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23 mayo 2018

BOURJ HAMMOUD (Barrios de Beirut, 4)

En Beirut, cuando algo se rompe, se lleva a un armenio que lo arregle. Si no puede repararlo un armenio, es que no tiene arreglo. Tienen fama de creativos y de ingeniosos. Y cargan esa fama con orgullo. Orgullo de pueblo, porque si algo tienen los armenios de Beirut es conciencia de pueblo. Una nación concentrada en un enorme barrio llamado Bourj Hammoud.
A principios del siglo veinte algunas de las penoso columnas de refugiados armenios moribundas que huían del genocidio turco llegaron a Beirut. Se establecieron primero en campos muy precarios en la zona del puerto, donde pronto proliferaron epidemias. Por eso, pasados pocos años el gobierno local les ofreció que se instalaran en la zona de Bourj Hammoud: un huerto al otro lado del río dedicado sobre todo al cultivo de morera para los productores de seda de la ciudad. Aceptaron, y ahí construyeron su propio barrio, una ciudad de exiliados añorando su país. Y ahí sigue. Es una zona pintoresca y alegre, con una de las mayores densidades de población de Oriente Medio.
Durante la guerra civil de Líbano el barrio decidió no alinearse con ninguno de los múltiples bandos en liza. Aprovechando que tienen un perímetro muy claro, crearon un grupo de autodefensa que no dejó entrar a ninguna milicia en su zona. Hubo algún intento y muchas provocaciones pero resistieron. Fueron la única zona de Beirut donde no hubo combates y ahora es la única donde todos los edificios son antiguos, de antes de la guerra. No hay grandes bloques de cemento y acero. Eso aumenta el encanto de su trazado de callejuelas ordenadas y vitales, siempre bulliciosas, que sólo podría existir en esta parte del mundo. Las calles de Bourj Hammoud rebosan de tiendas, talleres y tenderetes.
Con la melancolía del exiliado, todas las arterias llevan el nombre de ciudades armenias, y de entre ellas, la calle Marash y la calle Arax son las que vertebran sentimentalmente el barrio. Marash es para ir con hambre, acoge sobre todo las tiendas de droguería y comestibles; especias de todo tipo, cardamomo, bami seco, mil mezclas de zlatar de Alepo, jabón de Saida, pétalos de rosa, esponjas naturales, berenjenas secas. Caramelos de mil sabores distintos envueltos en papel brillante. Calabazas, hierbabuena, perejil, cilantro, albahaca, menta; hierbas que no sé nombrar pero huelen de lejos. En paralelo, Arax es para la ropa. Aquí se compran zapatos, camisetas, ropa interior sexy o abrigada, maletas. Las dos están salpicadas de talleres que reparan zapatos o cacerolas. Y como en el resto del barrio, en cada esquina hay un puesto de kebab o una cafetera.
Los armenios tienen mucho de balcánicos y están tan enganchados al café expreso -fuerte y espeso- como al backgammon que aquí llaman Tavlie. Por todos lados hay grandes máquinas de café de las que funcionan con pistones. Por muy pocas libras tienes asegurado todo el día un líquido fuerte y con mucho sabor que la gente bebe con fruición. En la puerta de la mayoría de negocios dormita el dueño sentado en una silla sobre la acera. Apenas abre los ojos para saludar a algún vecino… salvo cuando se une a una partida de backgammon. Entonces se forman melés de jugadores y observadores que dan consejo durante horas.
Cuando a un cristiano libanés se le pregunta si es árabe siempre responde que no, que él es fenicio. Aquí, en cambio, todos se declaran armenios. Y abunda el merchandasing armenio, desde las banderitas y las bufandas con las franjas azul, roja y naranja hasta las figuritas de barro del pueblerino armenio, pasando por los souvenirs made in china siempre en el mismo tono. Hay banderas armenias con su franja naranja colgando prácticamente de cada balcón y en los altavoces de las tiendas suena una canción que dice Ararat, Ararat.
Evidentemente, la inmensa mayoría de la población es armenia; y de religión ortodoxa. Hay un buen puñado de iglesias con el típico techo cónico y los letreros en ese alfabeto. Sin embargo, el barrio es mucho más plural y más mezclado de lo habitual en el Beirut de nuestros días. Hay importantes comunidades de católicos, de chiitas y hasta de etíopes eritreos. Estos últimos son sobre todo mujeres dedicadas al trabajo doméstico en la ciudad. Las que no viven en las casas en las que trabajan suelen quedarse a dormir aquí. Los domingos y se las ve pasear en grupos por las calles del barrio, delgadas, de piel oscura y a menudo con el pelo cubierto por pañuelos blancos.

Y de hecho, lo mejor de Bourj Hammoud es su gente. Hay en el barrio cierta pasión por la charla y la conversación que engatusa a cualquiera que va. He pasado horas hablando con Michael que tiene una tienda de cosas usadas y antigüedades que se entretiene convirtiendo en lámparas y relojes, increíblemente creativos. Chapurrea varios idiomas y en todos ellos es capaz de bromear, de lanzar amenazas de muerte y de contarte los intríngulis de su nuevo invento. Pasa el día a la puerta de su tienda, sobre un tablero, rodeado de sopletes, sierras, cables y amigos curiosos. Presume de sus creaciones y de un humor ácido y duro, a prueba de guerras; negociando jamás da un paso atrás, dice es que los armenios son así.  
Me estoy haciendo amigo del señor Zaven, que es camisero. Tiene modales suaves y pasión por su trabajo. Tiene su negocio en un pequeño local al que se entra bajando unos escalones. Está repleto de paquetes de telas, sobre todo de colores claros e italianas. Tiene un tablero enorme sobre el que extiende los patrones y corta el tejido. En verdad debería estar jubilado, como el par de amigos que vienen a pasar el día sentados charlando en su tienda sin beber ni fumar para no manchar el género. Pero cuando entra un cliente, a Zaven le brillan los ojos de un modo especial explicando la doble costura de los hombros o el refuerzo de los cuellos. Se activa y despliega telas, muestras y camisas terminadas por toda la tienda, recordando que es un tendero. Un tendero armenio.


18 mayo 2018

TAXISTAS (Gente de Beirut)

