19 agosto 2026
Sfantu Gheorghe. Segundo acto.
21 agosto 2024
SFANTU GHEORGHE, EN EL DELTA
Sfantu Gheorghe presume de lugar inaccesible. Lo es por muchos motivos, aunque en Europa ya no quedan lugares inaccesibles. Es un asentamiento en el delta del Danubio, en un arenal entre canales, justo donde uno de los tres brazos del Río se vacía en el mar. Sólo se puede llegar en barco. Como si fuera una isla. En invierno, el barco regular, el Navrom, viaja solo res días en semana desde Tulcea. En verano cada día, pero siguen siendo cinco horas de viaje por el ancho río.
Es un pueblo de casas de madera, la mayoría aún con el techo de junco, y calles de arena. La población tiene orígenes diversos. Hay lipovanos, que eran rusos que huyeron hace tres siglos de las persecuciones religiosas en su país. También tártaros. Y gitanos. Esta región de Dobruja nunca ha sido realmente de nadie y de todos. Forman todos una comunidad pequeña, de apenas unos cientos de personas. A falta de coches o motos, se mueven en triciclos eléctricos que sirven para todo: llevar a gente, trasladar materiales o herramientas, recoger paquetes de los barcos..por la noche los aparcan en la puerta de su casa y sacan un cable para enchufarlo a la batería recargable. Los hombres mayores pasan parte del día en uno de los dos bares del lugar. Jugando a las cartas o bebiendo cerveza. En verano en el que está junto al embarcadero, en verano el que está dispuesto junto a la única tienda: un minimarket que vende un poco de todo. Viven dos del delta, donde dejan pastar ganado, y sobre todo del río. Todo el mundo tiene una barca, pesca y conoce los intrincares canales que recorren el área. En el río todo se ve y ver a una chica subida a la barca de un joven da lugar a comentarios mordaces, así que raramente las usan las parejas para escaparse a un rincón en un canal o en la playa.
Porque el pueblo tiene playa. A un kilómetro de las últimas casas se abre una enorme playa sobre el mar negro. La arena es fangosa y el agua tibia y oscura, efecto de estar en plena desembocadura del río más europeo de todos. Pero no deja de ser una playa y atrae a turistas. De hecho, cada vez más, en verano el cerrado pueblo de pescadores y granjeros se transforma. Muchos lugareños ofrecen habitaciones en sus propias casas, se han abierto varias pensiones y un camping y en esos meses hasta funciona un puñado de restaurantes. La vida de la gente se ha hecho ya a ese cambio estacional y en las calles sin asfaltar y en el bar a cielo abierto es posible identificar a simple vista hasta cuatro categorías diferenciadas de forasteros de otras partes del país. Cada una con sus cosas. En primer lugar está el reducido grupo de quienes se han comprado una casa en el pueblo. Es una decena de hippies que aprovechando los precios bajos adquirieron alguna de las casas abandonadas y las han restaurado como lugar de veraneo. Sus casas guardan cierta precariedad y ellos, a base de venir cada año y de negociar las reparaciones han acabado por hacer amistad -desde lejos- con alguna gente de la comunidad.
El segundo grupo son los pecadores. Son casi todo hombres ligeramente embrutecidos y obsesionados con la pesca. Llegan cargados de cañas y dispositivos y vestidos de camuflaje. No se mueven a ningún sitio sin una cerveza en la mano, ni se preocupan por el comfort del alojamiento. Cuando no están en una barca en el río, se sientan en el bar del pueblo donde hasta congenian con los locales.
Los terceros son los turistas. Familias de Tulcea y hasta Bucarest que han encontrado en Sfantu Gheorghe un lugar barato de playa y veraneo. Desde que desembarcan en el pueblo se ponen el bañador y ya no usan otra ropa. La mayoría tienen niños y hasta perro. Traen todos pensión reservada, a menudo la misma cada año. En el pueblo solo se les ve al ir o volver de la playa. Llevan gorras, sombreros y pamelas y cargan sillas y sombrillas. Son muchos. Tantos, que algunos agricultores del pueblo han ideado un negocio transportándolos hasta la playa en unos remolques tirados por tractores. Hay varios de estos inventos continuamente recorriendo los dos kilómetros de arenal hasta la playa. A menudo los grupos de turistas animados por el alcohol hacen el recorrido cantando y hasta bailando en los remolques. Eligen canciones populares rumanas y los propios conductores acaban llevando el aparato al ritmo de las baladas.
