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24 julio 2019

Crónicas de Nísiros


Una tarde dos chicos atenienses se sientan en un banco del kafenío de Andrikos. El kafenío es uno de los sitios más especiales de Nísiros. Está en una esquina de la plaza de Elikomenis, justo donde acaba la sombra del inmenso ficus que la cubre por entero. Ha sido siempre lugar de personajes marginales y parroquianos aficionados al licor, las charlas de marineros y las noches interminables. Bajo el cartel que anuncia que se trata de un lugar de penas, repintado con cuidado año tras año, Andrikos sonríe. Los muchachos llevan una guitarra y un precioso batzouki de mástil muy fino y adornos en madreperla. María, su mujer, les pone una botellita de tsipouro y dos vasos pequeños. Al momento llegan también tres chicas jóvenes que se sientan a la misma mesa de los músicos. Ellas son delgadas, están morenas de muchos días de playa y van con shorts muy short. Ellos tienen barba cerrada y negra, camiseta y pantalón corto. Todos son guapos, se han conocido esa misma mañana en la playa y quedaron en verse aquí y tocar juntos. El grupo desentona ligeramente con los habituales del local que suelen ser mayores, solitarios y castigados; pero si hay en la isla un sitio donde cabe cualquiera, es aquí.
Apenas los muchachos empiezan a entonar canciones tradicionales (uno de los muchachos es un virtuoso del laúd, el otro tiene una voz preciosa y una de sus amigas hace los bajos con la guitarra) el resto de mesas se van llenando de gente que los acompaña. La gente llega poco a poco pero sin cesar. Cogen unas sillas, se sientan donde haya un hueco y al momento están también cantando. Andrikos y su mujer acomodan a todo el mundo y le ponen de beber. Es ésta una música muy participativa. Cualquiera puede unirse y a menudo la próxima canción se decide entre varias mesas. Por el pueblo se ha corrido la voz de que hay música y alguien ha ido a buscar a Alexandros. Es del propio Mandraki pero su familia se mudó al continente para que él y su hermano pudieran estudiar. Estos días han vuelto todos a la isla y se les ha visto acompañando a su madre a saludar amigos y familiares por todos los rincones de Nísiros. Esta tarde lo van a buscar porque a pesar de su aire friki y sus estudios de informática es un virtuoso del violín. Llega al kafenio y le acercan una silla a la mesa de los músicos. Saca el violín de su funda y en nada se une a las canciones.
La fiesta va a durar hasta bien entrada la madrugada. Algunas mesas se van vaciando pero los parroquianos de siempre piden más tsipouro y más cerveza. Se saben todas las canciones. La música se oye por las estrechas callejuelas de Mandraki. Forman un laberinto intrincado que recuerda al de una Medina árabe pero su trazado responde en realidad a un intento de evitar los vientos fríos del invierno. Pero ahora es verano y por una vez el pueblo pierde algo de su aire silencioso y tranquilo.
Nísiros es una de las islas griegas que mejor ha resistido los efectos de la invasión turística y la crisis, aunque también aquí haya modos de vida que se van extinguiendo. En las islas vecinas la crisis terminó de empobrecer a la población. Quién no vivía ya del turismo sólo pudo encontrar un hueco en ese mercado, aunque fuera vendiendo i alquilando su casa, o irse. Aquí, sin embargo, la gente no vive sólo de eso. Los ingresos que aportan las excursiones de Rusia, polacos o ingleses que desembarcan cada mañana desde Kos o Bodrum son una ayuda para muchas familias.
Durante todo el verano, a media mañana, los barcos sueltan su cargamento humano en el muelle de los ferries. Son grupos compactos de decenas o centenares de turistas guiados for azafatas solícitas y protectoras. A la mitad de ellos los suben inmediatamente en autobuses que los llevan hasta el cráter de santo Stefano en pleno centro de la isla. Allí, entre fumarolas y bajo un fuerte olor a azufre posan con aire aventurero y se toman fotos que subtitulan siempre con algo tipo 'paisaje lunar'. Luego los acarrean a la cantina del lugar, gestionada por uno de los personajes más entrañables de la isla y, eventualmente, su novia de turno.