Vivir y trabajar en Beirut sin medio de transporte propio implica pasar mucho tiempo de tu vida en un taxi. Si no tienes la suerte de coincidir con algunas de las pocas rutas de los minibuses destartalados que sirven a algunos barrios, vivirás pendiente de los servís. Son taxis colectivos que van recogiendo a pasajeros por un precio fijo de dos mil libras. Así que varias veces al día me coloco  en alguna esquina. Los taxis que pasan van parando; por la ventanilla grito el barrio o la zona adonde quiero ir y ellos aceleran o me esperan. Al final siempre hay alguno al que le conviene y me hace un gesto para que suba.
Cada viaje es una sorpresa. Hay taxistas que tienen el coche inmaculado. Otros son felices paseando en una sucia cafetera de lata y sillones sucios. Una vez me tropecé con un taxista sudoroso que teorizaba sobre los malos olores en su coche: “quien no se asea cuando va a coger un servís tiene muy poca educación”. Algunos son dicharacheros e insisten en contarte su vida. Los hay que llevan la música a toda voz. La emisora favorita de estos es Nidaa FM, que emite música árabe popular ininterrumpidamente. A veces te ofrecen agua o caramelos. Uno se desvía de nuestro camino y da un rodeo innecesario hasta un chiringuito a la margen del río donde para y se hace traer un café expreso denso y fuerte; presume de que es el mejor café de Beirut. Hay taxistas irascibles que viven enfadados con el mundo y los clientes; y conductores felices que te acogen como si fueras de la familia. Uno que niega ser sirio me cuenta lo mucho que le gusta Atenas: todo muy bonito, la plaza Victoria, Omonia, ¡qué maravilla!
Un tipo frecuente es el taxista que odia los atascos. Evidentemente se ha equivocado de profesión o de ciudad. En Beirut cada tarde, a las cinco en punto, puntual como un reloj, se desata no ya un atasco sino la madre de todos los atascos. Todo el mundo sale a la vez de trabajar y la ciudad entera se colapsa. La calles se llenan de filas de coches que no pueden avanzar en ningún sentido y durante un par de horas se queda todo bloqueado. El atasco de la tarde es como una marea o una fuerza de la naturaleza que llegara cada día con regularidad y con la que hay que convivir. Se habla de él como un amigo y hay quien se matricula en clases de baile o teatro justo a esas horas para no vivirlas desde dentro de su vehículo. Ese embotellamiento que inmoviliza diariamente a cada vehículo, y que sólo desaparece los festivos o durante el ramadán, es sólo el culmen de un tráfico de por sí caótico, lento y pesado. 
Así que los taxistas que no soportan los embotellamientos viven en sufrimiento constante y con el estrés a flor de piel. En cuanto el vehículo se queda parado en una obstrucción comienza a resoplar y a hacer giros bruscos de volante. Se impacienta, grita y se le saltan las venas. Más de una vez uno de estos me ha dejado de pronto, a mitad del trayecto y en medio de cualquier sitio, negándose a seguir adelante.
Conozco a un taxista que lleva cada mañana a cuatro muchachas filipinas desde Bourj Hammoud a las casas donde limpian en Gemmayzeh y el Downtown. Ellas hablan mejor inglés que árabe pero se defienden lo bastante como para mantener cierta conversación. Él se hace el indignado con ellas protestando por cada detalle. Como visten. Que ensucian el coche. Que gritan mucho. Que son desvergonzadas. Le responden con descaro y picardía. Cada día se hacen las mismas bromas y todos empiezan el día sonriendo.
Los servís se desvían para llevara cada cliente a su destino, y a veces te hacen dar unas vueltas tremendas hasta que llegas al tuyo. Una vez cogí un taxi que batió todos los récords y fue, además, con uno de los chóferes más agradables que he tenido la suerte de cruzarme. Se suponía que me llevaba a la universidad, a unos diez minutos de distancia en una línea recta siempre paralela al mar por el puerto, la marina y la Corniche. Y sí que me llevó, sí. Pero tardé más de hora y media en llegar. Antes, me paseó por rincones más insospechado de la ciudad y sus arrabales. Al poco de montarme hizo un giro en u y enfiló mi misma calle en dirección contraria. En el taxi iban dos chicas y me explicó que tenía que dejarlas primero a ellas. Lo que no me dijo es que iban al sur de la ciudad. En concreto a la plazoleta polvorienta junto a la embajada de Kuwait donde paran los autobuses que van al sur; más cerca de aeropuerto quede mi destino. Me di cuenta de que algo iba mal cuando pasamos el barrio de Badaro y empezamos a cruzar los controles militares que protegen los barrios chiitas. En las calles arenosas del campo de refugiados de Chatila hicimos la primera parada larga. Ante una chabola de techo de lata que resultó ser el taller donde arreglaba coches cuando no los conducía. Nos presentó a su hermano y tuve que hacerme el enfadado para hacerlo volver al taxi. Llegué al trabajo irritado, sudoroso, sucio y, sobre todo, una hora más tarde de lo debido. Pero lo pasé bien.
A atardecer, el taxista que me lleva a casa a menudo lleva puestas recitaciones del Corán. Con esa banda sonora me enfrento a los atascos de Hamra hasta que salimos al scalextric que sobrevuela el downtown. El chófer siempre va fumando. Fuera atardece. Las iglesias y las mezquitas ya han encendido las luces de colores de sus minaretes o sus cruces. El coche va parando ante cada persona que se pare en la calle. Incluso las que van a cruzar el semáforo. A veces logra rellenar el asiento trasero y entran un par de señoras que me estrujan. Las mujeres siempre saludan, merhaba, al subir. 



15 mayo 2018

RAOUCHEH (Barrios de beirut, 3)

Las rocas de Raoucheh son el símbolo de Beirut. Desde siempre. Tengo en mi cuarto una postal en blanco y negro de los años veinte con las dos rocas, tal cual están ahora, como estatuas en el mar. Pone en francés 340. Grotte aux Pigeons. Con sus cincuentaytantos metros de alto, su cueva-túnel y su majestuosidad en el mediterráneo son un monumento natural que necesariamente llama la atención
Seguramente pudieran también ser el símbolo de la ciudad porque aquí es adónde vienen los suicidas a intentaracabar sus días. Cuando un beirutí está deprimido y pierde de pronto las ganas de vivir, suelta un “cualquier día me voy a Raoucheh” y todos entienden a qué se refiere. La costumbre se extendió especialmente por culpa de los años de guerra y las muchas personas con traumas y síndromes de estrés. Los pescadores que remolonean a diario en los salientes de Dalieh se precian de haber salvado muchas vidas de desesperados y de haber rescatado un buen número de cuerpos ahogados. Dicen que algunos de ellos les intentan después regalar dinero y joyas en agradecimiento, pero que nunca lo aceptan. Me da en la nariz que exageran un poco, porque no me imagino a muchos suicidas frustrados enviando sobres de billetes a quien desbarató sus planes. Pero, en fin, alguno habrá. 


Dalieh es la suave bajada que va desde las rocas hacia las playas del sur de la ciudad. Es una zona desolada y polvorienta, de tierra y rocas, con un diminuto puerto de pescadores a un lado, que se ha convertido en uno de los últimos rincones donde aún pueden ir los ciudadanos sin recursos a pasar un día o un rato cerca del mar. Se baja aprovechando un hueco en la baranda de ese trozo de Corniche, a la altura del mirador de las rocas. Como cualquier rincón de la ciudad, Dalieh sufre mucho la presión especulativa. El puerto de barquitas ya casi ha desaparecido bajo unos trípodes gigantes de hormigón con los que quieren hacer un espigón para rellenar la zona. Parece que hay planes aprobados para construir algo aquí. Algunos dicen que una marina, otros que un club. 
Entretanto, la gente del lugar resiste. En el repecho nada más bajar de la calle descansa el chasis oxidado de un taxi y hay también un chiringuito destartalado. Ahí vive la familia Itani, junto a su palomar. Las palomas tienen el bajo de las alas pintado de verde para identificarlas cuando revolotean en torno a las rocas, que por algo se las llama las rocas de las palomas. El chiringuito son apenas unas sillas de plástico, algunas neveras para los refrescos y un pequeño ventilador giratorio al que han atado una manguera para refrescar el ambiente. Lo atienden Ali y su mujer. Tiene una sucursal unos metros más allá, justo al borde del precipicio. Son tres sillas donde un puñado de amigos, primos de la familia, pasa el día fumando narguile en espera de que de vez en cuando aparezca un turista a quien bajar a las barcas que hacen el paseo de debajo de las rocas. Son tres barcas esbeltas con un motor potente que se cargan de familias móviles en ristre y hacen a todo gas la vuelta a la roca hasta que la atraviesan por el túnel. Todo en unos minutos y a un módico precio. Los dueños esperan junto a las sillas. Alguno se entretiene pescando. Otros saltan de vez en cuando al mar desde lo alto del acantilado. Hace años se celebraban regularmente espectaculares competiciones de salto desde aquí. Cuentan que una de las últimas fue en el 2006. Con los bombardeos israelíes sobre una central eléctrica hubo una marea negra y los clavadores salían del mar embadurnados de petróleo.

En la llanura rocosa que llega hasta el mar se instalan grupos de familias y parejas. Algunos son refugiados sirios; otros palestinos; los menos, beirutíes de los barrios chiitas o sunís de por aquí. Es un lugar de ambiente popular donde abundan las narguiles traídas de casa, los termos de té y algún picnic. El ambiente es especialmente relajado a la caída de la tarde, cuando la brisa del mar refresca la canícula y las piedras se llenan de niños jugando vestidos de colores.
Raoucheh está en la vía de entrada al aeropuesto y constantemente pasan muy bajo aviones dispuestos para el aterrizaje. Las hijas de todas las familias sentadas aquí les hacen fotos con cierta emoción, seguramente soñando con los que cogerán cualquier día para escaparse de esta ciudad.

Hoy es domingo y no hay suicidas tirándose al mar, felizmente. Cómo se acerca el buen tiempo, en las rocas de Dalieh un par de caballos llenos de moscas y un camello igual de harapiento esperan a que alguien se anime a dar un paseo por los acantilados. Algún grupo de muchachos aguerridos y musculados paga las pocas libras que cuesta para hacerse la foto de rigor a lomos del animal.
Un poco más arriba, los cafés que dan a las rocas, sobre todo el bay rock y el petit café, están llenos de familias tomando frutas y fumando narguile. Es la versión auténticamente beirutí del relax junto al mar. La clientela es mayormente musulmana. La ropa y los modales resultan siempre elegantes intentando demostrar el nivel social y el saber estar, con esa obsesión tan frecuente en esta ciudad. 
Mientras, en el mirador, un grupo de mujeres sirias se ha sentado en el suelo y comentan algo entre risas. Cuando se juntan sólo mujeres flota entre ellas una alegría y un descaro que tiene aires de escapada. Se ríen a carcajadas y se dan golpes en el hombro. Todas llevan velo, algunas hiyab cerrado, otras sólo un pañuelo granate o de colores. En el mirador siempre hay ambiente de fiesta. Muchachos con cestas llenas de nueces y castañas preparadas de los modos más diversos pasean entre los turistas del golfo y las criadas filipinas en su día libre que se hacen fotos ante las dos rocas arenosas. Hay señores mayores que ofrecen café caliente en enormes cafeteras de acero calentadas mediante un tubo con carbón. No faltan fotógrafos, polaroid en ristre, que desafían el imperio de los móviles ofreciendo la inmediatez de una foto en papel. Pasan vendedores de collares de gardenia. Las llevan engarzadas en una cuerda y el aroma se percibe desde la distancia. El olor de las gardenias es el aroma de la primavera y de la infancia, y por un momento la Corniche parece Túnez, el país de las flores blancas y olorosas.



