la república soviética de Moldavia.
Sin embargo, la parafernalia comunista tiene mucho de atrezzo. La hoz y el martillo es ubicua porque está en el escudo del país, mantenido a imagen de como era en 1990, pero lo que de comunista queda en la sociedad transnitria es sólo lo más folclórico de lo que fue el régimen soviético. Grupos de señoras funcionarias con batas pintando las vallas de los parques o barriendo las calles. Un respeto reverencial a la luz de los semáforos y los pasos de peatones. Esa moda reconfortante en la que  toda prenda pega con cualquier otra y ningún atuendo resulta ridículo. Las señoras usan diversidad de variaciones de pamela y los hombres pantalón corto y calcetines.
Más allá de la estética no queda mucho de socialismo político ni económico. por estar, ya ni siquiera está de presidente el ínclito Igor Smirnov, que lo fue durante la era soviética, durante la guerra y diecinueve años más. En las últimas elecciones, más o menos libres, perdió el puesto y no parece que en las calles se le eche mucho de menos. Su foto no se ve casi ni en los museos de historia.
En lo económico también se ha producido la completa liberalización de empresas. Y mafiosos. Enormes coches negros, carísimos y con los cristales tintados, corren por las avenidas normalmente vacías de Tiraspol, mezclándose con los pequeño lada y trabbits pintados de colores.
Un profesor de la universidad nos cuenta que el país vive esencialmente de la venta de electricidad... y de las subvenciones rusas. La madre Rusia no abandona a sus hijos fieles y el nivel de vida aquí es bajo, pero digno. En algunos restaurantes es posible encontrar aun menús subvencionados que incluyen varios platos, bebida y postre por menos del equivalente a dos euros. Se paga en rublos transnitrios, que, como cualquier país que se precie, éste tiene su propia moneda. Se mantiene permanentemente en una paridad artificial con el lei moldavo, pero es imposible cambiarla en ningún sitio fuera de las fronteras del territorio. ni siqueira en el mercado negro de Chisinau.          
La libertad de empresa ha ayudado bastante a homogeneizar el país con el resto de Moldavia. la prueba más evidente es la apertura de varios Andy's Pizza, el establecimiento moldavo de comida rápida por excelencia. A su terraza en la avenida principal de Tiraspol la clientela acude elegante y arreglada a pedir hamburguesa o pizza y, sobre todo, a dejarse ver en tal ambiente de modernidad. 
Pero si hay una empresa propia de aquí es, sin lugar a dudas, Sheriff.  Se trata de una empresa de vigilancia y seguridad que se enriqueció en la época en que este era el centro mundial de tráficoy venta del antiguo arsenal soviético. A partir de ahí diversificó sectores y hoy es más conocida por sus supermercados. Los únicos con productos y apariencia auténticamente occidentales. Es propietaria además del principal equipo de fútbol de la capital: el Sheriff de Tiraspol. Pese a la guerra, al independencia y la mala relación con la parte rumanófila del país, los equipos transnistrios juegan en la liga moldava. El Sheriff, en concreto, suele acabar en los primeros puestos, si no el primero. Eso ha traído a la república independentista uno de sus mayores éxitos de internalización: jugar en la liga europea, aunque lo eliminen inmediatamente.   
La vida aquí es, ya se ha dicho, muy tranquila y apacible. la propia capital tiene un ambiente urbano marcadamente rural. Los bloques de pisos soviéticos con su parque de juegos en medio se alternan con casas típicamente de agricultores, con frutales y huertos a modo de jardín. Es una ciudad extensa, en la que las tiendas no se acumulan en el supuesto centro, sino que están diseminadas por todas partes. Como ciudad no tiene nada que ver con el bullicio y ajetreo de Bender, la segunda ciudad de la República y la única al otro lado del Dniester.
El río no sólo da nombre al país y sirve de frontera, sino que marca gran parte de la vida cotidiana. En verano pandillas de jóvenes van por las mañanas a bañarse a alguna de las playas fluviales preparadas, con arena de verdad, en sus márgenes. Allí se mezclan con los jubilados parsimoniosos que llegan arreglados como para un paseo y se meten en los cambiadores de madera preparados al efecto para colocarse bañadores pasados de moda.
Al atardecer es frecuente apuntarse a alguno de los barcos que dan paseos de una hora remontando el río. los usan lo mismo familias enteras para celebrar el cumpleaños de un abuelo que grupos de amigas jóvenes con hijos muy pequeños que se juntan para charlar un rato o parejas maduras que se balancean al ritmo de la música atronadora del barco. Unos y otros llegan cargados de comida y bebidas y el paseo es lo más parecido a una tarde de bar en la que nadie se fija en las márgenes arboladas ni el puente iluminado con los colores de la bandera transnistria.
Por lo demás, como en tantos otros lugares soviéticos, los bares no suelen ser lugares de encuentro y la gente prefiere, en vez de eso, usar los bancos de cualquiera de los numerosos parques de la ciudad. Al ambiente de tranquilidad rural colabora el que las parejas se casan muy jóvenes y empiezan muy pronto a tener descendencia, así que predomina el aire familiar. Queda poco espacio para jóvenes alternativos, antisistema o marginales. La tónica la rompen apenas algunos adolescentes reunidos en torno a una pista de skateboard y borrachos que entran en algún tugurio diminuta con prostitutas mayores acodadas en la barra. Todo embutido de clandestinidad.
Por no haber, ni hay turistas. Apenas algunos hipster que pasan un par de días atraidos por la parafernalia comunista. Se fotografían en el busto de Lenin ante la fachada del Ayuntamiento o en su impresionante estatua ante el soviet supremo. Visitan la ciudadela de Bender y vuelven a fotografiarse ante alguno de los tanques de la segunda guerra mundial. Y poco más en un lugar donde no hay atracciones que visitar, porque está hecho simplemente para vivir.











12 agosto 2018

BAALBEK


Dicen en Baalbek que la caravana que escapaba dolorosamente desde Kerbala a Damasco tras el martirio de Hussein pasó por aquí. Y dicen que aquí mismo murió por unas fiebres y fue enterrada la hija pequeña del imán asesinado, biznieta del profeta.

Las fuentes históricas no confirman la existencia siquiera de esta nieta pero siempre ha tenido aquí su mausoleo, ahora enriquecido lujosamente por obra de Hezbollah y fondos iraníes.
En el pueblo hay devoción por este santuario donde algunos años se produce el mismísimo milagro de la sangre licuada que afecta a San Genaro en Nápoles o que maravilló al Líbano cristiano con el cuerpo incorrupto y sangrante del Santo Cherbal. Las religiones tienen todas sus milagros, así que la gente viene y toca la reja del mausoleo y pide cosas.

