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10 septiembre 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (10) VUDÚ

En Haití el Vudú está en todas partes, quieras o no. 
Y el vudú es algo más que unas ceremonias estrafalarias o folkloricas. A los haitianos les proporciona una explicación mística para cada acontecimiento de la vida. Está siempre latente aunque raramente se habla de ello. Un viaje que se frustra, una promoción en el trabajo, el amor que llega o se va, un accidente...todo se atribuye al Vudú, con su panoplia de dioses y diablos. A los boat people que se echan al mar los protegen los aguitas. Incluso la independencia de Haití tiene una explicacion vudú, y los esclavos liberados vencieron gracias a la sangre de cerdo que un sacerdote les dio a beber en bois caymam. Suele decirse que hay tres niveles de vudú: las ceremonias públicas son un culto religioso como cualquier otro; las supersticiones sobre muertos vivientes y sobre la magia cotidiana que decide el éxito o el fracaso de todo; las ceremonias secretas. Los más peligrosos, se dice, son "los que salen de rojo por la noche". El nombre criollo no me atrevo a escribirlo, por si las moscas.
 A mi primera ceremonia nos llevó Jonny, un buen amigo que es hijo y nieto de sacerdotes. Nos guió por el laberinto de callejuelas de la favela de Delmas4. Es una red laberíntica de callejones estrechísimos entre las barracas de techo de hojalata, más intrincada que cualquier medina musulmana. Entre medio de las chabolas fuimos subiendo hasta una zona elevada en medio del barrio. El último trozo por un pasadizo en pendiente por el que bajaba un reguero de orínes.
Arriba, el peristilo, que es como se llama a los templos de vudú, es una explosión de colores naif. En las paredes pintadas escenas de dioses, algunas de la biblia: un san jorge, erzulie freda, las tres mujeres egipcias,... Los devotos de las tres egipcias no pueden acostarse con sus mujeres determinadas noches, que deben pasar con este trío. 
El peristilo en cuestión pertenece a la sosyete papouswuv, la "sociedad no nos sigas". Me gusta el nombre. En el centro de la habitación, sobre un poyete hay una cafetera de hojalata blanca y una botella de ron. El sacerdote que dirige todo es agresivo, duro. Tiene pinta de maltratador. Su hijastro me cuenta los sacerdotes vudu conviven hasta con diez esposas, cada una en una habitación. Este tiene seis, que se sepa. Su madre de edad indefinida pero viejisima, es mambú; sacerdotisa. El cargo se pasa de padres a hijos, a veces de madres. La señora apergaminada se mueve con un bastón más alto que ella. Se sienta en una sillita de enea y empieza a conpartir cigarros con otras ayudantes, de su misma edad, todas vestidas de blanco, como ella. Enfrente se sienta el resto de las iniciadas, todas con pañuelo blanco en la cabeza y sus mejores joyas. 
Mientras entran los cinco pollos Jonny nos cuenta de los zombis que se ha cruzado alguna noche ante su casa. Los reconoce por el hablar de borracho y la vista perdida, recien llegados del cementerio. No tuvo miedo. Yo le comenta que sería un borracho y me mira con una sonrisa de desprecio, definitivamente no sé nada de vudú. 
Esperando que empiece la ceremonia el ambiente es festivo y alegre. Circulan cervezas, cigarrillos y risas. Va llegando la gente del barrio. cada vez más, formando un círculo apretado en torno a las iniciadas. Parece que ha venido a mirar medio suburbio. Luego el sacerdote comienza a cantar, los tambores se ponen en marcha y empieza una música rítmica y constante que durará varias horas. Las iniciadas bailan desenfadadas, en un balanceo cada vez más agitado, dejándose llevar por la música. 
Entre el público hay ambiente de verbena de barrio. A un lado se pusieron la mayoría de chicos jóvenes, casi todos con su botellita de ron. Al otro un grupillo de chicas que se intercambiaban con ellos miradas, bromas y tonteos. las iniciadas bailan y el sacerdote al pasar les va haciendo beber ron de la botella. Sólo para ellas. Una iniciada, atractiva, no me quita los ojos de encima, sonriéndome con descaro. Es atractiva. 
La ceremonia duró algunas horas pero afortunadamente se hizo tarde y el sacrificio de los pollos lo dejaron para la mañana siguiente. 
Al irme mi iniciada favorita me pide que me quede bailando con ella, pero la vida del cooeprante es dura y me tengo que largar entre el laberinto oscuro de pasillos y chabolas.