El último grupo de visitantes es el que menos permanece en el pueblo, pero también el que, por su contraste, más impacta en la vida local. Desde hace cuatro décadas durante el puente de agosto se celebra en Sfantu Gheorghe el que se promociona como “el festival de cine más recóndito del mundo”. Son tres días de proyecciones continuas. Hay una competición de cortometrajes, otra de largos y muchas películas en exhibición. Se proyecta hasta un centenar de obras. Últimamente se celebra en el camping y en una sala habilitada en una residencia contigua. Al festival vienen varios cientos de jóvenes cinéfilos. Muchos de ellos acampan en el lugar. Son chicas y chicos de ciudad, modernos y con aires intelectuales. Todas las chicas llevan tote bags con los mensajes y de los lugares más sofisticados. Los chicos son barbudos y llevan camisas de colores. Visten y actúan como hipsters europeos. Hay parejas del mismo sexo, gente con el pelo de colores y chicos y chicas que se bañan desnudos en la playa. Es decir, nada que ver con el resto de grupos veraneantes tradicionales. Mucho menos con los lugareños.
El contraste es evidente. Por las calles de Sfantu Gheorghe durante esos días es fácil identificar a cada una de las categorías, pero la único a que ha dado lugar a mitos y leyendas urbanas en el pueblo es el de los aficionados al cine. De ellos se dice que son gay, que hacen orgías y que las parejas se esconden para follar en los rincones. Se les tolera y hasta se les recibe bien por el aire cosmopolita que traen a este rincón perdido de Rumanía, pero esencialmente no se mezclan con ellos.
Este año se proyectó una película rodada aquí y que acababa de ser premiada en Cannes. Se llama 3 kilometres to the end of world y es del prestigioso director Emanuel Parvu. El tipo viene cada año al festival y decidió usar el pueblo para su nueva obra. En el film actúa mucha gente del lugar y el día de la proyección el camping estaba a rebosar. Todas las sillas del camping y las sillas de playa disponibles se habían unido a los bancos desde los que se suele ver la pantalla. Había gente en el suelo y gente de pie. Pese a la multitud yo había conseguido un sitio con cierta visibilidad y estaba un poco asustado por la reacción del público ante una película que se presenta como “la historia de un chico gay en el delta del Danubio”. No hubo ningún problema, porque no tenía nada que ver. En efecto la historia versa sobre el hijo de un pescador que una noche se lía -precisamente- con uno de los pervertidos asistentes del festival. Sin embargo, la trama está lejos de ser un alegato contra la intolerancia o por los derechos homosexuales. Más aún, uno se queda con la duda de si el director opina, con la mayoría de su personajes y como casi toda la población rumana, que la homosexualidad es una enfermedad desgraciada. Al acabar la proyección, un grupo de fornidos pescadores empezaron a gritar con orgullo ¡Sfannn-tu! Como un grito de guerra coreado por la mayoría de los habitantes presentes.
El festival son tres días y la vida muchos más. Cuando acaba, todo vuelve a su sitio y en esos últimos días de agosto el pueblo se va vaciando despacio.
Los últimos turistas aprovechan para saborear la carpa en salmuera, el lucio ahumado asado o los enormes filetones de esturión a la plancha, que son el equivalente local del chuletón. Quienes alquilan habitaciones empiezan a tenerlas vacías mientras los dueños de casas estacionales las van cerrando o conciertan nuevos arreglos para cambiar el tejado de junco. Sfantu Gheorghe ha sobrevivido un verano más, casi incólume.
19 marzo 2024
Triste Trieste
Después volví varias veces durante años; siempre a la ida o la vuelta de alguno de los países que formaban Yugoslavia y siempre para aventuras similares. Fui leyendo a Claudio Magris y a su mujer y empecé a cogerle el gusto a esta tierra que está en la esquina de todo, terriblemente provinciana y a la vez internacional. Trieste, en su diversidad de no lugar, tiene un ambiente cultural sorprendente y rico, y una pesada tradición pequeñoburguesa.
En los caminos boscosos y abigarradamente románticos que rodean el castillo del Duino es imposible no evocar las elegías del joven Rilke, escritas cuando era aquí mismo huésped de María Bonaparte, la que fuera protectora de Freud y primera mujer psicoanalista de Francia. Los versos son desgarradores y anuncian catástrofes humanas que no parecen ajenas a esta tierra de acantilados. La ciudad, sin embargo, se libra del dramatismo de esas afueras y disfruta de un ambiente bonachón donde literatos y espías se mezclaban sin perder la armonía.