29 abril 2018

KARANTINA (Barrios de Beirut, 2)


Karantina es un barrio abandonado junto al puerto de Beirut, al otro lado de la autopista que lleva al norte del país. Recibe el nombre del lazareto en el que a mediados del siglo diecinueve se recluía, bajo la tutela de varios cónsules extranjeros, a los inmigrantes pobres que llegaban en barco a la ciudad. Para que pasaran la "cuarentena". El lazareto despareció, pero siguió siendo zona de tránsito e infravivienda. Cuando a principios de los años cincuenta se crea el Estado de Israel y se produce el primer gran éxodo de refugiados palestinos, a muchos se les instala aquí. Se convirtió entonces en un suburbio grande, mísero, densamente poblado. A la manera de los actuales barrios de chabolas que persisten en Sudamérica o África.
Ahora es un pequeño suburbio empobrecido y aislado. Un único paso elevado sobre la autopista lo conecta con la zona hípster del barrio cristiano. El paso está lleno siempre de gente que entra y sale y en sus extremos paran las furgonetas de transporte público que llevan a la gente a la ciudad de verdad.
Las casa son pequeñas, precarias, rozando lo marginal. Todo el barrio está permanente lleno de niños jugando por la calle. Más niños que en ninguna parte. En la parte exterior hay una pequeña capilla católica y varias calles donde viven cristianos. Luego, a medida que se acerca uno al puerto empiezan a aparecer carteles electorales de Saad Hariri y mujeres con velo. La guerra civil dejó las pareces del barrio llenas de agujeros que nunca se han reparado y un puñado de cuarteles del ejército. Pero dejó mucho más: el vacío.
Karantina sufrió la primera gran masacre de la guerra civil, que acabó con casi toda su población. Fue una cuestión étnica, y religiosa, pero sobre todo de clase. A principios de 1976 los falangistas del barrio cristiano atacaron por sorpresa el suburbio. En pocos días asesinaron a sangre fría a más de 1500 personas y deportaron a todos los habitantes palestinos. Acabado el trabajo lo celebraron bebiendo a morro botellas de auténtico champagne francés. Luego trajeron buldozers que echaron abajo todas las casas musulmanas y despejaron la zona. La masacre se llevó a cabo con la falta de pudor de esos tiempos; dejaron que los periodísticas filmaran las atrocidades. Aquí en Karantina, durante el ataque, tomó Fifi Demulder la icónica foto de la señora palestina que levanta las manos ante un miliciano enmascarado. La instantánea ganó el premio WordPress Photo de ese año y se convirtió en el símbolo de la guerra civil libanesa.
Hoy la zona está mucho menos poblada, pero sigue saltando a la vista la pobreza extrema. Una imagen sólo mitigada por un puñado de construcciones modernas y emblemáticas desperdigadas por el barrio: un edificio de empresas aduaneras, un lujoso burdel, un par de edificios de congresos y exposiciones y una discoteca.  Aunque el objetivo (conseguido) era implicar a la OLP en la Guerra, los autores de la matanza lo justificaron años después diciendo que necesitaban espacio para que creciera la ciudad. Pero en los terrenos aplanados entonces sólo se levantan algunos aparcamientos de camiones, un almacén de contenedores y, sobre todo, la discoteca más famosa de la ciudad en la que a menudo, ya por la mañana siguen montones de jóvenes de fiesta. Es el B018.
El nombre del club proviene de la dirección en la que un play boy empezó a organizar fiestas en plena guerra civil. Era un chalet junto al mar, ligeramente retirado de Beirut. El hijo de los dueños empezó a montar allí fiestas en las que se oía música árabe, rock, jazz… y sobre todo se bailaba. Se hizo popular y al poco entre bombardeo y bombardeo la gente se arriesgaba a pasar varios check points hasta el lugar con tal de poder desfogarse y aislarse de la vida cotidiana entre los disparos y las bombas. Ante el éxito, nada más acabar la guerra el promotor se lanzó a montar un local de verdad que luego movió aquí.
La construcción es sorprendente: un enorme círculo completamente excavado. Al entrar hay que bajar y todo el club es subterráneo, pero el techo, a ras de calle, se abre a voluntad dejando a los jóvenes bailando bajo el cielo beirutí. El club está situado justo encima de lo que fue el campo de refugiados palestinos y hay quien dice que la arquitectura es un homenaje a ellos, evocando una fosa colectiva. En todo caso, lo cierto es que los sofás parecen ataúdes. La música ha evolucionado hacía la electrónica y tienen la reputación de ser el mejor de oriente medio.
Es una metáfora perfecta de cómo (no) asume Beirut su pasado inmediato y un reflejo ideal de la ciudad actual: jóvenes vestidos con ropas elegantes y de diseño, carísimos coches de marca, derroche de dinero en copas y fiesta… justo en mitad de una zona prácticamente marginal. Tan marginal que últimamente ha habido incluso episodios de contaminación radiactiva por las basuras que tiran algunos barcos, sin que ninguna autoridad se haya preocupado demasiado.
Por las calles polvorientas de Karantina apenas hay tiendas, ni cafés. Un tendero tiene una máquina de café en la puerta ante la que se sienta un grupo de señores en camiseta de tirantes, sentados en sillas de plástico mientras fuman narguile y miran pasar a los vecinos. Llega un vendedor ambulante de escobas de colores y las mujeres se arremolinan alrededor, como si fuera una novedad.

27 abril 2018

LA ESCALERA VENDOME (Barrios de Beirut, 1)

