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24 marzo 2009

Leyendas o

Por mucho que uno prefiera la ciudad actual, la gente y su vida cotidiana, en praga es más fácil escapar de los turistas que de la historia. hubo un momento en la historía en que Praga fue Praga.
Hubo un momento en la historía en que en Praga gustaban especialmente las defenestraciones y los muñecos. Las defenestraciones, pese a su nombre, no exigen siempre una ventana, sino que pueden hacerse incluso desde el puente; hoy día desde cualquiera de los diecisiete puentes de la ciudad, incluidos los cuatro o cinco puramente ferroviarios (el número oscila según como se compute un puente que hay sólo para tranvías). En otra época el puente era el puente. A Juan Nepomuceno lo mataron tirándolo desde allí y aunque la tradición dice que se ahogó por la corriente uno duda de si no se daría un golpe, que aunque el Moldava (que en realidad se llama Vltava, aunque nosotros le hayamos cambiado el nombre) parece ancho como el Mississipí, yo díría que salvo un canal en medio en el resto el agua no debe cubrir más de unos pocos centímetros. A Juan lo mataron por sus supuestos amoríos con la reina, aunque la historia oficial dice que es que se negó a revelar un secreto de confesión (que no de alcoba) que ella le había contado . Igual decía la verdad porque cuando el cuerpo salió a la superficie lo enterraron y varios siglos despues al abrir la tumba su lengua se conservaba incorrupta. Aún lo está (seca como una mojama gris) y a Juan lo hicieron santo, y milagroso. Prefiero no saber quién sacó la lengua de entre los huesos, ni por qué. Incluso hay quien dice que no es lengua, sino tejido celebral. Aquí la cosa se pone escabrosa y uno decide pasar de las defenestraciones. Además, después de la primavera de Praga, hace ya cuarenta año, últimamente no se arroja a casi nadie al vacio en la ciudad.
En cambio el gusto por los muñecos y los autómatas sí ha pervivido, aunque tuvo su época dorada. La de Rodolfo segundo, ese gran rey loco; obsesionado con la astrología y los encantamientos pero gran gobernante. Para que después digan de las pitonisas. Los muñecos más famosos de la ciudad son de su época, chispa más o menos.
El niño jesús de Praga, que se lo trajeron de España (donde siempre ha habido superavit de niños jesuses) pero que, sobre todo, es de cera, señores. Un muñequito de cera, resguardado tras su vitrina y primorosamente vestido y decorado, que aún atrae multitudes. Muy del gusto del lugar.
También es de esa época el reloj del Ayuntamiento y sus muñequitos. Uno de los mayores espectáculos turísticos del mundo...y nadie sabe por qué. Cada hora en punto (ni siquiera se dejan caer en las medias y los cuartos) una masa de miles de personas esperan cámara en ristre para ver los seis o siete segundos en los que una canina tira d euna cuerda, dos muñecos dan una vuelta y canta un gallo. Resulta patético, pero el reloj, fuera de eso, tiene su gracia. Y más gracia tiene que en la época de Rodolfo (que, hay que reconocerlo, tiene nombre de reno)le añadieran un reloj planetario. la gracia se debe a que los dos mejores astrónomos de la época acabaron entonces en la ciudad. Tycho Brache, danés, rico y soberbio, se especializó en los cálculos solares, incapaz de grandes teorías. Johanes Kepler, alemán, humilde y absolutamente gafe, utilizó esos cálculos para elaborar leyes y teorías que venían a darle la razón a Copérnico. Hay un par de libros deliciosos que describen las peleas de los dos tipos: el danés grande, bigotudo y con la nariz de plata (le cortaron un cacho en un duelo) se muestra displicente con el alemán al que todo le sale mal, y lo trata casi como a un mozo. El rey entretanto, caprichoso como era, trata a ambos según el día. En todo caso ninguno de ellos intervino en la construcción del reloj astronómico del Ayuntamiento, que sigue describiendo el recorrido de los planetas como círculos alrededor de la tierra.