13 agosto 2014

Historias de Haiti (9): EL OLOFSSON

EL OLOFSSON
Si en Port-au-Prince hay algo a lo que pueda llamar institución es, sin duda, el Olofsson. En los años cuarenta Roger, heredero de una norteamericana que había alcanzado cierto éxito con el comercio, decidió montar un negocio al que pudiera dedicar su vida sin irse de Haití. Compró una de las deliciosas casas de madera sacadas de un cuento de hadas (gingerbread, llaman a ese estilo de casa de galletas)que caracterizan el modernismo haitiano y montó un hotel. Tuvo su esplendor durante la primera parte de la dictadura Duvalier. Era el único establecimiento decente de la ciudad y un oasis de libertad. Su propietario tuvo importantes enfrentamientos con el régimen y aun cuando dejaron de venir turistas al país mantuvo el lugar como un refugio de lo que quedaba de artistas y librepensadores. Se llenó de personajes. Muchos de ellos extravagantes, aunque ninguno tanto como el señor Jolicoeur (corazón bonito).
Aubelin Jolicoeur era un excéntrico periodista de sociedad; refinado, algo cursi y con un estilo- al escribir y en lo personal- de lo más recargado. Durante décadas pasaba los días enteros en el Olafsson, charlando con propietario, clientes y empleados. La mayor parte del material para sus columnas en Le Nouvelliste salían de esas charlas. Corto de estatura, se presentaba siempre con un traje de verano blanco, camisa, y bastón con empuñadura dorada. Cuando podía lo conjuntaba además con un crisantemo en la solapa. Se cruzó con Graham Greene, que le dio un papel principal en su novela sobre Haití,  apenas escondido bajo el nombre 'Petit Pierre', como el título de la autobiografía de Anatole France. Escribía y hablaba en un francés floreado que podía convertir el hecho más anodino en un acontecimiento poco menos que histórico. Murió hace unos años, igual de elegante y ligeramente duvalierista.
Roger vendió el local a un grupo empresarial que luego lo traspasó a un músico algo hippy. Hoy el hotel, tras un par de décadas de desgana y abandono, ofrece un servicio cochambroso. Los baños, que apenas tienen un hilo de agua, están desconchados y plagados de cucarachas. Tampoco los colchones son los más limpios de la ciudad, ni tiene ventiladores o mosquiteras. Y encima no es nada barato. Uno diría que se mantiene como hotel para aprovechar el nombre, pero es dudoso que muchos incautos lo usen ni que obtenga grandes ingresos por ese lado. Sin embargo tiene mucho éxito como restaurante y sobre todo como sitio para salir de noche.

Los conciertos de RAM del jueves por la noche llevan décadas celebrándose. Música buena, grupos nuevos y bandas numerosas lideradas por el propietario del garito. Con el tiempo se ha degradado un poco:  lleno de nuevos ricos orondos y lustrosos que vienen como a una discoteca, atraídos por el hecho de que estar aquí (hay que pagar una entrada cara) ahora es una señal de status. Mujeres lo suficientemente enjoyadas como para parecer aun jóvenes saborean su ron sour a ritmo de Compas entre las mecedoras, las copias de los cuadros de otros tiempos y los viejos recortes de periódicos. Eso sí, todos los extranjeros medianamente informados siguen haciendo bromas sobre los cadáveres de opositores escondidos en la piscina. Como en las novelas de Grahan Greene.

Historias de Haiti (8): SUBURBIOS

SUBURBIOS

No deja de ser chocante que en el español de España no tengamos una palabra para referirnos a los barrios de infraviviendas donde vive una gran parte de la población del planeta. En Sudamérica se le llama ranchitos, favelas y de mil maneras más. Nosotros apenas usamos suburbios o chabolas aunque no siempre estén fuera del centro de las ciudades ni las casas sean improvisadas o provisionales. En todo caso, Port-au-Prince está lleno de suburbios de casitas precarias que ocupan las laderas de las montañas. Cuando en 2003 Iam Thomsom volvió por primera vez aquí, quince años después de publicar su magnífico libro de viajes "Bonjour blanc",  le sorprendió un cambio esencial: "Toda la ciudad se ha convertido en un slum".