El misticismo parece intrínseco a la ideosincracia de este lugar, y el hacer templos enormes también. Que aunque en fenicio antiguo significa Señor de la Bekaa se convirtió rápidamente en el lugar del Dios Baal, que molaba más. Hicieron un gran templo. Cuando llegaron los griegos, se convirtió en Heliópolis, como la ciudad del Betis. Luego los romanos hicieron encina otro templo a Júpiter, y así siempre. Baalbek siempre ha vivido de sus templos, ahora convertidos en unas ruinas esplendorosas que sin la mayor atracción turística del país.

Por la ciudad actual pululan los beduinos y tiene toda un aire de árabes del desierto que la acerca más a Jordania o Siria que a las alegres ciudades de la costa del Líbano.

La gente de Baalbek es serena y cívica. Tienen fama de honestos, lo que en boca de un libanés suele ser un calificativo despectivo contra quien no aprovecha el menor resquicio para hacer negocio.


En Baalbek abundan los volvos y mercedes destartalados que andan a duras penas y que si aparecieran por cualquier sitio del centro de Beirut serían objeto de todas las burlas desdeñosas del mundo.

Aquí ls viernes son el día festivo de la semana. Por la tarde el parque se llena de familias sentadas en alfombras sobre el césped haciendo picnic, como en cualquier ciudad iraní. Y como allí, no arrojan ni un papel al suelo. Seguramente tienen algo que ver los guardianes fortachones que están por las esquinas atentos a mantener el orden en el parque. Cuidan de que no entren perros, ni música occidental, ni haya peleas o indecencias.
Mientras, en torno a las ruinas florecen dos negocios, el de las kufias palestinas para poner en la cabeza y el de las camisetas de Hezbollah. El primero es típico de otras atracciones turísticas como Petra. El otro es exclusivo de aquí. Cuando en los noventa Hezbollah aún secuestraba occidentales en Beirut ningún niñato americano se habría atrevido a llevar el escudo verde con el kalashnikov sobre fondo amarillo. Ahora les parece kitch y levemente provocador. Se venden como rosquillas entre turistas que quieren presentar como una aventura su excursión a este lugar tan normal.

Crecí con la guerra del Líbano en todos los telediarios. Conocíamos de oídas los lugares de esos combates y en mi barrio había un derribo inhóspito por el que teníamos que cruzar a veces al que, irónicamente, llamábamos el valle de la Bekaa. Siempre lo imaginé así, como un lugar peligroso, casi desértico, inapacible. La primera vez que, viniendo del monte Líbano lo vi a mis pies sufrí un impacto emocional al descubrir esta banda verde, fértil y llena de cultivos que se extendía en todo el valle entre estas montañas y las que poco más allá señalan la frontera con Siria. Fue la despensa de Oriente Medio en época romana. Desde entonces es famoso por el trigo y la vid, que a modo de ying y yang representan el trabajo y la diversión, la muerte y la vida. Y algo de eso de haber en un sitio que ha sido escenario de masacres y que ahora emana tanta paz. La rompen los frecuentes checkpoints del ejército libanés y el trasiego constante de armas. 
Pero sobretodo la sensación de paz la ahuyentan las decenas de campos de refugiados sirios diseminados por el valle. Están en los basureros de las ciudades recuperando residuos, en los campos sembrados trabajando como aparceros y más veces aún mirando pasar el día, sin nada que hacer más que esperar y pasar hambre mirando las colinas de su país, al que no saben si podrán volver.


La guerra, pues, no se aleja de la Bekaa, igual que no se alejan los dioses.


03 agosto 2018

NÍSIROS


Las calles de Nísiros están plagadas de albahaca, que en griego se dice vasilikó, y significa real, propio del rey.  Las callejuelas de la isla rebosan de macetas de barro o en antiguas latas de aceite y conservas donde crecen todas las especies posibles de albahaca. La italiana, de hoja grande, redondeada y jugosa. La tailandesa, de tallos muy largos, hojas afiladas y florecillas moradas. La española, de hojitas pequeña como la que tenía siempre mi abuela en la ventana de su cocina. Aquí las plantas son grandes y frondosas, y con el viento que gira entre las callejuelas estrellas llega a menudo un aroma a albahaca que debe ser el olor del verano.
La isla es volcánica, redonda y muy pequeña. Todo el centro está ocupado por un inmenso cráter volcánico, de forma que las cuatro aldeas habitadas están en las laderas externas del cráter, hacia el mar. En total viven aquí menos de mil personas, pero incluso en una comunidad tan pequeña cada núcleo tiene su personalidad.

Mandraki es la capital, el puerto, la sede de la policía y prácticamente el centro de todo. Tiene pocos siglos y un trazado urbano complicado que recuerda una medina. Callejuelas estrechas que no siguen ninguna línea, trazadas para evitar el viento y dar sombra con el ancho justo para que pase un burro o, mucho más actual, una moto. En el barrio de Langadi, que es básicamente una calle que baja desde el paleocastro y que en invierno se convierte en torrente, se puso de moda hace un tiempo decorar el suelo de la entrada de las casas, elevadas más de metro para evitar el agua, con mosaicos hechos con chinos de las playas de la isla. Suelen representar peces y motivos marinos y lo hacía en sus ratos libres Dinos Papelis, un peluquero de la ciudad. La idea gustó tanto que Dinos ha dejado la peluquería y los mosaicos son ahora una de las señas de identidad de Nísiros. Decoran incluso las plazas públicas del centro de la ciudad y, por supuesto, la entrada a la mayoría de las casas.

