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11 mayo 2017

POMMIDORO EN SAN LORENZO - Historias de Roma (2)



En los primeros días de mayo por las callejuelas de “San Lollo”, que es como dio en llamar al barrio en jerga cariñosa, brotan terrazas como champiñones al sol. En un par de días prácticamente todos los bares del barrio -y son muchísimos- instalan en la calzada de delante una plataforma que ocupa el hueco de dos plazas de aparcamiento y sobre la que se instalan luego sillas y mesas. Así empieza el verano.
Hay sin embargo una trattoria que tiene terraza todo el año. Es, sin duda, la más conocida del barrio. Se llama Pommidoro, en homenaje a las mammas romanas que a todo le echan tomate. Está en la plaza dei Sanniti. El lugar está especializado en carne de caza: jabalí, perdiz, faisán, pato. Mi plato favorito son las papardelle con jabalí, que quitan el sentido y hacen revivir a un muerto, todo. Los tallarines con trufa o los boletus no están mal, pero nada es como esa salsa de jabalí que se deshace en la boca.
Por el Pommidoro ha pasado toda la historia del barrio. Empezó siendo un negocio de vino, en el que acostumbraban a pararse los artesanos del mármol y algunos obreros del barrio. En esa época lo gestionaba la abuela del propietario actual, una mujer grande y fuerte capaz de mantener a raya a los borrachos. En el barrio la llamaban La sora Clementona y cuentan que necesitaba dos sillas para sentarse. El lugar tuvo tanto éxito que decidieron convertirlo en trattoria y quitarse así un poco de en medio a los borrachos, pero a la vista está que no lo consiguieron del todo. Basta darse una vuelta a la horade la comida y escuchar las conversaciones de algunos parroquianos recién salidos de la cárcel, o de otros que parece que fueran a entrar en ella.
El día del bombardeo, los vecinos del bloque se refugiaron todos en el sótano del local, con tan mala fortuna que una bomba impactó ahí de lleno. Murieron decenas, sobre todo mujeres y niños que a esas horas de la mañana estaban en casa.
En los cincuenta, el local cobró cierta fama entre los intelectuales de izquierdas, que se sentían cómodos en este barrio proletario y el ambiente desenfadado. Pier Paolo Pasolini y Alberto Moravia se hicieron realmente asiduos. Pasolini solía meter en su coche a sus cuatro o cinco ragazzi di vita  protegidos y se los traía a cenar aquí. Al acabar solían jugar un partido de fútbol con el resto de clientes, en la misma plaza, delante de lo que entonces era un cine. Aguantaban poco todos menos Pasolini, a quien llamaban el maestro. Él seguía metiendo goles mientras los otros corrían a beber del nasone de la esquina. Después al maestro un día le regalarían la camiseta celeste con el número treinta y su nombre escrito.
La noche en que un chapero asesinó a Pasolini en la playa del idroscafo de Ostia, venía de cenar en el Pommidoro con un amigo. De hecho, en el restaurante conservan el cheque con su firma con el que pagó esa última comida, que nunca cobraron.

El negocio sigue siendo familiar y, como entonces, todavía lo gestiona Aldo. Ahora pasa el tiempo sentado en su mesa de la esquina, siempre rodeado de amigos de su pandilla, sin quitarse las gafas de sol. Los otros son todos jubilados, de diverso pelaje, salvo alguno que pese a los años mantiene aún
su taller de ebanistería a la espalda de la trattoria. Comen con alegría y a voces, siempre acompañados de algún amigo más joven. Acaban dándole al amaro y pasan inmediatamente a la partida de cartas. No es una partida sosegada de jubilados, sino que, de no ser por la edad, se diría que se trata de una banda de delincuentes juveniles jugándose las ganancias de su última fechoría, entre risotadas y peleas. Las peleas se guardan de un día para otro y no es raro que eleven el tono a mitad de la comida discutiendo quién ganó realmente la partida de ayer y pidan testigos entre los parroquianos y el servicio del local, familiares y amigos casi todos.

Del negocio está ahora pendiente su hija y en las mesas sirven nietos y yernos. Pero a la hora de cobrar, el que sea, le lleva siempre los billetes a Aldo, que desde su esquina no pierde de vista el negocio. Él se levanta trabajosamente de la silla saca un fajo de billetes que lleva enrollado en el bolsillo, le quita la goma y añade el que le traen. Si hace falta, él mismo proporciona la vuelta.