Los suburbios no tienen alcantarillas, pero sí arroyos que bajan las aguas fecales y basura de todo tipo. No tienen tiendas, pero sí mercados; tremendamente precarios, sirven para abastecerse  básicamente de pescado seco y fruta de temporada: banana, fruta de la pasión, papaya, lambe veritable . También venden las barritas de jabón que se usan aquí para lavar la ropa (y eventualmente el suelo) y un poco de todo. Los suburbios tampoco están asfaltados. El suelo es de tierra o de basura compacta. Apenas llega a algunos algo de luz eléctrica. Al anochecer los puestecillos del mercado se convierten en hileras titilantes de llamas que salen de candiles de petróleo fabricados con viejas latas de conserva.
El número de suburbios de Port-au-Prince es incontable. El más famoso es Cité Soleil, una auténtica ciudad cerca del aeropuerto con centenares de miles de habitantes. Hace años era imposible entrar ahí para el forastero; ahora hay zonas bastante tranquilas y desarrolladas por las que se puede pasear sin miedo, aunque sigue habiendo barrios malos. Igual pasa en Bel Air, justo sobre la catedral destruida de Notre-Dame. Nosotros pasamos la mayor parte del día entre las "favelas" de Philippeau y Delmas32. Philippeau es grande, muy cerca de la parte más chic de la ciudad. En general está gestionada por un colectivo comunitario, pero hay zonas donde no llega ninguna ley más que las armas. A la peor de todas la llaman Chechenia. hay otra que se llama Kosovo. Delmas32, en la parte intermedia de la ciudad, es más calmada, menos organizada, y mas miserable.
El suburbio de tete d'eau empieza justo en el muro de nuestra casa. Tiene un mercado que me habían aconsejado visitar. Fue una impresión. Uno de los lugares más sucios que he visto en mi vida. Peor que los suburbios mas depauperados de África donde he trabajado: todo el mercado se instala sobre un vertedero de basura. Tiene dos calle principales. Una es directamente el albañal que arrastra toda la basura. Una rambla colmada de desperdicios de todo tipo, sobre el que algunas mujeres instalan tenderetes con un puñado de frutas, o de carbón, cosméticos a medio usar y cosas así. La otra calle del mercado sube hasta la parte alta del vertedero. El suelo es de desechos apenas sin aplanar y sólo en algunas parte cubierto de arena ennegrecida. Por todo el mercadillo pululan unos cerdos oscuros que no se mueven para dejar pasar a los viandantes y hurgan continuamente en el suelo. Hay charcos de liquido negro y una podredumbre realmente difícil de resistir. Las casas están un poco más arriba, cruzando un puentecillo sobre la rambla.
El conjunto recuerda a las favelas brasileñas, con el añadido del inmenso vacíe de basura omnipresente. La entrada al barrio está bien definida por ese puente. A un lado hay un lavadero (reconstruido por la cooperación española) donde se afana algunas señoras y hay ropa colgada. Al otro un set de ejercicios, como los que instalan para hacer deporte en algunos parques europeos. En los aledaños de los aparatos, unos escalones de cemento. Ahí se sienta un grupo de jóvenes desocupados, en calzonas y camiseta, charlando y controlando quien entra y sale del lugar. Tras el anochecer esos escalones sirve para los ensayos de grupos de vudú. Ocasionalmente se celebra ahí algún concierto de música muy tecno y hasta rifas y concursos.