Gran parte de Beirut está encaramada en colinas que bajan al mar, así que abundan las cuestas. Y para afrontarlas mejor, toda la ciudad está cuajada de escaleras. En el lado cristiano hay ocho grandes escaleras que bajan hacia el puerto. Todas las construyeron los propios vecinos, en la época en que Beirut comenzaba a crecer como ciudad, a principios del siglo veinte. Un buen puñado se hicieron para llegar desde el barrio de Geitawi a la estación ferroviaria de Mar Mikhael. Porque hasta que estalló la guerra civil, en los setenta en el Líbano había tren. Era la espina dorsal del imperio otomano. Por aquí pasaba la línea férrea que conectaba Jerusalén con Damasco y seguía luego hasta Constantinopla. Es fácil imaginarse a los habitantes del barrio, con sus mejores ropas, zapatos nuevos y maletas de cuero o cartón bajando felices por cualquiera de las escaleras hacia la estación durante la época del mandato francés. La estación era un edificio coqueto de piedra y madera, con aires coloniales británicos que aún se conserva, aunque abandonado, en el mismo descampado en el que yacen los esqueletos de los dos últimos trenes del país. Ya no quedan raíles por ningún rincón, pero las escaleras siguen ahí. De todas ellas, a la hora de subir cargados, la favorita de los vecinos ha sido siempre la escalera Vendome, porque es ancha y tiene amplios descansillos en los que detenerse. Y ahí es donde vivo yo estos días.
El nombre le viene por el Cine Vendome que estaba justo abajo hasta hace muy pocos años. Lo tiraron para sustituirlo por un centro comercial que sigue a medio construir y una torre de viviendas de treinta pisos, una minucia en esta ciudad. La sala de cine estuvo siempre especializada en el cine árabe, la última de su especie. Cada día, cuando paso por el solar en obras me cuesta poco imaginar los grandes carteles pintados que lo adornaban anunciando los estrenos. Los imagino con la cara de Faten Hamama; la más grande; la Oum Khaltoum del cine. Miles de beirutíes hicieron cola en tiempos, en estas mismas aceras de la calle armenia para ver a la actriz, hermosísima y de irresistible personalidad, en El Río del Amor o cualquier otro de sus éxitos en blanco y negro. De esa época se mantiene la animación de bares y cafés acumulados en la zona… y el buen ambiente en la escalera.
La escalera Vendome es como un pueblo, está ocupada por los vecinos que viven en ella y la integran desde hace décadas como parte de su casa. Y de sus vidas: hace falta muy poco para que los vecinos cuenten historias de cuando en la guerra civil subían por la escalera asnos cargados de proyectiles desde el cuartel general de los falangistas instalado junto a la vieja estación. Luego desde la parte alta de Geitawi y, sobre todo, desde Ashrafieh se disparaban hacia la mitad musulmana de la ciudad. También cuentan historias más alegres, explicando cómo todos los niños del barrio las han bajado alguna vez, de pequeños, con sus bicis de cross. Algunos perdieron algún diente en el intento.
Tras la guerra sufrió los efectos de una incipiente gentrificación que en Beirut ha ayudado a salvar algunas zonas de la piqueta y la degradación. Como otras escaleras, se llenó de grafitis y alguien pintó de colorines los escalones. Ocasionalmente, sobre todo las tardes verano, la escalera se llena de jóvenes alternativos que vienen aquí a sentarse, charlar o pasar el rato. Recientemente se han organizado un par de festivales. Uno de música y otro de teatro, en los que se ha implicado a la gente del barrio y hasta se hicieron actuaciones en terrazas y casas privadas. De este nuevo ambiente bohemio quedan sobre todo un par de bares en la parte baja que ponen sus sillas en los descansillos cuando no usan almohadillas directamente sobre los escalones a modo de velador. Pese a todo, más allá de los ataques de la fiebre especulativa y de la ocasional invasión alternativa, la escalera sobrevive como un barrio propio.
El primer descansillo está especialmente lleno de plantas y flores, plantadas en latas vacías de aceite y en enormes parterres de cemento construidas en mitad de la escalera. Hay también un pequeño sofá. Es la puerta de la casa de Ara, un sastre jubilado -armenio de segunda generación- que sufre de un parkinson que le paraliza medio cuerpo. Eso que no impide que un par de veces al día baje y suba las escaleras, con pasos lentos y siempre en zapatillas. Es un poco el guardián de las escaleras. Cuando hay juerga en alguno de los bares precarios que se han instalado en ella se acerca a mirar. A menudo con su vecino de enfrente, un hombre enjuto, siempre de traje gris, que fuma con boquilla de madera y no se separa de su rosario, que quizás sea simplemente un komboloi.
Un poco más abajo viven dos familias de refugiados sirios kurdos. Cada una ocupa un par de cuartos que por la noche se llenan de colchones para que puedan dormir todos los niños. Los hombres y muchachos mayores se pasan el día en una macetilla asomada a la escalera y reservan la única narguile que se pueden permitir al día para la caída de la tarde. En esa misma casa tiene una tiendecilla Rana, una cristiana de mediana edad y melena corta que no para de fumar un cigarrillo tras otro. La tienda es minúscula, está empotrada en la casa y resulta difícil saber qué vende exactamente. O qué no vende. Hay pequeños artículos de papelería, objetos de plástico para el hogar, juguetes, cosas para la playa, tabaco… todo colocado en unas estanterías diminutas y precarias en una habitación tan pequeña como un retrete. Con la puerta abierta es como si Rana pasara el día directamente sobre las escaleras.
Ante la casa de más arriba, justo donde la escalera se convierte en cuesta, hay un par de altarcitos con estatuillas de vírgenes y las omnipresentes estampas del santo Charbel. Hay vecinos que los mantienen y cada noche se ocupan de ponerles velas nuevas encendidas. Junto a ellos aparca cada noche un viejo mercedes que apura tanto el espacio que suele dejar una de las ruedas en el aire. En esa zona empiezan las tiendas. Hay tres de ultramarinos y fruta pegadas pared con pared, sin importarles la competencia. En la de en medio se forma cada noche una tertulia para jugar a las cartas donde además de Michel, el tendero, suelen apuntarse algún jubilado, el peluquero que tiene el negocio al lado y el dueño de los billares de un poco más allá, donde languidecen en la penumbra un futbolín y una mesa de billar esperando a algún adolescente descarriado.
Y mientras el resto del centro de la ciudad crece, se llena de rascacielos, de coches modernos, de jóvenes instruidos y de novedad la escalera sobrevive como una isla del Beirut antiguo.








15 septiembre 2017

PIEDRAS DE KERKENAH

Kerkenah son dos islas situadas enfrente de Sfax, la ciudad marítima por excelencia al sur de Túnez. Están muy poco pobladas, con apenas un par de aldeas de pescadores. El paisaje es mediterráneo y agreste. Poco árboles, calas rocosas y colinas suaves de tierra. Es un sitio agradable para descansar algunos días.
En Kerkenah hubo una guarnición púnica. Luego otra romana. Y después una otomana.
De esa época queda Borj El Hsar, un fuerte de piedra arenica que se mantiene desgastado por el viento y el tiempo pero en aparente buen estado, perfectamente visible en una loma que baja hacia el mar.
A sus pies, en una pequeña llanura que termina en la playa han excavado las ruinas de una pequeña colonia romana y púnica. Hay trozos de calzadas, muros de casas, columnas... y mosaicos.
En verdad, los mosaicos no están a la vista. Están tapados con arena de la playa para protegerlos. Sin embargo, a nada que se le sugiera, el guarda de las ruinas está encantado de enseñarlos. Incluso aunque el visitante se haya colado desde la playa, pasando por encima de la verja de alambre tumbada que rodea el lugar.
Se llama Faruk. Es un hombre solitarios. Muy moreno por los días enteros pasados al sol. Vive prácticamente tumbado, en la única habitación del fuerte que aún resulta habitable, dedicado esencialmente a fumar. Chapurrea francés y tiene las manos muy largas con las turistas. No duda en aprovechar cualquier ocasión para intentar sobarlas y vengarse así de la soledad de los días en ese paisaje de arena y viento.
Al vernos de lejos vagando entre las ruinas, Faruk baja a vernos. Explica que los suelos púnicos se reconocen porque están hecho juntando con argamasa pedacitos de cerámica roja. Luego nos lleva a ver los mosaicos romanos. Es tarde, va a atardecer pronto, y Faruk debe de estar cansado porque no termina de dar con ellos debajo de las pequeñas dunas de arena. Las remueve suavemente con el pie, por varias partes, pero no aparece nada. Se pone a escarbar con más energía. Intento ayudar y, con suavidad me sumo a la búsqueda con las manos y descubro fácilmente un trozo de mosaico hecho con teselas cuadradas blancas y negras, formando figuras geométricas. 
Entonces a Faruk le entra el entusiasmo. Pasa el pie por encima con fuerza, limpiando la arena para ampliar la superficie visible. Con tanta fuerza que montones de piedrecitas blancas y negras saltan a todos lados. Por un momento parecen estrellas en mitad de la arena. Pero... de pronto ha desaparecido el mosaico. Sólo se ven piedras desordenadas y amontonadas, ni rastro de los preciosos dibujos geométricos. Faruk tose y vuelve a cubrirlo todo rápidamente con arena. "Bueno, vamos a ver el fuerte!".

01 septiembre 2017

CIUDADES

Viajar por Irán es siempre como ir al encuentro de una vieja amiga. Antes de llegar a cada una de las ciudades que uno conoce se está siempre inquieto. dudando de si será capaz de reconocerla, de si todavía será la que uno guarda en el recuerdo. Después los primeros momentos suelen ser de confusión; hay que adaptarse, todo parece siempre lleno de detalles nuevos, pequeños cambios decisivos. Al poco tiempo, la ciudad recupera la familiaridad y el viajero recuerda porque era feliz allí. Cada lugar guarda el recuerdo de viajes anteriores y siempre surgen pequeñas aventuras que marcan la vida en ella a cada vez... pero acaba por volver a salir el carácter único, el ambiente propio y la personalidad permanente de cada lugar.
Se me hace difícil hablar de las ciudades iraníes si no es contando aventuras, historias, anécdotas de cada una de ellas. Pero puedo intentarlo, con trocitos de algunas de ellas.

SHIRAZ
El modo en que llegas a una ciudad determina a menudo como vas a sentirte en ella. El viaje es siempre una sensación subjetiva y los lugares se viven a menudo con independencia de su esencia real. Esta vez llegamos a Shiraz bajo la luz amarillenta de un día nublado. Casi al atardecer. La ciudad entera parecía bañada en oro suave. Los jardines, las casas de ladrillo, la gente en su paseo familiar vespertino. No pude dejar de pensar que también la tumba de Hafez estaría teñida de ese color pálido. Imaginé rosas amarillas sobre la lápida del poeta y tuve que contenerme para no correr inmediatamente allí.
Luego, al anochecer, la ciudad recuperó su colorido de siempre. Shiraz es una mezcla de colores y culturas. Gente del golfo, con las mujeres escondidas tras sus antifaces de cuero; árabes con túnicas blancas impolutas. Refugiados afganos. Hazaras. Kuchis, con su aire de gitano multicolor. Incluso gente de Teherán que viene de vacaciones disfrazados de turista accidental. Shoraz es alegre y activa y uno puede amenizar las noches fumando narguile en botijo en tabernas sucias donde no hay alcohol, pero té, tabaco, moscas, mesas de formica y personajes. Amigos.