Joyce, el irlandés triestino, vivía en una casa en las escalinatas que hay cerca del castillo. Al parecer, al entrar o salir de su casa a veces se iba a tomar unas copas a la taberna que había donde hoy está la osteria de Libero, a pocos metros. El tal Libero, un yugoeslavo escapado del servicio en su país muchas décadas después de que el escritor irlandés hubiera vuelto a su patria, no se sin embargo cortaba en presentarse como "el anfitrión de Joyce". Con ese reclamo consiguió hacerse un sitio en la ciudad y convertir en cliente a Claudio Magris, que es un poco el albacea de James Joyce por aquí. Así, ese sitio de comida casera se hizo con un nombre entre los referentes culturales de todo el país. Más allá de la curiosidad acerca de como se construyen los lugares míticos de cualquier ciudad, impresiona tomarse unos gnocchis con gulash entre las paredes grasientas donde Italo Svevo y los demás de su parranda le regalaban al genio de Dublín los personajes y las tramas para sus dublineses. Como si en la madera sucia y repintada de esas paredes se hubieran quedado pegados los restos de algunas de esas conversaciones alcohólicas.
Trieste son sus trattorias y sus cafés. En el café Stella Polare para todo el mundo, aunque sea un momento. Está situado en un sitio estratégico para el triestino. Justo donde acaba el canal. A los pies de la escalinata de la iglesia de San Antonio Nuevo donde se sientan a besarse los jóvenes adolescentes. A la espalda de la catedral ortodoxa de San Sipiridione donde se juntan los serbios de la ciudad. Justo enfrente de la calle que lleva a la plaza de Oberdan, de donde sale el tranvía a Opcina. Rodeado de las calles peatonales donde se desarrolla la ciudad. Los sábados por la mañana su terraza es el lugar favorito para sentarse en medio de las compras. Al atardecer entran dentro profesores y estudiantes, todo el que tenga una cita en el centro. Desde sus mesas se veía subir el tranvía del Kars. Gran parte de la personalidad de Trieste está vinculada a ese tranvía cremallera de vagón único que sube hasta Opcina, la ciudad arriba de la montaña, justo en la frontera, con una estación de tren por donde el Orient-Express entraba en Yugoslavia. Trieste siempre ha considerado Opcina más como un barrio que como otra ciudad, a pesar de que está a varios kilómetros de distancia. Y eso era por el tranvía que viajaba constantemente de un sitio a otro. Gracias a eso algunos Triestinos vivían en el campo, en esa árida llanura montañosa y caliza que llaman Carso, pero trabajaban o iban a clase en la ciudad. Hace un par de años los dos vagones del tranvía (siempre hay uno arriba y otro abajo) chocaron frontalmente justo en el punto en que debían cruzarse. Fue debido a un despiste o una borrachera del guardagujas. Pero las autoridades cerraron el servicio hasta que se hicieran algunos arreglos y aún no lo han reabierto. Así que la gente de la ciudad ha dejado de ir al obelisco, la aguja austríaca que señalaba el fin de la carretera imperial a Viena o el inicio de la costa, según de dónde llegara uno.
Sin embargo, si hay un café en la ciudad es el Antico Caffé San Marco. Un establecimiento de aires vieneses, reconstruido a principios del siglo veinte después de que los alemanes lo destruyeran por ser lugar de reunión de los unionistas italianos. El sitio mantiene todo su encanto y su decoración, además de ser uno de los únicos lugares tranquilos de Trieste para trabajar con el portátil. Por eso aún lo frecuentan señoras elegantes y estudiantes universitarios. Según Claudio Magris esté café es la imagen de Europa. Pero él exagera porque siempre ha sido un asiduo y porque aquí ha escrito algunas de sus novelas. El lugar parece, eso sí, un trocito de Austria escondido en esta ciudad italiana a frente al mar. Hasta hace poco los pocos burgueses resto de la minoría austríaca venían cada día aquí a leer en alemán Der Zeit. Pared con pared está la masiva sinagoga triestina, así que siempre han tenido también menús kosher. Hace unos años abrieron dentro una librería, que ocupa solo un trozo y que vende libros de todo tipo, con predilección por los clásicos de Trieste: Rilke, Joyce, Stendhal y por supuesto Italo Svevo, Magris, Jan Morris y Paolo Rumiz. También hay presentaciones y en ocasiones -yo sólo vi una, pero no parecía la primera- entran al vetusto establecimiento jóvenes alternativos de estética okupa aunque sólo sea para reventar la de algún pseudo-escritor muy conservador.
Es Trieste un lugar imaginario, más dinámico en los viajes soñados que en su realidad provinciana. Más majestuoso en la historia que en la cotidianidad. La ciudad está marcada por su geografía. Unas pequeñas colinas sobre el golfo que ocupa la esquina misma de esa bota que es la península italiana. Rodeada en el pasado de salinas que, junto al comercio marítimo, fueron su fuente de riqueza. En época romana se instaló un templo sobre la más prominente de esas colinas, como debe ser. Luego se convirtió en basílica bizantina y a su lado se construyó un imponente castillo veneciano que pervive. Ahí acaba la majestuosidad de la ciudad que prosperó de verdad un pàr de siglos después, cuando construyó el canal mayor como ría donde descargar barcos y en donde refugiarlos de las tormentas. Eso fue el desarrollo de la Trieste burguesa y plana junto al mar. Un lugar casi balneario. tanto que en sus afueras el malogrado Maximiliano de México edificó una pequeña joya decimonónica. Un palacio presuntuoso y lleno de jardines que no llegó a disfrutar. Seguramente, el día que lo fusilaron en los cerros de Querétaro ante el pelotón, el emperador se acordó con melancolía del día que con una chalupa salió desde el coqueto embarcadero de su palacio triestino de Bellevedere camino de esa aventura. Una locura con las dosis de extravagancia y exotismo que son tan caras a los triestinos.
