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18 junio 2019

La Corniche (Barrios de Beirut, 5)


Hay una foto del verano de 1975, durante uno de los primeros alto el fuego de una guerra que nadie preveía que fuera a durar años,  en la que se ve la Corniche abarrotada de gente deseando disfrutar de unas horas de paz. En aquel momento la ciudad apenas empezaba a estar dividida. Mucho después he escuchado el relato de niños cristianos nacidos aquellos años que aún recuerdan con emoción cuánto les sorprendió el día que acabó la guerra descubrir que Beirut tenía ese enorme y vibrante paseo junto al mar. Habían crecido aquí, pero sin poder conocer uno de los espacios más significativos de la ciudad.
La Corniche es todo el paseo marítimo hasta la playa de Ramlet al-Baida, pero se suele hablar de ella para referirse al espacio entre la trasera del Hotel Saint George y la Noria Ferri. Un paseo ancho, delimitado por una baranda que da al la orilla rocosa del mar. Huele a sal y a alcantarilla y a lo lejos se ven las luces de Jounieh cayendo al mar desde las montañas.
Tomás Alcoverro - que es el decano de los numerosos corresponsales españoles en la ciudad y vive aquí desde antes de la guerra, más que el mismísimo Robert Fisk – cuenta en un artículo que en las palmeras de la Corniche aún pueden verse agujeros de bala. Yo no los encontraba hasta que hace poco me fije en el tronco de las que están delante del campo de juego de la AUB, que fue pista de aterrizaje de los helicópteros de los marines y en verdad están agujereados. Como estaban tantas paredes de Beirut en mis primeros viajes aquí al acabar la guerra. Y esas palmeras están justamente donde surgió la idea de la Corniche.
Hasta mediados del siglo diecinueve la zona era sólo las rocas finales de una colina que se hundía en el mar. Durante la dominación otomana de la ciudad, cuando Beirut deja de ser un pueblo concentrado en la ciudad baja se emprende la colosal tarea de rellenarla con piedras hasta hacer un ancho paseo plano. En la decisión tuvo que ver que el germen de la AUB se hubiera instalado justo allí. De esa antigua Beirut que daba directamente al mar, sin paseo posible, queda una muestra que suele pasar desapercibida al turista: la pequeña bahía de Ain al-Mreisseh, al principio del paseo, donde aun fondean pequeñas barcas de pescadores que salen al mar por un puente oculto bajo la avenida. Es un sitio mágico, con algunos bajos antiguos con preciosas puertas de madera donde se guardan las barcas. Desde ahí el paseo sigue hasta el faro de la ciudad.
Un faro sin gracia que una noche de 2006 se convirtió en objetivo de los bombardeos israelíes, pero fue rápidamente reconstruido. Lo llaman el faro nuevo y su antecesor, el faro viejo, está en la colina de Hamra, justo encima de la Corniche, pero ha quedado tan enterrado entre los bloques de apartamentos que han tenido que levantarlo varias veces. 
Junto al faro nuevo está el Palace Cafe Manara, uno de los populares restaurantes clásicos junto al mar donde las familias solían celebrar los cumpleaños, las graduaciones y otras ocasiones especiales. Un poco más adelante, el paseo termina en la noria. La misma que tantos reporteros españoles han presentado siempre como una metáfora misma de la ciudad, pero que sin su valor simbólico no es más que la estrella de un pequeñísimo parque de atracciones junto al mar: una noria de hierro basto y mayormente oxidado que rechina al girar pero que proporciona unas deliciosas vistas de la ciudad y su costa. El parque funcionó ininterrumpidamente durante toda la guerra y sólo fue verdaderamente dañado con el coche bomba que en 2007 mató aquí mismo al fiscal Walid Eido.
Así que de la Noria a  Ain al-Mreisseh y viceversa los beirutíes disfrutan su paseo marítimo. Arriba y abajo. Pero es un espacio en continua mutación; la Corniche cambia de público y de ambiente varias veces al día.
Por la mañana temprano, justo cuando amanece, la Corniche se llena de señoras elegantes que salen a correr. Vienen en coche, desde Ashrafieh o Badaro o Verdún y aparcan junto a la marina de Zeitouna. Van tan temprano porque dicen que hace menos calor y para después poder llegar a tiempo a la oficina donde se suponen que trabajan como responsable de marketing de una boutique, llevando la agenda de una agencia de seguros o, más frecuentemente, de decoradora de interiores. Dicen también que a esas horas hay menos hombres el paseo y los que hay las miran menos, así que sobrellevan mejor  los michelines de más que enseñan bajo las mallas de marca. Todo eso me lo han contado, porque la verdad es jamás he madrugado tanto sin que fuera por necesidad.
La mañana es el tiempo de los pescadores. La gran mayoría son desempleados de los barrios del sur de Beirut, pero hay un puñado que viven de esto. Los capitanea un hombretón gordo e irascible que se instala desde temprano en su silla de playa bajo una sombrilla justo donde empieza la rampa que lleva a las rocas. desde allí funciona como el capo del grupo, controlando a los muchachos tatuados y tan morenos que parecen negros o pielesrrojas y que se pasan el día sacando pescado. Usan Unas cestas trampa que dejan en el fondo del mar señaladas por boyas y que van recogiendo después poco a poco a lo largo del día desde unas balsas improvisadas. Las sacan llenas de pececillos brillantes y saltarines. Luego un compañero limpia los peces en las rocas y los sube hasta la sombrilla en cajas, listos para la venta al público. A mediodía el jefe los invita a veces a Mouloukhia, que trae desde casa en tarrinas de plástico.
El resto de pescadores es muy variado. Predominan lo señores de mediana edad, pero cada vez hay más jóvenes. Muchos se instalan aquí el día entero, sobre todo encima de las alcantarillas que desembocan directamente al mar. Pocos reconocen estar aquí sólo por entretenerse. Y los menos lo hacen por complementar su dieta. La mayoría  aspira a pescar  lo suficiente como para poder venderlo pero lo cierto es que, según me cuentan, cada día pescan menos.
En invierno, la mañana es también el momento de las pandillas de adolescentes semimarginales que se entretienen con el arriesgado deporte de saltar desde la baranda del paseo y clavarse en algún trocito de agua entre las rocas, en un remedo poco glamuroso de los saltos de Río de Janeiro o de Mostar.
Después de la comida, en los meses de calor las rocas junto al mar se llenan de hombres y muchachos que van a nadar. Son sobre todo musulmanes; algunos, refugiados. Se instalan entre las rocas. Algunos llevan sus narguiles listas. Otros simplemente se dan unos buenos chapuzones aprovechando los numerosos recovecos de entre las rocas. Hay quien recoge algas y, como en todas las playas del mundo, niños recolectando burgaillos y metiéndolos en botellas de plástico. Muchos adolescentes organizan competiciones de salto. El mar está siempre sucio de desperdicios flotantes y de los desechos de las alcantarillas, pero los bañistas de media tarde lo disimulan perfectamente y, entre la basura, transmiten una imagen paradisíaca de la ciudad.
A la caída de la tarde vuelven por la Corniche los deportistas de todo tipo. Se mezclan entonces con los niños que han alquilado bicicletas y triciclos. A medida que se acerca la puesta de sol aumentan las familias cargadas de niños y el paseo se va llenando de grupos, de narguiles, de luces, de vendedores, y de vida.
Los vendedores de la Corniche han sido siempre una parte esencial del paisaje humano de Beirut. Hay vendedores de algodón de azúcar que llevan los algodones en bolsas y de lejos, al andar, parecen una escultural surrealista de bolas rosa. Vendedores de globos, de agua, de tabaco. Niños que ofrecen rosas o guirnaldas de gardenia. Carritos con mazorcas hervidas o asadas. Fotógrafos con su cámara polaroid ofreciendo fotos instantáneas. Hay vendedores de aviones de corcho o de paracaídas luminosos. A cambio algunos de los vendedores más pintorescos de siempre van desapareciendo del lugar y raramente se les ve fuera de las ciudades del sur del Líbano.
Cada vez se ven menos carritos vendiendo kaak. Es la versión libanesa de los kolouri griegos, aunque aquí tienen forma de pera aplastada y un agujero en medio para poder colgarlos. Sigue habiendo vendedores de café, con sus enormes cafeteras labradas humeantes del carbón que las mantiene calientes. De esos no faltan, pero en la capital se está perdiendo la costumbre de que se anuncien con el tintineo conseguido chocando dos tazas en una mano. Es una pena porque era una costumbre que llenaba la ciudad de músicas. Cada vendedor solía tener su propio ritmo y se lo reconocía de lejos. Tampoco se ven ya los aguadores, con sus odres cargados a la espalda que sirven por grifos de cobre dorado cuando se inclinan adelante. En invierno empiezan a escasear los vendedores de Salep. Eran costumbres que conectaban el país lo mismo con Grecia y Turquía que con el Magreb. Esto era el levante y siempre fue lugar donde se cruzaban las culturas.
A medida que anochece familias numerosas y grupos de amigos se hacen los dueños lugar. Algunos aparcan en el bordillo y abren las puertas del coche para tener música de ambiente. Hay grupos de señores que sacan su propia lámpara de led, la cuelgan de una farola y se montan sus partidas de trictrac -que es como llaman aquí al backgamon- junto al maletero abierto de un coche. Muchas familias, plagadas de niños, se traen su comida, su narguile, sus juguetes y hasta sus sillas de playa para instalarse en un trocito de paseo como si estuvieran en su casa. Tanto bullicio y tanta vida no son del agrado del Ayuntamiento hipster y elitista de la ciudad que ha colocado hace ya años carteles prohibiendo las sillas y las narguiles. Últimamente también ha dispuesto una pareja de policías municipales en bicicleta y uniforme deportivo ultramoderno que deben vigilar por su cumplimiento. afortunadamente, con nulo éxito reprimiendo la frescura del lugar.
Pese a las transformaciones urbanísticas y a las normas represivas y a los embates diversos el ambiente del paseo parece resistir. Es, además, uno de los espacios más interreligiosos de la ciudad. En pocos sitios coinciden tanto las familias musulmanas que se sientan en las rocas con los cristianos que sacan a pasear a sus perros, corredoras en camisetas de tirantas y con hiyab, Pescadores armenios y muchachas embutidas en su chador.
Seguramente, nada representa mejor la idea misma de Beirut que este trozo de Corniche. El shock de los niños cristianos que al acabar la guerra descubrieron ese paseo en su ciudad no era solo por encontrarse de pronto con que podían pasear junto al mar, sino porque les resulta tan cercano y tan propio que de pronto les parecía imposible no haberlo encontrado antes.