EL BAR SAN CALISTO -Historias de Roma (3)

El San Calisto es uno de los pocos bares míticos que quedan en el centro histórico de Roma. Está en pleno Trastévere, una de las zonas más devastadas por la plaga turística que ha arrasado gran parte de la ciudad antigua los últimos años. Hace poco más de una década Trastévere era todavía una zona tranquila, llena de señores mayores que hacían la compra en las tiendas del barrio, y que destacaba por la abundancia de librerías. Hoy día parece un parque temático en el que cada casa es un restaurante o una tienda de souvenirs. Por las calles pasea constantemente una masa compacta de  turistas entre la que no puede uno abrirse paso. Y en mitad de todo eso falso y nuevo, sigue el San Calisto, auténtico como siempre. Para muchos, el último reducto del Trastévere de siempre.
Está en una placita justo tras la plaza de la basílica de Santa María del Trastévere, pero en realidad está a años de distancia. Es un bar barato. Extraordinariamente barato. Dentro, Marcelo lleva años en la caja. Es el dueño y el único que se maneja con los dineros. Ni a su hijo, ni a ninguno de los camareros de toda la vida les deja que se acerquen. La decoración está llena de fotos de púgiles que hace años que fallecieron y de fotos, la mayoría antiguas, de los dos equipos de la ciudad. Ambos por igual, en una neutralidad cuidada.
En los ochenta el lugar se convirtió en la sede casi fija de algunas bandas de delincuentes y los camareros cuentan que el tráfico y consumo de drogas eran la principal actividad por la noche en sus mesas. Al fin y al cabo el líder de la Banda de la Magliana, que dominó Roma durante los setenta y  hasta los noventa era vecino del barrio. En efecto, er Negro nació muy cerca de aquí, hijo de un panadero. En la serie Romanzo Criminale lo llaman Libanés y esconden que era un ferviente ultraderechista. Pero aquí lo recuerdan bien, y recuerdan sobre todo el día que lo mataron, en la plaza de San Cosimato, tan sólo un par de calles  más arriba. Lo acribillaron cuando salía de jugar al billar en el bar Castelletti. Dicen que su hermano sigue siendo panadero en el barrio.
Pero nunca faltaron tampoco los artistas. El cantautor Stefano Rosso, la voz de Roma en los setenta, era hermano de uno de los camareros y pasaba aquí los días entre tantos, gente del barrio e otros intelectuales. Walter Veltroni grabó aquí uno de los primeros spots de la campaña electoral que lo convertiría en alcalde de Roma. Hasta Sorrentino, en ese recorrido nostálgico que es a ratos La Grande Belleza, ironiza en una escena con las antológicamente inacabables colas de espera para entrar en el baño del San Calisto.
La clientela del ‘Sanca’ está llena compuesta casi a partes iguales por personajes del barrio, jóvenes alternativos y estudiantes de marcha. Sin embargo, son los personajes los que destacan. Una fauna de todo pelaje unidos por su amor al local… y al alcohol. La excepción son algunas señoras ya muy mayores que se acercan temprano a beber el café que Marcello les deja a precios antiguos. Pero entre los demás predominan las muecas faciales, el habla italiana y el aroma a alcohol incluso cuando no beben. La mayoría se sienta en las diminutas mesas redondas de madera o formica que llenan la terraza. Tampoco hay mucho más sitio, puesto que una de las habitaciones de dentro es la barra y la otra una antesala diminuta a los baños. Es en ésa donde se refugia Matia, napolitano entrado en muchos años. Se sienta en una silla de plástico debajo bajo del poster con el mapa de Roma y se dedica a darle conversación a las muchachas que esperan para entrar al servicio unisex. En todas sus conversaciones deja siempre muy claro que es napolitano de origen y que vive en el bar.
Fuera, en las mesas, siempre pasan cosas. Al san Calisto no se viene a estar sólo una hora, ni a tomarse sólo un par de rondas de cerveza. El lugar invita a los excesos inadvertidos. Siempre hay alguien que te habla, aventuras que pasan en las mesas del alrededor. Una señora con la boca apretada te pide, en romano cerrado “Che c’hai ‘na sigheretta?”. Los parroquianos llegan cuando quieren y siempre tienen sitio en alguna mesa, se acoplan con cualquiera a quien conozcan aunque luego se pasen horas sin hablar. Una mujer negra, de edad indescifrable, que confiesa ser descendiente caboverdiana y chapurrea el portugués ligotea a voces con tres francesas. Su pareja, un señor muy delgado, vestido con una chaqueta arrugada, observa impertérrito y sonriente. Cuando se van aún no está claro si viven en la calle o en casa de la madre de él.  Su lugar lo ocupan dos muchachas, de estética variada, que intentan convencer a un muchacho fuertote con pinta de chulo de que haga un trío con ambas.