28 agosto 2023
DE NUEVO EN TBILISI
No quedan ni kioscos, ni Ladas, ni refrescos caseros callejeros,… Todo ello, ya sustituido por unos estándares mucho más cercanos a los países europeos y más aburridos. La ciudad solo se mezcla en los extremos con su país. Los mercados de Samgori o las estaciones de Didube están llenos de gente del campo y en ellos la vida parece aún partida en el caos de hace unas décadas.
Año tras año, esta ciudad cambia más rápido que la mayoría de lugares que uno conoce. Afortunadamente se ha resistido a las brutales construcciones horribles y enormes que le han robado todo el encanto a tantos otros países excomunistas y el orgullo georgiano se ha enfocado en reformar lo antiguo, a la europea. Pero la europeización y el turismo hacen su papel.
La ciudad antigua, Kala, que hace mucho que era una maraña sucia de casas destartaladas y callejones estrechos y rotos se ha vuelto un lugar reconstruido lleno de nuevas atracciones. Está a medio camino entre el parque temático (un decorado vacío) y la ciudad de vacaciones chic. Rustavi sigue siendo la gran avenida de la ciudad y es donde están las tiendas caras pero cada vez se pasea menos por ahí (aunque en su extremo, en Vera, convertido en barrio vibrante y hipster) y parece que Marianjanshvili le está robando cierto protagonismo. Allí, la avenida de Davit Aghmashenebeli -totalmente renovada- y la presencia de jóvenes alternativos y hombres de negocios a la europea le hace a uno pensar que está paseando por cualquier ciudad centroeuropea. En las callejuelas traseras, como siempre, sobrevive aun la esencia del país, en un diálogo extraño. La ciudad aún tiene encanto, sus habitantes no han huido (salvo de la ciudad antigua que ya es solo una cáscara vacía para goce de los visitantes de fuera) pero una cierta gentrificación avanza, despacio aún. Los arquitectos que han recuperado la Fabrik lo saben y son conscientes de contribuir, pero es imposible frenar el avance de los tiempos.
La gente no ha cambiado, sobre todo en un lugar tan urbano y tan diferente del campo georgiano.Armenia desde Goris
Goris es una ciudad acogedora. Al menos, el centro. Porque Goris son básicamente cuatro calles larguísimas trazadas con tiralíneas en un valle, justo en paralelo al río. Son varios kilómetros de calle cada una, cortados a intervalos regulares por otras trasversales para formar una cuadrícula. Mi hostal está en el extremo de dentro, justo donde las últimas manzanas acogen al ayuntamiento, el centro cultural y un par de plazas rectangulares y amplias. Todas las casas de Goris son iguales por fuera. Hechas de piedra y salpicadas a veces por balcones salientes de madera. El conjunto queda bien y es fotogénico.
De Goris sale la carretera que a pocos kilómetros se convierte en el corredor de Lachin, que es la carretera que conecta Armenia con el Nagorno Karabaj. Esa región fue asignada ya en el comunismo a Azerbaiyán, aunque está poblada mayoritariamente por armenios. Armenios y azeríes no solo son de religión diferente (cristianos ortodoxos los unos, musulmanes los otros) sino que hablan idiomas distintos (armenio frente a turco) y se consideran de razas distintas. Y no encuentran la manera de convivir. Con la independencia de los dos países tras la caída de la URSS, a principios de los noventa, estalló una guerra brutal. Cientos de miles de muertos por ver quién controlaba este territorio. La ganó Armenia, que se quedó con el control no solo del Nagorno Karabaj sino de gran parte del territorio de Azerbaiyán en torno a esa zona. Impusieron así un corredor que conectaba Goris con la ciudad de Lachin, ya dentro del enclave.
Hace tres años hubo una nueva guerra en la que los azeríes se tomaron la revancha. Reconquistaron terreno y el control sobre esa franja de su país que se usaba de corredor y que es por donde le entra toda la comida y los suministros al Karabaj. Aún así, se siguió usando hasta el año pasado. Hace unos meses un grupo de supuestos ecologistas, con pinta de ser agentes del Gobierno de Azerbaiyán, lo cortaron alegando que los armenios contaminaban mucho con unas minas ilegales. Luego fue ya el ejército el que formalizó el bloqueo con el argumento de que con la comida entraban armas. 
