19 agosto 2026
Sfantu Gheorghe. Segundo acto.
Volver a Sfantu Gheorghe los días de su festival veraniego de cine es como estar de nuevo en casa. Revisitar canales, calles que son arenales, playas.
Bandadas de cormoranes pasan por la playa. Siempre en fila india. Siempre hacia norte. Siguiendo siempre la linea de costa. Se diría que huyen ya, antes del final del verano.
Este verano la guerra también llega hasta Sfantu Gheorghe. Hace una semana un dron ruso explotó en las afueras del pueblo. Anteayer encontraron otro en la mismísima playa donde nos bañamos. La frontera con Ucrania está a poco más de treinta kilómetros y cada vez más los despistes o las provocaciones traen hasta aquí el nuevo espíritu del tiempo de las armas.
Es lo que tiene ser desde hace siglos tierra de frontera. Incluso cuando era territorio de turcos.
Entonces los canales del Danubio llevaban mercancías de Viena a Estambul. El imperio austro-hungaro baja hacia el río. Lo hace más allá de donde lo deja Claudio Magris porque empieza el otomano. Justo por aquí; en el punto donde balcánicos y eslavos se mezclan.
Las mercancías y viajeros llegaban al mar Negro, tan bravo tras las sosegadas aguas fluviales, por Sulina. Sfantu, en el otro brazo -el salvaje- vivió con calma la flexibilidad del dominio turco y los roces con el ruso. Al fin y al cabo, es tierra de pescadores.
Hasta esta esquina de Europa llegaron Lipovanos, que eran rusos ultraortodoxos expulsados de sus tierras por oponerse a las reformas religiosas. Siguen estando tan orgullosos de persignarse aún con dos dedos, en vez de tres. Faltaría más. onde va Usted a parar.
Pero llegaron sobre todo Nanois, que era cosacos de Ucrania. De los que sí usan los tres dedos, pero gente rebelde. Aquí, la dureza de la marisma, los inviernos glaciales, la pesca intensiva, la vida aislada les iba como un guante. Así se creó el poblado de casas de madera y techos de cáñamo que apenas ha cambiado. Un lugar duro, lejano. Un sitio que vive tanto del aprovechamiento que solo pudo reparar la iglesia quemada con los tablones de un carguero griego que embarrancó en sus bancales de arena.
Más allá del maravilloso festival de cine de cada verano, de los veraneantes que llegan de Bucarest deseando tostarse sigue siendo un sitio donde la vida es dura. Y el trabajo más.
Durante el comunismo hubo una factoría inmensa de pescado en un canal artificial al otro lado del río. El noventa por ciento de la población trabaja en ella. Se exportaban toneladas de pescado a Irán, a Irak, a Palestina... La lista de países es ahora una vitrina de destrucción. Un poco como el lugar. Abandonado entre los juncos y a la venta.
Sfantu siempre ha sido famosa por la pesca del esturión, pero sus pescadores y sus cocineras siempre se han dedicado más a la caballa. Un tipo especial de caballa que vive en el mar Negro pero entra a deshovar en el Danubio. Se pescaban toneladas que permitieron a más de uno construir su casa de madera y techo de junco. Ahora que la veda del esturión es total y el que se come aquí viene todo de piscifactorías alejadas, se ha vuelto al humilde pez azul. Se ahuma para guardarlo y acompañar el vodka o la cerveza.
Y se pesca a lo grande. No solo lo suficiente para vivir bien, sino todo lo que se pueda. La lógica del agotamiento de recursos es implacable. Una vez extinguido el esturión toca extinguir a la caballa. Abusar sin mesura mientras dure.
Es imposible hablar de estas tierras sin hablar de cambio climático y del rechazo al decrecimiento.
El río cada vez tiene menos agua. En la parte más protegida del Delta cada año se cierran, colmatados, decenas de canales. Incluso algunas lagunas están desapareciendo. Es un proceso rápido, perceptible a simple vista en meses.
En mi primera excursión, hace casi veinte años, visité lagunas exhuberantes de pájaros y vida que ya son solo un recuerdo. Yo era joven y feliz y viajaba con una flor en la mochila y el Delta también.
El año pasado pasé por canales anchos que ahora apenas sin un reguero en el que las barcas avanzan abriéndose paso entre la vegetación de los lados.
La culpa no es solo de la sequía. También de la sobreexplotación. Los pescadores, reconvertidos en verano en conductores de lanchas rápidas para turistas, le echan la culpa a la corrupción. Se quejan del mal uso de los fondos europeos para conservación y de la falta de dragado. Pero también se quejan de que les han puesto límites de velocidad y radares y multas. En verdad el aumento infinito del número de lanchas y las olas brutales que producen al pasar a toda velocidad son la principal causa de la erosión de los márgenes del río y contribuyen definitivamente a colmatar los canales. Pero les da igual. Buscan beneficios sin límites, creciendo permanentemente, y se desentienden del coste.
Por las calles de arena de Sfantu Gheorghe abundan las manadas de perros callejeros, pero son todos enanos. Bajitos para colarse entre las vallas de las casas los días más feroces del invierno. Llegaron como perros de compañía y para combatir las ratas. Animales que han sabido adaptarse al entorno humano. Lástima que esa capacidad no funcione en la otra dirección.
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