Mientras, la otra mitad se adentra en masas compactas por las calles de Mandraki. Los llevan a tiendas concertadas para comprar toallas de hilo, botellitas de soumada, tomates confitados o simplemente souvenirs y de ahí suben hasta el monasterio de la virgen María, instalado sobre el antiguo castillo. Ante el icono de la virgen, en la gruta, las turistas rusas -tapadas por chales y velos- se persigan repetidamente, cuelan papelitos con peticiones en cirílico por las rendijas de la pared y acosan al cura para que les venda velas, estampas y reliquias diversas.
Tras la visita cultural los grupos de turistas son dirigidos hacia los restaurantes de la mismísima plaza Elikomenis (en los que en verdad se come deliciosa comida isleña) o a los de la margen del mar donde les ofrecerán pescado que llegó esa mañana en sus mismos ferries. Unos y otros restaurantes pagan comisiones suculentas a las modosas azafatas de turno. Junto al mar hay un restaurante que cada mañana, mientras las tiendas de souvenirs sacan sus productos, cuelga de un cordel los mismos tres pulpos secos. Los turistas les hacen unas fotos preciosas y consumen felices cefalópodos congelados.
Tras la comida los grupos se intercambian. Los del monasterio van al volcán, y viceversa. Sobre las cinco, afortunadamente, todos los turistas se van y la isla vuelve a la normalidad. En el restaurante descuelgan los pulpos hasta el día siguiente y los lugareños vuelven a salir a la calle saludando a todo el que se cruzan y mirando intrigados cualquier rostro extraño. Pasear por la tarde por los callejones de Mandraki implica llevar siembre el yiasas en la boca para colocarlo a los grupos de señoras que se va cruzando uno. En ese ambiente, es fácil imaginar que en la isla todos, absolutamente todos, se conocen. Circulan los cotilleos, pero también la solidaridad. El panigiri de San Pantaleón lo preparan entre todos. Hace unos días se corrió la voz de que Michailis iba a tocar por la noche en To Balconi. Michailis el El violinista favorito de la isla, el que alegraba siempre los panigiris hasta que empezó a trabajar para la compañía eléctrica, con horarios en el continente y hace un par de años que no puede. Así que al saber que iba a tocar en el bar de su familia (un santuario de la comida casera con vistas al cráter e historia en la resistencia antifascista) toda la juventud se organiza para subir a Emporio.
Nísiros, a diferencia de la mayoría de islas del Egeo, siempre ha tenido la capital junto al mar, a los pies del castillo caballero, a pesar de los piratas. Aún así, Emporio ha servido históricamente como refugio en la montaña. Situado en la cresta más alta y hecho de sólidas casas de piedra era más defendible. Como sucede con las Horas de tantas islas, estuvo a punto de quedar deshabitado y en gran parte de convirtió en una ruina que sólo ahora empiezan a reconstruir griegos y empresas acaudaladas. La subida desde Mandraki o Paloi no es fácil y aquí no todos el mundo tiene coche o moto, pero la pandilla de músicos más descarada del lugar no iba a dejar de subir por eso. Cogieron un camión de obras y en el volquete subieron todos con sus mujeres, amigos e instrumentos. Una vez que dieron su propio concierto, con bajos y liras cretenses entre las ruinas, en la entrada del diminuto kafenio de la iglesia bajaron todos de nuevo por el mismo sistema, con muchas copas de tsipouro encima. Del volquete salían risas, canciones y música y la carretera fue una fiesta.
Personajes como estos abundan en el lugar en una lista que incluye propietarios de chiringuitos enamorados de los hippies, encargados de bar que ligotean hasta la madrugada con la ceramista del pueblo, bomberos viriles que viven sólo para bailar, italianos nacionalizados y actores varios. Con esa fauna se explica que en las elecciones siempre gana la izquierda, aunque en las últimas los datos dan hasta siete votos a un partido trotskista y trece a los fascistas.