Historias de Haiti (7): LOS TAP TAP


TAPTAPS
Tras años de catástrofes y desastres Haití se ha convertido en un país de color gris. Este tono general lo salvan trocitos de selva tropical, algunas ceremonias de vudú, los carnavales y, sobre todo, los autobuses.
La mayoría son obras de arte, pintadas de colores vistosos y recargados que llenan las calles y las carreteras del color que debería tener esta tierra. La costumbre de decorar los camiones y buses de transporte de pasajeros nació en los cuarenta: con dibujos y citas de carácter religioso que sirvieran para proteger a los viajeros de un posible accidente.
El transporte público en Haití es eficiente, aunque incómodo. Eficiente porque siempre hay un vehículo saliendo para cualquier destino al que te dirijas. Incómodo porque si hay asientos deberás compartirlos con una masa de gente que te aplasta sin compasión. En sentido estricto hay tres tipos de transporte colectivo: los taptaps son pick-ups reconvertidos a los que en la caja se les ha añadido un techo y dos filas de bancos, para que quepan hasta quince personas. Los ti-bus son furgonetas pequeñitas donde entran ocho o nueve personas. Los gro-bus autobuses medianos, la mayoría reconstruidos autóctonamente y otros restos de viejos autobuses escolares norteamericanos. Para viajes largos se usan a veces camiones con bancos de madera. A menudo, sin embargo, se llama taptap para cualquier vehículo de transporte que esté pintado de colores.
Sentado en un taptap me quedo mirando asombrado los dibujos de otro, decorado con imágenes de alguna artista local, ligerita de ropa (o quizás sea Beyonce, que yo soy pésimo para las caras). Una señora a mi lado me ve y me dice "Pornográfico. Ya solo dibujan pornografía. Se ha perdido el temor de Dios". Los pasajeros más jóvenes me sonríen.
El taptap tiene su etiqueta.  Al subir hay que decir siempre' bonsuar', para saludar a los demás, que el taptap es un lugar decente. Cuando uno quiere bajar, si se trata de un bus, basta gritar 'mersi' y el chofer se detiene. En los taptap hay diversos modos para llamar la atención del conductor en su cabina. Los más sofisticados han instalado timbres. A menudo funcionan con dos cables pelados que el viajero debe unir para que suene. Lo más tradicional es llevar algo colgando para golpear la ventanilla de la cabina. Suele ser un bolígrafo gastado, pero he visto desde botes vacio de medicina hasta cepillos de diente usados. Para bajar uno le pide al viajero más cercano a la cabina que golpee con eso la ventanilla. Todo con la máxima educación.

Los buses también son lugar de negocio. En el que cojo por las mañanas hasta la ville siempre se levanta un viajero sentado en las primeras filas. Es un joven charlatán, vendedor de remedios mágicos. Se pasará todo el trayecto hablando a voces, sin la menor pausa: "por ignorancia la gente cree que comer basta para estar sano. Se come para no morir, pero no para alimentarse. Hay una cosa que se llama com-ple-men-to, que nos da los alimentos que le faltan a la comida". Según dice, el mismo producto sirve prácticamente para todo: "es antioxidante que ayuda a tener más energía y a hacer mejor la digestión. Evita la anemia, la diabetes, el colesterol y esas cosas". Evidentemente, ante tal despliegue de beneficios sería suicida negarse a comprar el producto. Efectivamente, agota una caja grande de un medicamento llamado Diclobru. Se lo quitan de las manos los pasajeros del bus, aunque lo venda al triple de su precio razonable. 