06 junio 2019

Escenas mundanas en Beirut

 El levante mediterráneo, desde Atenas a Alejandría -y más allá- vivió una época dorada a finales de los sesenta del siglo pasado. Fue un momento de apogeo  de la vida nocturna y cultural. De los clubes y los cines y las celebridades de todo el mundo, que paraban por aquí.
La plaza Omonia parecía un pequeño broadway y en el café Zonars Anthony Quinn flirteaba con Sofia Loren.En Alejandría los ecos de Kavafis se extinguían en las noches alcohólicas del Spitfire o el Cap d'Or, mientras en los teatros del Cairo el primer jueves de cada mes cantaba Oum Khaltoum, en directo para todo el mundo árabe.
En el Beirut de aquellos años floreció una escena mundana en torno a la zona de Ein El Mraiseh y el hotel Saint George. San Jorge da también nombre a la bahía y a la catedral maronita y a la ortodoxa y a mil cosas más en la ciudad. No es casualidad. La leyenda local cuenta que el auténtico San Jorge, hijo de un potentado local derrotó aquí mismo al dragón o lo que fuera el monstruo que amenazaba la ciudad impidiendo que se acercaran a un manantial. Hay eruditos beirutíes empeñados en documentarlo históricamente: en su favor mencionan la ciudad dibujada en un antiguo icono del santo conservado en la catedral ortodoxa y algunas inscripciones originales de la Mezquita Al Omari, que fue antes iglesia cruzada bajo la advocación del bautista.
Los lugares de la proeza están en Mar Mikhail, cerca de mi casa, aunque en Beirut ya nadie lo recuerda. En el lugar exacto donde San Jorge acabó con el dragón hay hoy una mezquita destartalada  y polvorienta que da a la autopista. Es la mezquita de Al Khadr. Jadr es el nombre árabe del mismo santo. Está construida sobre una capilla cruzada y hasta hace poco custodiaba una columna con una inscripción instalada aquí por la mismísima Santa Helena. En la edad media aun era un lugar habitado por enormes serpientes. Ahora todo el perímetro de la mezquita es un cuartel del ejercito del Líbano, heredado de las milicias falangistas. Los jeeps militares aparcan pegados a la pared medieval, justo donde estaba el pozo objeto de la lucha. La gruta donde dormía el bicho está en algún patio de la calle Armenia, al lado de la escalera Vendome. En los años cincuenta la cueva se usaba como santuario de la virgen. Ahora quizás sobrevive en el garaje o los trasteros de algún bloque de pisos, sin que sus propietarios sepan que viven sobre un lugar famoso en el mundo entero. Y no hay duda, antes que de los ingleses y catalanes, San Jorge es de Beirut.
La bahía de Saint George, convertida hoy en la marina de la aceituna, fue el puerto romano de la ciudad y se conservó casi inalterado hasta hace un par de décadas. En su extremo en los años veinte se construyó el hotel, que empezó pronto a ser frecuentado por celebridades que lo tomaron por un trocito de la costa azul en oriente medio. En los sesenta acogía a espías, vividores, estrellas de hollywood, periodistas y millonarios. Philby pasaba por aquí tanto como los espías judios o jordanos y Elizabeth Taylor y Richard Burton lo escogieron como uno de sus varios nidos de amor.
Durante la guerra fue ocupado por milicianos, como el Holyday Inn. Escenario de batallas cruentas y quemado. Su piscina, sin embargo,se siguió usando durante la contienda sin perjuicio de que ocasionalmente algún francotirador la eligiera como objetivo.
Tras la guerra su propietario se convirtió en símbolo de la resistencia contra el entramado inmobiliario montado por el presidente Hariri padre. Éste, con la excusa de reconstruir el centro de la ciudad devastado por la guerra expropió toda la parte antigua de Beirut y se lo dio a una sociedad privada gestionada por él mismo: Solidere. Su entramado societario reconstruyó unas pocas manzanas de la época francesa en torno a la torre del reloj y demolió todo el resto del Beirut antiguo que quedaba en pie. Los últimos restos medievales y otomanos cayeron impunemente bajo la picota. En su lugar, Solidere dejó solares arrasados que usa de parking hasta que los va vendiendo progresivamente a inmobiliarias para construir en ellas. Así el precio no cae. El resultado es el actual Skyline de la marina y del centro de la ciudad. Un paisaje que es frecuente en las ciudades del golfo levantadas de la nada, pero que aquí se alza sobre el destrozo de uno de los lugares habitados más antiguos del mundo. Hileras de rascacielos enormes de cristal y cemento peleándose entre ellos por ser el más alto...y el que tenga menos personalidad. Sólo resiste el Hotel Saint George con su tradicional pancarta de 'Stop Solidere', cada vez más ajada, colgando en la fachada. El propietario se queja de que han destruido el puerto y es el único que se ha negado a vender, por más presiones y amenazas que sufre. A modo de justicia poética, el azar y los servicios de inteligencia sirios quisieron que justo delante del hotel explotara en 2005 el coche bomba que acabó con la vida de su archienemigo el presidente Hariri.
En su parte de atrás, antes de la Corniche se alineaban hace años los mejores hoteles de Beirut, hoy convertidos en esqueletos abandonados. La primera vez que vine a Beirut, hace casi veinte años, aun se mantenía algo del ambiente setentero, muy en decadencia ya, en la zona de edificios bajos junto al mar. Tras la guerra se habían reconvertido en pequeños clubs de alterne, sórdidos y anticuados.Recuerdo que en la puerta de uno de ellos se sentaba permanentemente un portero anciano y arrugado embutido en unos pantalones bombachos, seguramente recuerdo de épocas mejores como botones de algún restaurante u hotel de postín. Tenía la piel cetrina, mirada cansada y el ceño siempre fruncido entre las arrugas de la cara. Lo apodamos la momia, porque verdaderamente parecía una. Sin embargo creo que era más bien el espíritu de la vieja ciudad, negándose a desaparecer. Como si pudiera parar el tiempo.
Por aquel entonces sobrevivía incluso algún antiguo restaurante de pescado con ventanas a modo de ojo de buey que daban directamente sobre el mar y las rocas. Alguna prostituta alegremente pintarrajeada charlaba con los camareros aburridos y se iba luego a la calle, con otras compañeras que solían dejarse ver en la zona.
Hoy todo eso ha desaparecido. En su lugar han abierto un concesionario de Rolls Royce y varios restaurantes de lujo. Alguno de ellos incluso ha instalado su pequeña zona de tumbonas sobre una plataforma de madera en el mar que sirve también de atraque a pequeños yates que al llevan a sus ocupantes directamente a la comida y las copas, sin pasar por la calle.
De los cuchitriles antiguos apenas queda un resto. Sólo una enigmática puerta metálica y oxidada sobre el que una inscripción que apenas deja leerse aun anuncia 'Hotel y restaurante'.Da a un pasillo estrecho y largo. Lo usan los aparcacoches de los restaurantes para sentarse a charlar y eventualmente cobijarse del sol o la lluvia. Paso por delante cada día al ir y venir a la universidad, pero nunca me he atrevido a intentar entrar. a veces imagino que sea un acceso extraño al pasado y que si lo cruzo al final del pasillo voy a volverme a encontrar al viejo portero, vigilando esta vez que nadie se cuele en el antiguo Beirut de la dolce vita.

29 mayo 2019

El tiempo de las gardenias


Mayo, en Beirut, es el tiempo de las gardenias. Durante unas pocas semanas el olor embriagador de estas flores acecha por las esquinas de la ciudad.La mayoría de los edificios públicos y las tiendas están decorados con plantas de gardenia en macetones. Es una planta sosa, troncosa, que ni siquiera da mucho verde. Pero en mayo florece. Y lo hace brutalmente. Los brotes se suceden. Salen de un día para otro y se abren en cuestión de horas impregnando de un aroma espeso todo el aire a su alrededor.
Ese olor es casi tan propio de Beirut como el olor a alcantarilla y sal de la Corniche, al que uno acaba acostumbrándose igual que hay quien es adicto al olor de la lejía.
 Las floristerías de la calle Jeanne D'Arc -que es mi calle favorita de Beirut- sólo venden estos días macetas de gardenias.
Es como una fiebre que invade a toda la ciudad. La propagan sobre todos los niños que venden guirnaldas de gardenias en los bares, por las aceras y en los semáforos. Raro es el beirutí que no adorna su coche con una de estas guirnaldas de olor empalagoso y en todas las casas hay gardenias en platitos con agua.

Los habitantes de la ciudad cuando viven lejos echan de menos las buganvillas. Se suponen que son la flor más propia de Beirut y no es rara leer poemas de quien ansía volver a ver sus flores moradas enredándose por los árboles de Hamra o de Sursock. Junto a ella hay también quien evoca los ficus que decoraban las antiguas mansiones de tres ojivas de aquí y que, a menudo, cuelan sus raíces en las paredes y producen grietas. Sin embargo, en mayo, Beirut son sólo gardenias.

Y las gardenias son el símbolo perfecto de que los placeres verdaderos siempre son pasajeros. La magia del instante condenado a desaparecer. Las cosas más bellas son fugaces y brotan a estallidos, como las gardenias.