Paloi es un puerto de mar creado hace sólo unas décadas, junto a unos antiguos baños romanos, por gente que bajó de Emporio. Es apenas una fila de casas frente al muelle y sus habitantes viven de la pesca y de las tabernas donde ofrecen pescado y otra comida a los patrones de los yates que pasan por el lugar. La gente aquí es más expansiva, quizás por el contacto con el exterior y por la pequeña playita de al lado del puerto. Allí, puntual como un reloj, se baña cada día una señora de la que no he logrado saber el nombre aunque es la abuela de Panaiotis, el niño gordito de la familia del bar de la playa. La señora, en torno a las seis, sale de su casa que da a la playa vestida siempre con una bata de flores, un pañuelo blanco en la cabeza y apoyada en dos bastones. De esa guisa se mete en el mar hasta que le cubre el pecho. Se queda media ahí hora, aprovechando la calma chicha del mediterráneo.
Luego, completamente vestida y apoyándose en sus bastones sale despacio; a menudo con la ayuda de alguno de sus nietos, y vuelve a su casa. Es un espectáculo cotidiano al que nadie le da mayor importancia. Las barcas de Paloi salen al atardecer. Un rato antes, uno de los pescadores -un muchacho rellenito y rudo- se sienta siempre en el mismo banco frente al cafenío Falimento. Junto a él suelen poner una mesa y sillas alguno de los personajes que a esa hora se toman su enésimo ouzo. Mientras ellos charlan y ríen el pescador, armado de unos pequeños alicates y un rollo de tanza se afana en preparar unos anzuelos grandes para la pesca del besugo que va clavando en el borde de corcho de un barreño de plástico.
Emporio fue en otros tiempos el pueblo más importante de la ciudad. Hoy es un conjunto de casas, deshabitadas y en ruinas en su mayoría, apiñadas en un peñasco. Hay una iglesia en todo lo alto y un pope que viene casi cada día y que sube por las empinadas callejuelas y los escalones escarpados con ayuda de un muchacho fuerte y jovial. Junto a la iglesia hubo un castillete hospitalario, Pantoniki, del que sólo quedan los muros y que le da a todo el pueblo un aire maniota. La poquísima vida que queda en emporio se concentra en un espacio diminuto, lejanamente parecido a una mini plaza, donde resisten dos cafés y una iglesia mucho más accesible, dedicada al génesis. En la plazoleta y los cafés hay algunas sillas y los parroquianos recuerdan los tiempos heroicos de la segunda guerra mundial, cuando un mítico comando griego (liderado por británicos, eso sí) desembarcó en la isla y a tiros capturó a toda la guarnición alemana. En el café balkoni, que da al cráter, guardan un espejo roto por uno de los tiros de ese día. Aunque es difícil, alguno de los habitantes, más escéptico, podría contar también que aquella noche de 1945 uno de los oficiales alemanes logró llegar a Paloi con ayuda de alguien y huyó en barca desde allí. La gente de Emporio es gente adusta y de montaña. Cerrada. Nada que ver con las alegrías costeñas de Mandraki, allá abajo, al menos seis kilómetros de lejos.
Nikia es un pueblecito recogido en torno a una plaza que llaman porta, encaramado en el poco espacio que queda entre los acantilados que dan al mar de un lado y los que llevan al volcán de otro. Las casas son blancas y los habitantes festivos. Con mucha personalidad propia. Sobre la plaza de porta reina el café de Giorgos, a quien conocí hace años en mi primera visita a la isla. Sigue siendo charlatán y jartible pero el exceso continuo de alcohol ha mermado sus capacidades. Ahora sólo lo dejan beber Fanta y empieza a perder la cabeza.
Toda la gente de la isla se conoce. Y todos se encuentran en los panegiri. Hay cuatro panegiri al año, cada uno en una iglesia aislada y la dinámica es la misma de todas las islas griegas. Se ponen largas mesas en el patio de la iglesia. Unas señora voluntarias preparan comida, y los hombres las sirven gratuitamente. El público paga por las bebidas nada más y con eso se sufraga el mantenimiento de la ermita. Hay música tradicional en directo, normalmente acompañada de lira cretense, que es una especie de violín de la zona. El baile es siempre en mismo, en uno o carios círculos concéntricos en los que se junta gente de todo tipo. Siempre empiezan liderando el baile personas ya mayores, excelentes bailarines. A medida que avanza la noche van rebajándose la edad de los participantes. De madrugada no suele quedar más que jóvenes y todo se vuelve menos formal.
Estuvimos en el panegiri de final de julio en la iglesia de San Pantaleón en Avlaki y vimos a toda la gente que conocemos de la isla: los camareros y parroquianos del bar el oasis, en la playa de Lies, que es el centro de los hippies que vienen en verano desde Atenas a acampar en la playa. El rico dueño de una casa en Emporio que la ha arreglado con todo lujo y se pasa el día al sol en la puerta o en su yate de Paloi. Pipo, la hija de Manos, el dueño de la tienda de alquiler de motos y coches que hay en el puerto y que es toda energía. El hijo del guarda del cráter de Stéfano, que gestiona el bar del cráter y que se hizo famoso como protagonista de una película de Eleni Alexandraki sobe la nostalgia rodada en la isla. El camarero de una de los abres de plaza porta en Nikia, que tiene una sospechosa pinta de seminarista ortodoxo…
Y conocimos al señor Nikos. Tiene 98 años, es de Nikia y vive en Nueva York. De joven trabajó como pescador en Paloi y Mandraki, pero tuvo que emigrar. Desde que se jubiló, todos los veranos consigue que su hija la traiga de vuelta a Nísiros para, entre otras cosas, venir al panegiri. Aunque no anda muy bien se desenvuelve con su bastón entre las mesas consiguiendo donaciones para la ermita y saludando a todo el mundo como si quisiera agarrar cada trocito de la vida de la isla para tenerlo siempre consigo. A ratos se apoya en un enorme Quercus para mirar a la gente que baila. El árbol lo plantó su padre hace más de un siglo. Esa es la manera en la que en Nísiros pasa el tiempo, con una continuidad pasmosa entre el presente y el pasado. Cosas de las islas pequeñas de esta parte del mundo.


