Y ahora la gente vive allí como en un campo de concentración... A poquísimos kilómetros de aquí.
Conocí a Arman al recogerlo cuando hacía autostop en una gasolinera en Tegh, el último pueblo armenio en la carretera hacia Karabah. Lo llevé a Gori y a cambio me invitó a su casa a comer y a probar el vodka que hace. Vive en Kodiznor, una aldea a cien metros de la frontera con Azerbaiyán. Vive en casa de sus padres, una granja dentro del pueblo, como todas, de madera y con huerto, establo y alambique incluidos. La parte baja sigue siendo granero y cuadra y allí se sienta en el suelo, en cuclillas, su madre, sin quitarse nunca el pañuelo, a desgranar alubias o preparar verdura para secarse. Arman tiene cinco hijos, pero dos han conseguido emigrar a Erevan y allí estudian. Los tres más pequeños viven aquí, peleándose por el único teléfono móvil de la familia. aquí las mujeres solo hablan con mujeres y yo apenas puedo relacionarme con el propio Arman o su padre, Sejo. Un señor de 86 años que aún me cuenta con emoción sus tres años de mili en el ejército rojo, de la Unión Soviética. Habla un ruso fluido y se acuerda de los detalles del viaje en tren hasta su cuartel Ucrania, el gran viaje de su vida. Es un señor divertido que insiste en que se puede aparcar el coche en su granero y en ofrecerme que me quede a dormir en la casa. Es divertido pero capaz de parar de beber al tercer vaso de vodka, porque sabe lo que pasa. Arman no se contiene tanto y le empieza a brillar los ojos a base de brindar con su propio licor. Su madre le riñe con picardía y escandaliza a las nietas. La comida es modesta, sin carne. maíz en mazorca, tomates, pepinos y patatas presentadas en varias formas. Y queso. El pan es lavash que hace su mujer por la mañana. En Kodiznor no preocupa el Nagorno-Karabakh. Saben que viven en primera línea y que cuando estalle de nuevo la guerra tienen muchas oportunidades de que les pille, pero les agobia más su futuro. Si en la provincia autónoma se pasa hambre, en casa de Arman también. Aquí no hay más trabajo que el de los propios cultivos y cuidar a los animales. Con las dificultades del mercado cada vez están más cerca de vivir exclusivamente del autoconsumo.12 agosto 2022
Reinas incestuosas sobre Bodrum
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El mausoleo era en verdad un monumento al amor que ríete tú el Taj Mahal. Mausolo fue uno de los más brillantes sátrapas de este pequeño reino, vasallo del imperio persa. Constituía dos con la tarea de su padre extendió sus fronteras y aumentó su poder. No está muy claro si solo por costumbre o también por amor verdadero, Mausolo se casó con su hermana Artemisia. Desde luego, por parte de ella fue uno de los amores más intensos de los que se tiene constancia histórica. Sentía tanta devoción por su hermano esposo que cuando murió quedó destrozada, incluso a pesar de haber heredado la corona y convertirse ella misma en sátrapa. Ni la delicia del poder le alivió su dolor. Tras quemar ceremonialmente el cuerpo del rey fallecido guardó cuidadosamente sus cenizas y cada día desde entonces echaba una cuchara de ellas en su bebida para que su enamorado siguiera entrando en su cuerpo incluso después de muerto. Además hizo venir de Grecia a los artistas más famosos de su época para construir y decorar la fastuosa tumba que sirviera para recordarlo para siempre: un monumento inmenso plagado de columnas ciclópeas y decorado con centenares de estatuas. El mausoleo. Ella misma falleció de pena a los dos años, pero no sin antes rubricar una de las páginas más gloriosas de la historia de su reino hasta el punto de ser considerada una de las mejores mujeres gobernantes de la antigüedad. Básicamente ideó una treta que le permitió atacar por sorpresa y por la retaguardia —que es como mejor se ataca— a la flota de Rodas que asediaba su ciudad: descubrió desde su palacio que los barcos griegos concentrados en uno de. Los puertos de la ciudad no podían ver si alguien los atacaba desde el otro, mientas que ella veía ambos. Derrotó a los rodenses, les quitó sus barcos y los usó para entrar con ellos disimuladamente en la ciudad del coloso y conquistarla.