23 mayo 2018

BOURJ HAMMOUD (Barrios de Beirut, 4)

En Beirut, cuando algo se rompe, se lleva a un armenio que lo arregle. Si no puede repararlo un armenio, es que no tiene arreglo. Tienen fama de creativos y de ingeniosos. Y cargan esa fama con orgullo. Orgullo de pueblo, porque si algo tienen los armenios de Beirut es conciencia de pueblo. Una nación concentrada en un enorme barrio llamado Bourj Hammoud.
A principios del siglo veinte algunas de las penoso columnas de refugiados armenios moribundas que huían del genocidio turco llegaron a Beirut. Se establecieron primero en campos muy precarios en la zona del puerto, donde pronto proliferaron epidemias. Por eso, pasados pocos años el gobierno local les ofreció que se instalaran en la zona de Bourj Hammoud: un huerto al otro lado del río dedicado sobre todo al cultivo de morera para los productores de seda de la ciudad. Aceptaron, y ahí construyeron su propio barrio, una ciudad de exiliados añorando su país. Y ahí sigue. Es una zona pintoresca y alegre, con una de las mayores densidades de población de Oriente Medio.
Durante la guerra civil de Líbano el barrio decidió no alinearse con ninguno de los múltiples bandos en liza. Aprovechando que tienen un perímetro muy claro, crearon un grupo de autodefensa que no dejó entrar a ninguna milicia en su zona. Hubo algún intento y muchas provocaciones pero resistieron. Fueron la única zona de Beirut donde no hubo combates y ahora es la única donde todos los edificios son antiguos, de antes de la guerra. No hay grandes bloques de cemento y acero. Eso aumenta el encanto de su trazado de callejuelas ordenadas y vitales, siempre bulliciosas, que sólo podría existir en esta parte del mundo. Las calles de Bourj Hammoud rebosan de tiendas, talleres y tenderetes.
Con la melancolía del exiliado, todas las arterias llevan el nombre de ciudades armenias, y de entre ellas, la calle Marash y la calle Arax son las que vertebran sentimentalmente el barrio. Marash es para ir con hambre, acoge sobre todo las tiendas de droguería y comestibles; especias de todo tipo, cardamomo, bami seco, mil mezclas de zlatar de Alepo, jabón de Saida, pétalos de rosa, esponjas naturales, berenjenas secas. Caramelos de mil sabores distintos envueltos en papel brillante. Calabazas, hierbabuena, perejil, cilantro, albahaca, menta; hierbas que no sé nombrar pero huelen de lejos. En paralelo, Arax es para la ropa. Aquí se compran zapatos, camisetas, ropa interior sexy o abrigada, maletas. Las dos están salpicadas de talleres que reparan zapatos o cacerolas. Y como en el resto del barrio, en cada esquina hay un puesto de kebab o una cafetera.
Los armenios tienen mucho de balcánicos y están tan enganchados al café expreso -fuerte y espeso- como al backgammon que aquí llaman Tavlie. Por todos lados hay grandes máquinas de café de las que funcionan con pistones. Por muy pocas libras tienes asegurado todo el día un líquido fuerte y con mucho sabor que la gente bebe con fruición. En la puerta de la mayoría de negocios dormita el dueño sentado en una silla sobre la acera. Apenas abre los ojos para saludar a algún vecino… salvo cuando se une a una partida de backgammon. Entonces se forman melés de jugadores y observadores que dan consejo durante horas.
Cuando a un cristiano libanés se le pregunta si es árabe siempre responde que no, que él es fenicio. Aquí, en cambio, todos se declaran armenios. Y abunda el merchandasing armenio, desde las banderitas y las bufandas con las franjas azul, roja y naranja hasta las figuritas de barro del pueblerino armenio, pasando por los souvenirs made in china siempre en el mismo tono. Hay banderas armenias con su franja naranja colgando prácticamente de cada balcón y en los altavoces de las tiendas suena una canción que dice Ararat, Ararat.
Evidentemente, la inmensa mayoría de la población es armenia; y de religión ortodoxa. Hay un buen puñado de iglesias con el típico techo cónico y los letreros en ese alfabeto. Sin embargo, el barrio es mucho más plural y más mezclado de lo habitual en el Beirut de nuestros días. Hay importantes comunidades de católicos, de chiitas y hasta de etíopes eritreos. Estos últimos son sobre todo mujeres dedicadas al trabajo doméstico en la ciudad. Las que no viven en las casas en las que trabajan suelen quedarse a dormir aquí. Los domingos y se las ve pasear en grupos por las calles del barrio, delgadas, de piel oscura y a menudo con el pelo cubierto por pañuelos blancos.

Y de hecho, lo mejor de Bourj Hammoud es su gente. Hay en el barrio cierta pasión por la charla y la conversación que engatusa a cualquiera que va. He pasado horas hablando con Michael que tiene una tienda de cosas usadas y antigüedades que se entretiene convirtiendo en lámparas y relojes, increíblemente creativos. Chapurrea varios idiomas y en todos ellos es capaz de bromear, de lanzar amenazas de muerte y de contarte los intríngulis de su nuevo invento. Pasa el día a la puerta de su tienda, sobre un tablero, rodeado de sopletes, sierras, cables y amigos curiosos. Presume de sus creaciones y de un humor ácido y duro, a prueba de guerras; negociando jamás da un paso atrás, dice es que los armenios son así.  
Me estoy haciendo amigo del señor Zaven, que es camisero. Tiene modales suaves y pasión por su trabajo. Tiene su negocio en un pequeño local al que se entra bajando unos escalones. Está repleto de paquetes de telas, sobre todo de colores claros e italianas. Tiene un tablero enorme sobre el que extiende los patrones y corta el tejido. En verdad debería estar jubilado, como el par de amigos que vienen a pasar el día sentados charlando en su tienda sin beber ni fumar para no manchar el género. Pero cuando entra un cliente, a Zaven le brillan los ojos de un modo especial explicando la doble costura de los hombros o el refuerzo de los cuellos. Se activa y despliega telas, muestras y camisas terminadas por toda la tienda, recordando que es un tendero. Un tendero armenio.


18 mayo 2018

TAXISTAS (Gente de Beirut)