02 agosto 2018

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS


La acrópolis de Nísiros se conserva bien para su edad. Las dura piedras de basalto volcánico de sus muros han resistido en gran parte incólumes el paso de los siglos. Los canteros que hace casi tres mil años tallaron cuidadosamente esos bloques -alguno de casi cinco toneladas- consiguiendo que encajaran perfectamente entre sí sabía lo que hacían.
En nuestros días puede verse prácticamente el mismo paisaje que observaron ellos. Los olivos cargados de chicharras que descienden por la ladera rocosa hacia el mar y allí, justo enfrente, el islote de Yali que sigue siendo, como entonces, sólo una cantera deshabitada. De ahí salía la obsidiana más famosa del Dodecaneso. La piedra negra, brillante y dura que aparece en
todas las excavaciones de Grecia. Es más frágil que la de Milos, pero su accesibilidad hizo que desde la antigüedad se extendiera más por todas las ciudades Estado de este mar. Más allá en el horizonte se aprecia el nítido perfil de Kos. La isla madre de la que, según la mitología, se desgajó esta, cuando Poseidón arrancó un trozo para arrojárselo a un gigante. La fuerza del golpe explicaría, evidentemente, que toda la isla sea volcán.
No se sabe si la acrópolis existía ya cuando los barcos de Nísiros, según cuenta Homero, se apuntaron a la excursión punitiva contra Troya. Pero no hay duda de que en sus callejuelas y templos se decidió apoyar a Jerjes y los persas en la batalla de Salamina. Mal negocio, en términos de crédito histórico, pero es que aquí las fronteras siempre han sido variables. Nísiros sólo se integra en Grecia tras la segunda guerra mundial, hace nada. Antes fue italiana, turca y hasta tuvo un gobernador catalán. El caso es que pese a su origen dorio los habitantes de la isla fueron con los persas, perdieron, y pagaron las consecuencias.
Desde los muros del paleocastro, con el permanente acompañamiento de las chicharras, es inevitable evocar el poema de Kavafis que describe una ciudad alterada y nerviosa esperando a los bárbaros. Aquí llegaron los vengativos barcos atenienses primero. Y luego los espartanos. Nísiros se doblegó a unos y a otros. Tal y como se ha doblegado a otras civilizaciones, sin dejar de ser ellos, isla pequeña y cerrada con personalidad propia inalterable. Ni los cristianos caballeros hospitalarios, ni turcos y otomanos, ni italianos ni nazis han conseguido más que ocupar levemente este lugar. Instalaron castillos, guarniciones y otras demostraciones de poder terrenal, pero no alteraron su modo de vida.
Hoy la isla tiene dos policías, que cuidan sobre todo el atraque de los barcos en el puerto, y sus mil habitantes no parecen más afectados por ninguna amenaza. En ausencia de los refugiados que desembarcan en islas vecinas, aquí la más brutal es la del turismo, que aquí resbala como el aceite. Nísiros disfruta de una posición envidiable que hace que cada mañana desembarquen oleadas de rusos, ingleses y rubicundos turistas de cualquier país. Vienen de los resorts de Kos, mayormente en rebaños masivos que visitan el monasterio y el volcán, llenan las tiendas y los restaurantes y antes de que caiga la tarde se vuelven en los mismos barcos a sus apartahoteles despersonalizados. La isla recupera la calma y el ritmo de vida de siempre apenas alterado por un pequeño rosario de acontecimientos marcados: algún panegiri, un campeonato de volley a la entrada de Mandraki, la presentación de un libro de poemas sobre la isla, algún concierto veraniego de música griega. Y poco más.

En los muros de la acrópolis se conserva una inscripción del siglo cuarto antes de Cristo que prohíbe a los ciudadanos construir sobre las murallas. Por el bien de la ciudad. Hoy las callejuelas de Mandraki, llenas de señores que pasean, se saludan e intercambian noticias sobre el día, yacen a los pies de esa acrópolis y desde sus muros se ven agitadas, como si en estos siglos hubiera cambiado muy poco en Nísiros, y siguieran esperando a los bárbaros.




23 mayo 2018

BOURJ HAMMOUD (Barrios de Beirut, 4)

En Beirut, cuando algo se rompe, se lleva a un armenio que lo arregle. Si no puede repararlo un armenio, es que no tiene arreglo. Tienen fama de creativos y de ingeniosos. Y cargan esa fama con orgullo. Orgullo de pueblo, porque si algo tienen los armenios de Beirut es conciencia de pueblo. Una nación concentrada en un enorme barrio llamado Bourj Hammoud.
A principios del siglo veinte algunas de las penoso columnas de refugiados armenios moribundas que huían del genocidio turco llegaron a Beirut. Se establecieron primero en campos muy precarios en la zona del puerto, donde pronto proliferaron epidemias. Por eso, pasados pocos años el gobierno local les ofreció que se instalaran en la zona de Bourj Hammoud: un huerto al otro lado del río dedicado sobre todo al cultivo de morera para los productores de seda de la ciudad. Aceptaron, y ahí construyeron su propio barrio, una ciudad de exiliados añorando su país. Y ahí sigue. Es una zona pintoresca y alegre, con una de las mayores densidades de población de Oriente Medio.
Durante la guerra civil de Líbano el barrio decidió no alinearse con ninguno de los múltiples bandos en liza. Aprovechando que tienen un perímetro muy claro, crearon un grupo de autodefensa que no dejó entrar a ninguna milicia en su zona. Hubo algún intento y muchas provocaciones pero resistieron. Fueron la única zona de Beirut donde no hubo combates y ahora es la única donde todos los edificios son antiguos, de antes de la guerra. No hay grandes bloques de cemento y acero. Eso aumenta el encanto de su trazado de callejuelas ordenadas y vitales, siempre bulliciosas, que sólo podría existir en esta parte del mundo. Las calles de Bourj Hammoud rebosan de tiendas, talleres y tenderetes.
Con la melancolía del exiliado, todas las arterias llevan el nombre de ciudades armenias, y de entre ellas, la calle Marash y la calle Arax son las que vertebran sentimentalmente el barrio. Marash es para ir con hambre, acoge sobre todo las tiendas de droguería y comestibles; especias de todo tipo, cardamomo, bami seco, mil mezclas de zlatar de Alepo, jabón de Saida, pétalos de rosa, esponjas naturales, berenjenas secas. Caramelos de mil sabores distintos envueltos en papel brillante. Calabazas, hierbabuena, perejil, cilantro, albahaca, menta; hierbas que no sé nombrar pero huelen de lejos. En paralelo, Arax es para la ropa. Aquí se compran zapatos, camisetas, ropa interior sexy o abrigada, maletas. Las dos están salpicadas de talleres que reparan zapatos o cacerolas. Y como en el resto del barrio, en cada esquina hay un puesto de kebab o una cafetera.
Los armenios tienen mucho de balcánicos y están tan enganchados al café expreso -fuerte y espeso- como al backgammon que aquí llaman Tavlie. Por todos lados hay grandes máquinas de café de las que funcionan con pistones. Por muy pocas libras tienes asegurado todo el día un líquido fuerte y con mucho sabor que la gente bebe con fruición. En la puerta de la mayoría de negocios dormita el dueño sentado en una silla sobre la acera. Apenas abre los ojos para saludar a algún vecino… salvo cuando se une a una partida de backgammon. Entonces se forman melés de jugadores y observadores que dan consejo durante horas.
Cuando a un cristiano libanés se le pregunta si es árabe siempre responde que no, que él es fenicio. Aquí, en cambio, todos se declaran armenios. Y abunda el merchandasing armenio, desde las banderitas y las bufandas con las franjas azul, roja y naranja hasta las figuritas de barro del pueblerino armenio, pasando por los souvenirs made in china siempre en el mismo tono. Hay banderas armenias con su franja naranja colgando prácticamente de cada balcón y en los altavoces de las tiendas suena una canción que dice Ararat, Ararat.
Evidentemente, la inmensa mayoría de la población es armenia; y de religión ortodoxa. Hay un buen puñado de iglesias con el típico techo cónico y los letreros en ese alfabeto. Sin embargo, el barrio es mucho más plural y más mezclado de lo habitual en el Beirut de nuestros días. Hay importantes comunidades de católicos, de chiitas y hasta de etíopes eritreos. Estos últimos son sobre todo mujeres dedicadas al trabajo doméstico en la ciudad. Las que no viven en las casas en las que trabajan suelen quedarse a dormir aquí. Los domingos y se las ve pasear en grupos por las calles del barrio, delgadas, de piel oscura y a menudo con el pelo cubierto por pañuelos blancos.