En la actualidad los dos puertos de Bodrum sirven para que fondeen los barcos deportivos de la burguesía adinerada de Estambul. Hay también un trozo de playa ocupado por hamacas donde se achicharran jóvenes venidos de todo el mundo para divertirse y montones de restaurantes, bares y discotecas (no siempre distinguibles unos de los otros) donde la noche y el ruido nunca acaban. Bajo uno de ellos apareció hace tres décadas el sarcófago de la reina Ada, hermana de nuestros Mausolo y Artemisia y también ella sátrapa reinante brevemente.Esta Ada, precursora de la ardorosa de Nabokov, ha pasado a los libros de historia por su alianza con Alejandro Magno, rubricada en una extraña forma: siendo amantes, ella lo adoptó formalmente. El macedonio de rizos dorados, tan liberal en sus gustos sexuales, se convirtió así en su hijo adoptivo, dando lugar a un embrollo incestuoso difícil de seguir. El esqueleto de Ada estaba intacto dentro de su enorme sarcófago de piedra justo debajo de un supermercado. Llevaba aún una preciosa corona de hojas de olivo de oro en filigrana, muy similar a las que se encontraron en la impresionante tumba de Filipo, el padre —biológico— de Alejandro, en Vergina.
Evidentemente no me pude resistir a la tentación de ir al museo donde se guarda y mirar los huecos vacíos de ese cráneo pensando en todo lo que habían visto en su tiempo los ojos que los ocuparon. Me pareció difícil que ninguno de los jóvenes que se torran en estas playas para salir de noche recién untados de aftersun tenga una vida la mitad de divertida de la que tuvo este esqueleto. Aunque cualquiera sabe: las noches de Bodrum también tienen lo suyo.
16 julio 2022
Trocitos de El Hierro

Como Juan, que tiene un restaurante en la zona de Las Playas, cerca del parador. Es un tipo turbio y fantasioso, aunque jovial y divertido, que hasta este verano soñaba aún con montar granjas de bots para criptomonedas y hacerse rico. Su restaurante está lejos de cualquier núcleo de población, rodeado de cactus y calcosas, como en un western junto al mar, y por toda la isla se cuentan rumores de un pasado oscuro que es mejor no confirmar. En esos rincones casi despoblados y azotados con frecuencia por el viento la vida no es fácil. Menos si tienes que mantener también a un primo con alguna enfermedad que le nubla a ratos el juicio. Los mentideros herreños se ceban en la historia de un familiar que se suicidó ahorcándose justamente sobre la puerta del restaurante. El conjunto no es tan sórdido como narran, pero parece que a los lugareños les atrae tener su propio no-lugar, para cumplir con el aserto de que la isla tiene de todo.
El viajero que aterriza por primera vez en El Hierro puede encontrarse un paisaje inesperado. Aunque la isla es pequeña y está rodeada de recodos y charcos de agua cristalina, tiene poco que ver con las suaves imágenes del mediterráneo. En las partes bajas de la isla el terreno es negro y rocoso. Árido y salpicado sólo por las calcosas, las sinjonas y las pitas que parecen pegadas a las rocas. Sólo después, si se tiene la oportunidad de explorar un poco el lugar, aparecen en la cumbre los bosques primigenios de laurelsilva, siempre húmedos, verdes y plagados de helechos. Los pinares, los campitos de cereales y vides y los huecos cargados de vida. El terreno árido rocoso y negro ha forjado el carácter y desarrollado la inventiva de los herreños. Desde que, se dice que en tiempo de los romanos, llegaron las primeras tribus bereberes y se instalaron aquí. El pastoreo, la agricultura y el marisquero han sido durante siglos la principal fuente de subsistencia. Todavía hoy unos pocos herreños conscientes de su cultura disfrutan manteniendo algunas de esas tradiciones. Como mi amigo Carlos, del Mocanal, que recolecta hierbas para todos los males tal y como le cuentan los viejos. También recoge la flor de sal de las piedras de las playas y en invierno deja en los grandes charcos que ahora sirven para el baño las cañas para que se ablanden y poder hacer cestos con ellas.
Los turistas y los herreños disfrutan ahora del baño en esos lugares, recodos naturales donde muros de piedra llevan creando piscinas desde hace siglos. En ellos antes se dejaban los sacos de altramuces y otras plantas para que salaran, y hoy compensan la falta de playas de arena o piedra de la isla. El Charco del Manso es una de esas piscinas naturales de la isla. Está en un lugar apartado al que apenas llega algún turista, muy apreciado por la gente de aquí y donde se ha instalado un kiosco del que cuentan que hace fiestas hasta bin entrada la madrugada. Está al final de una larguísima cuesta que parte de Echedo entre un paisaje despoblado donde lo único parecido a un árbol son los frutos de las pitas, erguidos en cada cresta de la montaña y con las flores de un verde casi fluorescente. Echedo ha sido durante siglos un pueblo que, alejado del mar, sólo se habitaba en verano. La gente de Valverde al llegar el estío cargaban sus pertenencias en mulas y se venía aquí. Lo mismo hacía la gente de las cumbres. La familia de Carmelo, que es conserje y viticultor, pasaba el invierno en San Andrés, donde el ganado podía disfrutar de los pastos de la meseta alta de la isla y ellos plantaban millo y cereales. Al llegar el verano bajaban a los Llanitos, cerca del mar. El agua que se filtra por las montañas florece allí en fuentes salobres ideales para lavar y abrevar a las bestias.