06 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (6) EXTRANJEROS

EXTRANJEROS
Tras el terremoto de 2010 llegaron al país tropas de la ONU de todo el mundo. Entre ellos un destacamento de soldados de Nepal. Al parecer esos soldados no eran un ejemplo de higiene. El caso es que trajeron consigo una virulenta cepa del cólera y con sus usos del agua la difundieron por todo Haití. El resultado fueron decenas de miles de víctimas y miles de muertos por culpa de la epidemia. La ONU ha reconocido su culpa, aunque se niega a pagar indemnizaciones. En la población lo que surgió fue un odio a las organizaciones humanitarias, acrecentado por la imagen de dispendio ostentoso que dan algunos de sus miembros. Se sucedieron los ataques espontáneos contra trabajadores de organizaciones internacionales. La mayoría de oeneges, sobre todo las más pequeñas, se vieron obligadas incluso a quitar sus logos de los coches y de la vestimenta del personal. Todo un logro, la verdad, porque así uno tiene un poco más la sensación de vivir en un país normal. Las calles están llenas de todoterrenos blancos con chimenea de combustión, pero sin señales distintivas. Así se mezclan los que han ido subastando las organizaciones al reducir personal una vez pasada la primera emergencia y los que siguen sirviendo a cooperantes nacionales o internacionales para su trabajo cotidiano. Solo la ONU, Cruz Roja y Médicos sin Fronteras mantienen sus coches con logotipo, recordándoles insistentemente a sus habitantes que Haití aun sobrevive sólo gracias a la descendente ayuda internacional.
En todo caso, al parecer en Haití siguen presentes varios miles de cooperantes (incluyendo generosamente en tal concepto a las tropas de naciones unidas). Pero apenas se les ve. Es cierto que hay un par de grandes supermercados donde la mitad de la clientela está compuesta de extranjeros; también hay algunos bares (un pub irlandés, una sala cultural en centreville) frecuentados por guiris, y un punado de restaurantes caros. Incluso hay un garito, el Yanvalou, donde se juntas todos los cooperantes alternativos: franceses jugando
a las cartas con sus novias haitianas, americanas buscando lio para una noche y españoles que apenas chapurrean ningún idioma. Pero es casi imposible verlos por las calles. Todas las organizaciones prohíben a su personal extranjero desplazarse a pie o en transporte público. Van a todas partes en sus todoterrenos; de parking a parking. Muchas incluso les prohíben salir de noche aunque sea en sus vehículos. El caso es que la inmensa mayoría de cooperantes no se ha subido jamás a un taptap, a un petit bus, ni a un mototaxi. Casi ninguno ha caminado a solas por las calles, mucho menos después del atardecer. Nosotros no tenemos coches. Como trabajamos con un partner local, a ellos les parece normal que tomemos varios taptaps al día y caminemos varios kilómetros al día. No tengo demasiada información sobre la situación de seguridad, de modo que no sé si nosotros arriesgamos demasiado o los otros exageran. Pero desde luego es una pena vivir en Haití sin salir del coche ni de casa más que para trabajar y a lo sumo un día a la semana cenar en un restaurante carísimo.
Una noche quedamos con un grupo de extranjeros. La mayoría trabajan en oenegés grandes. Hay también un empresario algo turbio que dice ser centroafricano a pesar de su piel blanquísima. Y un par de chicas de la embajada americana. Hemos quedado para una fiesta en el Hotel Oasis. Uno de los varios hoteles de lujo que florecen en Puerto Príncipe al hilo de tanta presencia internacional. Nos cuesta trabajo aparcar porque la explanada de detrás del hotel está rebosando de decenas de todoterrenos brillantes aparcados de cualquier manera. Tomamos un refresco Sentados bajo las sombrillas de champagne Taittinger (Reims, Francia, aclaran). Unos italianos en la mesa de al lado se quejan del hotel: sí, sí. Es un cinco estrellas, pero no es como un cinco estrellas italiano. Supongo que los hoteles italianos tampoco están rodeados de barrios de chabolas donde la gente malvive sin lo más básico. En fin. Entramos a la "fiesta", que no es sino una discoteca al aire libre en los jardines del hotel. Para entrar se paga un cover de 10 euros. La cerveza cuesta cuatro. Está repleto de gente. La gran mayoría haitianos. Chicos y chicas relativamente jóvenes haciendo ostentación de su estatus. No imaginaba que aquí hubiera también tanto rico, pero después he leído que sorprendentemente en Haití (un lugar paupérrimo, en el puesto 168 en el índice de desarrollo mundial) hay una distribución desproporcionada de la riqueza y una relativamente numerosa clase social muy alta. Y rica.
La fiesta fue aburrida y afortunadamente nos llevaron pronto de vuelta a la realidad.

05 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (5) PATINADORES

PATINADORES
Todo Port-Au- Prince está construido en una pendiente que baja hacia el mar. Solo la parte de Centreville, junto al puerto, es relativamente llana. Así que el par de avenidas que comunican las distintas partes de la ciudad son en verdad unas cuestas pronunciadas. De hecho, caminar por aquí es un continuo subir y bajar. De hecho quizás ese ejercicio constante tenga algo que ver con los envidiables cuerpos, fuertes y esbeltos, que lucen la mayoría de haitianos: ellas son altas, delgadas y de hombros anchos; ellos delgados y musculosos.
En todo caso las pendientes han dado lugar a un fenómeno muy peculiar de PAP: los rollers. Son muchachos que a pesar de la miseria generalizada, en un país muy subdesarrollado, han hecho de los patines el centro de su vida.
Suelen llevar patines anticuados comprados de tercera mano y precarias rodilleras de plástico fabricadas por ellos mismos. A pesar del calor tropical, como signo de distinción se visten con jerséis abrigados procedentes de algún reparto inverosímil de ayuda humanitaria. Lo coronan casi siempre con gorros de lana, consiguiendo un conjunto estéticamente sugerente, con indudable estilo grunge.
van en grupos de dos o tres. Se agarran a la carrocería de los taptaps, como añadiendo un nuevo viajero a estos furgones siempre atiborrados de pasajeros estrujados. De esa forma suben kilómetros de cuesta para después soltarse en los descensos, disfrutando de la velocidad mientras a duras penas esquivan mercadillos, mototaxis, vendedores varios y coches.
Son un espectáculo chocante que tiene algo de fuera de lugar en una ciudad llena de miseria y de polvo donde lo más parecido a la idea de ocio son los grupos que se juntan para practicar cantos de vudú por las noches o las oraciones colectivas en las iglesias protestantes. En Port-Au-Prince todo es funcional; sucio y con la urgencia de lo básico. Por eso estos chicos casi harapientos que se pasan el día sobre sus patines introducen un elemento de sofisticación que es como un chorro de aire fresco. O al menos de aire acondicionado, que falta hace.