El tercer muñeco favorito de Praga es el Golem. La leyenda del golem, tal y como se conoce ahora, es en verdad un escrito romántico del siglo XIX, pero parece ser que la historia oralmente es más antigua. En todo caso la historia más extendida ha triunfado como si fuera verídica. No sólo se cuenta el detalle de su construcción, sino que incluso se le pone fecha exacta a su vida (si se le puede llamar vida) y muerte.
La historia del Golem, esa especie de frankestein de barro, inspiró un famoso poema de Borges y se ha hecho absolutamente famosa. No merece mucho la pena molestarse siquiera en recordarla más que por el gusto del detalle. El rabino Löw (que existió y fue sin duda el más grande de su época...la del rey Rodolfo, por cierto) consiguió la fórmula para crearlo. Como la fórmula es cabalística (y eso que la cábala en aquel momento apenas estaba naciendo, a partir de que Moises de León escribiera en España el Zohar) se le apareció en forma de frase alfabética:  "Ata bra Golem Dewuk Hachomer W'tigzar Zedim Chewel Torfe Jisrael". Y allí se fue el tipo con su yerno y otro rabino al río Moldova (o Vltava, que ya podemos elegir) y hizo un muñeco de tres varas de largo "con todos sus miembros" (esa es literalmente la expresión de la leyenda romántica...que cada uno la interprete como quiera, miembros) y rezó sus palabras mágicas y surgió un bruto enorme, fuerte y mudo que defendió el ghetto de la furia católica y husita. Que los husitas eran más tolerantes con el sacerdocio femenino que con los judíos, como se ve. En Varsovia creo que hay una leyenda similar, pero allí el truco era escribirle en la frente de barro la palabra 'vida'. Cada rabí tiene su fórmula, por lo que se ve.
El Golem era bruto y sencillo. Cuando la mujer de Löw le pidió que fuera a sacar agua del río, inundó la ciudad. Y viernes que nadie le dio trabajo, se lo buscó él solito destruyendo todo lo que había a su paso. Así que se decidió extinguirlo (no sé si decir matarlo, porque no sé si estaba vivo). Lo mandaron a dormir a la buhardilla de la sinagoga, se dijeron las frases necesarias, y se convirtió en barro. Lo taparon con legajos viejos y trozos de trapo y lo dejaron allí. Así que al pasra por la sinagoga no pude evitar mirar la puerta de la buhardilla y hacerle una foto, a ver si al reverlarla salía algo del espíritu del Golem.
Sin embargo, me bastó una cerveza para darme cuenta de que la leyenda es poco fiable. Está llena de contradicciones. El golem era bobo, pero el rabino lo usaba también como intérprete de sus sueños. Prohibió que nadie lo usara para su bien particular, pero su mujer lo mandaba al río a por agua. Lo dejó en la buhardilla, pero alguien habrá limpiado ahí desde entonces, no aunque sea cuando la restauraron, porque está claro que la sinagoga (que es la más antigua del mundo) está restaurada.
Con otra cerveza más, volví a caer en la confusión. No porque se me subiera el alcohol a la cabeza, sino porque entre medias pasé por el beth chajim, el viejo cementerio judío. Era la hora de comer y nevaba ligeramente. El cementerio estaba por completo desierto pero al poco de acercarme yo a la tumba del rabino Löw llegó un grupo de estudiantes judíos de la torah. rodearon la tumba y en el silencio del bosquecillo ese empezaron a entonar cánticos ceremoniales que, como suele pasar con cualquier religión, consiguieron emocionarme a base de escalofríos. Como si existiera aún una Praga mágica.
En fin, que pena de tiempos en los que la historia se convierte, simplificada, en simple reclamo de turistas: por el puente sólo se puede pasar hasta el sitio donde tiraron al santo de madrugada o al amanecer porque el resto del tiempo es una masa compacta de gente (desde abajo, me imagino a un jubilado checo diciéndole a otro "Ese puente se va a caer. No aguanta el peso"). El Golem se ha convertido en figura de barro homologada, la atracción de los tenderetes, y el único refugio son las avenidas comunistas, cada día más vacías, más deliciosas.