YAZD
Yazd es la frontera. Es la frontera del desierto justo donde la civilización empieza a diluirse y todo se va convirtiendo en arena y desolación. Es la frontera de la antigua Persia, donde las caravanas abandonaban la seguridad del mundo organizado y siguiendo la ruta de la seda se lanzaban a los peligros de los bandidos de Afganistán.
Yazd está en el límite. Huye de la sofisticación de Esfahán, de la vibración cosmopolita de Shiraz y se desliza por vertientes rurales. El paisaje se plaga de chadores, tormentas de arena, callejas semi vacías. Tiendas sin clientes. Menos las pastelerías. yazd es la ciudad de los dulces, de los supositorios gigantes de azúcar y las pastelerías exuberantes cargadas de luz dorada.
Y al atardecer el barrio entero de Fahadán cambia de color; del rojizo al naranja. Se aclara el aire cargado de partículas de arena y hasta el momento en que el muecín inicia su llamada todo es paz y silencio. Entonces, justo al ponerse el sol, estalla el torrente de cantos que rompe el cielo y llega desde todos los puntos de la ciudad. Brotan melodías que suenan a Allah y Muhamed mientras se encienden las primeras luces y los callejones van cayendo en la oscuridad. De pronto sólo queda a lo lejos el perfil perpetuo de las montañas. Llega el frescor de la noche.

KERMÁN
Kermán es una pequeña Samarkanda. Las calles polvorientas huelen a Asia, a asno y frontera. Con la multitud que deambula por el bazar se mezclan turbantes, túnicas, chadores de colores, disfraces o vestidos diversos; entre puestos de fruta y carnicerías a cielo abierto que amontonan a su puerta cabezas de cabra con los ojos vidriosos. Las montañas que se alzan al final de cada calle son rocosas y huele a asia Central.
En Kermán apenas hay hoteles y casi nadie habla inglés, pero en los últimos años la ciudad ha crecido sin freno. Las fábricas de las afueras han atraído a miles de inmigrantes que huyendo de una sequía de dieciseis años y del hambre han abandonado para siempre sus aldeas. En la avenida  florecen hileras de tiendas de moda, de telefonía, de electrodomésticos. Un mundo de progreso lento y masivo que convive con el bazar y con los mercados bulliciosos al aire libre. Las callejuelas que se separan de la avenida mantienen su aire canalla. Hay callejones sucios y polvorientos donde afganos, turkmenos, gitanos y otras gentes fuman opio y trafican con anillos y cuchillos.

TEHERÁN
Teherán, ya se sabe, tiene un auténtico centro moderno con nada que envidiar de cualquier ciudad europea, o de donde sea. Es grande y moderno, cuajado de avenidas. El Teherán moderno dejó de estar confinado al norte de la ciudad. No se trata ya sólo del trozo de la avenida Vali a Sadr entre la plaza y el cruce con la avenida Enghelab, sino todas las plazas y avenidas de alrededor, hasta la zona de la plaza Ferdosi. De pronto hay por todas partes teatros, cafés hipster, jóvenes que no se atienen a la forma de vestir tradicional. Casi imposible cruzarse con un chador por esta zona.
Pero todavía sigue valiendo el dicho de que si no has estado en el café Naderi, no has estado en Teherán. Fue el café de referencia de la ciudad de los años treinta, con su intelectualidad politizada, su sofisticación y su vida nocturna. Era una casa encantado

ra, con aires de palacete, regida por un inmigrante armenio. Luego, en los cincuenta tiraron el edificio y lo sustituyeron por otro feo y sin gracia para ampliar el hotel de encima. Aún así el local mantuvo su aire bohemio y un leve toque mundano como si Annemarie Schwarzenbach fuera entrar de un momento a otro con los ojos vidriosos por el opio y la fiesta. El sitio, pues, ha tenido momentos de gloria. Sin embargo, ha conseguido también sobrevivir a los correspondientes períodos de decadencia sin desvirtuar demasiado su personalidad. Vive en gran medida de esa fama. Lo frecuentan ahora jóvenes alternativos y antiguas glorias del espectáculo, gloriosas de su pasado de fama. A ratos hay tertulias casi-políticas. A mi me gusta ir por la tarde temprano, a tomar café decente y a admirarme de cómo los camareros serios y apuestos ayudan a mantener el carácter y la leyenda del lugar.

30 agosto 2017

OCHO COSAS RARAS QUE HACEN LOS IRANÍES


1.-Operarse la nariz
Se ha puesto de moda. Por la calle, en todas las ciudades de Irán, uno se cruza continuamente con personas con la nariz cubierta con un apósito. Recién operadas. Son en su mayoría chicas, pero también algunos chicos. De todas las clases sociales: esencialmente gente con dinero pero incluso tenderos del mercado. Más allá, son muy frecuentes las mujeres a las que se les nota que se han sometido a una operación de éstas. Algunas quedan bien... otras no tanto.
Dicen que los médicos iraníes se han especializado en rinoplastia y es uno de los países del mundo donde mejor se hace. debe ser verdad. Al menos han tenido, y tienen,  mucha gente con quien practicar.


2.- Comer muy rápido y sin sobremesa
A los restaurantes iraníes se va a comer. No se va a charlar, ni a pasar un rato.
En la mayoría de lugares, además, te sirven muy rápido.
Así que lo habitual son familias grandes que llegan todos juntos y ocupan unas mesas o una de esas camas para comer. Piden inmediatamente y antes de que uno se dé cuenta ya han terminado y están yendo a pagar y saliendo. es como si hubiera una norma social que prohíba estar más de media hora en ningún lugar para comer. En las casas, también es un proceso veloz. Con poca charla y escaso entretenimiento.
 El concepto de la sobremesa no se entiende. Si alguien se toma un té tras la comida lo hace con la misma velocidad. Visto y no visto.


3.- No usar cucharillas para remover el azúcar
Nunca te ponen cucharilla con el té. En los cafés más populares y en las ciudades más alejadas de Teherán no es que no las pongan, sino que ni siquiera existen. Resulta extraño. Es cierto que en muchos locales dan piedras de azúcar cristalizadas en un bastoncito de madera que sirve para remover el té a la vez que lo endulza, pero ésa es la única concesión que hacen en este terreno. Es más, a menudo colocan junto al té terrones duros de azúcar muy sólida, de esos que uno puede ponerse en la boca para ir endulzando el líquido al beberlo (con resultados terribles para los dientes, que acaban siendo sustituidos por otros de oro). Pero hay lugares en los que junto a los vasitos dejan un azucarero lleno de azúcar molida... y tampoco ahí ponen cucharillas. Un misterio.


4- Dar el dinero con dos manos
En Irán es de pésima educación entergar dinero sujetando los billetes sólo con una mano. Es un gesto que se usa en verdad para entregar muchos objetos en un contexto de respeto, pero con el dinero, siempre. Recuerda vagamente al gesto balcánico de agarrarse con la mano izquierda el antebrazo de lo que se entrega con la derecha.


5- Fumar en los espacios cerrados en vez de en la calle
Como en otros países islámicos, en Irán es de mal gusto fumar en la calle. No está prohibido, pero no se suele hacer. En otros países sucede sobre todo en Ramadán pero en Irán es algo de todo el año. Así que los flujos de gente en los restaurantes y lugares de ocio son los contrarios a los europeos. La gente entra para fumar y sale a tomar el aire. Lo más habitual al llegar a una tetería, un restaurante o un local donde tomar algo es una niebla que difumina las figuras y que proviene de los cigarrillos del público.


6- Usar las aceras como carril moto
En muchos países es frecuente y normal que las bicicletas pasen a veces por la acera en vez de la calzada. En Irán sucede lo mismo con las motos. Sobre todo en Teherán. En las horas de máximo atasco, la acera parece ser el carril perfecto para que líneas enteras de motos sorteen el embotellamiento. En los momentos más tranquilos es simplemente una manera de no tener que andar ni un metro cuando se va de compras o a hacer un recado. porque, si la moto te puede llevar hasta la puerta misma, para qué pararse un metro más allá.