Vivir y trabajar en Beirut sin medio de transporte propio implica pasar mucho tiempo de tu vida en un taxi. Si no tienes la suerte de coincidir con algunas de las pocas rutas de los minibuses destartalados que sirven a algunos barrios, vivirás pendiente de los servís. Son taxis colectivos que van recogiendo a pasajeros por un precio fijo de dos mil libras. Así que varias veces al día me coloco  en alguna esquina. Los taxis que pasan van parando; por la ventanilla grito el barrio o la zona adonde quiero ir y ellos aceleran o me esperan. Al final siempre hay alguno al que le conviene y me hace un gesto para que suba.
Cada viaje es una sorpresa. Hay taxistas que tienen el coche inmaculado. Otros son felices paseando en una sucia cafetera de lata y sillones sucios. Una vez me tropecé con un taxista sudoroso que teorizaba sobre los malos olores en su coche: “quien no se asea cuando va a coger un servís tiene muy poca educación”. Algunos son dicharacheros e insisten en contarte su vida. Los hay que llevan la música a toda voz. La emisora favorita de estos es Nidaa FM, que emite música árabe popular ininterrumpidamente. A veces te ofrecen agua o caramelos. Uno se desvía de nuestro camino y da un rodeo innecesario hasta un chiringuito a la margen del río donde para y se hace traer un café expreso denso y fuerte; presume de que es el mejor café de Beirut. Hay taxistas irascibles que viven enfadados con el mundo y los clientes; y conductores felices que te acogen como si fueras de la familia. Uno que niega ser sirio me cuenta lo mucho que le gusta Atenas: todo muy bonito, la plaza Victoria, Omonia, ¡qué maravilla!
Un tipo frecuente es el taxista que odia los atascos. Evidentemente se ha equivocado de profesión o de ciudad. En Beirut cada tarde, a las cinco en punto, puntual como un reloj, se desata no ya un atasco sino la madre de todos los atascos. Todo el mundo sale a la vez de trabajar y la ciudad entera se colapsa. La calles se llenan de filas de coches que no pueden avanzar en ningún sentido y durante un par de horas se queda todo bloqueado. El atasco de la tarde es como una marea o una fuerza de la naturaleza que llegara cada día con regularidad y con la que hay que convivir. Se habla de él como un amigo y hay quien se matricula en clases de baile o teatro justo a esas horas para no vivirlas desde dentro de su vehículo. Ese embotellamiento que inmoviliza diariamente a cada vehículo, y que sólo desaparece los festivos o durante el ramadán, es sólo el culmen de un tráfico de por sí caótico, lento y pesado. 
Así que los taxistas que no soportan los embotellamientos viven en sufrimiento constante y con el estrés a flor de piel. En cuanto el vehículo se queda parado en una obstrucción comienza a resoplar y a hacer giros bruscos de volante. Se impacienta, grita y se le saltan las venas. Más de una vez uno de estos me ha dejado de pronto, a mitad del trayecto y en medio de cualquier sitio, negándose a seguir adelante.
Conozco a un taxista que lleva cada mañana a cuatro muchachas filipinas desde Bourj Hammoud a las casas donde limpian en Gemmayzeh y el Downtown. Ellas hablan mejor inglés que árabe pero se defienden lo bastante como para mantener cierta conversación. Él se hace el indignado con ellas protestando por cada detalle. Como visten. Que ensucian el coche. Que gritan mucho. Que son desvergonzadas. Le responden con descaro y picardía. Cada día se hacen las mismas bromas y todos empiezan el día sonriendo.
Los servís se desvían para llevara cada cliente a su destino, y a veces te hacen dar unas vueltas tremendas hasta que llegas al tuyo. Una vez cogí un taxi que batió todos los récords y fue, además, con uno de los chóferes más agradables que he tenido la suerte de cruzarme. Se suponía que me llevaba a la universidad, a unos diez minutos de distancia en una línea recta siempre paralela al mar por el puerto, la marina y la Corniche. Y sí que me llevó, sí. Pero tardé más de hora y media en llegar. Antes, me paseó por rincones más insospechado de la ciudad y sus arrabales. Al poco de montarme hizo un giro en u y enfiló mi misma calle en dirección contraria. En el taxi iban dos chicas y me explicó que tenía que dejarlas primero a ellas. Lo que no me dijo es que iban al sur de la ciudad. En concreto a la plazoleta polvorienta junto a la embajada de Kuwait donde paran los autobuses que van al sur; más cerca de aeropuerto quede mi destino. Me di cuenta de que algo iba mal cuando pasamos el barrio de Badaro y empezamos a cruzar los controles militares que protegen los barrios chiitas. En las calles arenosas del campo de refugiados de Chatila hicimos la primera parada larga. Ante una chabola de techo de lata que resultó ser el taller donde arreglaba coches cuando no los conducía. Nos presentó a su hermano y tuve que hacerme el enfadado para hacerlo volver al taxi. Llegué al trabajo irritado, sudoroso, sucio y, sobre todo, una hora más tarde de lo debido. Pero lo pasé bien.
A atardecer, el taxista que me lleva a casa a menudo lleva puestas recitaciones del Corán. Con esa banda sonora me enfrento a los atascos de Hamra hasta que salimos al scalextric que sobrevuela el downtown. El chófer siempre va fumando. Fuera atardece. Las iglesias y las mezquitas ya han encendido las luces de colores de sus minaretes o sus cruces. El coche va parando ante cada persona que se pare en la calle. Incluso las que van a cruzar el semáforo. A veces logra rellenar el asiento trasero y entran un par de señoras que me estrujan. Las mujeres siempre saludan, merhaba, al subir. 



15 mayo 2018

RAOUCHEH (Barrios de beirut, 3)

Las rocas de Raoucheh son el símbolo de Beirut. Desde siempre. Tengo en mi cuarto una postal en blanco y negro de los años veinte con las dos rocas, tal cual están ahora, como estatuas en el mar. Pone en francés 340. Grotte aux Pigeons. Con sus cincuentaytantos metros de alto, su cueva-túnel y su majestuosidad en el mediterráneo son un monumento natural que necesariamente llama la atención
Seguramente pudieran también ser el símbolo de la ciudad porque aquí es adónde vienen los suicidas a intentaracabar sus días. Cuando un beirutí está deprimido y pierde de pronto las ganas de vivir, suelta un “cualquier día me voy a Raoucheh” y todos entienden a qué se refiere. La costumbre se extendió especialmente por culpa de los años de guerra y las muchas personas con traumas y síndromes de estrés. Los pescadores que remolonean a diario en los salientes de Dalieh se precian de haber salvado muchas vidas de desesperados y de haber rescatado un buen número de cuerpos ahogados. Dicen que algunos de ellos les intentan después regalar dinero y joyas en agradecimiento, pero que nunca lo aceptan. Me da en la nariz que exageran un poco, porque no me imagino a muchos suicidas frustrados enviando sobres de billetes a quien desbarató sus planes. Pero, en fin, alguno habrá. 