Y de hecho, lo mejor de Bourj Hammoud es su gente. Hay en el barrio cierta pasión por la charla y la conversación que engatusa a cualquiera que va. He pasado horas hablando con Michael que tiene una tienda de cosas usadas y antigüedades que se entretiene convirtiendo en lámparas y relojes, increíblemente creativos. Chapurrea varios idiomas y en todos ellos es capaz de bromear, de lanzar amenazas de muerte y de contarte los intríngulis de su nuevo invento. Pasa el día a la puerta de su tienda, sobre un tablero, rodeado de sopletes, sierras, cables y amigos curiosos. Presume de sus creaciones y de un humor ácido y duro, a prueba de guerras; negociando jamás da un paso atrás, dice es que los armenios son así.  
Me estoy haciendo amigo del señor Zaven, que es camisero. Tiene modales suaves y pasión por su trabajo. Tiene su negocio en un pequeño local al que se entra bajando unos escalones. Está repleto de paquetes de telas, sobre todo de colores claros e italianas. Tiene un tablero enorme sobre el que extiende los patrones y corta el tejido. En verdad debería estar jubilado, como el par de amigos que vienen a pasar el día sentados charlando en su tienda sin beber ni fumar para no manchar el género. Pero cuando entra un cliente, a Zaven le brillan los ojos de un modo especial explicando la doble costura de los hombros o el refuerzo de los cuellos. Se activa y despliega telas, muestras y camisas terminadas por toda la tienda, recordando que es un tendero. Un tendero armenio.


18 mayo 2018

TAXISTAS (Gente de Beirut)

Vivir y trabajar en Beirut sin medio de transporte propio implica pasar mucho tiempo de tu vida en un taxi. Si no tienes la suerte de coincidir con algunas de las pocas rutas de los minibuses destartalados que sirven a algunos barrios, vivirás pendiente de los servís. Son taxis colectivos que van recogiendo a pasajeros por un precio fijo de dos mil libras. Así que varias veces al día me coloco  en alguna esquina. Los taxis que pasan van parando; por la ventanilla grito el barrio o la zona adonde quiero ir y ellos aceleran o me esperan. Al final siempre hay alguno al que le conviene y me hace un gesto para que suba.
Cada viaje es una sorpresa. Hay taxistas que tienen el coche inmaculado. Otros son felices paseando en una sucia cafetera de lata y sillones sucios. Una vez me tropecé con un taxista sudoroso que teorizaba sobre los malos olores en su coche: “quien no se asea cuando va a coger un servís tiene muy poca educación”. Algunos son dicharacheros e insisten en contarte su vida. Los hay que llevan la música a toda voz. La emisora favorita de estos es Nidaa FM, que emite música árabe popular ininterrumpidamente. A veces te ofrecen agua o caramelos. Uno se desvía de nuestro camino y da un rodeo innecesario hasta un chiringuito a la margen del río donde para y se hace traer un café expreso denso y fuerte; presume de que es el mejor café de Beirut. Hay taxistas irascibles que viven enfadados con el mundo y los clientes; y conductores felices que te acogen como si fueras de la familia. Uno que niega ser sirio me cuenta lo mucho que le gusta Atenas: todo muy bonito, la plaza Victoria, Omonia, ¡qué maravilla!
Un tipo frecuente es el taxista que odia los atascos. Evidentemente se ha equivocado de profesión o de ciudad. En Beirut cada tarde, a las cinco en punto, puntual como un reloj, se desata no ya un atasco sino la madre de todos los atascos. Todo el mundo sale a la vez de trabajar y la ciudad entera se colapsa. La calles se llenan de filas de coches que no pueden avanzar en ningún sentido y durante un par de horas se queda todo bloqueado. El atasco de la tarde es como una marea o una fuerza de la naturaleza que llegara cada día con regularidad y con la que hay que convivir. Se habla de él como un amigo y hay quien se matricula en clases de baile o teatro justo a esas horas para no vivirlas desde dentro de su vehículo. Ese embotellamiento que inmoviliza diariamente a cada vehículo, y que sólo desaparece los festivos o durante el ramadán, es sólo el culmen de un tráfico de por sí caótico, lento y pesado. 
Así que los taxistas que no soportan los embotellamientos viven en sufrimiento constante y con el estrés a flor de piel. En cuanto el vehículo se queda parado en una obstrucción comienza a resoplar y a hacer giros bruscos de volante. Se impacienta, grita y se le saltan las venas. Más de una vez uno de estos me ha dejado de pronto, a mitad del trayecto y en medio de cualquier sitio, negándose a seguir adelante.
Conozco a un taxista que lleva cada mañana a cuatro muchachas filipinas desde Bourj Hammoud a las casas donde limpian en Gemmayzeh y el Downtown. Ellas hablan mejor inglés que árabe pero se defienden lo bastante como para mantener cierta conversación. Él se hace el indignado con ellas protestando por cada detalle. Como visten. Que ensucian el coche. Que gritan mucho. Que son desvergonzadas. Le responden con descaro y picardía. Cada día se hacen las mismas bromas y todos empiezan el día sonriendo.
Los servís se desvían para llevara cada cliente a su destino, y a veces te hacen dar unas vueltas tremendas hasta que llegas al tuyo. Una vez cogí un taxi que batió todos los récords y fue, además, con uno de los chóferes más agradables que he tenido la suerte de cruzarme. Se suponía que me llevaba a la universidad, a unos diez minutos de distancia en una línea recta siempre paralela al mar por el puerto, la marina y la Corniche. Y sí que me llevó, sí. Pero tardé más de hora y media en llegar. Antes, me paseó por rincones más insospechado de la ciudad y sus arrabales. Al poco de montarme hizo un giro en u y enfiló mi misma calle en dirección contraria. En el taxi iban dos chicas y me explicó que tenía que dejarlas primero a ellas. Lo que no me dijo es que iban al sur de la ciudad. En concreto a la plazoleta polvorienta junto a la embajada de Kuwait donde paran los autobuses que van al sur; más cerca de aeropuerto quede mi destino. Me di cuenta de que algo iba mal cuando pasamos el barrio de Badaro y empezamos a cruzar los controles militares que protegen los barrios chiitas. En las calles arenosas del campo de refugiados de Chatila hicimos la primera parada larga. Ante una chabola de techo de lata que resultó ser el taller donde arreglaba coches cuando no los conducía. Nos presentó a su hermano y tuve que hacerme el enfadado para hacerlo volver al taxi. Llegué al trabajo irritado, sudoroso, sucio y, sobre todo, una hora más tarde de lo debido. Pero lo pasé bien.
A atardecer, el taxista que me lleva a casa a menudo lleva puestas recitaciones del Corán. Con esa banda sonora me enfrento a los atascos de Hamra hasta que salimos al scalextric que sobrevuela el downtown. El chófer siempre va fumando. Fuera atardece. Las iglesias y las mezquitas ya han encendido las luces de colores de sus minaretes o sus cruces. El coche va parando ante cada persona que se pare en la calle. Incluso las que van a cruzar el semáforo. A veces logra rellenar el asiento trasero y entran un par de señoras que me estrujan. Las mujeres siempre saludan, merhaba, al subir. 