04 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (4) BLANCOS


BLANCOS
En Haití casi no viven blancos. De hecho, la Constitución de Haití de 1806 prohibía a los hombres blancos residir o ser propietarios en el país. Algo lógico en el único país que llego a la independencia en una revolución de esclavos peleando por su emancipación. Durante mucho tiempo las únicas pieles claras que se vieron por aquí eran viajeros. Más tarde la norma se relajó y a principios del siglo veinte algunos comerciantes y emprendedores europeos, asiáticos y de oriente medio abrieron negocios y se vinieron a vivir aquí. De todas formas los blancos nunca han estado bien vistos, los Duvalier les hicieron la vida imposible en la misma época de las matanzas de mulatos (demasiado claros para el gusto de Papá Doc). Ese ambiente de pequeños comerciantes aislados se refleja muy bien en la magnífica novela de Grahan Greene sobre Haití: "Los Comediantes". El libro es una crítica objetiva y por tanto despiadada a la dictadura duvalieriana. A su autor le trajo problemas hasta el punto de que el Gobierno publico' varios opúsculos intentando contrarrestar la novela y presentando a Graham como un espía al servicio de los rusos. Hasta hace poco era prácticamente imposible que te dejaran entrar al país con el apellido Greene. Tuvo aun más repercusión por la versión cinematográfica plagada de estrellas inolvidables como Richard Burton, Alec Guiness o Peter Ustinov (además de una prescindible, por inverosímil, Lyz Taylor).
En todo caso, unos pocos irreductibles han resistido, y los domingos se cruzan en la Florville. La Florville es quizás uno de los mejores restaurantes de Port Au Prince. No es de los más caro aunque, como cualquier restaurante aquí, tampoco al alcance de la mayoría de haitianos. Está en Kenscoff, en la montaña justo encima de la ciudad. Es un pueblecito famoso por sus temperaturas frescas. En los viejos tiempos las familias con más dinero solían tener aquí una casa de verano y fines de semana para escapar del calor tropical de la ciudad. De hecho aún sigue en pie una que pertenecía a Baby Doc, el segundo de los Duvalier, que hace poco volvió al país, pero aun no se ha dejado ver en estas alturas (una amiga, en cambio, se cruzó con él el otro día en el supermercado. Cara a cara con un dictador sanguinario empujando su carrito de la compra). En la Florville los domingos hay bufet libre y gratuito de ensaladas y entrantes. No sé si es eso, o la buena vista, o la orquesta suave, o el recuerdo de los viejos tiempos lo que atrae al lugar a las viejas familias portoprincipesas, pero allí van. Se juntan en mesas amplias grupos de señores de edad bastante avanzada. La mayoría son blancos, pocos negros, algún mulato, unos pocos evidentemente árabes. El más joven debe estar ya en la setentena. Las señoras van discretamente arregladas. Ellos con pantalón largo y camisa clara. Todos se conocen entre sí. Cada vez que llega un nuevo grupo se detiene a saludar a los otros en un revoloteo de palmadas en la espalda y sonrisas confidentes. Esa familiaridad le da a todo el ambiente un aire colonial. Esa gente lleva aquí en Haití toda la vida. La mayoría son propietarios de pequeños negocios. De algún modo llegaron un día al país y se quedaron. Tienen un buen nivel de vida y son sin duda clase alta, pero poco amigos de ostentación. Una vieja casta de comerciantes coloniales que existe y resiste y tiene su encanto. Muy diferentes de los numerosos haitianos convertidos en nuevo (o viejo) rico que pasean con sus collares de oro, sus coches ruidosos y su arrogancia por cualquier local lo suficientemente caro.