La sociedad de El Hierro es tenaz, pero también cerrada. Aimar, el socorrista de el charco del Manso es boliviano pero llegó a la isla de muy pequeño. Su infancia la pasó como todos los críos de la isla: saltándose las clases del instituto de Valverde para bajar por caminos de tierra a bañarse en el Tamaduste. Los tatuajes que enseña no dejan duda a que es de aquí: son multitud de dibujos básicos, sin demasiada ligazón, tal y como llevan los jóvenes que se los hacen en la isla. Pese a todo eso, cuando algunos amigos me hablan de él lo primero que me dicen es que es latinoamericano. Lo mimo le sucede a Guillermo, el carpintero de Erese. Hace ya más de veinte años que llegó a El Hierro, donde tiene familia. Está absolutamente involucrado en las tradiciones más potentes del Norte, como los bailarines, los pitos y los tambores. El día de San Pedro lo vi cargando las andas del santo durante horas y cuando llega la bajada se va la noche antes a la dehesa para estar el primero cuando la virgen de los Reyes salga de su santuario y acompañarla hasta la villa. Aún así, nadie lo considera herreño y todos recuerdan constantemente que es de fuera. Aquí se acoge con bondad y alegría a todo el mundo, pero la isla sigue siendo de unos pocos y los lazos de vecindad y familiares determinan la propia vida. Sobre todo para los más jóvenes.
No tanto para Jose, que a sus noventa años se ha pasado toda la vida en el campo. Recuerda perfectamente los tiempos en los que uno sólo podía moverse por caminos y el único modo de vida era la pequeña agricultura.
Cultivaba habas, maíz, uvas y papas. Muchas papas. Luego vendía leche, queso, vino y si terciaba, algunos animales. En la isla ha sido siempre habitual que cada familia haga su propio vino y la mayoría de las casas antiguas conservan aún dos o tres grandes toneles en las cuadras donde envejecía y se guardaba el néctar fermentado. Las ladera del valle del Golfo y los barrancos de El Pinar están plagados de vides sembradas hace décadas en pequeños terrenos delimitados por muros de piedra. Las viñas tradicionales se plantan a ras de suelo y de manera desordenada, así cubren toda la superficie, rastreras, tan pegadas a la tierra que siguen todas sus ondulaciones. Son plantas que resistieron la filoxera y, a menudo, a años de abandono. El suelo de esos diminutos viñedos familiares está sembrado de piedras vivas y muertas. Las dos son volcánicas. Las vivas son las piedras porosas, rojizas y que casi no pesan. Son las que retienen el agua de la lluvia y la bruma de los alisios y la van soltando poco a poco después. Las piedras muertas son negras y duras, pesan y mantienen el calor. En las viñas unas sirven para que la vid de secano coja algo de humedad, las otras proporcionan el calor necesario para que madure la uva.
En el diecinueve El Hierro fue un gran productor de vino y aguardiente de caña. Se exportaba sobre todo a Marsella en goletas que fondeaban en el golfo y cargaban mediante lanchas desde el muelle de las puntas. Allí dejaban cajones de tejas marsellesas con las que pagar el alcohol. Ese trueque facilitó que toda la isla cambiara los tradicionales techos de cañizo por otros más sólidos. Esa teja plana y cuadrada era la única que se usaba en las casas herreñas. Hasta que llegaron los alemanes.Las sólidas casas de piedra volcánica y los techos rojizos dan ahora una falsa idea de prosperidad de una isla que ha sido siempre árida y pobre, casi miserable. Sila tiene ochenta y seis años y una memoria de elefante que refuerza con su afición a coleccionar cacharros antiguos, recortes de prensa y sus diarios de infancia. Nada raro en una isl en la que todavía se mantiene e recuerdo del barco que se hundió en 1918 camino de cuba. Iba cagado de inmigrantes yaquí hablan aún de los muertos de cada familia como s hubiera sucedido el año pasado. Una tarde ventosa en su casa sobre el Mocanal, Sila me contó la anécdota de su padre que es típicamente herreña. En una de las grandes sequías que sufría la isla se secaron todos los pozos y decidió subir con una mula al único sitio donde quedaba algo: el Garoé. El árbol santo garoé es la esencia de la mitología herreña: situado en una ladera detrás de la Llanía es el sitio donde a diario rompe el mar de nubes que permanentemente se mueve sobre El Hierro. Son unas nubes majestuosas arrastradas por los alisios y otros vientos que provocan lo que se llama la lluvia horizontal cuando la bruma se estrella contra las plantes y las paredes de piedra. Alrededor de las raíces de este tilo y otros árboles abundan las pozas donde se acumulan a diario esas preciosas gotas de agua. Hasta aquí tuvo que subir el buen hombre, por el único camino existente. El risco de Jinama: un sendero peligroso llenos de pozos y piedras, escenario de historias de amores clandestinos, bandoleros y niños perdidos. Llegó al Garoé con tanta angustia por coger el agua antes que nadie que llenó de prisa dos cántaros enormes y los cargó en la mula. Hacía frío y el camino de vuelta fue un infierno. Al llegar a casa su. Mujer descubrió que le habían salido cinco golondrinos en la axila. Sila guarda celosa la receta de la cura de esos bultos malignos. Sólo me cuenta que usó vejigas moradas. Al parecer, mano de santo.