15 mayo 2018

RAOUCHEH (Barrios de beirut, 3)

Las rocas de Raoucheh son el símbolo de Beirut. Desde siempre. Tengo en mi cuarto una postal en blanco y negro de los años veinte con las dos rocas, tal cual están ahora, como estatuas en el mar. Pone en francés 340. Grotte aux Pigeons. Con sus cincuentaytantos metros de alto, su cueva-túnel y su majestuosidad en el mediterráneo son un monumento natural que necesariamente llama la atención
Seguramente pudieran también ser el símbolo de la ciudad porque aquí es adónde vienen los suicidas a intentaracabar sus días. Cuando un beirutí está deprimido y pierde de pronto las ganas de vivir, suelta un “cualquier día me voy a Raoucheh” y todos entienden a qué se refiere. La costumbre se extendió especialmente por culpa de los años de guerra y las muchas personas con traumas y síndromes de estrés. Los pescadores que remolonean a diario en los salientes de Dalieh se precian de haber salvado muchas vidas de desesperados y de haber rescatado un buen número de cuerpos ahogados. Dicen que algunos de ellos les intentan después regalar dinero y joyas en agradecimiento, pero que nunca lo aceptan. Me da en la nariz que exageran un poco, porque no me imagino a muchos suicidas frustrados enviando sobres de billetes a quien desbarató sus planes. Pero, en fin, alguno habrá. 


Dalieh es la suave bajada que va desde las rocas hacia las playas del sur de la ciudad. Es una zona desolada y polvorienta, de tierra y rocas, con un diminuto puerto de pescadores a un lado, que se ha convertido en uno de los últimos rincones donde aún pueden ir los ciudadanos sin recursos a pasar un día o un rato cerca del mar. Se baja aprovechando un hueco en la baranda de ese trozo de Corniche, a la altura del mirador de las rocas. Como cualquier rincón de la ciudad, Dalieh sufre mucho la presión especulativa. El puerto de barquitas ya casi ha desaparecido bajo unos trípodes gigantes de hormigón con los que quieren hacer un espigón para rellenar la zona. Parece que hay planes aprobados para construir algo aquí. Algunos dicen que una marina, otros que un club. 
Entretanto, la gente del lugar resiste. En el repecho nada más bajar de la calle descansa el chasis oxidado de un taxi y hay también un chiringuito destartalado. Ahí vive la familia Itani, junto a su palomar. Las palomas tienen el bajo de las alas pintado de verde para identificarlas cuando revolotean en torno a las rocas, que por algo se las llama las rocas de las palomas. El chiringuito son apenas unas sillas de plástico, algunas neveras para los refrescos y un pequeño ventilador giratorio al que han atado una manguera para refrescar el ambiente. Lo atienden Ali y su mujer. Tiene una sucursal unos metros más allá, justo al borde del precipicio. Son tres sillas donde un puñado de amigos, primos de la familia, pasa el día fumando narguile en espera de que de vez en cuando aparezca un turista a quien bajar a las barcas que hacen el paseo de debajo de las rocas. Son tres barcas esbeltas con un motor potente que se cargan de familias móviles en ristre y hacen a todo gas la vuelta a la roca hasta que la atraviesan por el túnel. Todo en unos minutos y a un módico precio. Los dueños esperan junto a las sillas. Alguno se entretiene pescando. Otros saltan de vez en cuando al mar desde lo alto del acantilado. Hace años se celebraban regularmente espectaculares competiciones de salto desde aquí. Cuentan que una de las últimas fue en el 2006. Con los bombardeos israelíes sobre una central eléctrica hubo una marea negra y los clavadores salían del mar embadurnados de petróleo.

En la llanura rocosa que llega hasta el mar se instalan grupos de familias y parejas. Algunos son refugiados sirios; otros palestinos; los menos, beirutíes de los barrios chiitas o sunís de por aquí. Es un lugar de ambiente popular donde abundan las narguiles traídas de casa, los termos de té y algún picnic. El ambiente es especialmente relajado a la caída de la tarde, cuando la brisa del mar refresca la canícula y las piedras se llenan de niños jugando vestidos de colores.
Raoucheh está en la vía de entrada al aeropuesto y constantemente pasan muy bajo aviones dispuestos para el aterrizaje. Las hijas de todas las familias sentadas aquí les hacen fotos con cierta emoción, seguramente soñando con los que cogerán cualquier día para escaparse de esta ciudad.