Dalieh es la suave bajada que va desde las rocas hacia las playas del sur de la ciudad. Es una zona desolada y polvorienta, de tierra y rocas, con un diminuto puerto de pescadores a un lado, que se ha convertido en uno de los últimos rincones donde aún pueden ir los ciudadanos sin recursos a pasar un día o un rato cerca del mar. Se baja aprovechando un hueco en la baranda de ese trozo de Corniche, a la altura del mirador de las rocas. Como cualquier rincón de la ciudad, Dalieh sufre mucho la presión especulativa. El puerto de barquitas ya casi ha desaparecido bajo unos trípodes gigantes de hormigón con los que quieren hacer un espigón para rellenar la zona. Parece que hay planes aprobados para construir algo aquí. Algunos dicen que una marina, otros que un club. 
Entretanto, la gente del lugar resiste. En el repecho nada más bajar de la calle descansa el chasis oxidado de un taxi y hay también un chiringuito destartalado. Ahí vive la familia Itani, junto a su palomar. Las palomas tienen el bajo de las alas pintado de verde para identificarlas cuando revolotean en torno a las rocas, que por algo se las llama las rocas de las palomas. El chiringuito son apenas unas sillas de plástico, algunas neveras para los refrescos y un pequeño ventilador giratorio al que han atado una manguera para refrescar el ambiente. Lo atienden Ali y su mujer. Tiene una sucursal unos metros más allá, justo al borde del precipicio. Son tres sillas donde un puñado de amigos, primos de la familia, pasa el día fumando narguile en espera de que de vez en cuando aparezca un turista a quien bajar a las barcas que hacen el paseo de debajo de las rocas. Son tres barcas esbeltas con un motor potente que se cargan de familias móviles en ristre y hacen a todo gas la vuelta a la roca hasta que la atraviesan por el túnel. Todo en unos minutos y a un módico precio. Los dueños esperan junto a las sillas. Alguno se entretiene pescando. Otros saltan de vez en cuando al mar desde lo alto del acantilado. Hace años se celebraban regularmente espectaculares competiciones de salto desde aquí. Cuentan que una de las últimas fue en el 2006. Con los bombardeos israelíes sobre una central eléctrica hubo una marea negra y los clavadores salían del mar embadurnados de petróleo.

En la llanura rocosa que llega hasta el mar se instalan grupos de familias y parejas. Algunos son refugiados sirios; otros palestinos; los menos, beirutíes de los barrios chiitas o sunís de por aquí. Es un lugar de ambiente popular donde abundan las narguiles traídas de casa, los termos de té y algún picnic. El ambiente es especialmente relajado a la caída de la tarde, cuando la brisa del mar refresca la canícula y las piedras se llenan de niños jugando vestidos de colores.
Raoucheh está en la vía de entrada al aeropuesto y constantemente pasan muy bajo aviones dispuestos para el aterrizaje. Las hijas de todas las familias sentadas aquí les hacen fotos con cierta emoción, seguramente soñando con los que cogerán cualquier día para escaparse de esta ciudad.

Hoy es domingo y no hay suicidas tirándose al mar, felizmente. Cómo se acerca el buen tiempo, en las rocas de Dalieh un par de caballos llenos de moscas y un camello igual de harapiento esperan a que alguien se anime a dar un paseo por los acantilados. Algún grupo de muchachos aguerridos y musculados paga las pocas libras que cuesta para hacerse la foto de rigor a lomos del animal.
Un poco más arriba, los cafés que dan a las rocas, sobre todo el bay rock y el petit café, están llenos de familias tomando frutas y fumando narguile. Es la versión auténticamente beirutí del relax junto al mar. La clientela es mayormente musulmana. La ropa y los modales resultan siempre elegantes intentando demostrar el nivel social y el saber estar, con esa obsesión tan frecuente en esta ciudad. 
Mientras, en el mirador, un grupo de mujeres sirias se ha sentado en el suelo y comentan algo entre risas. Cuando se juntan sólo mujeres flota entre ellas una alegría y un descaro que tiene aires de escapada. Se ríen a carcajadas y se dan golpes en el hombro. Todas llevan velo, algunas hiyab cerrado, otras sólo un pañuelo granate o de colores. En el mirador siempre hay ambiente de fiesta. Muchachos con cestas llenas de nueces y castañas preparadas de los modos más diversos pasean entre los turistas del golfo y las criadas filipinas en su día libre que se hacen fotos ante las dos rocas arenosas. Hay señores mayores que ofrecen café caliente en enormes cafeteras de acero calentadas mediante un tubo con carbón. No faltan fotógrafos, polaroid en ristre, que desafían el imperio de los móviles ofreciendo la inmediatez de una foto en papel. Pasan vendedores de collares de gardenia. Las llevan engarzadas en una cuerda y el aroma se percibe desde la distancia. El olor de las gardenias es el aroma de la primavera y de la infancia, y por un momento la Corniche parece Túnez, el país de las flores blancas y olorosas.



29 abril 2018

KARANTINA (Barrios de Beirut, 2)