7- Pagar hasta las chucherias y a los manteros con tarjeta de crédito.
La promoción de las tarjetas de crédito ha sido una iniciativa del Gobierno. pero ha alcanzado un éxito inusitado en cualquier otro lugar del planeta. Si tienes tarjeta local de crédito podrás usarla incluso para comprar fruta en un tenderete en el extremo oriental del país o para pagar los productos que alguien venda en el suelo sobre un manta en cualquier bazar. El uso de la tarjeta sustituye al dinero prácticamente en todas partes.


8- Negociar el precio de los taxis con una aplicación.
En Irán los taxis tienen precios más o menos fijos. Se negocia antes de subir, y en cada ciudad hay varios precios según la distancia a la que vaya uno. A veces depende también de la hora o de las ganas de trabajar que tenga el taxista. En todo caso, lo curioso es cómo ha llegado esta costumbre al mundo de las nuevas tecnologías. Ahora, quien necesita un taxi suele pedirlo (sobre todo en las grandes ciudades) a través de una aplicación de móvil que no te da un precio fijo, sino una propuesta a la que puedes hacer una contraoferta. Se ha vuelto la manera más común de moverse en las grandes ciudades.

22 agosto 2017

PISTACHOS DE JARANAQ


Jaranaq es un manantial de agua fresca y cristalina en mitad del desierto iraní.
Gracias a ese agua -mezclándola con paja, estiércol y tierra- un grupo de zoroastrianos construyó aquí hace siglos todo un pueblo de adobe y plantaron una huerta. Ahí cultivan todavía verduras y frutas diversas y, sobre todo, granados y pistachos.
La riegan con un qanat que lleva el agua del manantial a través del pueblo y, en días alternos, la divide equitativamente entre las distintas parcelas.
Los pistachos de Jaranaq son gordos y sabrosos. Pero, sobre todo, huelen excitantemente. Cuando llega la cosecha el aire entero del lugar huele a fragancias y delicias orientales. El aroma dulzón y embriagador de los pistachos verdes derrite a cualquiera. Sin solución.
Luego, una vez recogidos los frutos frescos, las mujeres del pueblo le quitan uno a uno su caparazón rojo gomoso que se abre sólo con apretarlo. Como los huevos de las tortugas marinas. Más tarde los pondrán a secar en las azoteas de las casas. Sólo entonces se les quita ese olor intenso y delicioso y se pueden comer.
Hace siglos, la aldea -como todos los oasis- tenía un caravanasar. Tras jornadas de polvo y sequedad  por el desierto las caravanas que hacían la ruta de la seda se solazaban al fresco de Jaranaq y su manantial. Cada caravana era una atracción llena de sorpresas. Los niños del pueblo se colaban en el recinto amurallado a espiar a los extranjeros recién llegados. después comentaban por el pueblo sus costumbres asombrosas. los guías con más experiencia, que ya habían pasado antes por aquí, se sentaban a fumar con los trabajadores de la posada. esops ritos se siguen repitiendo con los grupos aislados de turistas, la mayoría de Teherán, que pasa aún por las ruinas del pueblo.
Intentando que nada cambie del todo, como no cambia el aroma de los pistachos.

17 agosto 2017

¿DÓNDE ESTÁ MI RÍO?

Bajo los puentes de Isfahán ya no corre agua y es como si la ciudad hubiera perdido su historia. El río Zayanderoum ha dejado de marcar la vida a la que se refiere su nombre y es sólo un pedregal en el que a duras penas sobrevive algún charco de líquido estancado.
El país sufre ya dieciséis años seguidos de sequía. Que ya son años. Pero el río no está seco sólo por eso. La razón principal son muchos años de sobreexplotación desmesurada. En parte para la agricultura pero, sobre todo, para las industrias del sur del país: en su mayoría poco modernizadas, sin sistema de reciclaje de aguas y derrochadoras. En general la gestión de la cuenca hidrográfica es un desastre total. Se reciben trasvases que aportan muy poco y empobrecen a otras zonas y, a cambio, se destina más agua de la cuenta a los campos del este desértico del país.
El río seco da pena y la ciudad entera es mucho más triste ahora. Además la tragedia ecológica y social ha sido terrible. Pueblos enteros han quedado abandonados. Miles de agricultores se han quedado sin medio de vida mientras desaparecían para siempre centenares de miles de hectáreas de cultivo. Árboles muertos y ciudades en la ruina. Con la desaparición del río se han producido además movimientos masivos de población empobrecida que ha huído a las ciudades, creando nuevos barrios terriblemente miserables.
hace un par de años, la primera vez que el problema se hizo evidente, se convocaron manifestaciones masivas de ciudadanos y agricultores. Todos unidos al grito de ¿Dónde está mi río?, inspirado claramente en la revolución verde, cuando se protestaba por los votos supuestamente desaparecidos en las elecciones generales. Mala cosa para el Gobierno, que prometió medidas extraordinarias y planes especiales. En todo caso, pasan los años y el Zayanderoum sigue seco.
Pese a todo, al atardecer la gente de Esfahán todavía sale a pasear por los puentes. Es cierto que el de Si-o-Seh lo cruzan sobre todo con prisas para ir a algún centro comercial o de tiendas y bares por la zona de Jolfa. El puente Khaju, sin embargo, sigue siendo un sitio de encuentro donde pasar la tarde en el que la atmósfera recuerda vagamente a la de otros tiempos. Hace años que retiraron aquéllas preciosas barcas a pedales con forma de cisne que eran un auténtico sinónimo de la felicidad. Lo más parecido a la magia que queda son los grupos de canto polifónico que se reúnen las tardes de verano bajo las bóvedas del puente a hacer batallas de improvisación.
Me cuentan que aún, con el deshielo, hay un par de meses al año en el que el río vuelve a llevar algo de agua. Al parecer, cada año, el día en que vuelve el agua -a mediados de abril, normalmente- la ciudad se convierte en una fiesta. Cierran colegios y negocios y todo el mundo se va a contemplar de nuevo la imagen de los puentes reflejados en el agua como un espejo. Como ha sido siempre. 
Pronto no quedará ni eso.


16 agosto 2017

EL VENDEDOR DE GLOBOS DE ESFAHÁN

La plaza de Esfahán tiene un vendedor de globos. Es un hombre alto, enjuto, serio. Pasa la tarde paseando entre las familias que hacen picnic con sus niños y los grupos de turistas que han venido de Teherán. Vendiendo globos.
A ratos se toma un descanso en un patio del bazar, justo detrás de la mezquita del imán, antes llamada mezquita del Shah.
Allí tiene su propia silla, junto a unos baños públicos. Llega saludando a los tenderos, a los habituales del bazar que pasan el día parados en alguna esquina y a los clientes del pequeñísimo salón de té. Deja sus bártulos apoyados en la silla y se sienta a echar unos pitillos.
Descansa un rato y después se pone a preparar de nuevo su mercancía. Primero alinea cuidadosamente una hilera de cordeles blancos sobre el respaldo de la silla. Luego va sacando globos y los hincha con la boca, de dos tacadas. El vendedor de globos tiene unos pulmones prodigiosos. Son globos estrechos y rugosos de los que cuesta hinchar. Él coge aire sin inmutarse. sopla una vez y el globo crece en sus manos como por arte de magia. Vuelve a soplar y se convierte en un globo grande y atractivo. Entonces cierra cada uno con uno de los cordeles, anudándolo en la boquilla. El otro extremo del cordel sirve para unir los globos a un palo. En un momento el extremo del palo de llena de globos multicolores, como una piña, o un árbol fantástico.
Cuando está satisfecho con su palmera de globos vuelve a pararse. Se fuma un último cigarrito. Entra en el baño. Luego coge los globos y sale de nuevo a la plaza a trabajar. 
Fin de la pausa.











[La plaza de Esfahán es un lugar concurrido, casi tópico. Abarrotado cada día por grupos de turistas (en su mayoría locales) y por las familias que salen a pasear al atardecer. Es una plaza inmensa, de las más grandes del mundo, pero muy frecuentada. Es un contraste brutal con las callejuelas del bazar que la rodean. El bazar es ruidoso, multicolor. Plagado de patios en los que la vida se ha parado en un grupo de artesanos que hace su tarea en común, ajenos a la modernidad y casi en solitario. De pronto la plaza es todo lo contrario: un espacio enorme de luz. Multifotografiado, abierto, cuidado y regulado. Pero extrañamente es una plaza mágica. Donde pasan cosas.]