Hoy es domingo y no hay suicidas tirándose al mar, felizmente. Cómo se acerca el buen tiempo, en las rocas de Dalieh un par de caballos llenos de moscas y un camello igual de harapiento esperan a que alguien se anime a dar un paseo por los acantilados. Algún grupo de muchachos aguerridos y musculados paga las pocas libras que cuesta para hacerse la foto de rigor a lomos del animal.
Un poco más arriba, los cafés que dan a las rocas, sobre todo el bay rock y el petit café, están llenos de familias tomando frutas y fumando narguile. Es la versión auténticamente beirutí del relax junto al mar. La clientela es mayormente musulmana. La ropa y los modales resultan siempre elegantes intentando demostrar el nivel social y el saber estar, con esa obsesión tan frecuente en esta ciudad. 
Mientras, en el mirador, un grupo de mujeres sirias se ha sentado en el suelo y comentan algo entre risas. Cuando se juntan sólo mujeres flota entre ellas una alegría y un descaro que tiene aires de escapada. Se ríen a carcajadas y se dan golpes en el hombro. Todas llevan velo, algunas hiyab cerrado, otras sólo un pañuelo granate o de colores. En el mirador siempre hay ambiente de fiesta. Muchachos con cestas llenas de nueces y castañas preparadas de los modos más diversos pasean entre los turistas del golfo y las criadas filipinas en su día libre que se hacen fotos ante las dos rocas arenosas. Hay señores mayores que ofrecen café caliente en enormes cafeteras de acero calentadas mediante un tubo con carbón. No faltan fotógrafos, polaroid en ristre, que desafían el imperio de los móviles ofreciendo la inmediatez de una foto en papel. Pasan vendedores de collares de gardenia. Las llevan engarzadas en una cuerda y el aroma se percibe desde la distancia. El olor de las gardenias es el aroma de la primavera y de la infancia, y por un momento la Corniche parece Túnez, el país de las flores blancas y olorosas.



29 abril 2018

KARANTINA (Barrios de Beirut, 2)


Karantina es un barrio abandonado junto al puerto de Beirut, al otro lado de la autopista que lleva al norte del país. Recibe el nombre del lazareto en el que a mediados del siglo diecinueve se recluía, bajo la tutela de varios cónsules extranjeros, a los inmigrantes pobres que llegaban en barco a la ciudad. Para que pasaran la "cuarentena". El lazareto despareció, pero siguió siendo zona de tránsito e infravivienda. Cuando a principios de los años cincuenta se crea el Estado de Israel y se produce el primer gran éxodo de refugiados palestinos, a muchos se les instala aquí. Se convirtió entonces en un suburbio grande, mísero, densamente poblado. A la manera de los actuales barrios de chabolas que persisten en Sudamérica o África.
Ahora es un pequeño suburbio empobrecido y aislado. Un único paso elevado sobre la autopista lo conecta con la zona hípster del barrio cristiano. El paso está lleno siempre de gente que entra y sale y en sus extremos paran las furgonetas de transporte público que llevan a la gente a la ciudad de verdad.
Las casa son pequeñas, precarias, rozando lo marginal. Todo el barrio está permanente lleno de niños jugando por la calle. Más niños que en ninguna parte. En la parte exterior hay una pequeña capilla católica y varias calles donde viven cristianos. Luego, a medida que se acerca uno al puerto empiezan a aparecer carteles electorales de Saad Hariri y mujeres con velo. La guerra civil dejó las pareces del barrio llenas de agujeros que nunca se han reparado y un puñado de cuarteles del ejército. Pero dejó mucho más: el vacío.
Karantina sufrió la primera gran masacre de la guerra civil, que acabó con casi toda su población. Fue una cuestión étnica, y religiosa, pero sobre todo de clase. A principios de 1976 los falangistas del barrio cristiano atacaron por sorpresa el suburbio. En pocos días asesinaron a sangre fría a más de 1500 personas y deportaron a todos los habitantes palestinos. Acabado el trabajo lo celebraron bebiendo a morro botellas de auténtico champagne francés. Luego trajeron buldozers que echaron abajo todas las casas musulmanas y despejaron la zona. La masacre se llevó a cabo con la falta de pudor de esos tiempos; dejaron que los periodísticas filmaran las atrocidades. Aquí en Karantina, durante el ataque, tomó Fifi Demulder la icónica foto de la señora palestina que levanta las manos ante un miliciano enmascarado. La instantánea ganó el premio WordPress Photo de ese año y se convirtió en el símbolo de la guerra civil libanesa.
Hoy la zona está mucho menos poblada, pero sigue saltando a la vista la pobreza extrema. Una imagen sólo mitigada por un puñado de construcciones modernas y emblemáticas desperdigadas por el barrio: un edificio de empresas aduaneras, un lujoso burdel, un par de edificios de congresos y exposiciones y una discoteca.  Aunque el objetivo (conseguido) era implicar a la OLP en la Guerra, los autores de la matanza lo justificaron años después diciendo que necesitaban espacio para que creciera la ciudad. Pero en los terrenos aplanados entonces sólo se levantan algunos aparcamientos de camiones, un almacén de contenedores y, sobre todo, la discoteca más famosa de la ciudad en la que a menudo, ya por la mañana siguen montones de jóvenes de fiesta. Es el B018.
El nombre del club proviene de la dirección en la que un play boy empezó a organizar fiestas en plena guerra civil. Era un chalet junto al mar, ligeramente retirado de Beirut. El hijo de los dueños empezó a montar allí fiestas en las que se oía música árabe, rock, jazz… y sobre todo se bailaba. Se hizo popular y al poco entre bombardeo y bombardeo la gente se arriesgaba a pasar varios check points hasta el lugar con tal de poder desfogarse y aislarse de la vida cotidiana entre los disparos y las bombas. Ante el éxito, nada más acabar la guerra el promotor se lanzó a montar un local de verdad que luego movió aquí.
La construcción es sorprendente: un enorme círculo completamente excavado. Al entrar hay que bajar y todo el club es subterráneo, pero el techo, a ras de calle, se abre a voluntad dejando a los jóvenes bailando bajo el cielo beirutí. El club está situado justo encima de lo que fue el campo de refugiados palestinos y hay quien dice que la arquitectura es un homenaje a ellos, evocando una fosa colectiva. En todo caso, lo cierto es que los sofás parecen ataúdes. La música ha evolucionado hacía la electrónica y tienen la reputación de ser el mejor de oriente medio.
Es una metáfora perfecta de cómo (no) asume Beirut su pasado inmediato y un reflejo ideal de la ciudad actual: jóvenes vestidos con ropas elegantes y de diseño, carísimos coches de marca, derroche de dinero en copas y fiesta… justo en mitad de una zona prácticamente marginal. Tan marginal que últimamente ha habido incluso episodios de contaminación radiactiva por las basuras que tiran algunos barcos, sin que ninguna autoridad se haya preocupado demasiado.
Por las calles polvorientas de Karantina apenas hay tiendas, ni cafés. Un tendero tiene una máquina de café en la puerta ante la que se sienta un grupo de señores en camiseta de tirantes, sentados en sillas de plástico mientras fuman narguile y miran pasar a los vecinos. Llega un vendedor ambulante de escobas de colores y las mujeres se arremolinan alrededor, como si fuera una novedad.