21 marzo 2009

Tabernas y otros lugares


El título es de Roque Dalton y la culpa, mía. Por traerme sus poemas a Praga. No sé dónde está el alma checa, ni he venido aquí a buscarla, pero se me aparece en los bares y en los cafés. O quizás sea cosa mía. En la ciudad hay centenares de tabernas y de cafeterías, y no sobra ninguna, porque todas son refugio de alguien o de algo.
Por encima de todas, esta vez, el tigre dorado. Desde el nombre. En toda Europa central, como en las islas británicas, a los establecimientos siempre se los ha conocido por su símbolo. Cada taberna tenía uno, que es más fácil elegir un emblema que enseñar a leer a toda la población. Una muestra del carácter de Praga es que aquí esa costumbre se extendió incluso a las casas normales. Como si cada casa fuera además posada, o taberna o lonja, que quizás también lo fueran. Todas las casas antiguas tienen su emblema. Pero en el tigre dorado choca menos.
Y si por fuera tiene labrado en la piedra sobre la ventana una especie de pantera pintada de amarillo, dentro los dueños se empeñaron en coleccionar tigres decorativos y sobre la caja tienen un bonito muestrario de tigres de porcelana, en llaveros y hasta de peluche. "U zlatého tygra"
También hay un tigre, en latón dorado, sobre el único y antiguo tirador de cerveza Pilsner Urquell. Pese a la marca, los parroquianos dicen que no hay dos cervezas iguales en la ciudad. La cerveza del Tigre Dorado es suave, muy fresca, densa pero ligera.
Yo llegué al lugar por culpa de Bohumil Hrabal. El tipo venía aquí absolutamente todos los días al atardecer. Se sentaba en una mesa frente a la puerta y bebía, charlando con sus amigos de toda la vida. Conociendo el lugar y los personajes que lo habitan, no hay duda de que la ternura irónica del protagonista de Trenes Rigurosamente Vigilados está muy relacionada con el ambiente de esta taberna, o de otras como esta. En el Tigre Dorado apenas paran mujeres. Un parroquiano con el que estuve charlando me contaba que eso es porque allí no hay vino y a las mujeres suele gustarles más el vino que la cerveza. No sonaba creíble, a pesar de que en las bodegas subterráneas donde ponen riesling de garrafa es verdad que hay más mujeres. Lo de la taberna a mi me sonaba más a bar de pueblo adonde las mujeres no entran, aunque para un antiguo comunista suene duro de reconocer.
En todo caso el tigre dorado es un lugar mágico lleno de conversaciones, plagado de gente normal entregada a conversaciones curiosas. Las mesas se comparten, hay un bullicio considerable y cada jarra vacía se sustituye inmediatamente. Por lo visto hay lugares reservados desde siempre. Me contaban que incluso hay asientos que ocupa desde hace decenios la misma familia, en un curioso caso de cesión de padres a hijos de una esquina en la taberna. En fin, que uno se engancha a este sitio peculiar. y uno, que últimamente tiene la manía de que se le comparan solos unos sitios con otros, cosas de la edad (¡mala strana, la otra orilla de Praga, me recuerda tanto al barrio viejo de Lyon y al Trastévere romano!) acaba por meter el Tigre Dorado en una lista mental en la que está ya el Tito Aguacate de Tegucigalpa, el extinto Molly Malone de Paris (en su lugar pusieron un bar de moda descafeinado), la Taberna Lucas y a ratos hasta El Callao. Bares donde pasan cosas, donde uno conoce gente y vive vidas.
No dejo de preguntarme si Roque Dalton, en su estancia en Praga acabó alguna noche en este lugar y escribió aquí parte de su poemario. Tengo entendido que él prefería otra taberna praguense, Ufleku, pero eso debía ser pura militancia socialista. Ufleku es un sitio grande, abierto, con fábrica de cerveza y comidas. Lleno de turistas y visitantes. A siglos luz de la intimidad festiva, propicia a la ironía, del tigre dorado. La ternura dura de Dalton pega mejor con el tigre, sería sin duda uno de los sitios favoritos del soldado Svejk. No me cabe duda, sin embargo, de que el Ché, que estuvo en Praga por esos mismos años, jamás pisó el tigre dorado. Según cuentan era un tipo demasiado serio para disfrutar las tabernas. No sé si se llevaba bien con los checos que parecen cerrados y se muestran rudos con los deconocidos pero en confianza se abren y son socarrones y campechanos.