Entre piedras volcánicas y suculentas, las historias y los rumores vuelan por la isla. Antes se contaban en los mentideros o a voces en una especie de aquelarres que montaban cada vez que moría un mulo dando voces por los riscos con las intimidades de cada uno. Ahora eso ha pasado a las redes sociales… y a los bares.
Cada pueblo de la isla tiene su bar. Antiguamente eran casinos, donde se organizaban bailes y se conocían las parejas. Se convirtieron en bares o kioscos donde se juega a las cartas y, sobe todo, al dominó: en la plaza de El Pinar, en Isolda, los Llanitos o El Tamaduste. Los viejos pasan el día discutiendo y apostando mientras beben algo y comen cacahuetes. Esa falsa sensación de ociosidad tiene muy poco que ver con la dura realidad del lugar.
La Sabina es el símbolo de El Hierro. Es un árbol capaz de sobrevivir a la sequedad y que se adapta tanto al viento que los troncos se le tuercen con su empuje y sus ramas crecen en el suelo. Cada vez quedan menos sabinas, pero siguen creciendo de vez en cuando en el sitio más inesperado. Su supervivencia se la deben a que saben convertirse en mierda. Los cuervos se comen las bayas de las sabinas y luego las expulsan dentro de la caca en los lugares donde se posan. Esa dureza de las semillas es también la de los herreños.

Guiomar trabaja en su bar con la resignación de la gente de estas tierras. Cocina la carne de cabra y la de fiesta, recoge sillas y mesas, limpia continuamente el mostrador. La constante laboriosidad de los isleños, dedicados constantemente a tareas productivas, engaña un poco y los hace parecer mucho más reservados de lo que realmente son. Cuando Unamuno -brevemente desterrado en Lanzarote- llamó a estas tierras las hurdes isleñas estaba bajo esa primera impresión. La misma que siente quien ve a los trabajadores del campo sucios aún de tierra negra beberse una dorada tras otra en el antiguo casino de El Pinar. En el kiosco Pedri, situado entre los invernaderos de piñas y plátanos del Golfo un polvo amarillento impregna a los trabajadores que hacen una pausa. Es tierra traída de lejos: los campos de ese valle llevan siglos rellenándose con tierra fértil de la cima de la isla. Desde que hace menos de un siglo se construyó la carretera de la cumbre, lo hacían camioneros que paraban sólo en agosto cuando hacían su fiesta y asaban cochinos enteros.
Durante años funcionaron también unos larguísimos tubos de metal instalados en la peña, desde los riscos hasta abajo. Ahora, oxidados, son simplemente parte del paisaje. Los clientes vienen todos de la cooperativa y en la mayoría son jornaleros en sus propias plantaciones de banana o piña. Hoy el tema de conversación es el agua. La isla vuelve a padecer una de las tremendas sequías que la caracterizan. Los agricultores se quejan de los canaleros, que no cumplen bien su tarea ni vigilan a quienes roban el agua ajena. Se ha decidido multar a quien abra sus riegos fuera de las horas autorizadas para ello y Felipe, un trabajador de todo lo que salga, apunta que es buena ocasión para vengarse de alguien a quien pocos soportan, abriendo sus grifos para que lo multen a él. Los parroquianos responden con unas risas roncas y hoscas, como si no les pareciera mala idea del todo o alguien hubiera hecho ya algo del estilo. En El Hierro se sabe todo pero casi nunca se cuenta.
Se acerca un coche por la carretera y Felipe comenta “vaya, es la tercera vez que pasa por aquí el Renault camuflado de la Guardia Civil”. Todos asienten y siguen con la mirada al coche marrón.


