CARABINIERI - Historias de Roma (4)

Entre el coliseo y el circo máximo hay una calle estrecha y elevada que rodea el parque del Celio y por  la que prácticamente solo pasa el tranvía de la línea tres. Por un lado está flaqueada por la valla metálica que protege el parque. Por el otro hay una ladera verde que baja hasta la vía San Gregorio, donde está la entrada turística a los foros del Palatino. En esa ladera, trufada de arbustos, ha plantado su tienda de campaña -de un color verde que se camufla perfectamente con la pradera-  un refugiado sirio sin techo. Tiene, posiblemente, una de las mejores vistas de ciudad. Al abrir la cremallera, cada Mañana ve a un lado la mole del Coliseo, un poco más abajo el arco de Adriano y justo en frente las ruinas de los foros; todo ello en un ambiente verde que le haría a uno pensar que se halla en pleno campo, lejos de cualquier ciudad. A unos metros de la tienda, bajo unos pinos, hay un trozo de pradera al mismo nivel de la calle que algún coche usa a veces para aparcar un rato en un lugar discreto en pleno centro turístico de Roma.

Ahí llega el coche de los carabinieri, hace un giro poco elegante, se mete en la hierba y para. El inmigrante de la tienda lo mira un momento, con tranquilidad y vuelve a su contemplación sosegada del paisaje romano sin mostrar ninguna inquietud. Lleva las ventanillas bajadas, seguramente por el calor de estos primeros días de mayo. Los dos agentes se desabrochan los cinturones de seguridad, pero no bajan del vehículo. Uno de ellos se vuelve al asiento de atrás y agarra dos tarteras. Le pasa una a su compañero. Los policías, entonces, abren la tapa de sus respectivas tarteras y justo después se vuelven el uno al otro y se besan. Un beso sentido, no demasiado largo. Y vuelven sonrientes a su almuerzo y a ver el paisaje romano desde ese escondite. Como una pareja cualquiera de enamorados.

SANT'EUSTACCHIO: EL CAFÉ - Historias Roma (5)

Dicen los que saben que el Sant’Eustacchio ofrece el mejor espresso del mundo. El sitio está planteado como un templo del café cargado de rituales entre los que destacan tostar los granos secos cada mañana o servirlo con el azúcar ya incluido. Y en efecto, aquí el sabor de los cafés es intenso, sabe a tostado y a delicias. Es un líquido sabroso y espeso; casi tiene cuerpo, que diría un sumiller de los cafés. Es realmente un placer sensorial, así que vengo a menudo.
Circula por Roma el rumor de que en el Sant’Eustacchio añaden al café una espuma falsa, hecha con clara de huevo, para que parezca más especial y más auténtico. La mecánica del local fomenta estos rumores: ese camarero escondido del público tras la enorme máquina de café, como si estuviera oficiando una ceremonia secreta. La verdad, en todo caso, es que yo oigo siempre un leve tintineo sospechoso justo antes de que saquen mi espresso y me lo pongan en la barra. Fuerte y cremoso, como a Kissinger.
El local está decorado con prodigalidad de signos del santo. Dicen que a san Eustaquio, centurión romano, se le apareció Jesús entre los cuernos de un ciervo que iba a cazar. No dice la historia nada de como acabó el ciervo, pero lo cierto es que la iglesia, a una decena de metros del local, está coronada de una buena cornamenta de ciervo rodeando la cruz. En el café han preferido un símbolo que reproduce la cabeza entera del ciervo, con la cruz surgiéndole de la testuz. Menos exagerado que el famoso cuadro de Durero en el que el estandarte del santo es algo parecido… salvo el detalle de que la cruz tiene a un cristo crucificado. Demasiado. Curiosamente, como quien no quiere la cosa, detrás de la barra del Sant’Eustacchio hay siempre visible una botella de Jagermeister destacando entre las de amaros italianos. La marca alemana tiene el mismo símbolo, se supone que porque para algo el santo es el patrón único y auténtico de los cazadores, que seguramente en los buenos tiempos bebían el licor como si no hubiera mañana.
Últimamente la mayoría de los camareros son de origen asiático, de Bangladesh al menos. Eso está acabando, aunque no del todo, con una de las características tradicionales del local: la legendaria antipatía de los camareros, incapaces de librarse de la mirada ceñida y los malos modos típicos de los camareros romanos que te arrojan los productos como quien tirase su porción diaria de alimento a una piara de cerdos. Estos muchachos, en cambio, aunque han  aprendido rápido guardan algo de humanidad. Uno de ellos es capaz ya de reconocerme y a veces hasta me pone un vaso de agua de esos que tienen listos y escondidos detrás de la barra. Sin tener que pedírselo. Un par de veces, al despedirme, incluso ha esbozado una sonrisa, que es sin duda la mayor deferencia que puede hacerte un empleado del Sant’Eustacchio.

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