Sobre la mesa donde se sentaba Bohumil Hrabal ahora han puesto, en la pared, un pequeño busto suyo. Al verlo me gustó menos, pero bien pensado puede entenderse como un homenaje a un antiguo parroquiano. Hrabal siempre mágico, que cuando se suicidó lo hizo dándole de comer a las palomas, las mismas -posiblemente- que criaba el jefe de Estación de su libro. Ayer comí yo en Praga paloma en salsa.
Y luego están los otros lugares. Esencialmente cafés y algún club nocturno. Uno se siente obligado en estos casos a entrar en algunos sitios, siquiera por solidaridad con la ciudad. Me siento mucho más cercano a la ciudad postcomunista que a las callejuelas de disneylandia donde hordas compactas de turistas arrasan con cualquier personalidad. Así que me parece más apetecible la ciudad nueva que la vieja. Los restos de inocencia socialista que quedan en las cafeterías escondidas en la segunda planta de cualquier edificio de la avenida Narodni, donde las camareras se niegan a servir a cualquier turista por la vía de ignorarlo como si fuera transparente. Y, necesariamente, el Slavia.
En el Slavia ya no hay intelectuales. O sí. Es un lugar con toda la prestancia, donde mucha gente se sienta con libros y algunos solitarios con cuadernos. Es lo que tienen las instituciones, que tienden a permanecer. Sería por eso que Vaclav Havel tuvo que protestar formalmente, siendo ya Presidente de la República, porque la empresa que había comprado el Slavia para restaurarlo no lo abría. Dos años estuvo la ciudad sin su café enfrente del Moldava. Afortunadamente cuando reabrió no habían cambiado prácticamente nada. Sigue siendo grande, luminoso y calmo y ante sus ventanales sigue pasando toda la vida de Praga. Miro el Slavia, sentado con mi libro, por supuesto, y creo que ni en la época comunista perdió su aire de café de entreguerras, ni ahora ha renunciado del todo a su aire de cafetería comunista.
Y para terminar la trilogía de lugares callejeros, ayer acabé en un night club de mala muerte, que parece que pasar por esta ciudad es un puro deambular de antro en antro, descendiendo a cada paso. En este caso, literalmente. Es un lugar oscuro, con pinta de mazmorra poco restaurada y lleno de humo blanco. Está en un callejón de la ciudad antigua, así que uno sólo se esperaría encontrar allí a turistas en viaje fin de curso. Y efectivamente algunos había; disfrazados de despedida de soltero y todo. Pero por encima de todo destacaban las chicas checas. Siempre me ha gustado esa expresión, chicas checas. Lo más sorprendente del lugar fue la liberalidad de esas chicas - si bien después de mucho alcohol, todo hay que decirlo- que sonrojaría hasta al marqués más libertino. Fue un momento de cierta felicidad plácida, observando a mi alrededor toda esa promiscuidad de chicas que cambiaban de pareja sin mirar y sin pudor. Todo resultaba tan acogedor que uno se encontraba allí cómodo. Empecé a entender una leyenda que leí hace unos días en un libro sobre la historia del guetto de Praga (uno de esos que plagia descaradamente John Banville en sus libros sobre Praga).
Era la historia de la calle Beleles. En resumidas cuentas el nombre venía de dos chicas, Belle y Elle, que convivían allí carnalmente entre sí y con uno o dos hombres. En la leyenda por su culpa cayó una peste sobre el guetto y el rabino tuvo que ajusticiarlas. En verdad uno se alegra de que bajo las sucesivas capas de represión siempre hayan sobrevivido oasis de felicidad sin pudor. Aunque sea en antros subterráneos, y por efecto del alcohol.

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