15 agosto 2017

TIEMPOS DE CAMBIO

Presenciar personalmente la evolución y el cambio de una ciudad lo hace a uno sentirse viejo. Ciertamente, el mundo está siempre en constante cambio pero se supone que uno no debe darse cuenta; es más, uno piensa que los mundos que conoció permanecen. Cuando los ve desaparecer, impacta.
Del Irán rural y oriental que conocí hace veinte años queda muy poco. Lo inesperado ahora es que ese otro país, de exotismo ya civilizado en el que estuve por última vez hace ya siete años esté también desapareciendo. Los cambios son evidentes por todo el territorio, pero resultan brutales en las grandes ciudades de provincia, como Shiraz o Isfahán. También, en Yazd o Kermán. Arrasando.
Isfahán se está modernizando a pasos agigantados. Ya casi están terminando el metro que conecta las zonas más alejadas del centro. Los trabajadores del metro se presentan como orgullosos paladines de la modernidad y cuando alguien te dice que trabaja en el suburbano lo cuenta con la satisfacción de quien se sabe partícipe de esa empresa transformadora. Al mismo tiempo, los alrededores de cada nueva estación, en especial las que están en el centro de la ciudad, son terrenos abierto a la especulación. La mayoría se va tapizando de feos centros comerciales. Multitud. Lugares desangelados, construidos todos en un feo estilo mezcla de regionalismo y modernidad cutre.
En los alrededores de la mezquita del viernes la piqueta ha acabado con toda la zona de callejuelas que resistían como ciudad medieval. Era un lugar de habitantes de clase baja, calles polvorientas, tiendas donde vendían carne de camello, talleres de alfareros, y mucho polvo como si un trozo de desierto aguantara desde hace siglos en la urbe señorial. Ha desaparecido uno de mis lugares favoritos (...) En su lugar hay un parking. Isfahán entera está ahora llena de parkings. Descampados esperando un promotor que construya modernidad sobre la ciudad destruida.
En Shiraz hay barriadas enteras de callejuelas en pleno centro de la ciudad, que están siendo arrasadas. Con bulldozers. Centenares de casas, algunas de ellas casi palaciegas, y decenas y decenas de callejones desaparecen. Su lugar lo ocupan oficinas administrativas, hoteles boutique, centros comerciales. La modernidad es arrasar de raíz barrios enteros con muchos siglos de antigüedad e imponer encima un nuevo trazado de calles anchas, limpias. Los nuevos edificios los hacen de ladrillo, manteniendo técnicas antiguas que mantienen el aire tradicional en las fachadas, pero poco más. Echan a la gente, destruyen las callejuelas en zigzag por donde no cabía ni un coche; desaparecen los habitantes bulliciosos y coloridos, mezcla de religiones y razas como siempre fue Shiraz.
He vivido esos cambios en muchos sitios: desde el Estambul de finales de los ochenta que desapareció prácticamente entero, hasta la transformación de Croacia en la posguerra. Sin embargo nunca antes lo había sentido tan rápido y tan duro. En Irán hoy está en obras todo el país y el cambio, brutal y devastador, va a un ritmo trepidante.

31 julio 2017

EL HOLOCAUSTO SEGÚN SALÓNICA

El genocidio de los judíos de Salónica en 1943 fue uno de los más devastadores del mundo. Sin embargo, a la ciudad griega le cuesta infinito mostrar las más mínima señal de piedad o solidaridad con todas esas vidas perdidas. De asumir responsabilidad ya ni hablamos.
Hasta esa fecha la comunidad judía sefardí de la ciudad era una de las más importantes y culturalmente activas del mundo. En las calles de Tesalónica el marrano era idioma habitual. En el mercado, ya bien entrado el siglo XX, se pregonaba a voces el "kesoblanco", mucho más suave y fresco que el habitual queso feta. Luego, de pronto, en unos pocos meses entre el verano de 1942 y el del año siguiente los deportaron a todos. En trenes directamente a los campos de exterminio. Sólo en Auschwitz gasearon en esos días a más de cincuenta mil.
Las circunstancias de esa tragedia, sin embargo, no se airean en la ciudad actual.
La actitud de los griegos de Salónica no fue para nada ejemplar. Todo lo contrario. Seguramente la causa de esa tremenda falta de humanidad generalizada y del colaboracionismo masivo hay que encontrarla en ese nacionalismo, casi racista, que está en la génesis del Estado griego; la construcción nacional de Grecia en el siglo veinte se ordena en torno a una legua, una religión y... una historia inventada, o al menos mitificada. El falseamiento del pasado sigue formando parte esencial, incluso en nuestros días, del contenido que se explica en las escuelas griegas.
Cualquier visitante de museos griegos habrá advertido que según su canon existiría una línea directa que conecta la antigüedad clásica del siglo VI A.C., Bizancio y la Grecia actual, sin pasar por ninguna otra etapa. Los siglos de la Grecia romana o, peor aún, los de integración en el imperio otomano simplemente se ignoran como si no hubieran ocurrido. Merecen, a lo sumo, una referencia rápida en la que se presentan como un tiempo de dominación externa sobre el alma griega en el que no se producen acontecimientos históricos o artísticos que tengan la mínima relevancia.
Cuando un comisario de la Unión Europea tuvo el atrevimiento de mencionar en un acto la 'multiculturalidad' de la ciudad de Salónica un político local le contestó inmediatamente que estaba de acuerdo si con eso se refería a "los dominadores que no consiguieron doblegar el alma cristiana de la ciudad". Y efectivamente, el nacionalismo griego se construye también en torno a la iglesia cristiana verdadera. La religión oficial del Estado. La única que se considera griega.
Salónica entró a formar parte de Grecia sólo en 1917. En la ciudad entonces los musulmanes eran absoluta mayoría. Lo fueron hasta 1922 cuando después del intento griego de anexionarse a la fuerza Anatolia y las ciudades de Asia Menor y su derrota ante los turcos, los líderes de ambos países, Venizelos y Atatürk (nacido en Salónica, precisamente) firman en Lausana el tratado de intercambio de población. Se trataba claramente de un acuerdo aberrante de limpieza étnica por ambas partes, aunque en los colegios griegos se sigue denominando "la catástrofe" y se habla tan sólo del millón y medio de griegos que tuvieron que dejar sus casas en Turquía. No se menciona a los setecientos mil musulmanes griegos desplazados a la fuerza, entre ellos la práctica totalidad de la ciudad que pasó a llamarse Tesalónica.
El criterio griego para aplicar el intercambio de población fue exclusivamente religioso y se deportó incluso a chamerios y pomakos, de origen albanés y eslavo respectivamente, que no hablaban una palabra de turco. Inmediatamente se aplicó una política de helenización que incluyó acabar con las lenguas vernáculas de las minorías de esos pueblos que, por ser cristianos, habían permanecido en territorio griego. En 1925 el Ayuntamiento de Tesalónica convocó un concurso público para proceder a la demolición de los veintisiete minaretes que seguían en pie en la ciudad, la mayoría con muchos siglos de antigüedad.
Así que a finales de los años treinta el ambiente que rodeaba a los judíos no era el más amigable: la población de la ciudad había sido sustituida mayormente por colonos griegos de anatolia desconfiados de cualquier religión que no fuera la suya. A partir de 1940 se hacen frecuentes en los periódicos locales los artículos que exigen la expulsión de todos los judíos. Lo argumentan -unos recién llegados, hablando de familias con más de quinientos años en la ciudad- en que no son griegos de verdad. Los partidos nacionalistas griegos (todos), en plena ocupación nazi, se empiezan a referir a los judíos como un obstáculo a la unidad nacional.
en este caldo de cultivo, en 1941 los nazis crean dos ghettos en la ciudad y ordenan a todos los judíos trasladarse a ellos. Justo en ese momento una comisión del ayuntamiento de la ciudad aprovecha para reunirse con el Gobernador alemán para pedirle que junto a ello expropiara lo que quedaba del inmenso cementerio judío y lo donara la ciudada para construir en él edificios públicos. Lo consiguieron y ahí es donde se empezó muy pronto a alzar la Universidad de Tesalónica.
Años después alguno de los escasos supervivientes judíos a la masacre aún recordaba como las columnas de judíos desfilando camino del ghetto eran increpadas por griegos que gritaban "os lo mereceis, por matar a nuestro señor jesucristo".
Finalmente todos los judíos pasaron a abarrotarse en unos barracones de los que aún hoy quedan trazas, el barrio del Barón Hirsch. Está situado justo junto a la que se conocía, en ladino, como "