27 abril 2018

LA ESCALERA VENDOME (Barrios de Beirut, 1)

Gran parte de Beirut está encaramada en colinas que bajan al mar, así que abundan las cuestas. Y para afrontarlas mejor, toda la ciudad está cuajada de escaleras. En el lado cristiano hay ocho grandes escaleras que bajan hacia el puerto. Todas las construyeron los propios vecinos, en la época en que Beirut comenzaba a crecer como ciudad, a principios del siglo veinte. Un buen puñado se hicieron para llegar desde el barrio de Geitawi a la estación ferroviaria de Mar Mikhael. Porque hasta que estalló la guerra civil, en los setenta en el Líbano había tren. Era la espina dorsal del imperio otomano. Por aquí pasaba la línea férrea que conectaba Jerusalén con Damasco y seguía luego hasta Constantinopla. Es fácil imaginarse a los habitantes del barrio, con sus mejores ropas, zapatos nuevos y maletas de cuero o cartón bajando felices por cualquiera de las escaleras hacia la estación durante la época del mandato francés. La estación era un edificio coqueto de piedra y madera, con aires coloniales británicos que aún se conserva, aunque abandonado, en el mismo descampado en el que yacen los esqueletos de los dos últimos trenes del país. Ya no quedan raíles por ningún rincón, pero las escaleras siguen ahí. De todas ellas, a la hora de subir cargados, la favorita de los vecinos ha sido siempre la escalera Vendome, porque es ancha y tiene amplios descansillos en los que detenerse. Y ahí es donde vivo yo estos días.
El nombre le viene por el Cine Vendome que estaba justo abajo hasta hace muy pocos años. Lo tiraron para sustituirlo por un centro comercial que sigue a medio construir y una torre de viviendas de treinta pisos, una minucia en esta ciudad. La sala de cine estuvo siempre especializada en el cine árabe, la última de su especie. Cada día, cuando paso por el solar en obras me cuesta poco imaginar los grandes carteles pintados que lo adornaban anunciando los estrenos. Los imagino con la cara de Faten Hamama; la más grande; la Oum Khaltoum del cine. Miles de beirutíes hicieron cola en tiempos, en estas mismas aceras de la calle armenia para ver a la actriz, hermosísima y de irresistible personalidad, en El Río del Amor o cualquier otro de sus éxitos en blanco y negro. De esa época se mantiene la animación de bares y cafés acumulados en la zona… y el buen ambiente en la escalera.
La escalera Vendome es como un pueblo, está ocupada por los vecinos que viven en ella y la integran desde hace décadas como parte de su casa. Y de sus vidas: hace falta muy poco para que los vecinos cuenten historias de cuando en la guerra civil subían por la escalera asnos cargados de proyectiles desde el cuartel general de los falangistas instalado junto a la vieja estación. Luego desde la parte alta de Geitawi y, sobre todo, desde Ashrafieh se disparaban hacia la mitad musulmana de la ciudad. También cuentan historias más alegres, explicando cómo todos los niños del barrio las han bajado alguna vez, de pequeños, con sus bicis de cross. Algunos perdieron algún diente en el intento.
Tras la guerra sufrió los efectos de una incipiente gentrificación que en Beirut ha ayudado a salvar algunas zonas de la piqueta y la degradación. Como otras escaleras, se llenó de grafitis y alguien pintó de colorines los escalones. Ocasionalmente, sobre todo las tardes verano, la escalera se llena de jóvenes alternativos que vienen aquí a sentarse, charlar o pasar el rato. Recientemente se han organizado un par de festivales. Uno de música y otro de teatro, en los que se ha implicado a la gente del barrio y hasta se hicieron actuaciones en terrazas y casas privadas. De este nuevo ambiente bohemio quedan sobre todo un par de bares en la parte baja que ponen sus sillas en los descansillos cuando no usan almohadillas directamente sobre los escalones a modo de velador. Pese a todo, más allá de los ataques de la fiebre especulativa y de la ocasional invasión alternativa, la escalera sobrevive como un barrio propio.
El primer descansillo está especialmente lleno de plantas y flores, plantadas en latas vacías de aceite y en enormes parterres de cemento construidas en mitad de la escalera. Hay también un pequeño sofá. Es la puerta de la casa de Ara, un sastre jubilado -armenio de segunda generación- que sufre de un parkinson que le paraliza medio cuerpo. Eso que no impide que un par de veces al día baje y suba las escaleras, con pasos lentos y siempre en zapatillas. Es un poco el guardián de las escaleras. Cuando hay juerga en alguno de los bares precarios que se han instalado en ella se acerca a mirar. A menudo con su vecino de enfrente, un hombre enjuto, siempre de traje gris, que fuma con boquilla de madera y no se separa de su rosario, que quizás sea simplemente un komboloi.
Un poco más abajo viven dos familias de refugiados sirios kurdos. Cada una ocupa un par de cuartos que por la noche se llenan de colchones para que puedan dormir todos los niños. Los hombres y muchachos mayores se pasan el día en una macetilla asomada a la escalera y reservan la única narguile que se pueden permitir al día para la caída de la tarde. En esa misma casa tiene una tiendecilla Rana, una cristiana de mediana edad y melena corta que no para de fumar un cigarrillo tras otro. La tienda es minúscula, está empotrada en la casa y resulta difícil saber qué vende exactamente. O qué no vende. Hay pequeños artículos de papelería, objetos de plástico para el hogar, juguetes, cosas para la playa, tabaco… todo colocado en unas estanterías diminutas y precarias en una habitación tan pequeña como un retrete. Con la puerta abierta es como si Rana pasara el día directamente sobre las escaleras.
Ante la casa de más arriba, justo donde la escalera se convierte en cuesta, hay un par de altarcitos con estatuillas de vírgenes y las omnipresentes estampas del santo Charbel. Hay vecinos que los mantienen y cada noche se ocupan de ponerles velas nuevas encendidas. Junto a ellos aparca cada noche un viejo mercedes que apura tanto el espacio que suele dejar una de las ruedas en el aire. En esa zona empiezan las tiendas. Hay tres de ultramarinos y fruta pegadas pared con pared, sin importarles la competencia. En la de en medio se forma cada noche una tertulia para jugar a las cartas donde además de Michel, el tendero, suelen apuntarse algún jubilado, el peluquero que tiene el negocio al lado y el dueño de los billares de un poco más allá, donde languidecen en la penumbra un futbolín y una mesa de billar esperando a algún adolescente descarriado.
Y mientras el resto del centro de la ciudad crece, se llena de rascacielos, de coches modernos, de jóvenes instruidos y de novedad la escalera sobrevive como una isla del Beirut antiguo.








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