Karantina es un barrio abandonado junto al puerto de Beirut, al otro lado de la autopista que lleva al norte del país. Recibe el nombre del lazareto en el que a mediados del siglo diecinueve se recluía, bajo la tutela de varios cónsules extranjeros, a los inmigrantes pobres que llegaban en barco a la ciudad. Para que pasaran la "cuarentena". El lazareto despareció, pero siguió siendo zona de tránsito e infravivienda. Cuando a principios de los años cincuenta se crea el Estado de Israel y se produce el primer gran éxodo de refugiados palestinos, a muchos se les instala aquí. Se convirtió entonces en un suburbio grande, mísero, densamente poblado. A la manera de los actuales barrios de chabolas que persisten en Sudamérica o África.
Ahora es un pequeño suburbio empobrecido y aislado. Un único paso elevado sobre la autopista lo conecta con la zona hípster del barrio cristiano. El paso está lleno siempre de gente que entra y sale y en sus extremos paran las furgonetas de transporte público que llevan a la gente a la ciudad de verdad.
Las casa son pequeñas, precarias, rozando lo marginal. Todo el barrio está permanente lleno de niños jugando por la calle. Más niños que en ninguna parte. En la parte exterior hay una pequeña capilla católica y varias calles donde viven cristianos. Luego, a medida que se acerca uno al puerto empiezan a aparecer carteles electorales de Saad Hariri y mujeres con velo. La guerra civil dejó las pareces del barrio llenas de agujeros que nunca se han reparado y un puñado de cuarteles del ejército. Pero dejó mucho más: el vacío.
Karantina sufrió la primera gran masacre de la guerra civil, que acabó con casi toda su población. Fue una cuestión étnica, y religiosa, pero sobre todo de clase. A principios de 1976 los falangistas del barrio cristiano atacaron por sorpresa el suburbio. En pocos días asesinaron a sangre fría a más de 1500 personas y deportaron a todos los habitantes palestinos. Acabado el trabajo lo celebraron bebiendo a morro botellas de auténtico champagne francés. Luego trajeron buldozers que echaron abajo todas las casas musulmanas y despejaron la zona. La masacre se llevó a cabo con la falta de pudor de esos tiempos; dejaron que los periodísticas filmaran las atrocidades. Aquí en Karantina, durante el ataque, tomó Fifi Demulder la icónica foto de la señora palestina que levanta las manos ante un miliciano enmascarado. La instantánea ganó el premio WordPress Photo de ese año y se convirtió en el símbolo de la guerra civil libanesa.
Hoy la zona está mucho menos poblada, pero sigue saltando a la vista la pobreza extrema. Una imagen sólo mitigada por un puñado de construcciones modernas y emblemáticas desperdigadas por el barrio: un edificio de empresas aduaneras, un lujoso burdel, un par de edificios de congresos y exposiciones y una discoteca.  Aunque el objetivo (conseguido) era implicar a la OLP en la Guerra, los autores de la matanza lo justificaron años después diciendo que necesitaban espacio para que creciera la ciudad. Pero en los terrenos aplanados entonces sólo se levantan algunos aparcamientos de camiones, un almacén de contenedores y, sobre todo, la discoteca más famosa de la ciudad en la que a menudo, ya por la mañana siguen montones de jóvenes de fiesta. Es el B018.
El nombre del club proviene de la dirección en la que un play boy empezó a organizar fiestas en plena guerra civil. Era un chalet junto al mar, ligeramente retirado de Beirut. El hijo de los dueños empezó a montar allí fiestas en las que se oía música árabe, rock, jazz… y sobre todo se bailaba. Se hizo popular y al poco entre bombardeo y bombardeo la gente se arriesgaba a pasar varios check points hasta el lugar con tal de poder desfogarse y aislarse de la vida cotidiana entre los disparos y las bombas. Ante el éxito, nada más acabar la guerra el promotor se lanzó a montar un local de verdad que luego movió aquí.
La construcción es sorprendente: un enorme círculo completamente excavado. Al entrar hay que bajar y todo el club es subterráneo, pero el techo, a ras de calle, se abre a voluntad dejando a los jóvenes bailando bajo el cielo beirutí. El club está situado justo encima de lo que fue el campo de refugiados palestinos y hay quien dice que la arquitectura es un homenaje a ellos, evocando una fosa colectiva. En todo caso, lo cierto es que los sofás parecen ataúdes. La música ha evolucionado hacía la electrónica y tienen la reputación de ser el mejor de oriente medio.
Es una metáfora perfecta de cómo (no) asume Beirut su pasado inmediato y un reflejo ideal de la ciudad actual: jóvenes vestidos con ropas elegantes y de diseño, carísimos coches de marca, derroche de dinero en copas y fiesta… justo en mitad de una zona prácticamente marginal. Tan marginal que últimamente ha habido incluso episodios de contaminación radiactiva por las basuras que tiran algunos barcos, sin que ninguna autoridad se haya preocupado demasiado.
Por las calles polvorientas de Karantina apenas hay tiendas, ni cafés. Un tendero tiene una máquina de café en la puerta ante la que se sienta un grupo de señores en camiseta de tirantes, sentados en sillas de plástico mientras fuman narguile y miran pasar a los vecinos. Llega un vendedor ambulante de escobas de colores y las mujeres se arremolinan alrededor, como si fuera una novedad.

27 abril 2018

LA ESCALERA VENDOME (Barrios de Beirut, 1)