03 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITÍ (3) VECINOS

VECINOS
Vivimos en una gran mansión colonial decadente. Tiene un jardín enorme y descuidado con una piscina llena de hojas. Y una sala grande llena de sillones de teca, decorada con pieles de cocodrilo, símbolos de vudú y coloristas pinturas naif locales. Hay también una barra de bar con algunas botellas polvorientas y aparadores con vajilla de metal cubierta de polvo. En torno a la casa principal, alrededor de la piscina, hay otras tres casitas independientes adosadas. El lugar debió servir un tiempo como casa de huéspedes y residencia de su propietario, un croata reconvertido en francés que lleva casi cuarenta años en el país. El lugar entró en decadencia, seguramente por falta de demanda y el dueño se trasladó a una casita más confortable con su jovencísima mujer haitiana.
Últimamente alquila las tres habitaciones de la casa y sobre todo las casitas adosadas a trabajadores de organizaciones internacionales. Hay un policía ruso de la UN (serge, sergei para los amigos), un brasileño que trabaja para la FAO y una señora, posiblemente africana, de la que no sabemos nada. Nosotros vivimos en una de las habitaciones de la casa, con un ventilador de techo y una enorme terraza que da al jardín. De las otras dos habitaciones, una está vacía y en la otra vive un doctorando haití-americano del que dicen que trabaja para la CIA pero que aparentemente esta siempre de vacaciones. Así que estamos casi siempre solos en la mansión. Compartimos la gran cocina vieja con dos empleados haitianos que llevan decenas trabajando para el dueño y se ocupan de la limpieza y de vigilar la casa.
 La decadencia está por todas partes. En el polvo acumulado en las vitrinas, en los azulejos rotos del baño y la cocina. En la plaga de ratones y cucarachas que nos atacan al atardecer: mi primera noche en la cocina conté mas de doce cucarachas del tamaño de un dedo (a las mas pequeñas ni las conté)y al anochecer en la terraza vemos trepar a los ratones sin pudor por las ventanas. Así que el alquiler sale increíblemente barato.
La mansión está cerca del centro de petionville, pero justo donde empieza un barrio de chabolas de muy dudosa reputación.
Al anochecer los ruidos del suburbio se cuelan a través del muro. Justo al otro lado de esa barrera de ladrillo coronada de trozos de botellas rotas empieza una ciudad diferente. Un barrio de callejuelas estrechas sin asfaltar y casuchas grises construidas de bloques de cemento barato. Pasan pocos coches pero el ambiente es bullicioso. Un grupo de borrachines bien provisto de botellines de cerveza y ron ensaya cánticos. Como ya se ha acabado el futbol, es difícil saber si es para el carnaval de las flores, para la iglesia o para el vudú. Luego se une un grupo de muchachas y un ritmo pegadizo de tambores.
Nos asomamos a la puerta de la calle. Las mismas mujeres que vienen de rebuscar en la basura del vertedero que linda con el barrio pasan ahora más sonrientes. Como si cerca de sus casas tuvieran una luz nueva.

02 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITI (2) LA CIUDAD

LA CIUDAD
Port au Prince es polvoriento, bullicioso, sucio. Más parecido a un campamento provisional que a una ciudad auténtica.
En los primeros días en el lugar uno apenas nota gran diferencia entre cualquiera de los numerosos barrios depauperados de ranchitos y lo que se supone que es el centro de la ciudad. Todo parece tener el mismo aire desangelado y miserable.
Luego, a las pocas semanas de andar por la ciudad y recorrerla en transporte público comienza a cambiar la percepción y se hace evidente que son varias ciudades en una. Port au Prince (PAP, como se la suele llamar aquí) es una masa de dos millones de habitantes hacinados en centenares de miles de infraviviendas. Pero la ciudad en sí tiene también sus zonas.