stacion chica". Un apeadero de tren que se mantiene tal cual y en el que decenas de miles de personas fueron embarcadas en trenes que iban directos a los campos de exterminio.
Acabada la segunda guerra mundial unos pocos de cientos de judíos supervivientes del horror nazi volvieron a Tesalónica. En la ciudad mandaban entonces los antiguos colaboracionistas, aupados al poder como anticomunistas y por su nacionalismo. Cuando esos judíos quisieron recuperar sus casas y propiedades la ciudad y los tribunales griegos se negaron. Dictaron que la expropiación de las propiedades judías por los nazis y su adjudicación a griegos había sido legal.
Ya en los años cincuenta se terminó de arrasar los restos del cementerio judío para construir edificios universitarios. Entonces algunos estudiosos griegos salvaron algunas de las lápidas: sólo las que tenían en el reverso inscripciones bizantinas; ningún historiador griego tuvo el mínimo interés en preservar el resto de lápidas judías del siglo XV.
En fin, en la Tesalónica actual, plagadas de monumentos sobre el "genocidio" de los griegos de Anatolia apenas hay mención alguna a los judíos de la ciudad gaseados por los nazis. Una asociación judía consiguió permiso para poner una plaquita en la estación chica, pero sólo a cambio de que fuera muy pequeña, se escondiera en un lateral y hablara bien de los griegos. En las afueras de la ciudad se consiguió también dedicar una rotonda a las víctimas del nacismo, pero está tan escondida que no hay quien la conozca. Y justo ahora, hace unos días, el Alcalde progresista ha presentado el primer monumento a los judíos asesinados, en una iniciativa que ha concitado numerosísimas protestas, y no sólo de los ultraderechistas. Así estamos.

23 julio 2017

Frente al Olimpo


Sentados en un café junto a las marismas de Tsairi. Delante, el mar. Y al fondo, la silueta del monte Olimpo. Esa joroba con forma de aleta dorsal donde se supone que viven los dioses.
Tan cerca, que no parece que le suponga gran molestia acercarse por aquí a sus cosas. Básicamente a hacernos pagar por sus caprichos a los pobres mortales que intentamos vivir sin meternos en líos ajenos.
Incluso a los seguidores de Arístipo de Cirene, ese discípulo predilecto de Sócrates conocedor del gran secreto de la Felicidad: no buscarse problemas.
Con el Olimpo tan cerca, ni eso es garantía. Nadie nos asegura que esa señora en pareo, o incluso el caniche que salta a sus pies, no sean un dios disfrazado, jugando a alguno de sus jueguecitos que acaban volviéndose contra alguien.
Qué miedito. Qué Zeus nos coja. Confesados.

11 mayo 2017

SAN LORENZO - Historias de Roma (1)



San Lorenzo es un barrio pequeño y bien delimitado. A un lado tiene la muralla aureliana y las vías del tren. Al otro el inmenso cementerio del verano. En los flancos, el gran campus de La Sapienza y el scalextris del scalo junto a las antiguas aduanas. Lo que queda es un rectángulo irregular con un puñado de calles más o menos simétricas y una pequeña plaza central junto a la iglesia de la Immacolata . El barrio surgió como tal en el siglo XIX a partir del cementerio y de algunas industrias que se instalaron en la zona, convirtiéndose en el primer barrio extramuros de Roma. Antes no había nada más que la básica de San Lorenzo de Extramuros, construida en la edad media encima de las catacumbas de San Lorenzo. El sitio -necrópolis desde siempre- donde enterraron al santo después de asarlo supuestamente a la parrilla. En la basílica, construida con abundantes restos romanos hay tres papas enterrados, incluido Pío IX: el famoso pionono cuyo nombre dieron a unos deliciosos pastelillos en honor a que había declarado el dogma de la inmaculada concepción. Durante el entierro, mientras transportaban el ataúd desde San Pedro a la basílica de San Lorenzo parece ser que hubo un grupo de revolucionarios llegaron a apoderarse de él para tirar el cuerpo al río, lo que sólo se evitó con la intervención armada del ejército italiano.
En fin, el barrio siempre ha estado sociológicamente dividido en dos, con sus parroquias. La zona de abajo, en torno a la basílica, se abre hacia la estación Tiburnina y los barrios de nueva creación de esa parte de Roma. Es más desangelada y marginal. Abierta a la avenida que rodea el cementerio y al tranvía, es lugar de talleres de marmolistas, corralones y pequeñas fábricas, además de los omnipresentes negocios de flores.  Aquí estaban la fábrica de cerveza y la de cristal. La parte de arriba del barrio, en cambio, es más ordenada. Crece como un pueblo pequeño alrededor de la iglesia de la Immacolata, con su plaza, el pequeño mercado de abastos y un buen número de cafés y pizzerías que le dan un ambiente casi parisino.
Lo mayores del barrio recuerdan todavía las frecuentes peleas a pedradas que en su infancia se entablaban entre las pandillas de niños de San Lorenzo y los de la Immacolata. Hoy todo eso es pasado. El barrio gira ya en torno a la parte alta, nada más. Se ha vuelto uno de los emblemas de la Roma alternativa y estudiantil, sin perder por ello el ambiente de vecinos de siempre y una población inmigrante bien integrada.
En los años veinte San Lorenzo era zona proletaria, de obreros y ferroviarios. Anarquista y comunista. Con el advenimiento fascista comenzaron los problemas. Primero durante el entierro de Enrico Toti. Cuando la columna fascista que llevaba el cuerpo con todos los honores intentó atravesar el barrio, camino del cementerio, fueron recibidos a tiros. Luego, durante la marcha a Roma en 1922, se llenó de barricadas para que la marcha no pasara por vía Tiburtina. Era el barrio rojo. Durante la ocupación nazi fue cercado y sometido a vigilancia constante, lo que no evitó que fuera cuna de numerosos partisanos y se multiplicaran los actos de resistencia.
La mañana del 19 de julio de 1943 centenares de aviones norteamericanos arrojaron toneladas de bombas sobre San Lorenzo. No se sabe si apuntaban a la estación del tren o a alguna fábrica, pero cayeron todas aquí. Tras las primeras oleadas los bombarderos que volvían a llegar se guiaban por la columna de humo y machaban el mismo lugar. Hubo miles de muertos, el número no se sabe con exactitud. Se logró identificar a unas 1700 personas fallecidas, pero otras muchas desaparecieron bajo los escombros. Las huellas del bombardeo siguen en el barrio. En los huecos vacíos dejados aposta entre las casas del barrio e incluso en algunas fachadas que tienen huellas de metralla, como las columnas de la basílica patriarcal. Es ya un tópico usar la frase de De Gregoris en una canción que compuso sobre aquello que dice que aquella mañana las bombas caían como nieve sobre San Lorenzo.
Tras el bombardeo gran parte de la población del barrio se quedó sin casa. Muchos tuvieron que irse a la periferia. La mayoría hacia la zona del Pigneto, a partir de Porta Maggiore. Se instalaron al abrigo del acueducto romano, que seguía proporcionándoles agua potable. Las viejas piedras conservaban por la noche el calor del sol matinal, así que muchas familias cerraron los arcos y se hicieron entre ellos una especie de chabolas…y veinte años después bastantes de ellos seguían viviendo en esas chabolas. En estos barrios se creó entonces en ambiente marginal que retrata magistralmente Pasolini en Ragazzi di vita.
El parque de San Lorenzo, junto a la puerta Tiburtina, está dedicado a los muertos en los bombardeos. El césped está rodeado de una fila larguísima de paneles con los nombres de las víctimas. De algunos sólo se sabe el mote. A una se la identifica sólo como ‘una mujer, muerta el día de navidad’. Al lado hay algunos columpios.
Al atardecer el parque se llena con los niños del barrio que salen del cole. La mayoría de los padres son muy jóvenes y de origen evidentemente humilde. Abundan pelados al cero que dejan ver cráneos llenos de cicatrices de pelea; los chándales; las caras picadas de viruela y desdentadas; los tatuajes en el cuello y los tobillos. Se trata, claramente, de un barrio que ha vivido tiempos peores. Este ambiente proletario llena el parque y los niños juegan bajo la mirada de padres tatuados que imitan una vida de plácida burguesía.
Un padre novato llega al café del parque. Lleva camisa blanca y perennes gafas de sol en la cabeza; anda con los hombros rígidos; no deja nunca de rumiar un chicle y habla abriendo mucho la boca al hablar, en el mejor estilo de chulo romano. Ha hecho migas con un parroquiano algo mayor. Uno de esos señores elegantes y bronceados, con la ropa ajustada para mostrar los músculos, que inspiran siempre confianza en Italia. El macarra mira a un padre que pasa con su hijo de la mano y que tiene prácticamente todo el cuerpo, incluida media cara, tatuado en azul y se dirige al hombre mayor:
-¿Cómo puede tatuarse así la cara? -El otro le responde simplemente -È un bravo ragazzo. Cada uno se viste como quiere.

La gente del barrio se quiere y se protege entre sí.

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