Gran parte de Beirut está encaramada en colinas que bajan al mar, así que abundan las cuestas. Y para afrontarlas mejor, toda la ciudad está cuajada de escaleras. En el lado cristiano hay ocho grandes escaleras que bajan hacia el puerto. Todas las construyeron los propios vecinos, en la época en que Beirut comenzaba a crecer como ciudad, a principios del siglo veinte. Un buen puñado se hicieron para llegar desde el barrio de Geitawi a la estación ferroviaria de Mar Mikhael. Porque hasta que estalló la guerra civil, en los setenta en el Líbano había tren. Era la espina dorsal del imperio otomano. Por aquí pasaba la línea férrea que conectaba Jerusalén con Damasco y seguía luego hasta Constantinopla. Es fácil imaginarse a los habitantes del barrio, con sus mejores ropas, zapatos nuevos y maletas de cuero o cartón bajando felices por cualquiera de las escaleras hacia la estación durante la época del mandato francés. La estación era un edificio coqueto de piedra y madera, con aires coloniales británicos que aún se conserva, aunque abandonado, en el mismo descampado en el que yacen los esqueletos de los dos últimos trenes del país. Ya no quedan raíles por ningún rincón, pero las escaleras siguen ahí. De todas ellas, a la hora de subir cargados, la favorita de los vecinos ha sido siempre la escalera Vendome, porque es ancha y tiene amplios descansillos en los que detenerse. Y ahí es donde vivo yo estos días.
El nombre le viene por el Cine Vendome que estaba justo abajo hasta hace muy pocos años. Lo tiraron para sustituirlo por un centro comercial que sigue a medio construir y una torre de viviendas de treinta pisos, una minucia en esta ciudad. La sala de cine estuvo siempre especializada en el cine árabe, la última de su especie. Cada día, cuando paso por el solar en obras me cuesta poco imaginar los grandes carteles pintados que lo adornaban anunciando los estrenos. Los imagino con la cara de Faten Hamama; la más grande; la Oum Khaltoum del cine. Miles de beirutíes hicieron cola en tiempos, en estas mismas aceras de la calle armenia para ver a la actriz, hermosísima y de irresistible personalidad, en El Río del Amor o cualquier otro de sus éxitos en blanco y negro. De esa época se mantiene la animación de bares y cafés acumulados en la zona… y el buen ambiente en la escalera.
La escalera Vendome es como un pueblo, está ocupada por los vecinos que viven en ella y la integran desde hace décadas como parte de su casa. Y de sus vidas: hace falta muy poco para que los vecinos cuenten historias de cuando en la guerra civil subían por la escalera asnos cargados de proyectiles desde el cuartel general de los falangistas instalado junto a la vieja estación. Luego desde la parte alta de Geitawi y, sobre todo, desde Ashrafieh se disparaban hacia la mitad musulmana de la ciudad. También cuentan historias más alegres, explicando cómo todos los niños del barrio las han bajado alguna vez, de pequeños, con sus bicis de cross. Algunos perdieron algún diente en el intento.
Tras la guerra sufrió los efectos de una incipiente gentrificación que en Beirut ha ayudado a salvar algunas zonas de la piqueta y la degradación. Como otras escaleras, se llenó de grafitis y alguien pintó de colorines los escalones. Ocasionalmente, sobre todo las tardes verano, la escalera se llena de jóvenes alternativos que vienen aquí a sentarse, charlar o pasar el rato. Recientemente se han organizado un par de festivales. Uno de música y otro de teatro, en los que se ha implicado a la gente del barrio y hasta se hicieron actuaciones en terrazas y casas privadas. De este nuevo ambiente bohemio quedan sobre todo un par de bares en la parte baja que ponen sus sillas en los descansillos cuando no usan almohadillas directamente sobre los escalones a modo de velador. Pese a todo, más allá de los ataques de la fiebre especulativa y de la ocasional invasión alternativa, la escalera sobrevive como un barrio propio.
El primer descansillo está especialmente lleno de plantas y flores, plantadas en latas vacías de aceite y en enormes parterres de cemento construidas en mitad de la escalera. Hay también un pequeño sofá. Es la puerta de la casa de Ara, un sastre jubilado -armenio de segunda generación- que sufre de un parkinson que le paraliza medio cuerpo. Eso que no impide que un par de veces al día baje y suba las escaleras, con pasos lentos y siempre en zapatillas. Es un poco el guardián de las escaleras. Cuando hay juerga en alguno de los bares precarios que se han instalado en ella se acerca a mirar. A menudo con su vecino de enfrente, un hombre enjuto, siempre de traje gris, que fuma con boquilla de madera y no se separa de su rosario, que quizás sea simplemente un komboloi.
Un poco más abajo viven dos familias de refugiados sirios kurdos. Cada una ocupa un par de cuartos que por la noche se llenan de colchones para que puedan dormir todos los niños. Los hombres y muchachos mayores se pasan el día en una macetilla asomada a la escalera y reservan la única narguile que se pueden permitir al día para la caída de la tarde. En esa misma casa tiene una tiendecilla Rana, una cristiana de mediana edad y melena corta que no para de fumar un cigarrillo tras otro. La tienda es minúscula, está empotrada en la casa y resulta difícil saber qué vende exactamente. O qué no vende. Hay pequeños artículos de papelería, objetos de plástico para el hogar, juguetes, cosas para la playa, tabaco… todo colocado en unas estanterías diminutas y precarias en una habitación tan pequeña como un retrete. Con la puerta abierta es como si Rana pasara el día directamente sobre las escaleras.
Ante la casa de más arriba, justo donde la escalera se convierte en cuesta, hay un par de altarcitos con estatuillas de vírgenes y las omnipresentes estampas del santo Charbel. Hay vecinos que los mantienen y cada noche se ocupan de ponerles velas nuevas encendidas. Junto a ellos aparca cada noche un viejo mercedes que apura tanto el espacio que suele dejar una de las ruedas en el aire. En esa zona empiezan las tiendas. Hay tres de ultramarinos y fruta pegadas pared con pared, sin importarles la competencia. En la de en medio se forma cada noche una tertulia para jugar a las cartas donde además de Michel, el tendero, suelen apuntarse algún jubilado, el peluquero que tiene el negocio al lado y el dueño de los billares de un poco más allá, donde languidecen en la penumbra un futbolín y una mesa de billar esperando a algún adolescente descarriado.
Y mientras el resto del centro de la ciudad crece, se llena de rascacielos, de coches modernos, de jóvenes instruidos y de novedad la escalera sobrevive como una isla del Beirut antiguo.