La parte baja, pegada al puerto, en centre-ville. Quedó muy destruida tras el terremoto de 2010. Era el centro de toda la vida de la ciudad pero se ha vuelto una zona peligrosa y llena de escombros. Aun así es
donde mejor se respira el ambiente caribeño de Haití. Las calles están ocupadas por puestecillos de objetos usados expuestos en el suelo, lo mismo zapatos, que ropa o batidoras. También quedan en pie algunas casas arruinadas con soportales y en algunas hay cuartos abiertos al público como barberías, casas de apuestas o tiendas de comestibles. Pero predomina el comercio provisional a ras de suelo. Vendedores de hielo que tapan los grandes bloques con mantas grises para protegerlos del calor tropical. Camiones cisterna que ofrecen agua potable ante una cola de chiquillos cargados de garrafas. Algún tenderete que vende cerveza "Prestige" enfriada en neveras de plástico y botellitas de ron "Betancourt" expuestas al sol. Otros de comida, donde las mujeres se afanan entre a un caldero con sopa de calabaza o fríen mimosas sobre un hornillo de carbón. Es cierto que todo eso viene aderezado por una capa de basura que cubre la calle y frecuentes canales que sirven de alcantarilla al aire donde flotan aguas residuales, excrementos y desechos varios, todos malolientes. Sin embargo, centro-ville sigue siendo una zona alegre, viva, llena de actividad.
Luego, subiendo la ladera de la montaña, la ciudad se convierte en Delmas. Es una área residencial en torno a la gran avenida que conecta todo. Calles polvorientas sin asfaltar. Mucha menos actividad, como siempre se fuera de paso. Está plagada de suburbios de chabolas y ranchitos a cada lado, que se extienden por los lados de las colinas como en un paisaje de belén navideño, sólo que más pobre.
Por fin Petionville (léase pechionvil), en la parte más alta, viene a ser la zona chic. Hay un par de hoteles de lujos y algunos bares y restaurantes de estilo europeo. Hay aceras y se suceden las villas residenciales. Y los todoterrenos limpios y brillantes. hay grupos de moto-taxis esperando en cada esquina importante. La pobreza sigue estando por todas partes en forma de vendedores de calzado usado y de fruta demasiado madura y, sobre todo, en el inmenso mercado que ocupa un buen punado de calles de la parte baja, pero la zona en general es ordenada. eso sí, tan desangelada como la parte más decente de cualquier capital africana.


01 agosto 2014

HISTORIAS DE HAITI (1) TRÓPICO ADRIÁTICO


TROPICO ADRIATICO
Los aviones que cojo siempre salen de las puertas más escondidas de cada terminal aérea. Todos los aeropuertos ponen a los parias lo más lejos posible de la gente de bien.
Entre quienes vivimos un periodo en Albania era legendaria la esquina del aeropuerto de Fiumiccino que reservan para embarcar los vuelos a Tirana: un subterráneo sucio, destartalado e incomodo en el extremo del edificio menos céntrico del aeropuerto. Justo donde desaparece Europa. Y sin el más mínimo signo de confort o modernidad, para que nadie se equivoque.
En el vuelo a Haití desde el JFK sucede algo parecido. La sala asignada linda, literalmente, con el último muro del aeropuerto. El viajero llega sólo después de una larga caminata por pasillos vacios y se encuentra un espacio casi sin asientos donde los pasajeros se acumulan en torno a la puerta como si en supermercado repartieran bonos de comida.
Esta costumbre de las puerta de embarque deliberadamente aisladas y masificadas da a menudo una imagen del país de destino todavía peor de la real.
Luego, en el avión, la confusión es similar a la albanesa: señoras mayores que apenas pueden andar, incapaces las pobres de encontrar su asiento. Hombres arrogantes que se sientan en el primer asiento que les gusta y bloquean sin pudor la fila de los demás pasajeros. Niñas exageradamente vestidas a la moda occidental, cargadas de emblemas de marcas, joyas, gafas de sol y gadgets tecnológicos. El mismo ambiente de inmigrantes que vuelven a casa de vacaciones, cargados de regalos y paquetes.
Por un momento me parece estar de vuelta a Albania. La mayor diferencia es que no estamos en Italia sino en New York y las azafatas y los pasajeros exageran todos su acento americano. Eso y que las señoras mayores en vez de pañuelos blancos van tocadas con alegres pamelas. Tropicales.
(El paralelismo acabará en cuanto pise suelo haitiano. La sala de espera del aeropuerto es una enorme cabaña cubierta de hojas secas de palma. Al menos no me encuentro la advertencia que dicen que solía dejar el dictador Duvalier para quien entrase al país: el cuerpo de un opositor recién asesinado atado a un banco frente a la salida del aeropuerto.)

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