Los panigiri no son sólo fiesta, sino la gran ocasión social de la isla. Absolutamente todo el mundo hace acto de presencia en la ermita de turno. La gente come mucho, bebe mucho, baila mucho … pero todo se hace sin dejar de mirar alrededor, controlando permanentemente al resto de la gente. Cómo en toda comunidad pequeña, los cotilleos forman parte esencial de la vida cotidiana de los habitantes de Nísiros. Se comentan los embarazos, las compras, las ruinas, los amoríos e infidelidades,… Nadie es realmente de aquí si no está al día de quien se ha comprado un coche nuevo o quién se pelea a menudo con su marido. No hace falta ir al panigiri para enterarse de todo ello, pero es el lugar ideal para ponerse al día a la vista de los protagonistas. Las anécdotas de los panigiri dan conversación para semanas, o meses. La señora que se emborrachó, la pareja inesperada que bajó con disimulo a la oscuridad de la playa, el anciano que bailó hasta la madrugada o el muchacho al que dejaron olvidado sus amigos. Todo se cuenta y se vuelve a contar hasta llenar a veces las noches invernales de viento y lluvia.
En invierno llueve mucho. A veces durante semanas enteras la calle que baja de la akropolis se convierte en un torrente y los vecinos sólo salen a la calle con botas de agua. Cuando no hay turistas, la isla vive de La Fábrica. Así es como llaman a la cantera de la empresa LAVA en el islote de Gyali. En la antigüedad era el principal centro de producción de obsidiana del Mediterráneo. Ahora viven sobre todo de la piedra pómez. La empresa paga un enorme canon al ayuntamiento y emplea a la mayoría de los ciudadanos. Cada días unas barcas llamadas kaikas van y vienen cargadas de obreros entre Mandraki y Gyali. Y LAVA es el poder en la sombra omnipresente pero nunca mencionado. Y un poder con bastantes sombras en sí mismo, sobre todo desde el punto de vista ecológico, pero en Nísiros no se habla de ello, con el trabajo no se juega. Gracias a esta fuente de trabajo e ingresos el lugar no se ha despoblado. Ni siquiera cuando se han ido perdiendo los cultivos tradicionales.
Aunque no lo parezca, está isla volcánica sembrada se lava por todas partes, es un sitio bastante fértil. Las laderas de los cráteres están recortadas en terrazas milenarias donde siempre se han cultivado olivos. Los arroyos y manantiales dieron lugar a una industria floreciente de almendras que junto al aceite de oliva eran el producto principal de Nísiros. Ahora hasta para hacer la soumada hay que importar las almendras de fuera y la isla está sembrada de vestigios de los antiguos molinos de aceite. Las numerosas huertas ahora son para producir los vegetales que se consumen aquí. En ellas crecen los granados, las parras y las higueras. Junto a las playas y los puertos crecen impávidos las mismas viejisimas sabinas del resto de Grecia. A su sombra, en la playa de Mandraki, organiza el Alcalde el tradicional torneo de volleyball. Durante una semana, cada tarde el pueblo entero se congrega junto a esa playita escasa a disfrutar de la competición. De cada pandilla de chicos y chicas del pueblo salen varios equipos de cinco o de tres y la pelea es feroz. Las señoras lo contemplan desde la cafetería de Eleni, con el comentario irónico siempre en la boca.
Los poquísimos turistas que pernoctan en la isla no suelen ver esto. Hay un grupo de hippies griegos que se instalan en tenderetes en la playa de Página Ammos. Sólo salen para ir a beber cerveza y cargar los móviles en El Oasis, el único y épico chiringuito de la isla. Lógicamente corren rumores de lujuria y bacanales en ese campamento básico cuyos ocupantes pasan el día desnudos, pero la realidad parece ser menos interesante. Otro grupito de intelectuales venidos a menos de aloja en los baños municipales, en Loutra. Un balneario relativamente aislado dónde puedes bañarte en bañeras de agua sulfurosa a 45 grados, cortesía del volcán. El lugar viene con taberna incluida y sus habitantes consiguen siempre un mismo aire de secta y espiritualidad marca de la casa. En cuanto a los que se quedan en Mandraki y por la noche van a ir a tocar el batzouki o beber en Andrikos suelen disfrutar del atardecer en la cercana cala de Hohlaki. Es una playa coqueta a los pies del castillo que en vez de arena tiene unos enormes cantos rodados. Cuando los arrastra el agua hacen un ruido especial, de esos que uno grabaría para hacer música de relajación. Ahí los lugareños hacen todo tipo de cosas venales, especialmente por las noches,  y los turistas meditan y se vuelven trascendentales.

Sólo la noche, la música y el tsipouro los une a todos de nuevo y es señal de que es verano.

















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