25 septiembre 2011

BYE BYE BEIRUT




Nos han robado Beirut. Ya del todo. A nosotros y sobre todo a la gente que vive, o sobrevive, en lo que antes fue Beirut.
Tras la guerra, el probo pobre presidente Hariri decidió que sólo ciento veinte edificios del centro merecían ser reconstruidos. En cartón piedra, pero al menos se salvaron. El resto fue destruido. Todo el centro de la ciudad se convirtió en un solar inmenso. Decenas de miles de familias fueron expropiadas y sus terrenos regalados a las constructoras. Si un día Beirut había sido Paris, ahora el modelo era Singapur y el centro de la ciudad se convirtió en una isla de centros comerciales y bancos en medio del gigantesco solar.
Ahora poco a poco en los solares han ido creciendo centenares de edficios de diseño. Un espacio frío, desorbitado, casi fabricado por ordenador, ha ocupado lo que antes era la ciudad. Despersonalizada, vacía y vendida a la especulación consumista más atroz.
Casi ha desaparecido el Beirut ligeramente decadente de otros tiempos. Los edificios desconchados que fueron señoriales. Los barrios donde todos se conocen, cuajados de tiendecillas de todo tipo. En eso los cristianos han salido perdiendo: aunque se refugian en algún local de Gemayzeh, como le Chef, donde aun se habla francés y se saluda la gente del barrio, el resto es Singapur. La parte musulmana, con sus barrios chiitas y sus campos de refugiados nunca salió de la pobreza, más allá de Hamra.

Hamra. Aunque el lugar de las tiendas elegantes ahora lo ocupan franquicias europeas, la zona mantiene su encanto matinal y nocturno. Es cierto que el café Younes ahora se llena de jovenzuelos con ordenadores o ipads, pero supongo que eso es lo más parecido a un ambiente bohemio en estos tiempos. Al fin y al cabo en la librairie Antoine, la de siempre, tienen las obras completas de Maruja Torres.
Por la noche los garitos son más elegantes, más masificados, pero agradables. incluso hay un par de locales abiertamente gay donde decenas de chicos y algunas parejas de muchachas se besan y se frotan abiertamente y hasta bailan sobre las mesas. Beirut; zona de marcha como en cualquier ciudad europea.

Pero sobre todo queda la Corniche. A duras penas, porque también la especulación acosa a este malecón beirutí, pero sobrevive.
La Corniche. Un hombre sentado en banco vende casettes de música pero te deja escucharlos antes. Una familia se baña, doce niños con miniflotadores. Una señora velada fotografía a sus dos niñas vestidas idénticas de princesa. Pasan el fotógrafo de la polaroid, el vendedor de mazurcas cocidas, el de café árabe con su cafetera. Pasan también los aviones con su vuelo bajo, casi rasante, bordeando la costa hacia el aeropuerto. La fauna de Beirut: la criada filipina que cuida a los niños. Anda siempre como cojeando; El rico señor maduro, con bigote y equipación deportiva cara, corriendo con un amigo demasiado idéntico a él; El pescador en camiseta, siempre sin afeitar. Lleva una caña larguísima apoyada en el hombro y un bote de pintura con cebo colgando de la mano; Niñas con hiyab y otras pequeñísimas que ya mezclan el árabe y el inglés; Un patinador hablando con el móvil recuerda al Beirut pijo de arriba de la colina, donde no suena constantemente música árabe y popular desde un coche parado o en un kiosco destartalado; Un señor grande con bigote espeso enseña a su hijo de pocos años a tirar todo tipo de fuegos artificiales desde la baranda; Una familia musulmana ha traído mesas y sillas y toma el té entre revuelo de niños y pañuelos.
Una pared desconchada frente a las rocas del malecón. Un grupo de jovenzuelos con una narguile, secándose del baño. Historias de la guerra. De carreras en coches destartalados entre los puestos de control. Noches en las colinas mirando las bombas caer. Correrías a Bouy Hamoud, el suburbio armenio que ahora es un trocito de oriente medio pero entonces era un remanso casi de paz. tiempos peores, cuando la ciudad estaba llena de bidones de tierra para parar las balas y no se parecía a Singapur.

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